viernes, 4 de septiembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXVII)

ENTRADA VEINTISIETE
Parque Trillo, Barrio Cayo Hueso, Centro Habana, son las ocho y desde el balcón del piso de Jimagua observo el bullicio de la calle en esta temprana hora. Colegiales uniformados, acompañados los más pequeños por sus madres, van camino de la escuela, los mayores, cargando sus carteras, pasan en grupos en animada conversación. Es lunes y el barrio se pone en movimiento. Una carreta, tirada por un burro, cruza calle arriba camino del cercano agro, los frutos que transporta asoman sobre la lona verde en precario equilibro, alguna pieza rueda por la calle. Me siento feliz al contemplar este paisaje urbano que a diario se pone en movimiento. Mañana estaré muy lejos,cruzando el atlántico, de regreso a Barcelona, y aquí quedaran ellos, mis entrañables amigos junto a su pueblo, "compartiendo y resolviendo" su día a día nunca fácil. Si pudiera instalar en este balcón una cámara y seguir por internet sus vidas no perderlos en la frágil memoria! Reflexiono a solas antes de pasar mi último día en La Habana.
Ya en la calle volvemos a la Rampa en Vedado y compramos los típicos recuerdos, detalles para la familia y amigos, pequeños compromisos laborales inevitables. Las inquietantes muñecas de la santería, varias camisetas con el Che Guevara como icono y un par de litografías. Una del malecón, en hora incierta, con la espuma de una ola saltando sobre el muro y otra de la Catedral , con la frase de Alejo Carpentier al pie del dibujo: "piedra hecha música" y es cierto, en tu fugaz visita no lo habías apreciado pero el artista te lo muestra, un armonioso órgano de ligera piedra a punto de elevarse sobre la plaza.
Así transcurren nuestras últimas horas en La Habana, comemos en casa con nuestros amigos, hacemos las maletas y a una hora prudencial, tal como aconsejan, pedimos un taxi. Prometemos volver un día y allí quedan juntos y sonrientes despidiéndose de nosotros ¡Qué lejos estaba de imaginar que justo un año después volveríamos a Cuba! Sería nuestro segundo viaje, ya entonces las lluvias que anuncian al devastador huracán habían empezado a caer sobre el corazón de nuestros amigos. FIN DE LA PRIMERA PARTE.

martes, 1 de septiembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXVI)

ENTRADA VEINTISÉIS
¡Ultima noche en La Habana! Nuestro destino, recomendado por el pícaro Jimagua, era una terraza en Parque Antonio Maceo frente al Malecón. Hubiera sido un gran final para una pequeña vida si en lugar de quedarme en la terraza sentado esperando un nuevo encuentro, haber seguido en línea recta hasta cruzar la avenida y sin mirar atrás saltar sobre las rocas del malecón al oscuro mar. Eutanasia compasiva ligeramente adelantada. Naturalmente no lo hice. Nos sentamos y enseguida empezó el desfile de mujeres pidiendo que las invitáramos, nos excusamos diciendo que esperábamos a alguien, nunca una mentira resultó más verdadera. No llevaríamos más de cinco minutos cuando apareció. Recuerdo que era muy guapa y que su vestido se ceñía a su cuerpo como un guante a una mano, llevaba el pelo recogido en un gracioso moño y sostenía un cesto de claveles que vendía al público. Pero todo no era más que un humilde decorado para resaltar sus ojos negros. La noche más oscura, antes de que existiera la Luna y de que la luz de Alfa Centauro llegara hasta nosotros, no podía competir con el mineral abismo de sus pupilas. Cada vez que conseguía fijar mis ojos en los suyos se paraba el tiempo, yo estiraba el mágico segundo tanto como podía pero ella retiraba la mirada distraida con sus pensamientos tan ajenos a los mios.
Luego tal como había aparecido desapareció. Pasaron unos minutos y cuando ya la dábamos por perdida regresó en compañía de un tipo, al que antes había sorprendido observándonos. Ya no llevaba el cesto de claveles, hablaba él y señalaba disimuladamente hacia nuestra mesa. Al momento ella se acercó hasta nosotros y pidió permiso para sentarse ¡No! Le tenía que haber dicho. Vuelve al escenario con tus claveles y representa a la inocencia y al misterio. Mírame otra vez desde lejos y no lo estropeemos con las palabras. Pero le dejamos sentar y apareció una amiga, la suerte dispuso, por la posición que ocupábamos en la mesa, que Albert se dedicara a la florista mientras yo lo hacía con la amiga. El "chulo" vigilaba de cerca y cuando llegamos a un acuerdo dispuso de un coche para llevarnos a nuestra casa, luego él mismo las recogería horas más tarde. Así transcurrió nuestra última noche en La Habana.