Allí estaba solitario sobre la acera, como una mano abierta cara al cielo. De una suave patada lo arrimó contra la pared. Siguió andando hasta que unos metros más allá un repentino impulso le hizo detenerse y volver atrás.
No pudo resistir la tentación de intentar ponérselo, el guante era más bien pequeño, seguramente de mujer, empujó sus dedos hasta ajustárselo y enervado por el suave contacto de su piel se lo llevó a los labios, le llegó un tenue olor a primavera, seguramente eran los restos de un perfume. Buscó a su alrededor, hasta encontrar en un recodo de la pared el sitio ideal donde dejarlo.
Si en lugar de un guante hubiera sido un teléfono, pensaba, podría llevárselo y aguardar tranquilamente que su dueña llamara ¿Pero quién encuentra un codiciado móvil en medio de la calle?
Un solo guante sin embargo a nadie le interesa, sólo a quien lo ha perdido, que lo busca primero por el bolso y luego por los bolsillos del abrigo , sobretodo ahora que la frialdad de la tarde se deja sentir en las manos desnudas. Quizás incluso su dueña estaría en este momento desandando la misma calle con los ojos fijos en el suelo.
Lo decidió en un segundo y se sentó en un banco al otro lado de la calle a esperar. Tenía pocas cosas que hacer. Si acaso se hacía tarde dejaría su ronda habitual por los bares cercanos a su casa y se perdería las noticias de las nueve, nada trascendente. Pasó la siguiente hora vigilando hasta que la humedad de la noche le avisó con una punzada en la espalda, sus huesos añoraban el calor de una casa ¡Media hora más se puso de plazo!
Su corazón sufrió un vuelco cuando inesperadamente un tipo que arrastraba un carro cargado de cartones pareció interesarse por el guante. Fué un eterno segundo prolongado por su zozobra hasta que el trapero lo desechó con un gesto. Había pasado el peligro pero no podía exponerse a que otro menos exigente lo recogiera.
Cuando se disponía a cruzar la calle la vió acercarse ¡Tenía que ser ella! Otro hubiera dicho que era una más de los viandantes que andaban camino de su casa, con su bolso en bandolera, absorta en sus pensamientos y que nada indicaba que buscara un objeto perdido. Pero él, que estaba en el secreto, descubría indicios en el casi imperceptible oscilar de su cuello, a derecha y a izquierda, o en su mano diestra encerrada en el bolsillo del abrigo mientras la siniestra enfundada en un guante sujeta el bolso.
Contuvo la respiración cuando la vió llegar a la altura del guante, pero ella en su mirada panorámica no abarcaba el saliente de la pared, lo buscaba en la linea recta de la acera, si acaso hasta el bordillo, donde alguien podía haberlo arrojado de una patada, y ¡ pasaba de largo!
Corriendo cruzó la calle, su corazón se aceleraba, el destino le había arrojado un guante y tenía que aceptar el desafío ¡No podía como en tantas ocasiones dejarlo pasar! Recogió el guante y siguió a la mujer por la calle hasta situarse a su misma altura, por un momento anduvo a su lado, pero al mirarla sintió de repente que el viento de la noche le alcanzaba con un soplo de fría realidad ¡Era tan proporcionadamente bella! Alta, esbelta, elegante y cuando por un instante sus ojos se encontraron sintió en su mirada el supremo desprecio de la indiferencia
Volvió a sufrir pero esta vez más fuerte, la punzada de otros días en el brazo y la garra sobre el pecho apenas le dejó respirar pero aun tuvo fuerzas para correr y adelantándola muchos metros arrojar disimuladamente el guante por donde ella pasaría.
Desde la otra acera la vió llegar por segunda vez. El guante era visible en medio de la calle y en su delirio creyó ver que los dedos de piel se erguían levemente, felices de encontrarse con su dueña. La vió recoger el guante y aun agachada mirar a todos lados. Luego siguió calle arriba , se giró por dos veces mientras movía la cabeza y dobló por fin la esquina.
Aun llegó a tiempo de tomar un par de cervezas, le seguía doliendo el brazo y la garra continuaba instalada en su pecho. Renunció a las noticias de las nueve y moderadamente ebrio se acostó. No supo cuando pero la dueña del guante regresó hasta su cabecera, esta vez era menos bella, menos alta, pero sensible y buena y en sus ojos negros no vió indiferencia si no un destello de amor, su mano desnuda sin el guante, limpió su frente del sudor y sus labios le besaron con ternura, entonces por fin expiró.
sábado, 3 de abril de 2010
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