sábado, 31 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VIII)

OCTAVA ENTRADA
Al amanecer soplaba una fuerte brisa que a ráfagas entraba por la ventana haciendo restallar con fuerza la cortina. Tardé unos segundos en levantarme. Albert dormía en su cama vuelto hacia la pared, su respiración delataba un profundo sueño, el mio había sido ligero y lleno de pesadillas. Cerré la ventana y siguiendo un inesperado impulso decidí salir a la calle
Consulté mi reloj, no era más de las siete, subí por el jardín hasta la pequeña colina desde la que se divisaba la playa, el fuerte olor a jazmín se mezclaba con el de la hierba recién cortada, desde lo alto me extasié contemplando como el Sol asomaba, encendiendo de purpura el horizonte. De repente cesó el viento y como atendiendo a un reclamo decenas de gaviotas cruzaron el cielo por encima de mi cabeza hasta precipitarse en las cercanas aguas, la lucha por el diario sustento de estas aves era para mi, en aquel momento, un motivo estético, ¿Lo seriamos los humanos para algún demiurgo extraterrestre?
Allí permanecí unos largos minutos dejando que por mis poros entraran todas las sensaciones :el calor de la mañana, la brisa húmeda del mar, el fuerte olor de los mangles. Mi yo en demolición tantas veces se reconstruía a cada inspiración dándome salud y energía, o eso esperaba.
A las nueve desayunamos en uno de los comedores, este sobre la misma arena, resguardados del Sol en la carpa que a modo de "haima" cubría el espacio. Comentamos el "espectáculo" de la pasada noche y sentimos curiosidad por saber algo más de la apasionada rubia y de su tierna presa. Teníamos tres días por delante recluidos voluntariamente en aquel pequeño "pueblo" cuyo censo se renovaba constantemente. Tres días que podían dar mucho de si, suficientes para involucrarnos, si nos dejaban, en las siempre sorprendentes vidas de los demás.
Desde las once en la piscina principal se sucedían los juegos de agua. Uno de los monitores arbitraba desde lo alto del punto de vigilancia.un divertido partido de voleivol, entraban y salían los jugadores entre risas y aplausos. Albert y yo tumbados a la sombra bebíamos unos mojitos,. Nuria y David se habían apuntado a una excursión al arrecife donde anidaban los flamencos y que incluía pesca y comida de langosta. Les dejamos ir solos, después de varios días de intensa convivencia tanto ellos como nosotros necesitábamos un respiro.
De repente descubrí sobre el césped al otro lado de la piscina a la rubia de la noche anterior, la acompañaba una señora que en la distancia me pareció mucho mayor que ella, permanecían en silencio una leía mientras la otra se aislaba con sus auriculares de todo el bullicio que nos envolvía. Una mujer, a nuestro lado, hizo un comentario con su vecina de tumbona que me puso al corriente.
- "Ahora tendría que ir y despertarla, tremenda noche que me ha dado esa come-mielda"-
Por el modo de hablar y su acento era claro que la mujer era una cubana,seguramente de Miami, con nacionalidad norteamericana y con permiso para visitar la isla. Después comentaron que la rubia y su amiga eran canadienses y que sabia por uno de los animadores que no era la primera vez que pasaban unos días en el hotel.
Comimos en el restaurante italiano unos espaguetis tan insípidos como los que sirven en el cátering de mi trabajo, y que solo el vino blanco ayudaba a deglutir. Como si el destino estuviera escrito aparecieron las canadienses y se acomodaron en la mesa contigua a donde estábamos. La rubia, de cerca, me pareció más joven y atractiva, pero la que me subyugó fue la "señora". Vestía un blusón negro que acentuaba su delgadez y cubría su cabeza con un pañuelo que le daba un aire de frágil convaleciente, pero contra esa fragilidad se rebelaban sus intensos ojos azules penetrantes y al mismo tiempo acogedores. Nos saludó educadamente para enseguida ir en busca de la comida. Mientras la rubia ya en la mesa comía con apetito un contundente plato de arroz con frijoles. Quedé algo desconcertado, en nada me recordaba a la celosa y desesperada criatura de la noche. Comimos todos en silencio durante unos minutos hasta que la señora, quizás correspondiendo a mis miradas de simpatía, inició la conversación.

miércoles, 28 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VII)

SÉPTIMA ENTRADA
Aunque estábamos muy cansados decidimos, antes de acostarnos,dar una vuelta por las instalaciones del hotel. Había un pequeño teatro al aire libre destinado a las actividades lúdicas. El espectáculo debía estar próximo a finalizar, ya era más de medianoche y como fin de fiestas los animadores reclamaban la presencia del público más decidido. Nosotros nos sentamos en la última fila, bebiendo unas cervezas nos relajamos después de tantas horas de tenso viaje. Yo observaba burlón los juegos, no siempre inocentes, en los que se implicaban a los clientes.
Me llamó la atención una rubia, al día siguiente supe que era canadiense, de unos cuarenta años que con gran familiaridad colaboraba con los animadores. Cuanto más la observaba más me sorprendía su indisimulado interés por la más jovencita de las actuantes. Era evidente que había bebido mucho y que su deshinibida conducta podía dar lugar a una situación desagradable. ¡ Era como si me adelantara a los acontecimientos! Al momento, motivado por el juego, subió a escena una pareja de recién casados en viaje de luna de miel, eso confesaron en la pedestre entrevista llena de chistes fáciles que les hizo el speaker. Lucían sin arrogancia su belleza y juventud, si ella era atractiva él era lo que todos dirían un "tío bueno, alto, guapo, moreno, con una encantadora sonrisa y que supo con elegancia responder a las preguntas peor intencionadas, superaron las primeras pruebas hasta llegar a la decisiva, se trataba de bailar, cada uno con uno de los animadores el ritmo que eligieran.
Empezó la novia con un compulsivo rock que nos despertó a todos y nos hizo seguir el ritmo admirados por la destreza de ambos. A continuación él eligió un tango y su pareja fue la jovencita animadora. Sonaron por los altavoces las notas siempre evocadoras de "mi Buenos Aires querido" y como si hubieran ensayado mil veces se deslizaron por el escenario con tal belleza plástica que hicieron enmudecer el murmullo de las conversaciones. Nadie quitaba sus ojos de la pareja, embrujados, seguíamos sus pasos y la noche pareció velarse con la nostalgia de sus acordes.
De repente la canadiense, que hasta entonces permanecía en el fondo, irrumpió en el escenario y de un manotazo los separó, se abrazó a la joven mientras lloraba desconsoladamente. Sus negras lágrimas arrastraban el maquillaje convirtiendo su cara en la mascara de un pobre payaso. La jovencita, ante la embarazosa situación, se apartó como pudo, el público reía como si la escena formara parte del espectáculo.
Se me hizo un nudo en la garganta, herida y vulnerable la canadiense revelaba el amor más incondicional, aquel que todos quisieramos dar y recibir y que rara vez nos alcanza. Por unos segundos lloré con ella pero no pude conservar por mucho tiempo la plenitud de este sentimiento, todo sucede tan rápido que ya un comentario de mis amigos me devolvió la coraza de mis sarcasmos.

domingo, 25 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VI)

SEXTA ENTRADA
"Cada día tiene su propia inquietud". La nuestra era llegar sin novedad al lejano Cayo Santamaria, en jardines del Rey. Salimos de Trinidad a primera hora con dirección a Santa Clara, capital de la provincia de Villa Clara. Vuelta Arriba llamaban antiguamente a esta zona del centro-norte de Cuba, deduzco que seria por lo apartado que estaba del camino natural que llevaba a los más importantes núcleos de población.
Tenia curiosidad por visitar en Santa Clara el mausoleo del Che y el famoso tren blindado,pero todo fue muy rápido, apenas nos dejaron aparcar unos minutos frente a la plaza de la Revolución y la sensación que me dejó la escultura fue la de una obra fría y oscura que no transmite emoción alguna. En cuanto al tren lo dejamos "pasar" sin visitarlo, tanta era la incomodidad que nos hacían sentir los "custodios" que velaban por su seguridad. Me sentía decepcionado primero con el entorno y después conmigo mismo, ¡no lograba ponerme en situación! Pero entonces vino en mi ayuda el recuerdo de una canción "Hasta siempre Comandante! Recité sus versos y emocionado me reconcilié con el mito y con mi juventud rebelde.
Comimos en Santa Clara y partimos hacia Caibarien, eran 50 km. de "movie road", el paisaje y sus gentes darían argumento a más de cincuenta películas. Otra vez las bicicletas y los carruajes se alternaban con renqueantes camionetas y obsoletos coches. A medida que oscurecía aumentaba la densidad del tráfico y el peligro por los continuos adelantamientos, no era extraño encontarte de frente una luz que confundías con una motocicleta para descubir de repente que era un camión cargado hasta los topes, lograbas colocarte y la adrenalina debía saturar tus venas, así cruzamos por Camajuani, Remedios, hasta llegar a la "villa blanca" así llaman a Caibarien.
Sin apenas detenernos nos dispusimos a cubrir los 48 km.que por el pedraplen, nos separaban de Cayo Santamaria.
Tuvimos que mostrar nuestros pasaportes en el control que hay al inicio, afortunadamente la carretera era buena aunque su monótono trayecto se nos hizo interminable. Viajábamos "al fondo de la noche" "mar adentro"hasta nuestro soñado destino ¡Cayo Santamaria! Por fin llegamos y pasamos de la soledad absoluta al bullicio del hotel . Nos alojaron en unos apartamentos, algo distantes de la zona de recepción , era como estar en una lujosa urbanización de cuidados y fragantes jardines que conseguían relajarte de inmediato, respiraraba hondo recordando mis abandonados ejercicios de relajación y me prometía volver mañana mismo a practicarlos.

miércoles, 21 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (V)

QUINTA ENTRADA
Sin transición lo que era agua en calma se convirtió en un fuerte mar de fondo en el que el catamarán empezó a subir y a bajar como si estuviera montado en un inesperado carrusel, solo que en lugar de en caballos de cartón cabalgábamos literalmente sobre la blanca espuma. Nuestro patrón no parecía preocupado, ciertamente no tenia motivos, conocía aquella zona marítima y las fuertes corrientes que con frecuencia arrastran las barcas mar adentro.
Llegamos al lugar previsto para la inmersión y provistos de nuestros chalecos salvavidas, aletas y lentes de buceo nos dispusimos a tomar contacto con el hostil elemento. Nuestro monitor nos aseguró que aunque la corriente nos alejara de la embarcación él maniobraría hasta recogernos. Bajé el primero por la escalerilla y allí quedé aferrado al último escalón, estiraba el cuerpo en un imposible escorzo sin soltarme, los demás aguardaban con cara de circunstancias a que yo dejara paso libre pero, sabiendo que mi carrera como snocker iba a ser breve, metí la cabeza bajo el agua para admirar aunque fuese por una sola vez aquel submundo acuático de prados de poseidonias y peces de colores, poco pude ver pero la imaginación aclaró el turbio paisaje y atisbé un pez y unos filamentos que me compensaron sobradamente por todos mis esfuerzos. Subí raudo las escaleras dejando paso a quien quisiera. Cuando me libré de los engorrosos pies de pato observé preocupado como Nuria, más decidida, se alejaba sumergiéndose por unos instantes que me parecieron eternos, Albert y David se agarraban, como antes yo, a la escalerilla sin soltarse, nuestro patrón, con gran pericia, acercó la nave hasta Nuria animándola y poniéndola como ejemplo, pero ella ya tenía bastante y también en cuanto pudo, no sin esfuerzo, subió hasta la embarcación. Enseguida todos convenimos en dar por finalizada la aventura y regresar a la playa.
Navegando hacia la orilla nuestro patrón nos contó pasajes destacados de su vida, confesaba tener cincuenta años pero parecía más joven, como muchos cubanos de su generación había participado en la"zafra", con el objetivo de lograr la cosecha récord que demandaba el comandante, también sirvió en el ejercito en la lejana Angola luchando en su guerra civil contra la insurgencia contra revolucionaria, practicaba varios deportes y llevaba una vida siempre en contacto con la naturaleza, aquí trabajaba como responsable y guia de las excursiones marítimas con destino a los arrecifes, no ahora, pero si en temporada alta hacia varias salidas diarias con grupos más numerosos que el nuestro.
En la playa colaboramos en el arrastre de la embarcación hasta vararla en su lugar de partida, dejamos los equipos en la amplia caseta y con una manguera destinada al riego nos quitamos la sal. Sentados a la sombra refrescados por la brisa nos hubiéramos quedado más tiempo escuchando las anécdotas del patrón pero se hacia tarde y había que buscar un lugar para comer.
Regresamos a Trinidad para dirigirnos a un paladar donde David, en su anterior viaje, había comido y del que guardaba buen recuerdo. Su nombre "el cocodrilo" ya te sugería manjares duros y exóticos, máxime cuando te recibía disecado y colgado de la pared. Comimos con gran apetito recordando la reciente aventura acuática, afortunadamente no era un tiburón el que nos miraba desde lo alto. Ya con renovados bríos decidimos dirigirnos al Valle de los Ingenios. Nos quedaban pocas horas de luz solar y había que aprovecharlas.
Sigo la lectura de la guia y mientras viajamos leo en voz alta: "El Valle de los Ingenios tiene una superficie de 276 km2 y aquí se construyó en el siglo XVIII la primera azucarera y que en la cumbre de su producción funcionaban 56 complejos azucareros en el que trabajaban unos 12.000 esclavos , de esta "radiante" época solo queda la finca Iznaga."
Ascendemos hasta el mirador de la loma del puerto, para ponernos en situación Albert y yo pedimos una copa tibia de guarapo, dulce jugo extraído de la caña de azúcar, David y Nuria se entretienen haciendo fotos. Seguimos y a unos diez kilómetros llegamos a la hacienda Menaca Iznaga. Estamos solo a 16 km de Trinidad. Era la distancia que separaba el cielo del infierno, reflexiono.
La famosa torre inclinada de Izna, construida hacia 1850 domina desde la altura de sus 44m. el pequeño centro rural y las plantaciones de la caña de azúcar. Alejo Iznaga tiene el dudoso honor de haber levantado la torre vigía del primer campo de concentración . Leo en la guia: "La campana marcaba el final de la jornada de trabajo de los esclavos en las plantaciones..."
Desde lo más alto de la torre contemplo el dulce paisaje, ni rastro del sudor y lágrimas que aquí regaron la tierra, las estribaciones de la sierra del Escambray, más vieja que los hombres, se recorta en el horizonte, y en el campo la policromía de ocres y marrones cura los sentidos, seda la conciencia de este naciente sentimiento de culpa que sin embargo no duele.
"Antes de que anochezca" emprendemos el viaje de vuelta a Trinidad, en el camino, deslizándonos por el valle filosofamos sobre el sentido de la vida, el misterio del dolor, la codicia y crueldad de tantos, la indiferencia de muchos, reconocemos que todos estos males siguen presentes y que "el corazón de las tinieblas" hoy está en todas partes.
Ya en Trinidad coincidimos con el recibimiento entusiasta que la población a las brigadas de cooperantes que regresan de la república bolivariana de Venezuela, allí jóvenes médicos y maestros han pasado los últimos meses asistiendo al pueblo hermano ¿propaganda, verdad? Si han salvado a un solo hombre han salvado a la humanidad, recuerda alguien y todos asentimos.

miércoles, 14 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (IV)

CUARTA ENTRADA
Amaneció otro espléndido día, muy pronto ya estábamos en las calles de la ciudad siguiendo paso a paso los consejos de la completa guía que nos acompañaba durante todo el viaje, así llegamos hasta la plaza de la Jigüe, leímos que allí se celebró la primera misa en el año 1514 y que se recuerda al padre Bartolomé De Las Casas, defensor de los indios. Luego visitamos el museo nacional de historia, subimos por la sinuosa escalera hasta lo alto de la torre a divisar la ciudad, aun casi dormida, en la primera hora de la mañana.
En el silencio solo roto por el revoloteo de las palomas recordé una lectura de Ryszard Kapuscinski en la que pone en boca de un guardián de las ruinas de Persépolis una sentida ofrenda al Sol: "mojé mi rostro con agua de la cantimplora y le di de beber al astro rey para que luego, cuando brillara con toda su fuerza en su cenit me concediera una sombra donde refugiarme". No sé por que tuve esta asociación de ideas, aquí no contemplo un paisaje devastado por el tiempo, Trinidad permanece intacta para nuestra fortuna desde 1850 cuando la crisis del azúcar obligó a la ciudad a encerrarse en si misma y allá abajo en delicada armonía contemplo sus casas de piedra tallada, sus tejados de rojas tejas que se iluminan a medida que el Sol asciende. Hoy la vemos tan hermosa como entonces embellecida más si cabe con la presencia de tantos artistas que viven en la ciudad.
Bajamos por sus empedradas calles hasta el parking con la intención de dirigirnos a playa Ancón, el día no había hecho más que empezar. Después de 12 km de hermoso paisaje llegamos hasta el mar. Ciertamente el Caribe no es el atlántico, por lo menos para mi y no es lo mismo verlo en un documental por mejor definición que tenga, que llegar hasta su orilla. Nunca había estado en playa tan hermosa, nuestras exclamaciones de admiración rompieron el silencio pero no la quietud de sus aguas. ¡Era el paraíso! No había nadie en muchos metros solo palmeras y arena dorada. Arrojamos la ropa y sin dilación nos dimos el primer baño. Retozamos en el verde azul turquesa durante un tiempo que ahora no sabría medir, quizás fue una hora o media tan solo pero mecido en las cálidas aguas me entregué a la verdadera vocación del animal humano y la más difícil de cumplir, ¡no hacer nada! Flotaba ingrávido en la salina placenta de mi querida madre.
Pero la calma no puede ser eterna y enseguida alguien más inquieto propuso contratar un catamarán que nos llevara hasta el cercano arrecife de coral y allí practicar "snorkin", divisamos a lo lejos varado en la arena una embarcación y al acercarnos vimos a su único tripulante entregado a la tarea de su puesta a punto, convenimos el precio y él mismo nos avitualló de todo lo necesario para la travesía, en pocos minutos navegábamos mar adentro.

domingo, 11 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (III)

TERCERA ENTRADA
Desayunamos todos juntos en casa de Marcia y muy temprano emprendimos camino a Trinidad. David conducía por la segura autopista con la intención de llegar al medio día, a un lugar cuyo sugerente nombre me hacia soñar despierto. ¡ Aguada de pasajeros! , unido a este otro ¡Ciénaga de Zapata! Es difícil imaginar como seria el camino, en el siglo XVIII, que llevaba de Jagua, actual Cien Fuegos, hasta Aguada. En este lugar abrevaban las monturas y los pasajeros saciaban la sed y quizás el hambre, antes de reemprender la ruta.
Nosotros también repostamos en una casa de comidas al mismo pie de la carretera. Nos atrevimos a comer unas "pizzas", elaboradas Dios sabe con que y bebimos un brebaje de cola nacional, un hábil maniobra cambista de David nos permitió pagar con "pesos cubanos" por lo que la comida nos resultó muy barata, gastamos más energías luchando contra las molestas moscas que a decenas nos disputaban el plato. Ya en el camino permanecíamos atentos a los "guajiros", calado el sombrero, erguidos sobre su montura trotaban ajenos a nuestro paso. Atravesamos Cien Fuegos sin detenernos y cubrimos los 80 km que nos separaban de Trinidad en algo más de una hora.
Aun lucia el Sol cuando a lo lejos divisamos el campanario del convento de San Francisco, ya en la ciudad, conducidos por David, nos dirigimos a la casa de "Mandy y Marylin" un hostal donde se alojó en su anterior viaje, acertamos a aparcar en un parking al aire libre cerca de la casa. Una vez aposentados, cenamos en el amplio comedor y en compañía de sus acogedores dueños disfrutamos de una agradable velada, no faltaron las alusiones a la delicada situación económica que atraviesa la isla y repartimos las culpas entre el bloqueo de EE.UU. y la falta de iniciativas audaces de los responsables gubernamentales.
Tomamos contacto con la noche que parecía muy oscura, por lo menos cuando te alejas de la plaza Mayor y escaleras arriba llegas a la casa de la Música, pero una vez allí, repuesto del esfuerzo por la subida, te envuelve su ambiente, las luces de la discoteca al aire libre te alcanzan desde los laterales y te deslumbran, hasta que entre destello y destello logras habituarte a sus intermitencias y descubres a una mulata, recostada en la barra y que con gran recogimiento sigue el ritmo, ¿Como la seguiría por las intrincadas callejuelas para ser iniciado por ella en sus ritos ancestrales? La incuria del tiempo ha deshecho los sillares y la iglesia sigue en pie como yo me sostengo sobre mi columna en frágil equlibrio, un terremoto acabaría con el edificio, un temblor, un espasmo en sus brazos me desmoronaría para siempre y a mi nadie me restauraría . Todo esto fantaseo rodeado de mi familia , respirando las esencias de la noche hasta que escaleras abajo volvemos a la plaza Mayor y allí sentados en un banco esperamos que el cansancio acumulado nos lleve dócilmente hasta el hotel.

sábado, 10 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (II)

ENTRADA SEGUNDA
Al día siguiente, tan pronto dieron las nueve, apareció Jimagua con su humeante café y frutos varios, parecía que el año no había transcurrido y que aquel era un día más de nuestro anterior viaje. Ya en la calle, los cuatro más Jimagua nos dirigimos a un concesionario oficial con la intención de alquilar un coche. Anduvimos toda la mañana hasta conseguir al tercer intento y tras hábiles negociaciones el deseado automóvil, parecía lo suficientemente fiable para llevarnos y traernos por las intrincadas carreteras de la isla. Nuestro amigo estaba como niño con zapatos nuevos, tanto que porfió por conseguir el honor de llevarnos hasta aparcar frente a su casa, de allí partiríamos a la mañana siguiente rumbo a Trinidad, primera etapa de nuestra excursión de cinco días por la isla.
Jimagua se despidió de nosotros quedando que nos veríamos una semana más tarde a nuestro regreso.
Comimos en casa de Marcia y entre charlas de sobremesa y paseos vespertinos por el malecón dejamos pasar el día. Ya de noche,sentados en un banco en parque Trillo, seguíamos con atención el partido de "pelota" que los niños disputaban con total entrega, bateaban con fuerza y corrían entre las improvisadas "bases" contagiándonos con su entusiasmo. Siempre te pones a favor de alguien y a mi me cautivó el negrito que jaleado por los suyos lanzaba la pelota eliminando uno tras otro a los contrarios,. ¿Sería un futuro Messi del beisball" Quizás con los años si la adolescencia no lo malograba, acababa jugando en Miami. Nos miraban como a forasteros y parecían dedicarnos sus mejores jugadas. Yo me sentía un ojeador descubriendo futuras figuras, así estuvimos hasta que vencidos por el cansancio nos retiramos a dormir.

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (I)

ENTRADA PRIMERA
En noviembre de 2004, un año y un mes después de nuestro primer viaje a Cuba, regresamos a la isla, esta vez en compañía de David y Nuria . Durante los meses anteriores nada hacía preveer que regresaramos, amplio es el mundo e infinidad los lugares por visitar, pero la posibilidad de ir hasta Trinidad, de la que tanto había oido hablar y acercarme al mar Caribe nos decidieron.
Por David sabíamos que las relaciones entre Jimagua y Neisi pasaban por un mal momento, desconocíamos la gravedad de la situación, podía ser una pelea puntual como muchas otras o esta vez era una ruptura definitiva. Por lo pronto y según lo previsto, Albert y yo nos alojaríamos, como la vez anterior, en casa de Jimagua, y David y Nuria en la de la prima de Neisi, ambas casas estaban una junto a la otra, con lo que no sabíamos si alegrarnos o lamentarlo.
Volamos hasta La Habana sabiendo que en el aeropuerto nos esperaba el amigo Jimagua , tras los interminables trámites aduaneros salimos al exterior y ¡allí estaba! En el mejor momento de su voluntaria carrera de acompañante turístico.Le rodeaban, haciendo corro, unos paisanos escuchando su potente voz, a saber que historia había urdido en la larga espera, nos señaló triunfante y como a quien llama el deber se despidió de ellos, para fundirse en un caluroso abrazo,primero con David y Nuria a quienes llamaba "hermano" y cuñada"y luego saludarnos a nosotros. Había contratado los servicios de una furgoneta-taxi, nueva y espaciosa, donde nos colocamos todos cómodamente y así partimos hacia el barrio de Cayo Hueso, en busca del ya familiar Parque Trillo, hogar de nuestros amigos.
Me sentía a gusto volviendo al paisaje habanero, anochecía y en el exterior entre las sombras se adivinaban la cola de pacientes viajeros esperando la improbable gua-gua, aspiraba el contaminado aire como si fuera un elixir que me daba un renovado vigor. LLegamos a la casa y allí nos recibieron Neisi y Marcia, tras los saludos subimos Albert y yo nuestras maletas a casa de Jimagua mientras Nuria y David entraban las suyas en casa de Marcia.
Cenamos en casa de Marcia, todos menos Jimagua que se excusó hasta el día siguiente. Allí tuvimos la prueba de que la relación entre Jimagua y Neisi estaba definitivamente rota. Para nuestra sorpresa Neisi nos presentó a su nueva pareja, un hombre de mediana edad, mucho más joven que Jimagua, muy correcto, de pocas palabras que trabajaba de camionero y que cenó con nosotros. ¿Como debía sentirse Jimagua? Seguro que a través del altillo que separaba ambas viviendas agudizaba el oído y escuchaba nuestra conversación, afortunadamente entonces yo no sospechaba hasta que punto era peligrosa la situación, ni a que abismos de locura se asomaba el atormentado Jimagua.