lunes, 31 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXV)

ENTRADA VEINTICINCO
Al ser domingo eran muchos los habaneros que como nosotros se dirigían a playas del Este y lo hacían en toda clase de vehículos, abundaban las bicicletas, lo que decía mucho de la buena preparación física de sus conductores, no hay que olvidar que la distancia era de unos 25 km. El espectáculo estaba en la carretera, delante nuestro circulaba una destartalada camioneta que en su parte posterior llevaba no menos de diez personas, algunas sentadas con los pies colgando, otros de pie sostenidos literalmente por sus compañeros, luego estaban los que hacían "botella". (autostop). Nosotros en nuestro taxi ya íbamos suficientemente cargados, Neisi había preparado un pic-nic y había estrenado para la ocasión una nevera portátil, Jimagua,por su parte, sostenía una enorme sombrilla que ocupaba horizontalmente los asientos traseros, con el peligro de que en cualquier frenazo nos ensartara con su pico. Nosotros habíamos insistido en comer en un paladar y alquilar en la playa una tumbona y sombrilla, pero eramos sus invitados y querían que competiéramos con ellos una jornada playera al estilo popular habanero.
Esta vez no salimos por Sta Maria sino que continuamos unos km más hasta Boca Ciega, nada que ver con la playa de Tara- a donde nos llevó Chacón, aquí no había ucranianos ni rusos y si había algún italiano, que tanto abundan,despistado, pasaba desapercibido entre las familias cubanas que como nosotros tomaban posiciones en la arena extendiendo sus enseres. Vino a mi memoria una escena de mi infancia, también en una playa, fue en El Prat, no tendría más de cinco o seis años y con mis padres, tíos y primos nos protegíamos del Sol bajo una amplia sábana sujetada por cuatro puntos al suelo y recuerdo vagamente que los pequeños dormíamos la siesta a su cobijo. Nuestro enemigo eran los mosquitos que al atardecer, en oleadas, acudían de la cercana desembocadura del LLobregat , y nos acribillaban sin piedad, luego estaban las ligeras insolaciones combatidas con paños de vinagre que impregnaban con su fuerte olor toda la casa. Años cincuenta del siglo veinte en la España franquista.
LLegamos hasta un lugar conocido por Jimagua, algo lejos de la orilla, donde el suelo formaba en su relieve unos asientos naturales y donde se podía anclar perfectamente la enorme sombrilla. Todos ayudamos y una vez colocadas bajo la acogedora sombra todas las vituallas, nos dirigimos por turnos a tomar el primer baño del día. Entré en las cálidas aguas con la convicción de que esta seria la última vez que me bañaba en el mar de Cuba.
Soy un asiduo a las playas de Barcelona y he visto como en los últimos veinte años se convertía en una referencia de entorno agradable con su arena limpia y aguas transparentes, cuando disfrutamos del baño no es extraño oír a tu lado como alguien comenta que no hace falta ir a otro lugar en busca de lo que aquí tienes, pero cuando estas nadando en el azul turquesa del cálido atlántico y buceas en sus arrecifes reconoces que el trópico es diferente.
Comimos con gran apetito lo que Neisi había cocinado y Jimagua nos sorprendió con una botella de ron añejo, viendo la feliz relación de nuestros amigos nada hacia sospechar el terrible futuro que les aguardaba. Bebimos satisfechos y nos amodorramos bajo la protectora sombrilla, cuando despertamos el mar ya no estaba en calma, las olas rompían con fuerza, era un espectáculo ver la cantidad de bañistas que se mecían, algunos abrazado a ruedas de neumáticos y subían en la cresta espumosa de una ola gigante para ser arrojados contra la orilla, luego la fuerte resaca les arrastraba mar adentro hasta una zona de falsa calma en espera del siguiente embate. Si mirabas hacia atrás, en el limite de las dunas, un numeroso grupo hacia volar cometas, restallaban contra el aire y algunas se precipitaban al suelo sin apenas remontar el vuelo, pero otras tomaban altura y guiadas por manos expertas permanecían cabalgando en el viento, un destello del sol poniente encendía por un segundo su liviano armazón, hasta que su conductor, en un alarde de pericia, la hacia aterrizar a sus mismos pies.
Llegó la hora del regreso y tal como habíamos quedado ya el taxi nos aguardaba en el mismo lugar que nos dejó. Una vez en parque Trillo nuestros amigos nos dejaron solos, la última noche en La Habana nos pertenecía.

miércoles, 26 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXIV)

ENTRADA VEINTICUATRO
Faltaban dos horas para la ceremonia del cañonazo y ya subíamos la amplia y empinada cuesta que lleva al baluarte de San Carlos de la Cabaña.No eramos los únicos, en pequeños grupos el público tomaba posiciones sentados entre las almenas que dan al foso. El ambiente festivo y la fresca brisa del mar hacia muy agradable el lugar. Crecía la expectación y cuando,como sucede en los trópicos, sin apenas transición,cayó la noche, se encendieron las luces estratégicamente colocadas entre el cuidado césped y los recios muros. Era el momento de observar a tu alrededor , el olor a colonia y perfume te llegaba en suaves oleadas impelido por la brisa, el saludable bronceado del público, mayoritariamente turista, contrastaba con el blanco inmaculado de las faldas. Cada vez acudía más público. En la espera Jimagua me contó lo que yo no sabia. En el año 1762la armada inglesa, después de tres meses de sitio, conquistó La Habana, Sir Georges Keppel fue su gobernante durante un año, el tiempo que transcurrió hasta que a cambio de La Florida, fue devuelta a España. Ah, como no sentirse un poco, pese a sus pecados imperiales, admirador de la rubia Albion, bastó un año para dejar su impronta en la ciudad. Libertad de comercio y de culto y el inicio de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, de allí nacía la ceremonia que íbamos a contemplar.
Ya eran casi las nueve, las luces se apagaron sumiendo en total oscuridad el recinto, fue solo un momento, enseguida la llama de una antorcha fijaron miles de ojos en sus portadores, ¡eran los casacas rojas!, los actores representaban con gran marcialidad su papel, intercambiaron la contraseña y tras la autorización del émulo de Sir Keppel, un soldado encendió la mecha del cañón, y su fogonazo y estruendo nos deslumbraron y ensordecieron a los más cercanos.Esta ceremonia recuerda cuando La Habana cerraba cada noche sus puertas y echaba la red en su bahía para que nadie aprovechando las horas nocturnas pudiera entrar furtivamente. Triste suerte, por otra parte, de quien no llegara a tiempo y quedara extramuros a merced de los bandidos.
Una vez concluida la ceremonia, los cuatro, Neisi Jimagua Albert y yo nos dirigimos a unos jardines cercanos donde sentados en una terraza bebimos unos refrescos mientras la música de una orquesta amenizaba la noche. Al rato, Jimagua y Neisi decidieron irse no sin insistir que nosotros nos quedáramos a disfrutar de las sorpresas de la noche, delicados anfitriones que levantan el vuelo para no asustar a las tórtolas.Insistimos nosotros en volver con ellos pero antes de levantarnos recapacitamos porque el paraíso nocturno se iluminaba por minutos con la llegada de hermosas y sonrientes jovencitas.Quedamos solos y yo hubiera querido disfrutar , aunque fuera por escasos minutos, del espectáculo de sus bellos cuerpos bailando y cruzar miradas con sus ojos sugerentes hasta que en el momento oportuno se produjera el encuentro. Pero sin apenas transición ya teníamos a dos señoritas pidiendo permiso para sentarse a nuestra mesa, su desparpajo era tanto como su juventud y belleza.Las invitamos a unos mojitos y casi por inercia, después de una banal charla nos dirigimos a estrenar nuestro piso , algo habíamos adelantado, ya no teníamos necesidad de sobornar a custodios avariciosos.
Pero lo que ganábamos por un lado lo perdíamos por otro, estar en casa de Jimagua no hacia responsables de todos sus enseres y eso significaba permanecer con los ojos bien abiertos, ellas, aunque muy jóvenes, ya tenían experiencia con turistas y a veces una mirada codiciosa traicionaba toda su zalamería."cap problema" Jimagua como buen casero vigilaba de cerca su propiedad y con una banal excusa subió a marcar el terreno. Fue una visita breve pero suficiente para que ellas alejaran de su mente cualquier mal pensamiento.. Después de compartir unas cervezas y escuchar, entre besos y abrazos, la música del radio-cassette nos retiramos cada pareja a su habitación. Hay algo en las mujeres cubanas con las que he estado que me hacen sentir libre de culpa, quizás yo soy para ellas todo lo que por azar ellas no son, blanco ¿rico? y se aprietan a mi pelvis buscando en su placer el sendero, el atajo que las haga participes de la opulencia, disfrutan realmente, o ¿estoy equivocado y todo es fruto de mi mala conciencia?No lo sé, pero si supieran el poder que tienen sobre los hombres casi abatidos por los años, si supieran que más allá del placer sus cuerpos son el calmante que alivia el dolor de los fatigados huesos, si supieran que descansando en su seno y oculto en un pliegue de su piel nos ocultamos para que quizás la muerte se confunda y pase de largo, si todo esto supieran no habría dinero para comprarlas. Solo un cesar o un sultán gozarían de sus cuerpos.
Se fueron cuando empezaba a clarear, ya era domingo y apenas unas horas más tarde iríamos con Neisi y Jimagua a pasar el día a playas del Este.

sábado, 22 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXIII)

ENTRADA VEINTITRES

Siento sobre mi tu sutil desprecio" cantaba una desconocida interprete mientras nosotros, una vez terminada la visita a la fábrica de tabaco, bebíamos una cerveza bien fría en el pequeño bar de Partagás repleto de exhaustos visitantes. Habíamos llegado a ese momento de todo viaje en que sientes tu objetivo cumplido, aquella habia sido la última dura prueba de nuestra resisitencia física. Los tres últimos días los pasaríamos con nuestros amigos y lo más inmediato era acudir a comer con ellos al restaurante que nos habían recomendado.Ya como avezados viajeros subimos a un taxi-huevo y negociamos con su conductor nuestro traslado desde Habana Vieja a La Rampa en Vedado. Entablamos conversación y nos confesó las peripecias que tenia que hacer para ocultar parte de la recaudación a las autoridades, ya que estaba obligado a entregar cada día el importe del taxímetro y ellos le pagaban con pesos cubanos . Dijo ser licenciado en historia y geografía, estuvimos de acuerdo con él que algo fallaba en una sociedad donde los universitarios se han de ganar la vida haciendo de taxistas pero salvando las distancias, también en Barcelona hay muchos licenciados opositando por una plaza de subalterno o camillero, injusta situación tanto para ellos como para los menos dotados condenados al paro.Me sentí mareado, hacia muchas horas que no había comido y la cerveza junto con el bochornoso calor pasaron factura.
Desconecté. La ventanilla abierta del coche me traía en aquella hora del medio día el aire húmedo del atlántico. Bordeamos el Malecón pisando las olas que invadían la calzada. Volaba el tiempo, y me salpicó como la espuma del mar. Me sentí a gusto recibiendo las diminutas gotas con que la brisa me mojaba el rostro. Abría la boca y podía sentir el sabor a sal, "sapore di sale", decía una canción italiana de los años sesenta que entonces no se por qué vino a mi memoria junto con el rostro de una niña de mi calle.
A las puertas del restaurante nos esperaban Jimagua y Neisi. El local estaba semi-vacio. Apenas cuatro o cinco mesas ocupadas por los invariables compañeros de viaje. Turistas, y como nosotros, con algún amigo cubano. La luz excesivamente tenue y el aire acondicionado, excesivamente fuerte, hacia una vez más evidente la lucha diaria contra los elementos. Dijimos que todo nos parecia perfecto. No era cuestión de desairar a nuestros anfitriones. Y como siempre sucede, los subestimamos. Cuando se acercó el maitre libreta en mano dispuesto a anotar, Neisi le pidió que bajara el aire acondicionado y que encendiera el aplique de la pared. Encajó bien el maitre la petición, y aunque farfulló una excusa, ordenó a un mozo que cumpliera nuestros deseos. Apagamos la absurda vela que nos mantenía en penumbra, y ya viéndonos las caras, nos dispusimos a comer. Cesó el chorro de aire helado que me daba en el cogote, al mismo tiempo que contemplabamos divertidos como el resto de las mesas, una a una, apagaban sus velas, y encendían sus apliques. Una lección de asertividad que nos dió alguien que probablemente nunca había asistido a uno de esos absurdos cursos. Salvados estos escollos, disfrutamos de la comida. Una vez más nuestros amigos dieron muestra de su cariño hacia nosotros.
Al salir del restaurante vimos gente apiñada en la acera. El tráfico estaba cortado, y numerosos policías formaban una barrera entre los curiosos y la calzada. Se nos dijo que Fidel, el Comandante en Jefe, pasaría con su séquito por la avenida. Cuando? Eso ya era más dificil saberlo. Jimagua nos contó que era bastante corriente cruzarse con Fidel o con el hermanísimo Raúl en su constante ir y venir al aeropuerto a recibir o a despedir a algún gobernante amigo. ¡Era la guinda del pastel en nuestro viaje a Cuba! Cruzar nuestra mirada, aunque fuera por un segundo, con un personaje tan significativo en la historia de la segunda mitad de siglo XX. Decidimos esperar, y allí estuvimos más de una hora escuchando los comentarios de la gente. Hasta que por fin, una patrulla de motoristas cruzó veloz ante nosotros haciendo sonar sus sirenas. Inmediatamente un séquito de no menos de seis coches siguió a las motos hasta perderse por la avenida. Nada. Apenas un segundo para fotografiar la comitiva, y ya se alejaban en su ida o vuelta al aeropuerto. Me quedó la sensación de estar viendo representada alguna escena de una escena de Vargas Llosa o de Garcia Márquez. Pero el tiempo apremiaba, y ya sin más demora, los cuatro nos trasladamos al Castillo del Morro, donde a las nueve de la noche, como cada jornada, se celebraba la ceremonia del Cañonazo. Aún era temprano pero convenía situarse para asistir en primera fila el ceremonial.

jueves, 13 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXII)

ENTRADA VEINTIDÓS
No podía conciliar el sueño, la cama era ancha y el colchón confortable, pero los ruidos de la calle llegaban a través del balcón, forzosamente abierto por el calor, y eran los sonidos que nunca escuchas en un buen hotel, aislado por los recios tabiques y las cerradas ventanas y con la temperatura de confort que te proporciona el aire acondicionado. Un hotel de categoría es el mismo repetido a través del mundo, diseñado en París y clonado en La Habana o El Cairo, con una "lingua franca" para comunicarse y un personal solicito a tu disposición. Pero en la casa de Jimagua los ruidos de la noche entraban por la ventana, atravesaban las frágiles paredes y te advertían de la feroz batalla que se libraba en el exterior. Maullaban los gatos pero aquí no era el complaciente minino que sale de aventura y vuelve ronroneando en busca de su taza de leche, ladraban los perros pero no era la pesada mascota del vecino tan zalamero en el día. Aquí el gato aun es el feroz felino reciente cazador de ratas de barco y ahora enzarzado en una pelea por la hembra en celo, su terrible maullido restalla en el silencio y te devuelve de golpe al olvidado homínido que fuiste y el ladrido del perro es un rugido hambriento que exige con la fuerza de sus colmillos la nutritiva carroña que un día le disputaste. Tú callas y te tapas con la sábana para no ser reconocido y descubres con asombro que aquella era realmente la primera noche que pasabas en La Habana. Así transcurría insomne las horas imaginando Parque Trillo siglos atrás como una manigua pantanosa donde esclavos enfebrecidos drenaban el terreno y levantaban las primeras casas, realmente todo estaba demasiado cercano en el tiempo.
Finalmente me dormí y no me desperté hasta la llegada al piso de nuestro anfitrión que, como prometió, nos subió a las nueve en punto el desayuno. Hablaban Albert y Jimagua en el comedor y el eco de su conversación me llegaba junto al inconfundible olor a café. El día con su luz desvanecía las aprensiones de la noche y el apetitoso almuerzo nos daba energía en aquella nueva jornada.
Era sábado y a las diez ya apretaba el calor. Después de nuestro inolvidable viaje al bucólico Viñales estar pateando las calles de Centro Habana era como pasar de la noche al día. Recordé al desaparecido y hoy olvidado Herbert Marcuse cuando describía en Eros y Civilización que las grandes ciudades con su enjambre humano eliminan todo preámbulo en las relaciones amorosas y buscan en la genitalidad su único fin; en cambio en el campo es la naturaleza entera quien se erotiza, recordaba a Livia y nuestra primera noche con los mogotes en el horizonte como testigos de nuestro amor y las estrellas reflejadas en la ventanilla del coche adornando su pelo como mágica diadema. No me la imaginaba en medio del asfalto con su frágil figura entre los humeantes y ruidosos tubos de escape de los coches.
Un taxi nos llevó, detrás del Capitolio, a la popular fábrica de tabaco Partagas, primer destino del día. Entrar en su recepción era como hacerlo en un oasis, disponía de una pequeña cafetería y una tienda donde se podía comprar con total garantía las cajas de puros más renombradas. Luego, una vez concertada la visita, accedías a la fábrica y allí la temperatura ambiente estaba en consonancia con el clima real, o sea un húmedo e insoportable calor. Esperamos con otros visitantes a que nuestra guía asignada iniciara la visita. Era una joven mulata que más que guía turística parecía una modelo y tenía un sentido del humor tan peculiar que hizo de la visita, pese a las inevitables fechas y cifras, una agradable experiencia. El edificio fue construido en 1845 y 500 obreros trabajan constantemente, nos contó. Después de visitar donde se seleccionan las mejores hojas y su proceso de secado, nos llevó a la enorme sala donde decenas de empleados, sentados frente a frente lían minuciosamente los cigarros puros. Nos contó como cada día a la misma hora la radio da un capítulo de la actual novela, que todos siguen con interés. En aquel momento era la banda sonora de una conocida película la que sonaba por el altavoz.
Me imagino aquel lugar a principios del siglo XX, aun no había radio y era un narrador desde una elevada tarima quien leía a un público, probablemente analfabeto, la irreconciliable disputa entre Montescos y Capuletos y su trágica consecuencia en la vida de los jóvenes enamorados Romeo y Julieta. Probablemente los dueños comprobaron que si la historia tenía gancho, las obreras más sensibles aumentaban su rendimiento, su imaginación las liberaba de la rutina, sus almas soñadoras volaban sobre el mar hasta Verona pero sus dedos quedaban allí liando las hojas más selectas, luego en la vitola un nombre unía el arte perenne de la palabra al sutil placer evanescente del humo. Acabada la explicación abandonamos, guía incluida, la sauna para trasladarnos por unos largos minutos al concurrido bar del vestíbulo.

domingo, 9 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXI)

ENTRADA VEINTIUNA
Relatamos nuestras peripecias por el oeste de Cuba y el fiasco de la vuelta por la deserción de Chacón. Se lamentaban como si todos los cubanos fueran responsables de las acciones de un individuo. Neisi, que hasta aquel momento practicamente no había hablado, intervino para afirmar con enfasis: ¡No se fíen de los prietos! Como no estábamos allí para corregir a nadie, me abstuve de matizar su comentario racista ¡Tenia razón! Pero ni de los prietos ni de los blancos ni de los amarillos, ni te puedes fiar de los de allí ni de los de aquí. Yo hace poco me fié del persianero del barrio y me colocó una persiana con tres listones de menos. Hace años me fié de un amigo de la infancia de profesión joyero que dijo ofrecerme oro de x quilates a un precio interesante, un día se me ocurrió tasarlo y no valía ni la mitad de lo que le pagué. Somos nosotros los culpables porque es cómodo fiarse, pero no puedes ponérselo tan fácil.
A los postres tuvimos la visita de unos familiares de Neisi, que vivían dos puertas más abajo, su prima Marcia con su niño de cuatro años, los padres de ella vivían en España, gracias a que un abuelo del padre había nacido en Galicia por lo que tenía nacionalidad española. Estaban haciendo los tramites pertinentes para poder ella y el niño reagruparse con su familia. Así se prolongó la velada hasta que llegado el momento todos marcharon dejandonos el piso a nuestra disposición. Jimagua dijo que volvería a las nueve de la mañana y que nos traería el desayuno.
El piso era muy acogedor, el amplio comedor salón, con el balcón que daba al mismo parque, dos habitaciones completas con sus armarios correspondientes, la cocina equipada con todo detalle y el lavabo con su ducha artesanal pero suficiente, la nevera bien surtida de zumos naturales, todo estaba a nuestra disposición para hacernos más cómoda la estancia en la casa. Solo había un pero, del que no se podía culpar al propietario, la descarga del inodoro era visiblemente insuficiente. Solo un ejemplo y que el lector perdone la escatológica anécdota. Una vez organizado y con la ropa colocada en el armario, antes de acostarme decidí, aunque sin tener un verdadero apremio, estrenar el water, nunca hasta la presente ni siquiera en el viaje más fatigoso he tenido problemas con mi tránsito intestinal y como tenia tiempo no quise dejar para mañana lo que podía hacer hoy, me puse en la labor y como siempre obtuve un excelente y visible resultado, contemplé , quizás una reminiscencia de mi superada fase anal, durante un segundo mi obra y empujé del tirador del inodoro, la descarga de agua con aparatoso estruendo formó un remolino interminable que parecía arrastrar hacia el oscuro fondo tanto sólidos como líquidos pero, oh sorpresa! Cuando cesó el efecto corialis regurgitó a la superficie parte de la excrecencia y allí quedaron flotando a la deriva, para desespero mio, lo que en lenguaje coloquial llamamos cagarros ¿Qué hacer? Probé con una nueva descarga y el resultado vino a ser el mismo, entonces descubrí un cubo dejado allí quizás estrategicamente por los dueños, lo llené hasta el borde y recordando imágenes de mi infancia, cuando no existían inodoros y el water era un agujero al que había que limpiar por elevación, arrojé desde lo alto el agua contra los ya malditos excrementos, estos en lugar de desaparecer obedientes por el desagüe saltaron encabritados fuera de la taza esparciéndose por el suelo. No puedo dar detalles de como solucioné el sucio problema porque mi conciencia ha olvidado y necesitaría varias sesiones de psicoanálisis para recordarlo.

sábado, 8 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XX)

ENTRADA VIGÉSIMA
Eran las 12 del mediodía, una hora más tarde de la concertada con Chacón para recogernos, desde las 10'30 permanecíamos en el hall del hotel, le habíamos llamado a su teléfono móvil pero lo tenía apagado. Nuestro estado de ánimo oscilaba entre el beneficio de la duda, podía haberse retrasado en la salida y no tener cobertura donde estuviera en ese momento, a la certeza que minuto a minuto se confirmaba de que Chacón nunca había pensado en volver por nosotros. ¡Pobres ingenuos! Si ya le habíamos dado, yo personalmente, todo el dinero acordado ¿Cómo iba a hacer el largo trayecto La Habana Viñales ida y vuelta sin más premio adicional que la comida y algún refresco? Ni aunque hubiéramos estado en el lugar más inhóspito de Sierra Maestra, o en un islote perdido en medio del Caribe,hubiera regresado. El depredador escoge siempre la presa más fácil es la ley de la selva, y en la sabana cubana nosotros no eramos más que un par de viejos antílopes abusando de su suerte.
Ya eran más de las doce y media cuando inesperadamente se nos presentó la ocasión de bajar a Viñales con el micro-bus del hotel, destinado a recoger clientes que llegaban en el autobús de linea. Sin pensarlo dos veces subimos aun con la remota esperanza de cruzarnos con su coche , ¡Vana ilusión! LLegamos al pueblo con el tiempo justo para comprar billete en el mismo autocar de la linea azul que inmediatamente salia para La Habana . Era un servicio que se pagaba en pesos convertibles por lo tanto únicamente destinado para turistas. El coche, nuevo y confortable, no tenía nada que envidiar a los mejores de nuestras latitudes. El viaje a la Habana, cómodamente recostados en nuestros mullidos asientos y con el aire acondicionado aislándote del húmedo bochorno exterior fue un tiempo de agradecido relax. En Pinar del Rio recogimos al grueso del pasaje, un grupo de turistas que recorrían la isla haciendo treckin. Tras el cristal ahumado de mi ventanilla veía, en el destartalado anden de la estación, como se formaban dos colas paralelas , una de resignados cubanos esperando la gua-gua nacional que los repartiría por los pueblos del entorno, y la otra la de los extranjeros dispuestos a subir en el nuestro. Luego durante el trayecto, amodorrado escuchando la música ambiente, veía, a pesar de tener los ojos entornados, imágenes inconexas de los recientes acontecimientos vividos, navegaba por el inconsciente como en una red virtual capaz de abolir tanto el tiempo como el espacio, la ansiedad y el miedo habían desaparecido. De alguna manera yo me había enviado de viaje y por fin descansaba de mi mismo.
Entramos en la estación central de gua-guas de la Habana ya oscureciendo, recogimos nuestras maletas y sin más dilación tomamos un taxi con dirección a Parque Trillo, Neisi y Jimagua nos esperaban. Nuestra llegada ante la puerta de su casa creó una cierta expectación. Jimagua nos recibió efusivamente y nos ayudó a subir las maletas hasta el piso, la mesa estaba a punto para la cena y de la cocina venía un apetitoso olor a "camarones" que hacía la boca agua, más teniendo en cuenta el forzoso ayuno del mediodía. Dejamos sin abrir nuestras maletas, cada una en su habitación y sin entretenernos más nos sentamos a cenar.

martes, 4 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XIX)

ENTRADA DECIMONOVENA
Livia y Zoe nos esperaban a las puertas del bar musical, pero esta vez no entramos, habían tenido, minutos antes de nuestra llegada, una fuerte disputa con el encargado, en realidad el problema ya venía de días atrás cuando por motivos en apariencia raciales, Zoe se peleó con un cliente y fue expulsada. Nuestra presencia la noche anterior había facilitado su entrada pero en esta ocasión, al llegar solas, le recordaron la prohibición. No quisimos discutir y atendiendo a su sugerencia fuimos paseando hasta la cercana casa de Zoe, allí estaba toda su familia, como la mayoría de la población estaban a esas primeras horas de la noche sentados bajo los porches, con un ojo puesto en la calle y el otro en el televisor donde veían un espectáculo de variedades grabado de una cadena de Miami. Nos recibieron cordialmente y nos acomodamos como dos lugareños más a enhebrar la charla... La tía de Zoe, una poderosa mulata, dijo trabajar en el agro vendiendo los productos que la cartilla de racionamiento no contemplaba. En toda la conversación flotaba una velada crítica hacia los responsables políticos incapaces de resolver los problemas de abastecimiento que sufrían. Nosotros les recordamos la penuria de los países vecinos y que por lo menos ellos tenían cubiertos los temas de enseñanza y sanidad, no en vano Zoe, era enfermera y una prima suya médico ejerciendo en aquellos días en la república bolivariana de Venezuela. Intervino el tío y con orgullo recordó haber saludado en una ocasión al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos, verdaderos revolucionarios, y que otro gallo cantaría si estuvieran vivos. Acabado el minuto idealista llegó la hora del pragmatismo y sin apenas transición nos ofreció una caja de puros de la mejor calidad a un precio increíble, ante nuestra frontal negativa, varió de registro y poniéndose en plan confidencial y en atención a nuestra edad nos quiso vender un producto exclusivo de la investigación cubana, una caja de pastillas PPG, ideales para controlar la hipertensión y el colesterol y lo más increíble, para mantener la erección. Yo miraba a Zoe que sonreía ante los intentos de su tío por embaucarnos. A buenos les intentaba vender, si no me atrevía con la contrastada viagra menos probaría con un producto desconocido fuera de la isla. Únicamente consiguió de nosotros, tras mucho porfiar, dos monedas, de uno y de dos euros para su colección. Por fín ya satisfecho se concentró en el programa de variedades de la t.v. que tanto le divertía.
Una hora después decidimos volver al hotel, ya en el taxi camino de Los Jazmines, miraba a Livia que se recostaba en mi hombro y aunque sabía que en menos de una hora estaríamos "templando", algo me entristecía, quizás la certeza de que la aventura vivida en Viñales nunca podría darse en Barcelona.
Una vez en la habitación del hotel decidieron ducharse, habían estado todo el día en Pinar del Rio , en casa de Livia y por un corte en el suministro no se habían podido bañar como era su invariable costumbre. A mi amigo Albert le entusiasmó la idea y se metió en la ducha con Zoe. Livia y yo nos tumbamos en la cama, estaba cansada, le dolían los hombros, su frágil aspecto se acentuaba bajo la luz de la lampara, suavemente masajee su nuca hasta distender los pliegues que elevaban sus hombros, respiraba suavemente y volviendo su cabeza hacia mi, con los ojos semi-entornados me dio las gracias. Luego casi en un susurro me dijo lo que nadie me había dicho antes, fue un deseo, una queja en forma de piropo que recordaré siempre "me gustaría cambiar mis ojos por los tuyos"
Yemayá, me dijo, le había inspirado este anhelo, yo la abracé con fuerza y sentí que no se refería al color verde que con el Sol toman mis ojos, sino a esa visión que puedo tener de realidades que yo mismo no acepto. Quería la diosa ver mi inconsciente y someterme a sus ritos, yo era su médium y Yemayá entraba en mi por el sexo de Livia otorgándonos a ambos el placer carnal más intenso que pueda sentir un efímero humano. Mientras Livia gritaba ¡rico, rico, rico! yo entraba en una regresión en la que imágenes de mis vidas anteriores se sucedían hasta llegar de vuelta a la isla querida de los ingenios azucareros, a bordo de un barco negrero como representante del poder secular.
Todo fue una pesadilla que sufrí al quedarme dormido esperando que Albert y Zoe salieran de la ducha, Lidia también dormía a mi lado, luego ya bien despiertos le pregunté, entre cigarrillo y cigarrillo si cuando le daba masajes ella me había dicho la halagadora frase respecto a mis ojos, posó su mano abierta en mis rostro y asintió.
LLegó la mañana y nos despedimos de ellas, quizás para siempre, intercambiamos direcciones y las vimos salir de la habitación acompañadas por el custodio. Sin perdida de tiempo hicimos las maletas para nuestro viaje de regreso a casa de Jimagua en La Habana.