Cuando el tren asoma por la curva llegan ellos: Una joven mujer y dos niños. Ella cubre su cabeza con un pañuelo. Le ayudo a subir el carro de la compra y me lo agradece con una sonrisa. Me siento, en un compartimento vacío paralelo a ellos y abro un libro.
Enseguida el niño, de unos cuatro años, se pone a jugar, rueda el cochecito por el respaldo del asiento entregado a su conducción sin atender las quejas de la hermana. La madre pone paz. De pronto el cochecito cruza como un bólido el pasillo y se incrusta en el asiento de mi lado. Yo sonrío, la madre le reprende cariñosamente, la hermana mayor la secunda. Como es natural yo justifico al niño. Y así entablamos una agradable conversación que se prolonga el tiempo que tarda el tren en llegar a la siguiente estación.
La madre me cuenta que van a visitar al abuelo y que su marido está trabajando. La niña, de unos seis años, lee en voz alta el luminoso anuncio que indica la próxima parada, la temperatura y la hora. Disfruta con su estrenada habilidad lectora y habla de su colegio, de sus amigos y de su maestra con creciente entusiasmo. El niño también quiere atención y hace rodar su coche por mi asiento. En la mirada de la madre, en sus profundos ojos negros, brilla el orgullo que siente por sus hijos. LLegan a su destino y nos despedimos.
El resto del viaje lo paso con la agradable sensación de que todo no está perdido. Amor, familia, educación, me aferro a estas palabras, como el naufrago a un salvavidas.
Al día siguiente, aunque es domingo, trabajo. Entro a las siete por lo que a las seis y media ya estoy en la parada de metro. Apenas tres personas esperamos el tren. La resaca de la noche del sábado ha dejado sus secuelas y un trasnochador duerme semi-tumbado en un banco en el anden central. De repente aparecen dos jóvenes que se sientan su lado. Desgraciadamente sé lo que buscan. Una señora que espera a mi lado comenta en voz alta: ¡Cada domingo lo mismo!
Llega mi metro y subo con la mala conciencia de dejar a la segura víctima a merced de los presuntos ladrones. En la parada siguiente sube una multitud que regresan de las discotecas. Algunos, equivocadamente, se despiden de su amigos con un "hasta mañana". Están confundidos. Su mañana ya es hoy y a lo peor hoy es demasiado tarde.
Hago el transbordo. Afortunadamente, hoy la vigilancia impone el orden. Lejos quedan las batallas con botellas rotas como armas y saltos a la vía, mientras el pasaje se refugiaba al final del anden. Un grupo de guardias de seguridad permanecen en las entradas disuadiendo las conductas incívicas.
Llevo un libro pero esta vez no leo. En mi pensamiento están los dos trayectos. El viaje de ayer y el de ahora mismo. Infancias muy diferentes y entonces por una vez la compasión vence al miedo. Pienso en los ladronzuelos de hace un rato. Seguramente dejaron muy lejos o nunca tuvieron una familia que les amara, una madre que les llevara en el trayecto de ida y vuelta a casa del abuelo, que pudiera mostrarlos orgullosa al circunstancial viajero. Perdieron su infancia, la verdadera patria del hombre y hoy la buscan sin detenerse nunca. A veces me los encuentro en un vagón o en un anden pero ya es tarde para jugar con ellos. Son reflexiones que hago mientras llego a mi destino.
sábado, 29 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
ALMA COMPARTIDA (Dedicado a Carmen Agrest)
Tenía una docena de años, una edad considerable en un perro, más teniendo en cuenta que su raza no suele superar la decena. En este último largo y frío invierno su salud había ido empeorando, ahora al llegar por fin la primavera contra toda esperanza se había sumido en un letargo del que solo despertaba jadeante, indiferente a su ración de "bolas" y al agua de la taza. Tumbado en su canasto, con la cabeza gacha, solo la voz de su ama parecía volver por un segundo a sus ojos el brillo de su inteligencia canina ¿Qué vamos hacer? Parecía preguntar.
Una vez más lo llevó a la clínica veterinaria. Otra vez la aguja lacerando su pata, otra vez ella tranquilizándole, pero esta vez no era como en el pasado un juego del que todos participan y del que salia correteando entre caricias. Esta vez su ama escuchaba al veterinario sin poder contener las lágrimas. El perro también escuchaba: había levantado la cabeza del regazo de su dueña y aunque no entendiera las palabras leía en los húmedos ojos de ella la traducción simultanea: El veterinario aconsejaba no prolongar el sufrimiento y aplicarle una inyección letal.
Ella se resistía, pedía más tiempo para asumirlo, no se decidía. Entonces el can en un arrebato amoroso, aprovechando sus últimas fuerzas, saltó como en sus mejores días sobre el rostro de su ama besándola, lamiendo sus manos, moviendo la cola con frenesí y cuando tras el esfuerzo el ahogo volvió a atenazarlo, en lugar de toser y luchar por respirar, se desplomó sobre su pecho con los ojos fijos en ella, última acto de amor incondicional, sacrificio que evitaba la dulce muerte canina y le daba una amarga muerte humana.
Llegan días de dolor intenso, tarde en las que regresa al parque y se sienta en el mismo banco, esperando que anochezca. Una amiga la acompaña. Juntas en silencio fuman. La sombra de su perro corre en su pensamiento, cierra los ojos y se amodorra, entonces cree sentir en sus pies el calor del amigo ausente. Vuelve sola a casa, después de varias noches de insomnio consigue dormir y tiene un sueño tan extraordinario que al despertar, para no olvidar ningún detalle, lo escribe en un cuaderno:
"Estamos mi amiga y yo en una amplia e iluminada gruta, andamos por un cuidado camino que bordea un río subterráneo hasta llegar a un embarcadero. Permanecemos contemplando admiradas las estalactitas, la humedad de la cueva se deja sentir y forma una tenue neblina sobre las negras aguas. Sé que he ido hasta aquí con un propósito pero no consigo recordarlo. Entonces sin saber por que grito el nombre de mi perro y el eco de mi voz vuelve en susurros repetidos que poco a poco se pierden entre los recovecos de la gruta.
Por fin, una luz disipa la neblina del río, una barca se aproxima y cuando está más cerca el fanal de proa ilumina el rostro del remero: es el de un anciano extremadamente pálido que muy erguido rema con fuerza hacia nosotros.¡Pero alguien viaja con él! Está de espaldas sentado y su forma, a medida que se aproxima, se nos hace rotundamente familiar. Cuando por fin llegan al embarcadero, mi perro, salta sobre mi llenándome de besos.
El barquero sin descender ni pronunciar palabra reclama algo con un gesto ¡Entonces, de repente, recuerdo a lo que he venido! Y sin demora coloco una moneda en la boca de mi perro. El mueve la cola feliz y por última vez aprieta su lomo contra mis piernas. Después de un salto vuelve a la embarcación.
Lentamente se separan del embarcadero, pero esta vez es mi perro quien rema y parece conocer su destino. La luz del fanal ilumina por un momento su cara, ya no pende caninamente la lengua de su boca, sellada por la moneda adquiere una contención lo más parecido a una sonrisa humana.
La barca desaparece entre la niebla, entonces despierto y en ese mágico segundo en que regreso del sueño siento la certeza de que he donado a mi perro parte de mi alma. Y antes de despertar del todo a la realidad sueño en que volveremos a reunirnos".
Una vez más lo llevó a la clínica veterinaria. Otra vez la aguja lacerando su pata, otra vez ella tranquilizándole, pero esta vez no era como en el pasado un juego del que todos participan y del que salia correteando entre caricias. Esta vez su ama escuchaba al veterinario sin poder contener las lágrimas. El perro también escuchaba: había levantado la cabeza del regazo de su dueña y aunque no entendiera las palabras leía en los húmedos ojos de ella la traducción simultanea: El veterinario aconsejaba no prolongar el sufrimiento y aplicarle una inyección letal.
Ella se resistía, pedía más tiempo para asumirlo, no se decidía. Entonces el can en un arrebato amoroso, aprovechando sus últimas fuerzas, saltó como en sus mejores días sobre el rostro de su ama besándola, lamiendo sus manos, moviendo la cola con frenesí y cuando tras el esfuerzo el ahogo volvió a atenazarlo, en lugar de toser y luchar por respirar, se desplomó sobre su pecho con los ojos fijos en ella, última acto de amor incondicional, sacrificio que evitaba la dulce muerte canina y le daba una amarga muerte humana.
Llegan días de dolor intenso, tarde en las que regresa al parque y se sienta en el mismo banco, esperando que anochezca. Una amiga la acompaña. Juntas en silencio fuman. La sombra de su perro corre en su pensamiento, cierra los ojos y se amodorra, entonces cree sentir en sus pies el calor del amigo ausente. Vuelve sola a casa, después de varias noches de insomnio consigue dormir y tiene un sueño tan extraordinario que al despertar, para no olvidar ningún detalle, lo escribe en un cuaderno:
"Estamos mi amiga y yo en una amplia e iluminada gruta, andamos por un cuidado camino que bordea un río subterráneo hasta llegar a un embarcadero. Permanecemos contemplando admiradas las estalactitas, la humedad de la cueva se deja sentir y forma una tenue neblina sobre las negras aguas. Sé que he ido hasta aquí con un propósito pero no consigo recordarlo. Entonces sin saber por que grito el nombre de mi perro y el eco de mi voz vuelve en susurros repetidos que poco a poco se pierden entre los recovecos de la gruta.
Por fin, una luz disipa la neblina del río, una barca se aproxima y cuando está más cerca el fanal de proa ilumina el rostro del remero: es el de un anciano extremadamente pálido que muy erguido rema con fuerza hacia nosotros.¡Pero alguien viaja con él! Está de espaldas sentado y su forma, a medida que se aproxima, se nos hace rotundamente familiar. Cuando por fin llegan al embarcadero, mi perro, salta sobre mi llenándome de besos.
El barquero sin descender ni pronunciar palabra reclama algo con un gesto ¡Entonces, de repente, recuerdo a lo que he venido! Y sin demora coloco una moneda en la boca de mi perro. El mueve la cola feliz y por última vez aprieta su lomo contra mis piernas. Después de un salto vuelve a la embarcación.
Lentamente se separan del embarcadero, pero esta vez es mi perro quien rema y parece conocer su destino. La luz del fanal ilumina por un momento su cara, ya no pende caninamente la lengua de su boca, sellada por la moneda adquiere una contención lo más parecido a una sonrisa humana.
La barca desaparece entre la niebla, entonces despierto y en ese mágico segundo en que regreso del sueño siento la certeza de que he donado a mi perro parte de mi alma. Y antes de despertar del todo a la realidad sueño en que volveremos a reunirnos".
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