Cuando el tren asoma por la curva llegan ellos: Una joven mujer y dos niños. Ella cubre su cabeza con un pañuelo. Le ayudo a subir el carro de la compra y me lo agradece con una sonrisa. Me siento, en un compartimento vacío paralelo a ellos y abro un libro.
Enseguida el niño, de unos cuatro años, se pone a jugar, rueda el cochecito por el respaldo del asiento entregado a su conducción sin atender las quejas de la hermana. La madre pone paz. De pronto el cochecito cruza como un bólido el pasillo y se incrusta en el asiento de mi lado. Yo sonrío, la madre le reprende cariñosamente, la hermana mayor la secunda. Como es natural yo justifico al niño. Y así entablamos una agradable conversación que se prolonga el tiempo que tarda el tren en llegar a la siguiente estación.
La madre me cuenta que van a visitar al abuelo y que su marido está trabajando. La niña, de unos seis años, lee en voz alta el luminoso anuncio que indica la próxima parada, la temperatura y la hora. Disfruta con su estrenada habilidad lectora y habla de su colegio, de sus amigos y de su maestra con creciente entusiasmo. El niño también quiere atención y hace rodar su coche por mi asiento. En la mirada de la madre, en sus profundos ojos negros, brilla el orgullo que siente por sus hijos. LLegan a su destino y nos despedimos.
El resto del viaje lo paso con la agradable sensación de que todo no está perdido. Amor, familia, educación, me aferro a estas palabras, como el naufrago a un salvavidas.
Al día siguiente, aunque es domingo, trabajo. Entro a las siete por lo que a las seis y media ya estoy en la parada de metro. Apenas tres personas esperamos el tren. La resaca de la noche del sábado ha dejado sus secuelas y un trasnochador duerme semi-tumbado en un banco en el anden central. De repente aparecen dos jóvenes que se sientan su lado. Desgraciadamente sé lo que buscan. Una señora que espera a mi lado comenta en voz alta: ¡Cada domingo lo mismo!
Llega mi metro y subo con la mala conciencia de dejar a la segura víctima a merced de los presuntos ladrones. En la parada siguiente sube una multitud que regresan de las discotecas. Algunos, equivocadamente, se despiden de su amigos con un "hasta mañana". Están confundidos. Su mañana ya es hoy y a lo peor hoy es demasiado tarde.
Hago el transbordo. Afortunadamente, hoy la vigilancia impone el orden. Lejos quedan las batallas con botellas rotas como armas y saltos a la vía, mientras el pasaje se refugiaba al final del anden. Un grupo de guardias de seguridad permanecen en las entradas disuadiendo las conductas incívicas.
Llevo un libro pero esta vez no leo. En mi pensamiento están los dos trayectos. El viaje de ayer y el de ahora mismo. Infancias muy diferentes y entonces por una vez la compasión vence al miedo. Pienso en los ladronzuelos de hace un rato. Seguramente dejaron muy lejos o nunca tuvieron una familia que les amara, una madre que les llevara en el trayecto de ida y vuelta a casa del abuelo, que pudiera mostrarlos orgullosa al circunstancial viajero. Perdieron su infancia, la verdadera patria del hombre y hoy la buscan sin detenerse nunca. A veces me los encuentro en un vagón o en un anden pero ya es tarde para jugar con ellos. Son reflexiones que hago mientras llego a mi destino.
sábado, 29 de mayo de 2010
domingo, 2 de mayo de 2010
ALMA COMPARTIDA (Dedicado a Carmen Agrest)
Tenía una docena de años, una edad considerable en un perro, más teniendo en cuenta que su raza no suele superar la decena. En este último largo y frío invierno su salud había ido empeorando, ahora al llegar por fin la primavera contra toda esperanza se había sumido en un letargo del que solo despertaba jadeante, indiferente a su ración de "bolas" y al agua de la taza. Tumbado en su canasto, con la cabeza gacha, solo la voz de su ama parecía volver por un segundo a sus ojos el brillo de su inteligencia canina ¿Qué vamos hacer? Parecía preguntar.
Una vez más lo llevó a la clínica veterinaria. Otra vez la aguja lacerando su pata, otra vez ella tranquilizándole, pero esta vez no era como en el pasado un juego del que todos participan y del que salia correteando entre caricias. Esta vez su ama escuchaba al veterinario sin poder contener las lágrimas. El perro también escuchaba: había levantado la cabeza del regazo de su dueña y aunque no entendiera las palabras leía en los húmedos ojos de ella la traducción simultanea: El veterinario aconsejaba no prolongar el sufrimiento y aplicarle una inyección letal.
Ella se resistía, pedía más tiempo para asumirlo, no se decidía. Entonces el can en un arrebato amoroso, aprovechando sus últimas fuerzas, saltó como en sus mejores días sobre el rostro de su ama besándola, lamiendo sus manos, moviendo la cola con frenesí y cuando tras el esfuerzo el ahogo volvió a atenazarlo, en lugar de toser y luchar por respirar, se desplomó sobre su pecho con los ojos fijos en ella, última acto de amor incondicional, sacrificio que evitaba la dulce muerte canina y le daba una amarga muerte humana.
Llegan días de dolor intenso, tarde en las que regresa al parque y se sienta en el mismo banco, esperando que anochezca. Una amiga la acompaña. Juntas en silencio fuman. La sombra de su perro corre en su pensamiento, cierra los ojos y se amodorra, entonces cree sentir en sus pies el calor del amigo ausente. Vuelve sola a casa, después de varias noches de insomnio consigue dormir y tiene un sueño tan extraordinario que al despertar, para no olvidar ningún detalle, lo escribe en un cuaderno:
"Estamos mi amiga y yo en una amplia e iluminada gruta, andamos por un cuidado camino que bordea un río subterráneo hasta llegar a un embarcadero. Permanecemos contemplando admiradas las estalactitas, la humedad de la cueva se deja sentir y forma una tenue neblina sobre las negras aguas. Sé que he ido hasta aquí con un propósito pero no consigo recordarlo. Entonces sin saber por que grito el nombre de mi perro y el eco de mi voz vuelve en susurros repetidos que poco a poco se pierden entre los recovecos de la gruta.
Por fin, una luz disipa la neblina del río, una barca se aproxima y cuando está más cerca el fanal de proa ilumina el rostro del remero: es el de un anciano extremadamente pálido que muy erguido rema con fuerza hacia nosotros.¡Pero alguien viaja con él! Está de espaldas sentado y su forma, a medida que se aproxima, se nos hace rotundamente familiar. Cuando por fin llegan al embarcadero, mi perro, salta sobre mi llenándome de besos.
El barquero sin descender ni pronunciar palabra reclama algo con un gesto ¡Entonces, de repente, recuerdo a lo que he venido! Y sin demora coloco una moneda en la boca de mi perro. El mueve la cola feliz y por última vez aprieta su lomo contra mis piernas. Después de un salto vuelve a la embarcación.
Lentamente se separan del embarcadero, pero esta vez es mi perro quien rema y parece conocer su destino. La luz del fanal ilumina por un momento su cara, ya no pende caninamente la lengua de su boca, sellada por la moneda adquiere una contención lo más parecido a una sonrisa humana.
La barca desaparece entre la niebla, entonces despierto y en ese mágico segundo en que regreso del sueño siento la certeza de que he donado a mi perro parte de mi alma. Y antes de despertar del todo a la realidad sueño en que volveremos a reunirnos".
Una vez más lo llevó a la clínica veterinaria. Otra vez la aguja lacerando su pata, otra vez ella tranquilizándole, pero esta vez no era como en el pasado un juego del que todos participan y del que salia correteando entre caricias. Esta vez su ama escuchaba al veterinario sin poder contener las lágrimas. El perro también escuchaba: había levantado la cabeza del regazo de su dueña y aunque no entendiera las palabras leía en los húmedos ojos de ella la traducción simultanea: El veterinario aconsejaba no prolongar el sufrimiento y aplicarle una inyección letal.
Ella se resistía, pedía más tiempo para asumirlo, no se decidía. Entonces el can en un arrebato amoroso, aprovechando sus últimas fuerzas, saltó como en sus mejores días sobre el rostro de su ama besándola, lamiendo sus manos, moviendo la cola con frenesí y cuando tras el esfuerzo el ahogo volvió a atenazarlo, en lugar de toser y luchar por respirar, se desplomó sobre su pecho con los ojos fijos en ella, última acto de amor incondicional, sacrificio que evitaba la dulce muerte canina y le daba una amarga muerte humana.
Llegan días de dolor intenso, tarde en las que regresa al parque y se sienta en el mismo banco, esperando que anochezca. Una amiga la acompaña. Juntas en silencio fuman. La sombra de su perro corre en su pensamiento, cierra los ojos y se amodorra, entonces cree sentir en sus pies el calor del amigo ausente. Vuelve sola a casa, después de varias noches de insomnio consigue dormir y tiene un sueño tan extraordinario que al despertar, para no olvidar ningún detalle, lo escribe en un cuaderno:
"Estamos mi amiga y yo en una amplia e iluminada gruta, andamos por un cuidado camino que bordea un río subterráneo hasta llegar a un embarcadero. Permanecemos contemplando admiradas las estalactitas, la humedad de la cueva se deja sentir y forma una tenue neblina sobre las negras aguas. Sé que he ido hasta aquí con un propósito pero no consigo recordarlo. Entonces sin saber por que grito el nombre de mi perro y el eco de mi voz vuelve en susurros repetidos que poco a poco se pierden entre los recovecos de la gruta.
Por fin, una luz disipa la neblina del río, una barca se aproxima y cuando está más cerca el fanal de proa ilumina el rostro del remero: es el de un anciano extremadamente pálido que muy erguido rema con fuerza hacia nosotros.¡Pero alguien viaja con él! Está de espaldas sentado y su forma, a medida que se aproxima, se nos hace rotundamente familiar. Cuando por fin llegan al embarcadero, mi perro, salta sobre mi llenándome de besos.
El barquero sin descender ni pronunciar palabra reclama algo con un gesto ¡Entonces, de repente, recuerdo a lo que he venido! Y sin demora coloco una moneda en la boca de mi perro. El mueve la cola feliz y por última vez aprieta su lomo contra mis piernas. Después de un salto vuelve a la embarcación.
Lentamente se separan del embarcadero, pero esta vez es mi perro quien rema y parece conocer su destino. La luz del fanal ilumina por un momento su cara, ya no pende caninamente la lengua de su boca, sellada por la moneda adquiere una contención lo más parecido a una sonrisa humana.
La barca desaparece entre la niebla, entonces despierto y en ese mágico segundo en que regreso del sueño siento la certeza de que he donado a mi perro parte de mi alma. Y antes de despertar del todo a la realidad sueño en que volveremos a reunirnos".
sábado, 3 de abril de 2010
EL GUANTE
Allí estaba solitario sobre la acera, como una mano abierta cara al cielo. De una suave patada lo arrimó contra la pared. Siguió andando hasta que unos metros más allá un repentino impulso le hizo detenerse y volver atrás.
No pudo resistir la tentación de intentar ponérselo, el guante era más bien pequeño, seguramente de mujer, empujó sus dedos hasta ajustárselo y enervado por el suave contacto de su piel se lo llevó a los labios, le llegó un tenue olor a primavera, seguramente eran los restos de un perfume. Buscó a su alrededor, hasta encontrar en un recodo de la pared el sitio ideal donde dejarlo.
Si en lugar de un guante hubiera sido un teléfono, pensaba, podría llevárselo y aguardar tranquilamente que su dueña llamara ¿Pero quién encuentra un codiciado móvil en medio de la calle?
Un solo guante sin embargo a nadie le interesa, sólo a quien lo ha perdido, que lo busca primero por el bolso y luego por los bolsillos del abrigo , sobretodo ahora que la frialdad de la tarde se deja sentir en las manos desnudas. Quizás incluso su dueña estaría en este momento desandando la misma calle con los ojos fijos en el suelo.
Lo decidió en un segundo y se sentó en un banco al otro lado de la calle a esperar. Tenía pocas cosas que hacer. Si acaso se hacía tarde dejaría su ronda habitual por los bares cercanos a su casa y se perdería las noticias de las nueve, nada trascendente. Pasó la siguiente hora vigilando hasta que la humedad de la noche le avisó con una punzada en la espalda, sus huesos añoraban el calor de una casa ¡Media hora más se puso de plazo!
Su corazón sufrió un vuelco cuando inesperadamente un tipo que arrastraba un carro cargado de cartones pareció interesarse por el guante. Fué un eterno segundo prolongado por su zozobra hasta que el trapero lo desechó con un gesto. Había pasado el peligro pero no podía exponerse a que otro menos exigente lo recogiera.
Cuando se disponía a cruzar la calle la vió acercarse ¡Tenía que ser ella! Otro hubiera dicho que era una más de los viandantes que andaban camino de su casa, con su bolso en bandolera, absorta en sus pensamientos y que nada indicaba que buscara un objeto perdido. Pero él, que estaba en el secreto, descubría indicios en el casi imperceptible oscilar de su cuello, a derecha y a izquierda, o en su mano diestra encerrada en el bolsillo del abrigo mientras la siniestra enfundada en un guante sujeta el bolso.
Contuvo la respiración cuando la vió llegar a la altura del guante, pero ella en su mirada panorámica no abarcaba el saliente de la pared, lo buscaba en la linea recta de la acera, si acaso hasta el bordillo, donde alguien podía haberlo arrojado de una patada, y ¡ pasaba de largo!
Corriendo cruzó la calle, su corazón se aceleraba, el destino le había arrojado un guante y tenía que aceptar el desafío ¡No podía como en tantas ocasiones dejarlo pasar! Recogió el guante y siguió a la mujer por la calle hasta situarse a su misma altura, por un momento anduvo a su lado, pero al mirarla sintió de repente que el viento de la noche le alcanzaba con un soplo de fría realidad ¡Era tan proporcionadamente bella! Alta, esbelta, elegante y cuando por un instante sus ojos se encontraron sintió en su mirada el supremo desprecio de la indiferencia
Volvió a sufrir pero esta vez más fuerte, la punzada de otros días en el brazo y la garra sobre el pecho apenas le dejó respirar pero aun tuvo fuerzas para correr y adelantándola muchos metros arrojar disimuladamente el guante por donde ella pasaría.
Desde la otra acera la vió llegar por segunda vez. El guante era visible en medio de la calle y en su delirio creyó ver que los dedos de piel se erguían levemente, felices de encontrarse con su dueña. La vió recoger el guante y aun agachada mirar a todos lados. Luego siguió calle arriba , se giró por dos veces mientras movía la cabeza y dobló por fin la esquina.
Aun llegó a tiempo de tomar un par de cervezas, le seguía doliendo el brazo y la garra continuaba instalada en su pecho. Renunció a las noticias de las nueve y moderadamente ebrio se acostó. No supo cuando pero la dueña del guante regresó hasta su cabecera, esta vez era menos bella, menos alta, pero sensible y buena y en sus ojos negros no vió indiferencia si no un destello de amor, su mano desnuda sin el guante, limpió su frente del sudor y sus labios le besaron con ternura, entonces por fin expiró.
No pudo resistir la tentación de intentar ponérselo, el guante era más bien pequeño, seguramente de mujer, empujó sus dedos hasta ajustárselo y enervado por el suave contacto de su piel se lo llevó a los labios, le llegó un tenue olor a primavera, seguramente eran los restos de un perfume. Buscó a su alrededor, hasta encontrar en un recodo de la pared el sitio ideal donde dejarlo.
Si en lugar de un guante hubiera sido un teléfono, pensaba, podría llevárselo y aguardar tranquilamente que su dueña llamara ¿Pero quién encuentra un codiciado móvil en medio de la calle?
Un solo guante sin embargo a nadie le interesa, sólo a quien lo ha perdido, que lo busca primero por el bolso y luego por los bolsillos del abrigo , sobretodo ahora que la frialdad de la tarde se deja sentir en las manos desnudas. Quizás incluso su dueña estaría en este momento desandando la misma calle con los ojos fijos en el suelo.
Lo decidió en un segundo y se sentó en un banco al otro lado de la calle a esperar. Tenía pocas cosas que hacer. Si acaso se hacía tarde dejaría su ronda habitual por los bares cercanos a su casa y se perdería las noticias de las nueve, nada trascendente. Pasó la siguiente hora vigilando hasta que la humedad de la noche le avisó con una punzada en la espalda, sus huesos añoraban el calor de una casa ¡Media hora más se puso de plazo!
Su corazón sufrió un vuelco cuando inesperadamente un tipo que arrastraba un carro cargado de cartones pareció interesarse por el guante. Fué un eterno segundo prolongado por su zozobra hasta que el trapero lo desechó con un gesto. Había pasado el peligro pero no podía exponerse a que otro menos exigente lo recogiera.
Cuando se disponía a cruzar la calle la vió acercarse ¡Tenía que ser ella! Otro hubiera dicho que era una más de los viandantes que andaban camino de su casa, con su bolso en bandolera, absorta en sus pensamientos y que nada indicaba que buscara un objeto perdido. Pero él, que estaba en el secreto, descubría indicios en el casi imperceptible oscilar de su cuello, a derecha y a izquierda, o en su mano diestra encerrada en el bolsillo del abrigo mientras la siniestra enfundada en un guante sujeta el bolso.
Contuvo la respiración cuando la vió llegar a la altura del guante, pero ella en su mirada panorámica no abarcaba el saliente de la pared, lo buscaba en la linea recta de la acera, si acaso hasta el bordillo, donde alguien podía haberlo arrojado de una patada, y ¡ pasaba de largo!
Corriendo cruzó la calle, su corazón se aceleraba, el destino le había arrojado un guante y tenía que aceptar el desafío ¡No podía como en tantas ocasiones dejarlo pasar! Recogió el guante y siguió a la mujer por la calle hasta situarse a su misma altura, por un momento anduvo a su lado, pero al mirarla sintió de repente que el viento de la noche le alcanzaba con un soplo de fría realidad ¡Era tan proporcionadamente bella! Alta, esbelta, elegante y cuando por un instante sus ojos se encontraron sintió en su mirada el supremo desprecio de la indiferencia
Volvió a sufrir pero esta vez más fuerte, la punzada de otros días en el brazo y la garra sobre el pecho apenas le dejó respirar pero aun tuvo fuerzas para correr y adelantándola muchos metros arrojar disimuladamente el guante por donde ella pasaría.
Desde la otra acera la vió llegar por segunda vez. El guante era visible en medio de la calle y en su delirio creyó ver que los dedos de piel se erguían levemente, felices de encontrarse con su dueña. La vió recoger el guante y aun agachada mirar a todos lados. Luego siguió calle arriba , se giró por dos veces mientras movía la cabeza y dobló por fin la esquina.
Aun llegó a tiempo de tomar un par de cervezas, le seguía doliendo el brazo y la garra continuaba instalada en su pecho. Renunció a las noticias de las nueve y moderadamente ebrio se acostó. No supo cuando pero la dueña del guante regresó hasta su cabecera, esta vez era menos bella, menos alta, pero sensible y buena y en sus ojos negros no vió indiferencia si no un destello de amor, su mano desnuda sin el guante, limpió su frente del sudor y sus labios le besaron con ternura, entonces por fin expiró.
viernes, 26 de marzo de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE
ENTRADA XXVII
Ahora no recuerdo la fecha exacta,pero aquella noche del mes de Mayo me desperté inquieto y miré el reloj... eran las cuatro. Acababa de tener una extraña pesadilla. En el sueño."alguien, dentro de un coche estacionado en un lateral de la avenida donde resido, aparecía degollado. Yo observaba más extrañado que horrorizado, el cuchillo que el muerto sostenía en su mano y que rebanaba lateralmente el cuello. Incrédulo me preguntaba ¿Puede alguien por decidido y desesperado que esté degollarse a si mismo? Cuando por la mañana, sin apenas haber vuelto a conciliar el sueño, me levanté seguía haciéndome la pregunta.
A las once me llamó David, para darme la terrible noticia. Acababa de saber que en un piso de La Habana vieja, habían encontrado los cuerpos sin vida de nuestros amigos Neisi y Jimagua. Lo supo por Iraida, tía de Neisi.
Todo indicaba que Jimagua había matado a Neisi y que acto seguido se había suicidado ¡degollándose! Cuando supe a que hora más o menos había sucedido el drama y las circunstancias , lo relacioné con mi sueño.
Un día antes Jimagua envió un email a través de una amiga con acceso a Internet, para David pidiéndole que le llamara la tarde siguiente, a una determinada hora a un número de teléfono. Aquel número pertenecía al de la vivienda de la calle Empedrado en La Habana vieja lugar del suceso.Por una serie de circunstancias David no abrió su correo hasta el día siguiente cuando ya era demasiado tarde. ¿Que tenia que decirle? Nunca lo sabremos, pero si había alguien en quien confiara Jimagua y a quien escuchaba era David. Con él desactivaba el campo de minas de su paranoia y se mostraba conciliador.
La investigación policial confirmó la primera impresión: Crimen y posterior suicidio. Caso resuelto. Nadie por lo menos en público cuestionó el resultado. Uno más de los numerosos crímenes pasionales que se dan en casi todas partes.
Puede que así fuese, pero aunque el tiempo y la distancia cada vez nos alejan de esta historia yo sigo pensando que en mi sueño algo me advertía que todo pudo ser diferente.
FIN DE MISTERIO EN LA HABANA.
Ahora no recuerdo la fecha exacta,pero aquella noche del mes de Mayo me desperté inquieto y miré el reloj... eran las cuatro. Acababa de tener una extraña pesadilla. En el sueño."alguien, dentro de un coche estacionado en un lateral de la avenida donde resido, aparecía degollado. Yo observaba más extrañado que horrorizado, el cuchillo que el muerto sostenía en su mano y que rebanaba lateralmente el cuello. Incrédulo me preguntaba ¿Puede alguien por decidido y desesperado que esté degollarse a si mismo? Cuando por la mañana, sin apenas haber vuelto a conciliar el sueño, me levanté seguía haciéndome la pregunta.
A las once me llamó David, para darme la terrible noticia. Acababa de saber que en un piso de La Habana vieja, habían encontrado los cuerpos sin vida de nuestros amigos Neisi y Jimagua. Lo supo por Iraida, tía de Neisi.
Todo indicaba que Jimagua había matado a Neisi y que acto seguido se había suicidado ¡degollándose! Cuando supe a que hora más o menos había sucedido el drama y las circunstancias , lo relacioné con mi sueño.
Un día antes Jimagua envió un email a través de una amiga con acceso a Internet, para David pidiéndole que le llamara la tarde siguiente, a una determinada hora a un número de teléfono. Aquel número pertenecía al de la vivienda de la calle Empedrado en La Habana vieja lugar del suceso.Por una serie de circunstancias David no abrió su correo hasta el día siguiente cuando ya era demasiado tarde. ¿Que tenia que decirle? Nunca lo sabremos, pero si había alguien en quien confiara Jimagua y a quien escuchaba era David. Con él desactivaba el campo de minas de su paranoia y se mostraba conciliador.
La investigación policial confirmó la primera impresión: Crimen y posterior suicidio. Caso resuelto. Nadie por lo menos en público cuestionó el resultado. Uno más de los numerosos crímenes pasionales que se dan en casi todas partes.
Puede que así fuese, pero aunque el tiempo y la distancia cada vez nos alejan de esta historia yo sigo pensando que en mi sueño algo me advertía que todo pudo ser diferente.
FIN DE MISTERIO EN LA HABANA.
domingo, 21 de marzo de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE
ENTRADA XXVI
Un amigo de Marcia disponía de un piso libre, pero la vivienda no tenia comparación con la de Jimagua, estaba en el cuarto piso de un oscuro y viejo edificio en la calle San Miguel naturalmente sin ascensor y al que llegabas después de atravesar un mugriento y destartalado rellano. Su interior, limpio y bien provisto de todo lo imprescindible, carecía sin embargo del magnifico balcón de parque Trillo y daba, su ventana, al patio interior de la comunidad. Una vez instalados salimos a escape de la casa y fuimos paseo del Prado "alante" hasta el parque Macedo en busca de espacios abiertos.
Sentados en la terraza de nuestros anteriores "devaneos" conversamos con un vecino del barrio y que nos conocía de vernos en compañía de Jimagua. No tenia buena opinión de él. Nos advirtió que era un liante y que desconfiaramos de lo que nos dijera. Pero la noche aun nos aguardaba una sorpresa. Antes de que nos diéramos cuenta se sentaron dos conocidas del vecino. Tía y sobrina, la mayor de unos cuarenta años y la jovencita no pasaría de los veinte. La conversación derivó por otros derroteros.. La tía protestaba vehemente de la lascivia con que algunos hombres acechaban a su sobrina y de que como ella se había convertido en la guardiana de su honra. El vecino abandonó la mesa y allí quedamos los cuatro, hasta que súbitamente la sobrina, tanto tiempo callada, dejó oír su aniñada voz para proponernos ir a comprar unas pizzas. Naturalmente nos las comimos en nuestro estrenado piso.
A la mañana siguiente después de desayunar en el piso de Marcia y cuando estábamos sentados en uno de los bancos del parque vimos a Jimagua asomado a su balcón. David decidió subir a hablar con él. Los demás quedamos esperando.
Una hora más tarde Albert y yo subimos. La puerta estaba entornada y desde el comedor llegaba la inconfundible voz de Jimagua. Al vernos ocultó la cabeza entre sus manos y empezó a llorar. Nos pedía perdón por su acción y se mostraba muy arrepentido. Intentamos hacerle comprender que no debía seguir molestando a Neisi, que ella había tomado libremente la decisión de dejarle y aunque fuera muy doloroso para él tenia que aceptarlo. Pero él seguía afirmando que Neisi le hacia señas inequívocas y sus palabras textuales fueron : "Ella me busca y me dice que yo soy su verdadero hombre".
Por fin llegó el momento de nuestra partida, realmente, dada la situación, fue un alivio dejar Cuba. Ojalá hubiéramos podido traer a Neisi con nosotros, todo hubiera sido diferente.
Durante los siguientes meses David y Nuria hicieron todo lo humanamente posible para agilizar los trámites. Contrataron los servicios de una abogado cubana experta en emigración laboral y todo prometía un final feliz. Para el mes de junio confiaban traerla a Barcelona, pero antes tenia que llegar el mes de mayo.
Un amigo de Marcia disponía de un piso libre, pero la vivienda no tenia comparación con la de Jimagua, estaba en el cuarto piso de un oscuro y viejo edificio en la calle San Miguel naturalmente sin ascensor y al que llegabas después de atravesar un mugriento y destartalado rellano. Su interior, limpio y bien provisto de todo lo imprescindible, carecía sin embargo del magnifico balcón de parque Trillo y daba, su ventana, al patio interior de la comunidad. Una vez instalados salimos a escape de la casa y fuimos paseo del Prado "alante" hasta el parque Macedo en busca de espacios abiertos.
Sentados en la terraza de nuestros anteriores "devaneos" conversamos con un vecino del barrio y que nos conocía de vernos en compañía de Jimagua. No tenia buena opinión de él. Nos advirtió que era un liante y que desconfiaramos de lo que nos dijera. Pero la noche aun nos aguardaba una sorpresa. Antes de que nos diéramos cuenta se sentaron dos conocidas del vecino. Tía y sobrina, la mayor de unos cuarenta años y la jovencita no pasaría de los veinte. La conversación derivó por otros derroteros.. La tía protestaba vehemente de la lascivia con que algunos hombres acechaban a su sobrina y de que como ella se había convertido en la guardiana de su honra. El vecino abandonó la mesa y allí quedamos los cuatro, hasta que súbitamente la sobrina, tanto tiempo callada, dejó oír su aniñada voz para proponernos ir a comprar unas pizzas. Naturalmente nos las comimos en nuestro estrenado piso.
A la mañana siguiente después de desayunar en el piso de Marcia y cuando estábamos sentados en uno de los bancos del parque vimos a Jimagua asomado a su balcón. David decidió subir a hablar con él. Los demás quedamos esperando.
Una hora más tarde Albert y yo subimos. La puerta estaba entornada y desde el comedor llegaba la inconfundible voz de Jimagua. Al vernos ocultó la cabeza entre sus manos y empezó a llorar. Nos pedía perdón por su acción y se mostraba muy arrepentido. Intentamos hacerle comprender que no debía seguir molestando a Neisi, que ella había tomado libremente la decisión de dejarle y aunque fuera muy doloroso para él tenia que aceptarlo. Pero él seguía afirmando que Neisi le hacia señas inequívocas y sus palabras textuales fueron : "Ella me busca y me dice que yo soy su verdadero hombre".
Por fin llegó el momento de nuestra partida, realmente, dada la situación, fue un alivio dejar Cuba. Ojalá hubiéramos podido traer a Neisi con nosotros, todo hubiera sido diferente.
Durante los siguientes meses David y Nuria hicieron todo lo humanamente posible para agilizar los trámites. Contrataron los servicios de una abogado cubana experta en emigración laboral y todo prometía un final feliz. Para el mes de junio confiaban traerla a Barcelona, pero antes tenia que llegar el mes de mayo.
sábado, 20 de marzo de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE
ENTRADA XXV
A las once de la mañana la cola de "nacionales" frente a la heladería Coppelia se extendía a lo largo de la acera. Ignoramos la destinada a los turistas y acompañados de Neisi y Marcia nos agregamos a la fila. Una empleada controlaba el ordenado acceso a las mesas. Tardamos más de media hora en sentarnos a la sombra y algo menos en que nos sirvieran el ansiado helado.
Era relajante estar allí, en un goloso silencio, solo roto por la risa de los niños,y olvidar comiendo los problemas diarios. Contrastaba la paz idílica del lugar, con su cuidado entorno, con el duro asfalto del que veníamos.
Decidimos ir a pasar el resto del día a las instalaciones del hotel Habana Libre. A los cubanos, si no van acompañados de un turista, no se les permite la entrada, por lo que para nuestras amigas era una ocasión única. Comimos en uno de los restaurantes y después de darnos un baño en la piscina, subimos a una de las terrazas desde la que se divisa una espectacular panorámica de la ciudad.
Con el crepúsculo llegó la hora de las confidencias. En la penumbra el rostro de Neisi , sentada de espaldas al mar, apenas se distinguía, pero su voz llegaba fuerte y clara. Entonces nos contó el infierno de sus últimos meses de convivencia con Jimagua. Las continuas infidelidades, las mentiras respecto al dinero, las peleas, tanto o más violentas que la de la tarde anterior. Nos pidió, por primera vez, que la ayudaramos a salir del país, " aquí nunca me dejará en paz".
El coro de nuestras voces prometiéndole ayuda no borró su fatalismo. "Quizás ya es tarde". Fue lo último que dijo antes de levantarse para buscar con la mirada la luna llena que asomaba desde el mar.
Regresamos a casa de Marcia y nos encontramos con una desagradable sorpresa: Jimagua había arrojado desde el altillo todas nuestras pertenencias y allí estaban amontonadas en desorden sobre el desván que comunica ambas viviendas. La situación empeoraba por momentos.
A las once de la mañana la cola de "nacionales" frente a la heladería Coppelia se extendía a lo largo de la acera. Ignoramos la destinada a los turistas y acompañados de Neisi y Marcia nos agregamos a la fila. Una empleada controlaba el ordenado acceso a las mesas. Tardamos más de media hora en sentarnos a la sombra y algo menos en que nos sirvieran el ansiado helado.
Era relajante estar allí, en un goloso silencio, solo roto por la risa de los niños,y olvidar comiendo los problemas diarios. Contrastaba la paz idílica del lugar, con su cuidado entorno, con el duro asfalto del que veníamos.
Decidimos ir a pasar el resto del día a las instalaciones del hotel Habana Libre. A los cubanos, si no van acompañados de un turista, no se les permite la entrada, por lo que para nuestras amigas era una ocasión única. Comimos en uno de los restaurantes y después de darnos un baño en la piscina, subimos a una de las terrazas desde la que se divisa una espectacular panorámica de la ciudad.
Con el crepúsculo llegó la hora de las confidencias. En la penumbra el rostro de Neisi , sentada de espaldas al mar, apenas se distinguía, pero su voz llegaba fuerte y clara. Entonces nos contó el infierno de sus últimos meses de convivencia con Jimagua. Las continuas infidelidades, las mentiras respecto al dinero, las peleas, tanto o más violentas que la de la tarde anterior. Nos pidió, por primera vez, que la ayudaramos a salir del país, " aquí nunca me dejará en paz".
El coro de nuestras voces prometiéndole ayuda no borró su fatalismo. "Quizás ya es tarde". Fue lo último que dijo antes de levantarse para buscar con la mirada la luna llena que asomaba desde el mar.
Regresamos a casa de Marcia y nos encontramos con una desagradable sorpresa: Jimagua había arrojado desde el altillo todas nuestras pertenencias y allí estaban amontonadas en desorden sobre el desván que comunica ambas viviendas. La situación empeoraba por momentos.
sábado, 6 de marzo de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE
ENTRADA XXIV
Después de desayunar todos juntos en casa de Marcia, decidimos Albert y yo visitar el popular mercadillo de libros de ocasión instalado en Plaza de Armas. Lo conocíamos de nuestro anterior viaje. El lugar era bello y acogedor, con sus puestos de venta repartidos en el amplio espacio. Agradecía la sombra de las marquesinas y el respetuoso silencio de los vendedores mientras hojeaba complacido los numerosos ejemplares, algunos humildes libros de bolsillo, pero otros clásicos encuadernados en piel con el sello de la editorial grabado en su lomo, ediciones muy cuidadas en el que cada ejemplar es por si mismo una pequeña joya.
Como la sombra inesperada de una nube sobre la página,me distraía un pensamiento inquietante: la reacción de Jimagua ante el rechazo de Neisi a volver con él. Casualmente había tomado entre mis manos un ejemplar de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust. "Por el camino de Swam" y dejaba deslizar mis dedos por sus páginas como si fueran cartas de una baraja, me detuve y leí: " Sufría al ver aquella luz, en cuya dorada atmósfera se movía, tras la puerta, la invisible y odiada pareja".
Sentí un escalofrío porque el artista me indicaba lo que yo no pude ver la noche anterior y que ahora me parecia tan evidente. Jimagua espiaba desde el alto desván que comunica las dos viviendas, la habitación donde Neisi y su estrenada pareja yacían. Y como Swann "Se inclinaba, Jimagua, con impotente, ciega y vertiginosa angustia sobre el abismo insondable"
Aunque entonces yo no podía saberlo Neisi y Jimagua habían entrado en un juego diabólico en el que los dos "sabían que el otro escuchaba".
De regreso a casa, cruzando las calles de Centro Habana, comentábamos Albert y yo la difícil situación de nuestros amigos y reconocíamos que de haberlo sabido no hubiéramos venido. Teníamos la certeza de que nuestra presencia empeoraba la situación.
Aquella misma tarde se desencadenaron los acontecimientos. Estábamos todos, después de comer, en animada sobremesa, cuando, súbitamente y viniendo del interior de la vivienda, apareció Jimagua La sorpresa y la protesta de Neisi y sus primos fue inmediata. Todos le recriminaron que aprovechara el paso del desvan y le hicieron saber con duras expresiones que "alli no era bien recibido". Jimagua respondió algo que provocó la inmediata reacción de Neisi. Como una tigresa saltó sobre el hombretón clavándole las uñas en el rostro mientras le propinaba una certera patada. Jimagua contestó con un puñetazo al aire. Enseguida intervinimos los demás. El hermano de Marcia, y un amigo consiguieron llevar a Jimagua hasta la calle. Así terminó aquel penoso incidente.
Aquella noche tampoco apareció por su casa. Albert y yo permanecimos despiertos hasta muy tarde, la situación nos superaba. Sin proponérnoslo estábamos en el ojo del huracán.
Después de desayunar todos juntos en casa de Marcia, decidimos Albert y yo visitar el popular mercadillo de libros de ocasión instalado en Plaza de Armas. Lo conocíamos de nuestro anterior viaje. El lugar era bello y acogedor, con sus puestos de venta repartidos en el amplio espacio. Agradecía la sombra de las marquesinas y el respetuoso silencio de los vendedores mientras hojeaba complacido los numerosos ejemplares, algunos humildes libros de bolsillo, pero otros clásicos encuadernados en piel con el sello de la editorial grabado en su lomo, ediciones muy cuidadas en el que cada ejemplar es por si mismo una pequeña joya.
Como la sombra inesperada de una nube sobre la página,me distraía un pensamiento inquietante: la reacción de Jimagua ante el rechazo de Neisi a volver con él. Casualmente había tomado entre mis manos un ejemplar de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust. "Por el camino de Swam" y dejaba deslizar mis dedos por sus páginas como si fueran cartas de una baraja, me detuve y leí: " Sufría al ver aquella luz, en cuya dorada atmósfera se movía, tras la puerta, la invisible y odiada pareja".
Sentí un escalofrío porque el artista me indicaba lo que yo no pude ver la noche anterior y que ahora me parecia tan evidente. Jimagua espiaba desde el alto desván que comunica las dos viviendas, la habitación donde Neisi y su estrenada pareja yacían. Y como Swann "Se inclinaba, Jimagua, con impotente, ciega y vertiginosa angustia sobre el abismo insondable"
Aunque entonces yo no podía saberlo Neisi y Jimagua habían entrado en un juego diabólico en el que los dos "sabían que el otro escuchaba".
De regreso a casa, cruzando las calles de Centro Habana, comentábamos Albert y yo la difícil situación de nuestros amigos y reconocíamos que de haberlo sabido no hubiéramos venido. Teníamos la certeza de que nuestra presencia empeoraba la situación.
Aquella misma tarde se desencadenaron los acontecimientos. Estábamos todos, después de comer, en animada sobremesa, cuando, súbitamente y viniendo del interior de la vivienda, apareció Jimagua La sorpresa y la protesta de Neisi y sus primos fue inmediata. Todos le recriminaron que aprovechara el paso del desvan y le hicieron saber con duras expresiones que "alli no era bien recibido". Jimagua respondió algo que provocó la inmediata reacción de Neisi. Como una tigresa saltó sobre el hombretón clavándole las uñas en el rostro mientras le propinaba una certera patada. Jimagua contestó con un puñetazo al aire. Enseguida intervinimos los demás. El hermano de Marcia, y un amigo consiguieron llevar a Jimagua hasta la calle. Así terminó aquel penoso incidente.
Aquella noche tampoco apareció por su casa. Albert y yo permanecimos despiertos hasta muy tarde, la situación nos superaba. Sin proponérnoslo estábamos en el ojo del huracán.
sábado, 6 de febrero de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE
ENTRADA XXIII
A primeras horas de la tarde, aun con luz del día, llegamos a La Habana. Habíamos cubierto la distancia entre Cayo Santamaria y la capital en menos de ocho horas. Coincidimos en Parque Trillo con los colegiales que volvían de clase. Seguimos la hilera de niños uniformados y en improvisada caravana llegamos hasta el parking de la plaza. No habíamos advertido que el barrio estaba sin electricidad.
En casa de Marcia la "abuela" preparaba ya la cena. Verla con su pañuelo negro rodeada de velas cuya oscilante sombra bailaba en la pared me produjo la sensación de estar no solo en otro continente sino también en otro tiempo. Allí quedaron Nuria y David mientras que nosotros subimos a casa de Jimagua.
Mientras Albert descansaba yo salí al esplendido balcón y me asomé a Parque Trillo. El cielo se desprendía del color miel empalagoso de la tarde y ya en el ocaso ardía en un rojo intenso que se extendia por todo el horizonte. Sin apenas transición, como ocurre en los trópicos, llegó la noche y en la repentina oscuridad empezaron a brillar las estrellas. Primero solo distinguía una muy brillante, Marte o Jupiter, pensé, pero a medida que fijaba la vista descubrí sobre la capa azul como se encendían a decenas y haciendo un esfuerzo distinguí el lechoso rastro de la vía láctea, ¡ que pocas veces en mi vida he tenido esta visión del cielo estrellado! Gracias al apagón comprendí, de repente, el sentido de una frase de un gran filósofo: "Hay dos cosas que me hacen creer en la trascendencia. Sobre mi cabeza el cielo estrellado, dentro de mi cabeza, la conciencia de una ley moral universal".
Lo bueno dura poco y con la luz a la calle volvió la oscuridad a mi mente. Oí el inconfundible silbido de Jimagua y en pocos segundos lo teníamos en casa. Sin apenas preámbulos nos hizo conocedores de su loca desesperación.
.- Neisi me busca. Viene cuando está sola cruzando por el altillo, que separa las casas,.-
Entonces pensé que al mentiroso compulsivo que siempre había sido, acuciado por los celos y por el ridículo, añadía ahora la faceta de rastrero calumniador. Notó nuestro desprecio y al poco se encerró en su habitación,
La cena en casa de Marcia transcurrió con toda normalidad. Neisi nos recibió con el cariño de siempre, allí estaba también su nueva pareja., parecían felices y hacían proyectos para un futuro inmediato.
Cuando regresamos a casa de Jimagua éste no estaba. Había dejado una nota indicando que como habíamos convenido nos traería a las nueve el desayuno. Pero no apareció , ni en todo el día tuvimos noticias de nuestro atormentado "posadero.
A primeras horas de la tarde, aun con luz del día, llegamos a La Habana. Habíamos cubierto la distancia entre Cayo Santamaria y la capital en menos de ocho horas. Coincidimos en Parque Trillo con los colegiales que volvían de clase. Seguimos la hilera de niños uniformados y en improvisada caravana llegamos hasta el parking de la plaza. No habíamos advertido que el barrio estaba sin electricidad.
En casa de Marcia la "abuela" preparaba ya la cena. Verla con su pañuelo negro rodeada de velas cuya oscilante sombra bailaba en la pared me produjo la sensación de estar no solo en otro continente sino también en otro tiempo. Allí quedaron Nuria y David mientras que nosotros subimos a casa de Jimagua.
Mientras Albert descansaba yo salí al esplendido balcón y me asomé a Parque Trillo. El cielo se desprendía del color miel empalagoso de la tarde y ya en el ocaso ardía en un rojo intenso que se extendia por todo el horizonte. Sin apenas transición, como ocurre en los trópicos, llegó la noche y en la repentina oscuridad empezaron a brillar las estrellas. Primero solo distinguía una muy brillante, Marte o Jupiter, pensé, pero a medida que fijaba la vista descubrí sobre la capa azul como se encendían a decenas y haciendo un esfuerzo distinguí el lechoso rastro de la vía láctea, ¡ que pocas veces en mi vida he tenido esta visión del cielo estrellado! Gracias al apagón comprendí, de repente, el sentido de una frase de un gran filósofo: "Hay dos cosas que me hacen creer en la trascendencia. Sobre mi cabeza el cielo estrellado, dentro de mi cabeza, la conciencia de una ley moral universal".
Lo bueno dura poco y con la luz a la calle volvió la oscuridad a mi mente. Oí el inconfundible silbido de Jimagua y en pocos segundos lo teníamos en casa. Sin apenas preámbulos nos hizo conocedores de su loca desesperación.
.- Neisi me busca. Viene cuando está sola cruzando por el altillo, que separa las casas,.-
Entonces pensé que al mentiroso compulsivo que siempre había sido, acuciado por los celos y por el ridículo, añadía ahora la faceta de rastrero calumniador. Notó nuestro desprecio y al poco se encerró en su habitación,
La cena en casa de Marcia transcurrió con toda normalidad. Neisi nos recibió con el cariño de siempre, allí estaba también su nueva pareja., parecían felices y hacían proyectos para un futuro inmediato.
Cuando regresamos a casa de Jimagua éste no estaba. Había dejado una nota indicando que como habíamos convenido nos traería a las nueve el desayuno. Pero no apareció , ni en todo el día tuvimos noticias de nuestro atormentado "posadero.
sábado, 23 de enero de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XXII)
ENTRADA XXII
"Los rosados dedos de la aurora" Virginia recostada en mi hombro citaba al viejo Homero, metáforas tan antiguas como el lenguaje para anunciar el nuevo día.
.- De aquí a unas horas volaremos hacia el oeste, cuando lleguemos a Montreal aun será de día. Quizás en el futuro podamos hacer lo mismo con el tiempo: adelantarnos para recibirlo sin sorpresas..-
No quería yo imaginar en que estaría pensando.
- La próxima vez que nos veamos ha de ser en el estuario del San Lorenzo.- continuó.- Quiero que contemples el vuelo de los gansos y el bosque alfombrado de hojas amarillas de abedul, pero tendría que ser este otoño, añadió con un suspiro casi imperceptible.-
Me invadió de repente nostalgia por lo aun no conocido, como si la simple evocación de un lugar y una estación tuviera, en los labios de Virginia, el mágico poder de trasvasarme su memoria. Yo le recordé nuestro primer encuentro a solas aquel otro amanecer en Cayo Santamaria.
.- Si,.- sonrió con tristeza.- Entonces sufría mucho por Mary y un poco por mi. Ahora la balanza se ha igualado pero el sufrimiento es el mismo.-
Regresamos al apartamento de la barceloneta , tenían el tiempo justo para acabar de hacer las maletas y partir hacia el aeropuerto. Allí inmersos en los trámites, rodeados de extraños pasamos la última hora, nos separamos en el control de pasaportes, con el tiempo justo para un abrazo y la promesa de contactar por internet.
Las semanas siguientes pasaron entre la falsa esperanza y la cruel realidad. A la alegría por el inesperado regreso de Mary le sucedió el urgente ingreso en el hospital. Había que leer sus correos entre lineas.
"Si no puedes venir este otoño no importa. Mary me ha prometido que en cuanto me recupere me acompañará a Barcelona. Volveremos al parque Güell, a subir a las tres cruces, pero esta vez no lloraré. Si se prolongara mi convalecencia sube tú y desde allí me envías un mensaje multimedia, quiero verte en la foto con la sagrada familia al fondo."
Días más tarde me escribió su hermana Nicole.
"Virginia murió ayer por la tarde. Unas horas antes había perdido la visión, pero aunque seguía lúcida dijo algo extraño."Ya me pasó en Barcelona".- Entonces buscó el hombro de Mary para apoyarse y añadió "no os preocupéis él acudirá a la cita".
Si, he vuelto a subir al parque Güell, he vuelto a recorrer el "camí de la Bugadera" y he llegado al "turó de les tres creus". A los pies de la cruz me he sentado como entonces, ya era otoño, no se veían los dos rascacielos ocultos por la neblina, pero la Sagrada Familia seguía allí, un sueño en construcción, como deben estar siempre los sueños. No he necesitado el "móvil" para enviarle a Virginia el siguiente mensaje: "Te seguiré esperando" ¿Quien me lo puede impedir?
"Los rosados dedos de la aurora" Virginia recostada en mi hombro citaba al viejo Homero, metáforas tan antiguas como el lenguaje para anunciar el nuevo día.
.- De aquí a unas horas volaremos hacia el oeste, cuando lleguemos a Montreal aun será de día. Quizás en el futuro podamos hacer lo mismo con el tiempo: adelantarnos para recibirlo sin sorpresas..-
No quería yo imaginar en que estaría pensando.
- La próxima vez que nos veamos ha de ser en el estuario del San Lorenzo.- continuó.- Quiero que contemples el vuelo de los gansos y el bosque alfombrado de hojas amarillas de abedul, pero tendría que ser este otoño, añadió con un suspiro casi imperceptible.-
Me invadió de repente nostalgia por lo aun no conocido, como si la simple evocación de un lugar y una estación tuviera, en los labios de Virginia, el mágico poder de trasvasarme su memoria. Yo le recordé nuestro primer encuentro a solas aquel otro amanecer en Cayo Santamaria.
.- Si,.- sonrió con tristeza.- Entonces sufría mucho por Mary y un poco por mi. Ahora la balanza se ha igualado pero el sufrimiento es el mismo.-
Regresamos al apartamento de la barceloneta , tenían el tiempo justo para acabar de hacer las maletas y partir hacia el aeropuerto. Allí inmersos en los trámites, rodeados de extraños pasamos la última hora, nos separamos en el control de pasaportes, con el tiempo justo para un abrazo y la promesa de contactar por internet.
Las semanas siguientes pasaron entre la falsa esperanza y la cruel realidad. A la alegría por el inesperado regreso de Mary le sucedió el urgente ingreso en el hospital. Había que leer sus correos entre lineas.
"Si no puedes venir este otoño no importa. Mary me ha prometido que en cuanto me recupere me acompañará a Barcelona. Volveremos al parque Güell, a subir a las tres cruces, pero esta vez no lloraré. Si se prolongara mi convalecencia sube tú y desde allí me envías un mensaje multimedia, quiero verte en la foto con la sagrada familia al fondo."
Días más tarde me escribió su hermana Nicole.
"Virginia murió ayer por la tarde. Unas horas antes había perdido la visión, pero aunque seguía lúcida dijo algo extraño."Ya me pasó en Barcelona".- Entonces buscó el hombro de Mary para apoyarse y añadió "no os preocupéis él acudirá a la cita".
Si, he vuelto a subir al parque Güell, he vuelto a recorrer el "camí de la Bugadera" y he llegado al "turó de les tres creus". A los pies de la cruz me he sentado como entonces, ya era otoño, no se veían los dos rascacielos ocultos por la neblina, pero la Sagrada Familia seguía allí, un sueño en construcción, como deben estar siempre los sueños. No he necesitado el "móvil" para enviarle a Virginia el siguiente mensaje: "Te seguiré esperando" ¿Quien me lo puede impedir?
viernes, 22 de enero de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XXI)
ENTRADA XXI
Cuando la lluvia arreciaba ya estábamos otra vez a cubierto bajo la plaza. Fueron apenas unos minutos, el chaparrón cesó de repente y al salir los primeros de nuestro refugio aun sorprendimos a la negra nube ciudad abajo camino del mar, un doble arcoiris cruzaba el cielo mientras la tierra desprendía su calor convirtiendo el agua en imperceptible vaho.
Salimos del parque Güelll y andando sin prisas bajamos hasta el barrio de Gracia, con la intención de mostrar a nuestras amigas las calles en las que Albert y yo crecimos. Por el camino discutíamos sobre la solida red en que los recuerdos comunes nos unen, a veces lo que uno olvidó es recordado por el otro y la vivencia pasada reaparece como agradable sorpresa. ¿eso dije? Y tu mismo te sorprendes de aquel ingenio que entonces demostraste. Entre amigos manda lo positivo, los elogios, el reconocimiento, entre hermanos... pueden mandar los defectos, sobre todo si se comparten y el espejo del hermano hace insoportable la imagen devuelta de tus propias miserias. No era este el caso de Virginia y Nicole, ambas se querían y en sus recuerdos no había el más mínimo asomo de reproche.
Del lugar donde nos criamos solo se conserva el nombre de la plaza y del viejo bar, los bancos y el asfalto han cambiado, las antiguas y chatas farolas son ahora estilizadas luces protegidas, hasta de sus esquinas han desaparecido los colmados que entonces se hacían leal competencia. Pero sigo reconociendo la sutil atmósfera de la plaza Raspall.
Entramos en el bar Resolis, como dos Ulises que regresan a Itaca sin ser reconocidos, algún antiguo parroquiano se nos quedó mirando, pero enseguida se fijó en nuestras amigas. Recordé otra entrada en el bar, aquella si triunfal, de dos de las figuras de los años 50 , cuando "el Murri" y el "groc" aparecieron , una tarde de verano como esta, acompañados por dos inglesas, nuestro pasmo infantil y el alboroto de los mayores les acompañó hasta que tal como habían venido abandonaron el barrio. Si la infancia, como alguien dijo, es la verdadera patria del hombre, estos recuerdos junto a otros son hoy nuestra bandera y mañana serán nuestra mortaja cuando se desvanezcan para siempre.
Pero a nuestras amigas , más que nuestros recuerdos de la infancia les llamaba la atención las continuas entradas y salidas del bar de las jóvenes bellezas de larga cabellera y tez morena . Les dijimos que en Gracia siempre había vivido una importante población de raza gitana y que por paradojas de la historia eran ellos quienes conservaban en la actualidad la memoria del barrio.
El tiempo inexorable avanzaba, ya oscurecía cuando abandonamos la plaza con dirección al Port Olímpic. A Nicole le habían hablado de una discoteca en la que podías cenar, reclinado como un patricio romano, en una especie de "triclinium" y luego disfrutar de la música y del ambiente, también desde el mismo local y por una terracita podías acceder directamente a la playa.
LLegamos con tiempo suficiente para ocupar uno de los sofás destinados a los comensales. Era una nueva experiencia cenar en aquel escaparate, a la vista del público que en muy poco tiempo llenaba el local. La cena no era nada especial, pero la ´música y la expectación creada por la llegada de algún famoso creaba una atmósfera deshinibida en la que dejarse llevar parecía lo más natural.
Cruzamos nuestras copas en un penúltimo brindis y así enlazados como un candelabro de cuatro brazos brindamos mirando a la cámara que nos fijaba para siempre. Luego Nicole arrastró a su hermana hasta la pista y Albert les siguió, yo permanecí sentado. Me sentía bien, mínimamente ebrio, reclinado en mi sillón. Canción a canción crecía el clímax hasta llegar a su apogeo cuando todos a una repitieron un popular estribillo. Entonces mis ojos buscaron a Virginia, también ella se dejaba llevar, movía acompasadamente la cabeza y subía los brazos hasta palmear rítmicamente con el viejo tema Funk que ahora sonaba.
Me alegré que por un tiempo una Virginia amnésica perdiera su dolor y siguiera bailando por mucho tiempo.
Al alba, amor mio al alba, no se por que al dijey se le ocurrió poner esta triste y vieja canción. ¡Eclecticismo! Mientras Albert y Nicole bailaban "cheek to cheek" Virginia regresó a mi lado. Estaba muy acalorada y decidimos salir a la terracita allí reinaba una suave penumbra y la música llegaba amortiguada, en el horizonte,sobre el mar, empezaba a despuntar la luz del nuevo día.
Cuando la lluvia arreciaba ya estábamos otra vez a cubierto bajo la plaza. Fueron apenas unos minutos, el chaparrón cesó de repente y al salir los primeros de nuestro refugio aun sorprendimos a la negra nube ciudad abajo camino del mar, un doble arcoiris cruzaba el cielo mientras la tierra desprendía su calor convirtiendo el agua en imperceptible vaho.
Salimos del parque Güelll y andando sin prisas bajamos hasta el barrio de Gracia, con la intención de mostrar a nuestras amigas las calles en las que Albert y yo crecimos. Por el camino discutíamos sobre la solida red en que los recuerdos comunes nos unen, a veces lo que uno olvidó es recordado por el otro y la vivencia pasada reaparece como agradable sorpresa. ¿eso dije? Y tu mismo te sorprendes de aquel ingenio que entonces demostraste. Entre amigos manda lo positivo, los elogios, el reconocimiento, entre hermanos... pueden mandar los defectos, sobre todo si se comparten y el espejo del hermano hace insoportable la imagen devuelta de tus propias miserias. No era este el caso de Virginia y Nicole, ambas se querían y en sus recuerdos no había el más mínimo asomo de reproche.
Del lugar donde nos criamos solo se conserva el nombre de la plaza y del viejo bar, los bancos y el asfalto han cambiado, las antiguas y chatas farolas son ahora estilizadas luces protegidas, hasta de sus esquinas han desaparecido los colmados que entonces se hacían leal competencia. Pero sigo reconociendo la sutil atmósfera de la plaza Raspall.
Entramos en el bar Resolis, como dos Ulises que regresan a Itaca sin ser reconocidos, algún antiguo parroquiano se nos quedó mirando, pero enseguida se fijó en nuestras amigas. Recordé otra entrada en el bar, aquella si triunfal, de dos de las figuras de los años 50 , cuando "el Murri" y el "groc" aparecieron , una tarde de verano como esta, acompañados por dos inglesas, nuestro pasmo infantil y el alboroto de los mayores les acompañó hasta que tal como habían venido abandonaron el barrio. Si la infancia, como alguien dijo, es la verdadera patria del hombre, estos recuerdos junto a otros son hoy nuestra bandera y mañana serán nuestra mortaja cuando se desvanezcan para siempre.
Pero a nuestras amigas , más que nuestros recuerdos de la infancia les llamaba la atención las continuas entradas y salidas del bar de las jóvenes bellezas de larga cabellera y tez morena . Les dijimos que en Gracia siempre había vivido una importante población de raza gitana y que por paradojas de la historia eran ellos quienes conservaban en la actualidad la memoria del barrio.
El tiempo inexorable avanzaba, ya oscurecía cuando abandonamos la plaza con dirección al Port Olímpic. A Nicole le habían hablado de una discoteca en la que podías cenar, reclinado como un patricio romano, en una especie de "triclinium" y luego disfrutar de la música y del ambiente, también desde el mismo local y por una terracita podías acceder directamente a la playa.
LLegamos con tiempo suficiente para ocupar uno de los sofás destinados a los comensales. Era una nueva experiencia cenar en aquel escaparate, a la vista del público que en muy poco tiempo llenaba el local. La cena no era nada especial, pero la ´música y la expectación creada por la llegada de algún famoso creaba una atmósfera deshinibida en la que dejarse llevar parecía lo más natural.
Cruzamos nuestras copas en un penúltimo brindis y así enlazados como un candelabro de cuatro brazos brindamos mirando a la cámara que nos fijaba para siempre. Luego Nicole arrastró a su hermana hasta la pista y Albert les siguió, yo permanecí sentado. Me sentía bien, mínimamente ebrio, reclinado en mi sillón. Canción a canción crecía el clímax hasta llegar a su apogeo cuando todos a una repitieron un popular estribillo. Entonces mis ojos buscaron a Virginia, también ella se dejaba llevar, movía acompasadamente la cabeza y subía los brazos hasta palmear rítmicamente con el viejo tema Funk que ahora sonaba.
Me alegré que por un tiempo una Virginia amnésica perdiera su dolor y siguiera bailando por mucho tiempo.
Al alba, amor mio al alba, no se por que al dijey se le ocurrió poner esta triste y vieja canción. ¡Eclecticismo! Mientras Albert y Nicole bailaban "cheek to cheek" Virginia regresó a mi lado. Estaba muy acalorada y decidimos salir a la terracita allí reinaba una suave penumbra y la música llegaba amortiguada, en el horizonte,sobre el mar, empezaba a despuntar la luz del nuevo día.
sábado, 2 de enero de 2010
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XX)
ENTRADA XX
No teníamos prisa por levantarnos de nuestros cómodos asientos. Los afortunados que ocupábamos, a la sombra, el privilegiado mirador sobre la plaza, dejábamos pasar el tiempo comentando las impresiones que nos producía la visita.
A Nicole le sorprendía que las columnas hipóstilas que la sostienen estuvieran torcidas, parecían, contempladas desde el lugar donde estábamos, que desafiaran la lógica, también le llamaban la atención las numerosas gárgolas que desde lo alto de las columnas abrían sus bocas sobre el vacío. Le dije que debían ser los desagües de la plaza en días de lluvia.
Por fin, haciendo un esfuerzo, nos levantamos para dirigirnos a las "tres creus". Albert sugirió que fuéramos por el "camí de la bugadera" ¡que acierto! ¡Yo no lo recordaba. Probablemente a principio de los 70 no presentaba el cuidado aspecto de ahora. La cariátide de la bugadera sostiene el pórtico que le da nombre y el paseante recorre el camino bajo el dosel de piedra que en ondas entrelazadas protegen del Sol y de la lluvia. Sorprendido, admiraba cada detalle con la sensación de que mi sensibilidad, muchas veces embotada, acababa de afinarse gracias a aquel ambiente logrado por el arquitecto.
Seguimos andando, ya sin la protección del pórtico, hasta llegar a los pies de las tres cruces. Virginia acusaba el esfuerzo, pero recostada en mi brazo subió los últimos escalones hasta llegar al mirador. Allí nos sentamos en el banco de piedra a esperar que la benigna brisa nos refrescara. Disfrutábamos de una inesperada soledad, las cuatro de la tarde en plena canícula alejaba, transitoriamente, a los turistas de los lugares expuestos al Sol.
.- En este lugar, limite del parque, proyectaron levantar una capilla.- comentó Albert.- Pero como solo consiguieron vender una parcela quebró la empresa y fue años más tarde el ayuntamiento quien se hizo cargo del parque.-.
.- A menudo un fracaso lleva a una gran victoria. No me imagino este lugar plagado de casitas y a sus habitantes haciendo barbacoas en las piscinas.- Apuntó Virginia.-
Nos levantamos a contemplar el paisaje de la ciudad a nuestros pies. Muy cerca un poco a la izquierda las torres de la Sagrada Familia y allá al fondo el nuevo "sky-line", con sus dos rascacielos paralelos uno al otro y que parecen haber estado allí desde siemprey que así será en la memoria de los recientes y futuros visitantes de Barcelona..
Yo miraba al oeste y reconocía en la Sierra de Collcerola los lugares de tantos paseos con mis amigos. Desde San Pere Martir , pasando por Vallvidrera, ascendíamos hasta el Tibidabo y acabábamos bajando por Valldaura. ¿Cuando fuimos por última vez? ¿Volveremos a ir?
Empezó a levantarse un molesto viento, mientras una negra nube, llegada por sorpresa, tapaba el Sol. Se acercaba una tormenta de verano.
.- Sino existieran soñadores como lo fue Gaudí la realidad nos aplastaría.- Virgina recostada en la base de la cruz central evocaba a otro soñador.- Yo ahora le doy gracias a Gaudí por estas cruces.- No podía evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas.- Sé que probablemente todo es un sueño, pero yo quiero soñar con él. Si Gaudi, siendo quien era, agonizó solo como un pobre vagabundo. ¿No puedo soñar que el único que le reconoció fue Jesús? ¿No tengo derecho a soñar mientras aun vivo que a mi también me reconocerá?. La dejamos llorar abrazando la cruz, el viento arreciaba y la nube oscurecía el cielo.
No teníamos prisa por levantarnos de nuestros cómodos asientos. Los afortunados que ocupábamos, a la sombra, el privilegiado mirador sobre la plaza, dejábamos pasar el tiempo comentando las impresiones que nos producía la visita.
A Nicole le sorprendía que las columnas hipóstilas que la sostienen estuvieran torcidas, parecían, contempladas desde el lugar donde estábamos, que desafiaran la lógica, también le llamaban la atención las numerosas gárgolas que desde lo alto de las columnas abrían sus bocas sobre el vacío. Le dije que debían ser los desagües de la plaza en días de lluvia.
Por fin, haciendo un esfuerzo, nos levantamos para dirigirnos a las "tres creus". Albert sugirió que fuéramos por el "camí de la bugadera" ¡que acierto! ¡Yo no lo recordaba. Probablemente a principio de los 70 no presentaba el cuidado aspecto de ahora. La cariátide de la bugadera sostiene el pórtico que le da nombre y el paseante recorre el camino bajo el dosel de piedra que en ondas entrelazadas protegen del Sol y de la lluvia. Sorprendido, admiraba cada detalle con la sensación de que mi sensibilidad, muchas veces embotada, acababa de afinarse gracias a aquel ambiente logrado por el arquitecto.
Seguimos andando, ya sin la protección del pórtico, hasta llegar a los pies de las tres cruces. Virginia acusaba el esfuerzo, pero recostada en mi brazo subió los últimos escalones hasta llegar al mirador. Allí nos sentamos en el banco de piedra a esperar que la benigna brisa nos refrescara. Disfrutábamos de una inesperada soledad, las cuatro de la tarde en plena canícula alejaba, transitoriamente, a los turistas de los lugares expuestos al Sol.
.- En este lugar, limite del parque, proyectaron levantar una capilla.- comentó Albert.- Pero como solo consiguieron vender una parcela quebró la empresa y fue años más tarde el ayuntamiento quien se hizo cargo del parque.-.
.- A menudo un fracaso lleva a una gran victoria. No me imagino este lugar plagado de casitas y a sus habitantes haciendo barbacoas en las piscinas.- Apuntó Virginia.-
Nos levantamos a contemplar el paisaje de la ciudad a nuestros pies. Muy cerca un poco a la izquierda las torres de la Sagrada Familia y allá al fondo el nuevo "sky-line", con sus dos rascacielos paralelos uno al otro y que parecen haber estado allí desde siemprey que así será en la memoria de los recientes y futuros visitantes de Barcelona..
Yo miraba al oeste y reconocía en la Sierra de Collcerola los lugares de tantos paseos con mis amigos. Desde San Pere Martir , pasando por Vallvidrera, ascendíamos hasta el Tibidabo y acabábamos bajando por Valldaura. ¿Cuando fuimos por última vez? ¿Volveremos a ir?
Empezó a levantarse un molesto viento, mientras una negra nube, llegada por sorpresa, tapaba el Sol. Se acercaba una tormenta de verano.
.- Sino existieran soñadores como lo fue Gaudí la realidad nos aplastaría.- Virgina recostada en la base de la cruz central evocaba a otro soñador.- Yo ahora le doy gracias a Gaudí por estas cruces.- No podía evitar que las lágrimas corrieran por sus mejillas.- Sé que probablemente todo es un sueño, pero yo quiero soñar con él. Si Gaudi, siendo quien era, agonizó solo como un pobre vagabundo. ¿No puedo soñar que el único que le reconoció fue Jesús? ¿No tengo derecho a soñar mientras aun vivo que a mi también me reconocerá?. La dejamos llorar abrazando la cruz, el viento arreciaba y la nube oscurecía el cielo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
