ENTRADA XIII
Desayunamos muy pronto y antes de las nueve ya estábamos en el pedraplén con el objetivo de llegar a La Habana, a primeras horas de la tarde, aun con luz. Estábamos a mediados de noviembre y oscurecía muy pronto. En la memoria las personas apenas conocidas y que ya dejábamos atrás, eso si, con la promesa de reencontrarnos un día no muy lejano. Allí quedaban las amigas canadienses en una encrucijada decisiva de sus vidas, Elvira con sus sueños de alcanzar un trabajo estable y la jovencita animadora de quien desconocía su nombre quizás sacrificada en el tálamo al único dios verdadero el dinero ¿Qué habría sucedido en su cita con Mary?
A pocos km de emprender el viaje nos cruzamos con una caravana de camiones que a buen seguro iban a abastecer los numerosos hoteles de los cayos, eran como esos interminables vagones de un tren de mercancías que ves pasar sin que parezcan tener fin, luego por fin durante muchos km la soledad más absoluta. El día era radiante y te permitía disfrutar del inusual privilegio de cruzar sobre el mar. La brisa rizaba el agua y en un caleidoscopio natural veías rodar los colores en ondas de luz hasta alcanzar el manglar, en los bajios aves del paraíso remontaban el vuelo y cruzaban el puente para perderse mar adentro. Tuve la alucinación de que eran mis ojos los que se posaban sobre el mar y no la luz, como la ciencia demuestra, la que llegaba hasta mi cerebro.
Volvimos, como la noche anterior en el hotel, a sintonizar radio Caibarien, a David y a Nuria como periodistas les gustaba analizar y comparar la locución isleña , les hubiera gustado acercarse a la emisora para ver en que condiciones trabajaban y la libertad de que disponían. De otra generación yo recordaba los "radio teatros" de mi infancia a principios de los años sesenta del siglo veinte, en especial la noche de "todos los santos" cuando invariablemente toda la familia, desde la cama, escuchábamos "Don Juan Tenorio". Recuerdo que mi imaginación ponía cara a la voz de los actores y bastaba el tañido de una campana para situarme en el mausoleo del "Comendador",veía a su estatua cobrar vida y al infierno abrirse esperando al pecador "Don Juan". Y todo este escenario estaba dentro de mi mente. Realidad creada por mi cerebro, infinitamente superior al virtual decorado de la tecnología más sofisticada.
Pero ahora mientras viajamos de regreso a La Habana, discutiendo sobre mil temas que la memoria perdió para siempre, doy un salto en el tiempo y paso a explicar nuestro reencuentro con Virgina, el verano siguiente julio 2005 en Barcelona.
Gracias al entonces novedoso internet seguimos en contacto con Virginia, así supimos que poco después de su regreso a Canadá, ella y Mary se separaron definitivamente. En realidad para ser exactos fue Virginia quien inisitió en que Mary saliera de su vida. Tanto Albert como yo mismo la animamos a que viniera, se había abierto "una ventana de buen tiempo" en su precaria salud y queríamos disfrutarlo.
LLegó acompañada de su hermana Nicole, venían de París de asistir a la entrega de un prestigioso premio literario ganado por un escritor de su editorial, pasarían tres noches en Barcelona y se alojarían en el apartamento que Albert tiene en la misma Barceloneta. Cuando la vi aparecer por la puerta de LLegadas internacionales" sentí abrumadoramente la evidencia de que su tiempo se acababa ¡Cómo se habría llegado a sentir! si ahora decía encontrarse bien.!
Había adelgazado mucho y pese al maquillaje el conjunto de su rostro delataba los estragos de la enfermedad, vestía, pese al calor de julio, una camisa negra de manga larga, pantalón de pana y unas zapatillas de cuero que le daban la imagen de una existencialista de la década de los cincuenta del pasado siglo, protegía sus ojos con unas gafas negras que se quitó al llegar hasta nosotros. Reconocí su cálida mirada de noviembre y su voz sonó acogedora como entonces.
.- ¡Qué alegría estar entre amigos! Le he hablado tanto a Nicole de vosotros que es como si ya os conociera!.-
Nicole correspondió asintiendo a sus palabras con una amplia sonrisa. Era el contrapunto de Virginia, su aspecto saludable con su abundante pelo color caoba cayendo por sus hombros, solo era cinco años menor y al verla imaginabas a Virginia diez años atrás, llena de salud, llena de proyectos, "deseante y deseada.
Camino de la ciudad mientras la conversación adquiría el saludable tono trivial que nos permite descansar de nosotros mismos no podía menos que reconocer la insana manía de los humanos de querer que el tiempo vuele, que después del frío invierno llegue sin transición el verano, que los hijos se hagan hombres de quemar etapas porque en "pasa tiempos" sin sentido transcurre la mayor parte de nuestras vidas, hasta que.. hasta que la sacude un acontecimiento casi siempre nefasto. A Virginia le había alcanzado por eso su tiempo era por escaso precioso.
Las dejamos solas en el apartamento y fuimos a reservar mesa para cenar aquella misma noche en un cercano restaurante del que Albert y yo somos asiduos clientes.
domingo, 29 de noviembre de 2009
sábado, 21 de noviembre de 2009
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XII)
ENTRADA XII
Elvira, mi "profesora de baile" daba la clase de "aquagym" atronaba la música y ella marcaba con énfasis los movimientos que con mejor o peor estilo ejecutábamos los alumnos. Dentro del agua tibia pedaleábamos una imaginaria bicicleta, unas veces, acelerábamos otras enlentecíamos la marcha, siempre obedientes a sus sugerencias. Una ligera brisa hacia soportable el calor del mediodía. A mi lado Albert y un poco más arriba Nuria y David, todos serios y concentrados en los ejercicios.
Mis ojos, debo reconocerlo, estaban fijos en Elvira, vestía un ajustado pantaloncito negro, con un peto, que dejaba hombros y espalda al descubierto, una gorra con insignia de naviera, cordón y ancla, y en el suelo descuidadamente las sandalias , una junto a otra entrando y saliendo de sus pies tantas veces como ella se desplazaba por el borde de la piscina a arengarnos con sus movimientos. Me sentía feliz y relajado pero con la agridulce sensación que te dá el saber próxima la partida . Era nuestro tercer y último día en Cayo Santamaria y ahora que por fin dominaba los tiempos y repartía las horas , entre confidencias y deseos, debía marchar.
Despues de comer coincidimos con las canadienses en la elegante cafeteria del restaurante, sentados en sus mullidos butacones tomábamos café en esa hora propicia a la siesta o a las confidencias. Virginia sostenía en su regazo un viejo libro de la escritora Margarite Yourcenar "Opus nigrum", recordé haberlo leído poco después de Memorias de Adriano. Para mi fue un hallazgo y sigo releyendo lo mejor de su dilatada obra, naturalmente traducido al español, me apena reconocer que mi francés sigue siendo tan pobre como cuando dejé de estudiarlo en el bachillerato.
.- ¿Has leído su cuento sobre el pintor chino y el emperador? No recuerdo el titulo.- Le pregunté.
Es una recreación de un relato clásico pero ella lo mejora y está en su libro "Nouvelles Orientales".- contestó mientras entornando los ojos parecía recordar.
Yo también volví a ver en mi imaginación el palacio del emperador en la ciudad prohibida súbitamente anegado por el agua y a guerreros y cortesanos anclados a las columnas y los vaporosos vestidos de las damas extendidos por la corriente mientras el pintor sube a la barca conducida por su fiel discípulo y juntos se alejan sobre el milagroso cauce a salvo para siempre de las contingencias del tiempo y el capricho de los hombres. Podía ser que compartiéramos el mismo pensamiento o quizás soñaba ella ver aparecer aquella tarde por el horizonte de Cayo Santamaria el esquife que las devolvería de regreso en el tiempo a su primer año de salud y felicidad.
Aun no sabia yo que la vería aquella noche sentada en un banco de la colina que da a la playa, alejada del bullicio, absorta en la luz de los fanales que alumbran a los pescadores, oscuro mar de fondo negro como sus pensamientos en aquella hora de abandono.
Antes por la tarde me había encontrado con Elvira y me puso al corriente de que aquella noche se consumaría el íntimo encuentro entre Mary y la tierna animadora. Naturalmente pagaba Virginia: dólares y dolor a partes desiguales .
Y ponía la cama, por eso seguiría allí en la colina hasta que Mary la llamara. Insistí que subiera a nuestro apartamento y entre Albert y yo logramos que pasara las horas y adormeciera su ansiedad. Intercambiamos nuestros teléfonos y mails prometiendo ella que iría a Barcelona a recorrer de nuestra mano sus mejores lugares, aquellos que Albert conoce con detalle. Así estuvimos hasta el amanecer escuchando una selección de música "para soñar despierto" de radio Caibarien hasta que por fin la llamada esperada se produjo y Virginia se despidió de nosotros.
Elvira, mi "profesora de baile" daba la clase de "aquagym" atronaba la música y ella marcaba con énfasis los movimientos que con mejor o peor estilo ejecutábamos los alumnos. Dentro del agua tibia pedaleábamos una imaginaria bicicleta, unas veces, acelerábamos otras enlentecíamos la marcha, siempre obedientes a sus sugerencias. Una ligera brisa hacia soportable el calor del mediodía. A mi lado Albert y un poco más arriba Nuria y David, todos serios y concentrados en los ejercicios.
Mis ojos, debo reconocerlo, estaban fijos en Elvira, vestía un ajustado pantaloncito negro, con un peto, que dejaba hombros y espalda al descubierto, una gorra con insignia de naviera, cordón y ancla, y en el suelo descuidadamente las sandalias , una junto a otra entrando y saliendo de sus pies tantas veces como ella se desplazaba por el borde de la piscina a arengarnos con sus movimientos. Me sentía feliz y relajado pero con la agridulce sensación que te dá el saber próxima la partida . Era nuestro tercer y último día en Cayo Santamaria y ahora que por fin dominaba los tiempos y repartía las horas , entre confidencias y deseos, debía marchar.
Despues de comer coincidimos con las canadienses en la elegante cafeteria del restaurante, sentados en sus mullidos butacones tomábamos café en esa hora propicia a la siesta o a las confidencias. Virginia sostenía en su regazo un viejo libro de la escritora Margarite Yourcenar "Opus nigrum", recordé haberlo leído poco después de Memorias de Adriano. Para mi fue un hallazgo y sigo releyendo lo mejor de su dilatada obra, naturalmente traducido al español, me apena reconocer que mi francés sigue siendo tan pobre como cuando dejé de estudiarlo en el bachillerato.
.- ¿Has leído su cuento sobre el pintor chino y el emperador? No recuerdo el titulo.- Le pregunté.
Es una recreación de un relato clásico pero ella lo mejora y está en su libro "Nouvelles Orientales".- contestó mientras entornando los ojos parecía recordar.
Yo también volví a ver en mi imaginación el palacio del emperador en la ciudad prohibida súbitamente anegado por el agua y a guerreros y cortesanos anclados a las columnas y los vaporosos vestidos de las damas extendidos por la corriente mientras el pintor sube a la barca conducida por su fiel discípulo y juntos se alejan sobre el milagroso cauce a salvo para siempre de las contingencias del tiempo y el capricho de los hombres. Podía ser que compartiéramos el mismo pensamiento o quizás soñaba ella ver aparecer aquella tarde por el horizonte de Cayo Santamaria el esquife que las devolvería de regreso en el tiempo a su primer año de salud y felicidad.
Aun no sabia yo que la vería aquella noche sentada en un banco de la colina que da a la playa, alejada del bullicio, absorta en la luz de los fanales que alumbran a los pescadores, oscuro mar de fondo negro como sus pensamientos en aquella hora de abandono.
Antes por la tarde me había encontrado con Elvira y me puso al corriente de que aquella noche se consumaría el íntimo encuentro entre Mary y la tierna animadora. Naturalmente pagaba Virginia: dólares y dolor a partes desiguales .
Y ponía la cama, por eso seguiría allí en la colina hasta que Mary la llamara. Insistí que subiera a nuestro apartamento y entre Albert y yo logramos que pasara las horas y adormeciera su ansiedad. Intercambiamos nuestros teléfonos y mails prometiendo ella que iría a Barcelona a recorrer de nuestra mano sus mejores lugares, aquellos que Albert conoce con detalle. Así estuvimos hasta el amanecer escuchando una selección de música "para soñar despierto" de radio Caibarien hasta que por fin la llamada esperada se produjo y Virginia se despidió de nosotros.
jueves, 12 de noviembre de 2009
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XI)
ENTRADA UNDÉCIMA
No eran más de las ocho y ya me asomaba a contemplar el festín de las gaviotas , a decenas flotaban sobre el agua, comensales fieles a su cita con el banco de peces que las corrientes acercaban a la orilla. Ahora descansaban de su primera incursión y sus estridentes graznidos rompían el silencio de la mañana.
Oí a mi espalda que alguien subía por el jardín y al volverme reconocí la inconfundible figura de Virginia,la canadiense, en los segundos que tardó en llegar recordé como el día anterior le había contado mis sensaciones ante el escenario del Sol naciente sobre el mar y el vuelo incesante de las gaviotas.
_. Buenos días_.contesté a su saludo.-
.- Vale la pena madrugar.- Se quedó mirando el horizonte. Esta vez vestía un chándal y sobre su cabeza, en lugar del pañuelo, llevaba una gorra deportiva que solo dejaba la nuca al descubierto. Parecía más frágil y pequeña que el día anterior.
-.He venido a verte, necesito hablar, no se que hacer con Mary.- Vi que dos lágrimas bajaban por sus ojos.
Entonces me contó con más detalle la relación con su amiga. Se habían conocido trece años antes cuando Mary entró a trabajar en la editorial. Venia recomendada por una amiga común y necesitaba ayuda. En la editorial no solo recuperó su autoestima, tanto tiempo perdida, sino que encontró el amor.
Fue un amor que tardó tiempo en manifestarse pero que cuando lo hizo arrasó con todos los convencionalismos. Día a día y sin importarles las maliciosas habladurías se descubrían una a otra con sorpresa , era como un milagro para Virginia, tan celosa de su intimidad, verse correspondida en su amor por aquella vulnerable y frágil criatura. Sin buscar excusas para hacerlo la convirtió en su exclusiva secretaria, Mary era quien traía café a media mañana y entre risas y abrazos se paseaban por toda la sección sin que nadie osara levantar la vista de los teclados. Fueron años maravillosos que culminaron con el viaje a la olimpiada de Barcelona.
.- Cuando me dijisteis que erais de Barcelona sentí que se cerraba el circulo.-
Miraba al mar y yo callaba.
.- Si tuviera valor.- continuó.- Nadaria hacia el horizonte y descansaría de tantos sufrimientos.- y añadió.- Más sabiendo lo que irremediablemente me espera.-
Posé mi mano sobre su frágil hombro y me concentré como si mi voluntad pudiera aliviarla de tanto dolor. Me miró con sus intensos ojos azules y me dió las gracias.
La última semana, me contó, había sido horrorosa. Ya desde la primera noche en que Mary conoció a la jovencita animadora, su comportamiento se había vuelto frió, casi despiadado. No le importaba dejarla sola en plena crisis de dolor , para volver muy tarde y borracha despertarla echándole la culpa de todas sus desgracias.Y cuando ella quería apaciguarla porque su amor podía soportar su injusto trato, Mary se resolvía acusándola con agravios de un pasado que manipulaba como quería, hiriendo donde más duele, en los hermosos recuerdos que transmutaba en mezquinos reproches.
Entonces desaparecían, como si nunca hubieran existido, los otoñales fines de semana en el estuario del río San Lorenzo, en cap tourment. cuando bandadas de gansos blancos cubrían el cielo en su viaje de retorno y ellas se abrazaban felices de ser testigos de tanta belleza. O más reciente su crucero por los fiordos noruegos, cuando parecía que el insidioso mal había sido vencido definitivamente y juntas contemplaban desde el alto acantilado el Sol de medianoche. ¡Todo borrado! Como si de un álbum de fotos manipulado se tratara.
Yo le aconsejé que aguantara los días que quedaban hasta regresar a Montreal y que una vez allí en su ambiente sabría que hacer. Pero ella sufría por Mary a quien sentía más vulnerable que ella misma.
.- Si se ha enamorado locamente de esa niña ¿Como va a soportar el frío la oscuridad del invierno? Volverá a caer en una depresión peor que las anteriores. ¿Que puedo hacer? No ves que el circulo se cierra... estamos enfermas las dos-.
Virginia sollozaba y yo no podía hacer casi nada por ayudarla. La acompañé hasta su apartamento y quedamos en vernos más tarde en la piscina, a nadie le contaríamos nuestra conversación.
No eran más de las ocho y ya me asomaba a contemplar el festín de las gaviotas , a decenas flotaban sobre el agua, comensales fieles a su cita con el banco de peces que las corrientes acercaban a la orilla. Ahora descansaban de su primera incursión y sus estridentes graznidos rompían el silencio de la mañana.
Oí a mi espalda que alguien subía por el jardín y al volverme reconocí la inconfundible figura de Virginia,la canadiense, en los segundos que tardó en llegar recordé como el día anterior le había contado mis sensaciones ante el escenario del Sol naciente sobre el mar y el vuelo incesante de las gaviotas.
_. Buenos días_.contesté a su saludo.-
.- Vale la pena madrugar.- Se quedó mirando el horizonte. Esta vez vestía un chándal y sobre su cabeza, en lugar del pañuelo, llevaba una gorra deportiva que solo dejaba la nuca al descubierto. Parecía más frágil y pequeña que el día anterior.
-.He venido a verte, necesito hablar, no se que hacer con Mary.- Vi que dos lágrimas bajaban por sus ojos.
Entonces me contó con más detalle la relación con su amiga. Se habían conocido trece años antes cuando Mary entró a trabajar en la editorial. Venia recomendada por una amiga común y necesitaba ayuda. En la editorial no solo recuperó su autoestima, tanto tiempo perdida, sino que encontró el amor.
Fue un amor que tardó tiempo en manifestarse pero que cuando lo hizo arrasó con todos los convencionalismos. Día a día y sin importarles las maliciosas habladurías se descubrían una a otra con sorpresa , era como un milagro para Virginia, tan celosa de su intimidad, verse correspondida en su amor por aquella vulnerable y frágil criatura. Sin buscar excusas para hacerlo la convirtió en su exclusiva secretaria, Mary era quien traía café a media mañana y entre risas y abrazos se paseaban por toda la sección sin que nadie osara levantar la vista de los teclados. Fueron años maravillosos que culminaron con el viaje a la olimpiada de Barcelona.
.- Cuando me dijisteis que erais de Barcelona sentí que se cerraba el circulo.-
Miraba al mar y yo callaba.
.- Si tuviera valor.- continuó.- Nadaria hacia el horizonte y descansaría de tantos sufrimientos.- y añadió.- Más sabiendo lo que irremediablemente me espera.-
Posé mi mano sobre su frágil hombro y me concentré como si mi voluntad pudiera aliviarla de tanto dolor. Me miró con sus intensos ojos azules y me dió las gracias.
La última semana, me contó, había sido horrorosa. Ya desde la primera noche en que Mary conoció a la jovencita animadora, su comportamiento se había vuelto frió, casi despiadado. No le importaba dejarla sola en plena crisis de dolor , para volver muy tarde y borracha despertarla echándole la culpa de todas sus desgracias.Y cuando ella quería apaciguarla porque su amor podía soportar su injusto trato, Mary se resolvía acusándola con agravios de un pasado que manipulaba como quería, hiriendo donde más duele, en los hermosos recuerdos que transmutaba en mezquinos reproches.
Entonces desaparecían, como si nunca hubieran existido, los otoñales fines de semana en el estuario del río San Lorenzo, en cap tourment. cuando bandadas de gansos blancos cubrían el cielo en su viaje de retorno y ellas se abrazaban felices de ser testigos de tanta belleza. O más reciente su crucero por los fiordos noruegos, cuando parecía que el insidioso mal había sido vencido definitivamente y juntas contemplaban desde el alto acantilado el Sol de medianoche. ¡Todo borrado! Como si de un álbum de fotos manipulado se tratara.
Yo le aconsejé que aguantara los días que quedaban hasta regresar a Montreal y que una vez allí en su ambiente sabría que hacer. Pero ella sufría por Mary a quien sentía más vulnerable que ella misma.
.- Si se ha enamorado locamente de esa niña ¿Como va a soportar el frío la oscuridad del invierno? Volverá a caer en una depresión peor que las anteriores. ¿Que puedo hacer? No ves que el circulo se cierra... estamos enfermas las dos-.
Virginia sollozaba y yo no podía hacer casi nada por ayudarla. La acompañé hasta su apartamento y quedamos en vernos más tarde en la piscina, a nadie le contaríamos nuestra conversación.
domingo, 8 de noviembre de 2009
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (X)
DÉCIMA ENTRADA
A las diez en punto ya estábamos frente a la discoteca, podías permanecer en el jardín, donde la música llegaba amortiguada y respirar el perfumado aire de la noche, o entrar y escaleras abajo sumirte en su atmósfera local de flashes de luz y ruido. Después de una fugaz excursión hasta la barra del bar en busca de unos mojitos decidimos volver al jardín, por lo menos mientras durara la estridente y martilleante ¿música?
Entraba y salia el público y así observando su ir y venir pasábamos el rato, hasta que vimos llegar a Mary en compañía del grupo de animadores, ellos eran seis, tres chicos y tres chicas. Reconocimos a la jovencita de la noche anterior, la que bailó el tango y provocó la escena de celos de la canadiense, Mary no se fijó en nosotros, o se hizo la despistada, el caso es que todos juntos entraron en la discoteca.
A los pocos minutos empezó a oírse otro tipo de música, más decididamente melódica, entonces bajamos para observar y ¿quien sabe? si ligar tan locamente como la canadiense. Los animadores habían formado un grupo con los clientes y daban una divertida clase de baile country. Abundaban los canadienses pero también habían italianos y españoles. Fue muy cómico y estimulante ver la habilidad de unos y la ineptitud de otros, el peligro llegó cuando una de las animadoras, creyendo hacernos un favor, intentó que nos sumáramos al baile. Albert, que por su aspecto siempre fue confundido por anglosajón, no supo resistirse, yo, señalando mi rodilla, logré que me dejaran sentado en la barra, así pasó más de una hora.
En uno de los descansos entre baile y baile hablé con la joven , volvió a insistir que me animara a participa, entonces yo le confesé mi total ineptitud para el baile. Me dijo que esperara, que ella me ensenaría algo menos complicado, al rozar mi cara con su pelo me llegó un intenso olor a jazmín.No dejé de observarla durante los siguientes bailes, hasta que por fin, habló ella con el dijey.
Ella venia hacia mi atravesando toda la pista, y una vieja canción empezó a sonar, era la inconfundible voz de Leonard Cohen y su "Dance me to the end of love". La tomé por la cintura mientras sus manos rodeaban mi cuello y seguí los pasos que ella marcaba y dócilmente la hubiera acompañado, como en la letra de la canción, "desde la belleza entre ardientes violines hasta el fin del amor".
Fue necesario hablar y que mejor que demostrar mi ingenio señalando a la canadiense que también bailaba. Soy un antiguo y ver a dos mujeres formar pareja de baile sigue sorprendiéndome, más aun cuando Mary, llevando una apasionada iniciativa, besaba una y otra vez el cuello de la jovencita, pero cuando quería alcanzar su boca la muchacha la rehuía con firmeza.
El tiempo voló como volaban nuestros pies y por fin sin miedo al ridículo acabé bailando con todos una "conga" de despedida. Ya en el jardín, mi compañera de baile que se llamaba Elvira, me contó la historia del "cortejo" que Mary imponía a la jovencita. Había empezado hacia una semana , las dos primeras noches a Mary la acompañaba su amiga mayor, pero desde hacia tres aparecía sola y su único objetivo era conquistarla. Entre los animadores se habían formado dos grupos, uno apoyaba a la canadienes y otro, en el que Elvira estaba, la rechazaba. Como en una subasta la "oferta" de Mary subía cada noche y la tentadora cantidad de dolares a repartir presionaba a su favor.
Elvira me contó que ella estudiaba turismo en Caibarien y como el resto de los animadores hacia sus practicas en Cayo Santamaria. Viéndolos allí inmersos en la opulencia y lujo del hotel podía pensarse que sus vidas eran también fáciles y felices, nada más lejos de la realidad, por no tener no tenían ni sueldo, podían aceptar propinas pero relacionarse intimamente con los turistas era motivo de expulsión fulminante. Naturalmente en ocasiones algunos se arriesgaban y por una buena cantidad de dolares, tan escasos y necesarios, se saltaban la norma.
Pero la isla de Cuba no es la isla de Lesbos y Mary la canadienes no tenia la capacidad persuasiva de Safo. A la jovencita educada en la machista sociedad cubana le debía repugnar la idea de tener relaciones intimas con otra mujer . Habría que ver como evolucionaban los acontecimientos en los siguientes días.
De esto y de muchas otras cosas seguí hablando con Elvira mientras me acompañaba hasta la puerta de mi apartamento, hubo un momento en que pensé insinuarle que subiera, pero en esta ocasión, cuando la noche era tan hermosa y el olor a jazmín de su pelo seguía embriagándome, no podía hablarle de dinero. Nos despedimos con un beso de amigo y como amiga guardo para siempre su recuerdo.
A las diez en punto ya estábamos frente a la discoteca, podías permanecer en el jardín, donde la música llegaba amortiguada y respirar el perfumado aire de la noche, o entrar y escaleras abajo sumirte en su atmósfera local de flashes de luz y ruido. Después de una fugaz excursión hasta la barra del bar en busca de unos mojitos decidimos volver al jardín, por lo menos mientras durara la estridente y martilleante ¿música?
Entraba y salia el público y así observando su ir y venir pasábamos el rato, hasta que vimos llegar a Mary en compañía del grupo de animadores, ellos eran seis, tres chicos y tres chicas. Reconocimos a la jovencita de la noche anterior, la que bailó el tango y provocó la escena de celos de la canadiense, Mary no se fijó en nosotros, o se hizo la despistada, el caso es que todos juntos entraron en la discoteca.
A los pocos minutos empezó a oírse otro tipo de música, más decididamente melódica, entonces bajamos para observar y ¿quien sabe? si ligar tan locamente como la canadiense. Los animadores habían formado un grupo con los clientes y daban una divertida clase de baile country. Abundaban los canadienses pero también habían italianos y españoles. Fue muy cómico y estimulante ver la habilidad de unos y la ineptitud de otros, el peligro llegó cuando una de las animadoras, creyendo hacernos un favor, intentó que nos sumáramos al baile. Albert, que por su aspecto siempre fue confundido por anglosajón, no supo resistirse, yo, señalando mi rodilla, logré que me dejaran sentado en la barra, así pasó más de una hora.
En uno de los descansos entre baile y baile hablé con la joven , volvió a insistir que me animara a participa, entonces yo le confesé mi total ineptitud para el baile. Me dijo que esperara, que ella me ensenaría algo menos complicado, al rozar mi cara con su pelo me llegó un intenso olor a jazmín.No dejé de observarla durante los siguientes bailes, hasta que por fin, habló ella con el dijey.
Ella venia hacia mi atravesando toda la pista, y una vieja canción empezó a sonar, era la inconfundible voz de Leonard Cohen y su "Dance me to the end of love". La tomé por la cintura mientras sus manos rodeaban mi cuello y seguí los pasos que ella marcaba y dócilmente la hubiera acompañado, como en la letra de la canción, "desde la belleza entre ardientes violines hasta el fin del amor".
Fue necesario hablar y que mejor que demostrar mi ingenio señalando a la canadiense que también bailaba. Soy un antiguo y ver a dos mujeres formar pareja de baile sigue sorprendiéndome, más aun cuando Mary, llevando una apasionada iniciativa, besaba una y otra vez el cuello de la jovencita, pero cuando quería alcanzar su boca la muchacha la rehuía con firmeza.
El tiempo voló como volaban nuestros pies y por fin sin miedo al ridículo acabé bailando con todos una "conga" de despedida. Ya en el jardín, mi compañera de baile que se llamaba Elvira, me contó la historia del "cortejo" que Mary imponía a la jovencita. Había empezado hacia una semana , las dos primeras noches a Mary la acompañaba su amiga mayor, pero desde hacia tres aparecía sola y su único objetivo era conquistarla. Entre los animadores se habían formado dos grupos, uno apoyaba a la canadienes y otro, en el que Elvira estaba, la rechazaba. Como en una subasta la "oferta" de Mary subía cada noche y la tentadora cantidad de dolares a repartir presionaba a su favor.
Elvira me contó que ella estudiaba turismo en Caibarien y como el resto de los animadores hacia sus practicas en Cayo Santamaria. Viéndolos allí inmersos en la opulencia y lujo del hotel podía pensarse que sus vidas eran también fáciles y felices, nada más lejos de la realidad, por no tener no tenían ni sueldo, podían aceptar propinas pero relacionarse intimamente con los turistas era motivo de expulsión fulminante. Naturalmente en ocasiones algunos se arriesgaban y por una buena cantidad de dolares, tan escasos y necesarios, se saltaban la norma.
Pero la isla de Cuba no es la isla de Lesbos y Mary la canadienes no tenia la capacidad persuasiva de Safo. A la jovencita educada en la machista sociedad cubana le debía repugnar la idea de tener relaciones intimas con otra mujer . Habría que ver como evolucionaban los acontecimientos en los siguientes días.
De esto y de muchas otras cosas seguí hablando con Elvira mientras me acompañaba hasta la puerta de mi apartamento, hubo un momento en que pensé insinuarle que subiera, pero en esta ocasión, cuando la noche era tan hermosa y el olor a jazmín de su pelo seguía embriagándome, no podía hablarle de dinero. Nos despedimos con un beso de amigo y como amiga guardo para siempre su recuerdo.
martes, 3 de noviembre de 2009
MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (IX)
NOVENA ENTRADA
Recordar con detalle el momento en que iniciaste una amistad que con el tiempo se hizo entrañable es casi imposible. Han pasado cinco años y hoy cuando escribo sé que evoco a alguien que ya solo existe en mi memoria.Compartir su recuerdo es devolverla a la vida.
-¿Son ustedes españoles?.-
Su fuerte acento no estorbaba la fluidez con que se expresaba. Miraba a los ojos y su cálida sonrisa te daba la oportunidad de demostrarle que no se había equivocado contigo.
.-Si, ¿Y ustedes son canadienses?.-
.- Del Quebec.-
.- Nosotros catalanes de Barcelona.-
Sonrió y creí haber estado a la altura de su fina sutileza. Se llamaba Virginia y su rubia amiga Mary. El bullicioso lugar no era apropiado para entablar una larga conversación.
Abandonamos el comedor casi al mismo tiempo. Albert y yo decidimos tomar café en la terracita del exterior, a pesar del húmedo calor la brisa te daba una sensación de confort más natural y saludable que la del aire acondicionado.
Ellas llegaron después.Estaba claro que Virginia era quien decidía donde y con quien se sentaban. Al verlas hicimos educadamente el gesto de levantarnos y ofrecerles sitio en nuestra mesa. La conversación en principio muy convencional trató los temas recurrentes como ¿Cuántos días estaríamos en el hotel? La belleza del lugar, su gente... Virginia hablaba un español académico sin apenas errores gramaticales y cuando no entendía alguno de nuestros giros coloquiales su ¡perdón! Nos invitaba a una segunda explicación forzosamente más exacta y detallada. Mary se hacía entender pero no podía seguir la conversación, entonces Virgina en francés o nosotros en nuestro justito inglés le resumíamos lo hablado. Con la mayor naturalidad nos contaron que formaban pareja desde hacia más de diez años. Nosotros les dijimos que eramos amigos de toda la vida.
Virginia trabajaba en una gran editorial de la que su padre había sido uno de los socios fundadores y accionista mayoritario, ella era directora de una de las revistas del grupo pero su precaria salud la había obligado, en la actualidad, a delegar funciones. Mary primero fue su secretaria, luego su amante y en la actualidad su enfermera. Este era el tercer noviembre consecutivo que viajaban desde el frió Quebec a las cálida aguas de Cayo Santamaria. Mary lo prefería a los pasados"treckins" por todo el mundo siguiendo a su incansable amiga, pero eso fue antes que la maldita palabra irrumpiera en sus vidas.
Ahora tras la últimas sesiones de radioterapia el "tumorcito" que insidiosamente crecía en su cerebro parecía estar controlado, pero ya era la tercera recaída y la posibilidad de una cuarta se le hacia insoportable. Me quedé sin saber que decir pero tomó la palabra Albert. El también había luchado contra un cáncer y ahora con la seguridad que daban los años transcurridos desde que lo detectaron podía decir que lo había superado.
Estas confesiones estrecharon nuestra incipiente amistad con el hilo que tensa el dolor compartido y que jamas se rompe. Hubo un momento que Mary y yo nos sentimos un poco intrusos. Ellos no necesitaban muchas palabras, bastaban los gestos y las miradas para que cada uno evocara como propia la noche de insomnio y dolor del otro.
Habían pasado más de dos horas y por una parte parecía que el tiempo no hubiera transcurrido y por otra que eran muchos más los minutos que llevábamos hablando allí en la terracita protegidos de la tormenta que se anunciaba en el negro horizonte.
Cuando arreciaba la lluvia empecé a preocuparme por David y Nuria, afortunadamente su barca anclaba en aquel momento y corrieron todos a refugiarse en el restaurante. Cuando amainó regresamos a nuestros apartamentos. Había que prepararse para nuestra segunda noche en Cayo Santamaria.
Recordar con detalle el momento en que iniciaste una amistad que con el tiempo se hizo entrañable es casi imposible. Han pasado cinco años y hoy cuando escribo sé que evoco a alguien que ya solo existe en mi memoria.Compartir su recuerdo es devolverla a la vida.
-¿Son ustedes españoles?.-
Su fuerte acento no estorbaba la fluidez con que se expresaba. Miraba a los ojos y su cálida sonrisa te daba la oportunidad de demostrarle que no se había equivocado contigo.
.-Si, ¿Y ustedes son canadienses?.-
.- Del Quebec.-
.- Nosotros catalanes de Barcelona.-
Sonrió y creí haber estado a la altura de su fina sutileza. Se llamaba Virginia y su rubia amiga Mary. El bullicioso lugar no era apropiado para entablar una larga conversación.
Abandonamos el comedor casi al mismo tiempo. Albert y yo decidimos tomar café en la terracita del exterior, a pesar del húmedo calor la brisa te daba una sensación de confort más natural y saludable que la del aire acondicionado.
Ellas llegaron después.Estaba claro que Virginia era quien decidía donde y con quien se sentaban. Al verlas hicimos educadamente el gesto de levantarnos y ofrecerles sitio en nuestra mesa. La conversación en principio muy convencional trató los temas recurrentes como ¿Cuántos días estaríamos en el hotel? La belleza del lugar, su gente... Virginia hablaba un español académico sin apenas errores gramaticales y cuando no entendía alguno de nuestros giros coloquiales su ¡perdón! Nos invitaba a una segunda explicación forzosamente más exacta y detallada. Mary se hacía entender pero no podía seguir la conversación, entonces Virgina en francés o nosotros en nuestro justito inglés le resumíamos lo hablado. Con la mayor naturalidad nos contaron que formaban pareja desde hacia más de diez años. Nosotros les dijimos que eramos amigos de toda la vida.
Virginia trabajaba en una gran editorial de la que su padre había sido uno de los socios fundadores y accionista mayoritario, ella era directora de una de las revistas del grupo pero su precaria salud la había obligado, en la actualidad, a delegar funciones. Mary primero fue su secretaria, luego su amante y en la actualidad su enfermera. Este era el tercer noviembre consecutivo que viajaban desde el frió Quebec a las cálida aguas de Cayo Santamaria. Mary lo prefería a los pasados"treckins" por todo el mundo siguiendo a su incansable amiga, pero eso fue antes que la maldita palabra irrumpiera en sus vidas.
Ahora tras la últimas sesiones de radioterapia el "tumorcito" que insidiosamente crecía en su cerebro parecía estar controlado, pero ya era la tercera recaída y la posibilidad de una cuarta se le hacia insoportable. Me quedé sin saber que decir pero tomó la palabra Albert. El también había luchado contra un cáncer y ahora con la seguridad que daban los años transcurridos desde que lo detectaron podía decir que lo había superado.
Estas confesiones estrecharon nuestra incipiente amistad con el hilo que tensa el dolor compartido y que jamas se rompe. Hubo un momento que Mary y yo nos sentimos un poco intrusos. Ellos no necesitaban muchas palabras, bastaban los gestos y las miradas para que cada uno evocara como propia la noche de insomnio y dolor del otro.
Habían pasado más de dos horas y por una parte parecía que el tiempo no hubiera transcurrido y por otra que eran muchos más los minutos que llevábamos hablando allí en la terracita protegidos de la tormenta que se anunciaba en el negro horizonte.
Cuando arreciaba la lluvia empecé a preocuparme por David y Nuria, afortunadamente su barca anclaba en aquel momento y corrieron todos a refugiarse en el restaurante. Cuando amainó regresamos a nuestros apartamentos. Había que prepararse para nuestra segunda noche en Cayo Santamaria.
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