domingo, 27 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIX)

ENTRADA XIX
Hicimos un largo rodeo por el exterior del parque Güell para acceder por su entrada principal. Subimos por el lado derecho de la doble escalera dividida por el dragón y como todos nos detuvimos a sus pies. Era difícil, ante tanta gente, encontrar el espacio y el momento para la foto de rigor. Disimuladamente y con un gesto que repito desde muy niño, puse mi mano de carne y hueso sobre la suya de piedra y aunque ya no temo como entonces su contacto, esperé, alerta como entonces, un reflejo de sus dedos, una señal que me diera la prueba de que en la materia inerte puede refugiarse el recuerdo.
Los recuerdos estaban en mi, una primera escena de la mano de mi padre en un parque Güell solitario a mediados de los años 5o, o bajando por el paseo de Gracia un domingo por la mañana. ¡Cuantas veces pasé junto a la "Pedrera" o frente a la "casa Batlló" sin saberlo! Luego ya escolar participando en las cuestaciones "Pro templo de la Sagrada Familia", cuyo mayor incentivo, para nosotros niños de barrio, era subir gratis a los autobuses en una domingo diferente. O ya casi adolescente jugar a fútbol con los amigos en la plaza del mismo parque Güell, cuando la incuria de las autoridades de la época permitían nuestros pelotazos ignorantes al banco ondulado recubierto de "trencadís" hoy reconocida joya del parque. Gaudí llenaba con su obra los espacios por los que yo empezaba a transitar pero yo no sabia nada de él.
Seguimos escaleras arriba hasta llegar a la enorme sala de columnas que sostiene la plaza. Allí seguían como en mi infancia pero ahora una sutil iluminación destacaban los plafones coloreados de su techo, había desaparecido la fuente que brotaba en la pared y su murmullo de entonces era sustituido por la algarabía de las decenas de turistas. Nos abrazamos a las columnas dóricas y jugamos a abarcarlas, pensé que a Gaudí le sobraríamos todos esta tarde y que echaría de menos el rumor de la fuente.
Salimos a la plaza y en una de las terrazas del paseo superior, resguardados del Sol, respusimos fuerzas. Yo aun quería subir a las "tres creus" para mostrarles el paisaje de la ciudad desde aquella inédita perspectiva.

sábado, 26 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVIII)

ENTRADA XVIII
El tercer y último día de la estancia de Virginia y Nicole en Barcelona pensábamos dedicarlo a "picotear", como si se tratara de platos exquisitos, por los lugares que en esta primera década de siglo han colocado a la ciudad a la cabeza de los destinos del turismo internacional.
Nuestra primera parada fue en el paseo de Gracia, en la casa Milá, conocida popularmente como "la Pedrera, obra discutida en el pasado e indiscutible hoy del genio de Gaudí. Antes de las doce ya estábamos Virginia y yo en su terraza, a la sombra protectora de los guerreros, mientras Albert mostraba con detalle a Nicole la única planta abierta al público. Asomados al paseo descansábamos apoyados en la piedra.
-. Esta ciudad tiene para mi efectos saludables. Será por vuestra compañía pero aquí no sufro la inquietud de otros viajes por perderme algo interesante. ¡Todo está tan cercano! El mar, la montaña, el arte, el placer de la mesa, .- Virginia miraba al cielo azul a través de sus gafas de sol, sentada a mi lado.
Yo la observaba con un sentimiento de ternura que me había pillado por sorpresa. Como la letra de una canción "si no era amor lo parecía". No habíamos vuelto a hablar sobre su indisposición del día anterior. Como si me adivinara el pensamiento continuó..
.- Resistiré estos dias, ponerse objetivos cercanos ayuda a conseguirlo.-
Tenían el vuelo a Paris para el día siguiente, por la mañana temprano, luego allí enlazarían al mediodía con el vuelo a Mont-real. Con los ojos cerrados, que yo no podía ver, y como hablando consigo misma continuó..
A mi vuelta debo pasar una revisión completa.Otra vez la inquietud esperando los resultados. Ojalá me digan "no hay cambios significativos". Vuelva dentro de tres meses. O quizás me dicen. Hay que dar otro ciclo de quimio y radio terapia. Entonces pasada la primera sensación de terror me autoconvenceré de que si soporto con buen ánimo las sesiones frenaré el mal. Pero... hay otra posibilidad.- Su voz se quebraba por momentos.- Y es que me digan, No tiene sentido someterla a más tratamiento, el mal se ha extendido, la enviaremos a "paliativos".- Se quitó las gafas y sus inmensos ojos azules me miraron con apremio. - ¿Como saldré de la consulta? ¿En quien me apoyaré?.-
Le hubiera querido responder que siempre me tendría a su lado, pero no era cierto, y ella reclamaba otra presencia, la única que le daría la paz y la felicidad última.
Continuamos allí sentados en silencio observando en la calle la riada de gente que hacia cola para acceder al edificio. Al poco tiempo llegaron Albert y Nicole, reían y la mano de él se apoyaba en el hombro de ella.
De nuevo en la calle, como cuatro adolescentes, corrimos a subirnos al autobús 24 que nos llevaría hasta el parque Güell, otra de las obras destacadas de Gaudí. Ahora llevábamos un libro titulado algo así como la Barcelona de Gaudí y no eramos los únicos. En el atestado vehículo compartimos el trayecto con un grupo de jovenes turistas franceses que enseguida, con sus risas y bromas continuas,aligeraron todas nuestras preocupaciones. La levedad del ser no era en este caso insoportable. Descubrimos a Nicole en su salsa, replicando a una broma con otra, y a Virginia riendo hasta saltársele las lágrimas. Descubrí que así como un libro pierde al ser traducido, también una persona expresándose en su idioma materno gana. En las inflexiones de voz de Nicole se revelaba una ironía demoledora y Virginia, cómplice como otra adolescente más, arrancaba las carcajadas del grupo con un juego de palabras para mi indescifrable.
Al bajar del autobús conservábamos aquel estado de ánimo que nos habían contagiado los jóvenes y así seguimos durante toda la tarde hasta bien entrada la noche.

viernes, 18 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVII)

ENTRADA XVII
A las ocho en punto estábamos en la plaza de "les olles" frente al restaurante Cal Pep, esperando que su dueño, como tenía por costumbre, subiera la puerta metálica y permitiera la entrada al ya numeroso grupo que aguardábamos expectantes en la plaza. Estábamos seguros, Albert y yo, que a nuestras amigas les gustaría cenar sentadas en taburetes y con la barra como mesa, viendo cocinar delante nuestro al mismo Pep. Conté mentalmente a quienes nos precedían en la cola y comprobé con alivio que formábamos parte del grupo de privilegiados que nos sentaríamos en el primer turno.
Tomamos posesión de nuestro espacio esperando que Pep, como siempre, nos sorprendiera. Ya se calentaban las sartenes y apurábamos la primera copa de vino de aguja servida por los diligentes camareros. La inconfundible ronca voz del mismo dueño sugería el orden y las raciones con una entonación llena de encomiásticos adjetivos que eran en si mismo una revelación al gourmet desconocido que habita en cada uno: "chipirones con garbanzos, para empezar, pescaditos fritos, navajas a la plancha, almejas salteadas con jamón, dátiles de mar, calamarcitos, sepia..." y todo y más desfilando en justa cantidad, mientras las copas nunca llegan a vaciarse porque el solicito camarero, cuando no el propio Pep, las iguala sin pausa. Y como postre el hojaldre mil hojas, exquisitez elaborada por la pastelería vecina y que Pep nos sugiere como digno colofón a nuestra cena. Todo en poco más de una hora, porque eso si, tácitamente solidarios con quienes esperan de pie a nuestro lado, nos levantamos tan pronto apuramos el café. Nos despedimos de Pep hasta la próxima no sin comentar el último triunfo del Barça y salimos a la plaza con la intención de dirigirnos hasta la plaza España a presenciar el espectáculo de sus fuentes luminosas, reclamo de turistas en las noches veraniegas y que Virginia recordaba de su estancia en el 92.
Tomamos un taxi y en poco tiempo ya estábamos andando Paseo de la Exposición arriba a buscar el mejor lugar para contemplar el espectáculo. Por fin sentados en la baranda de piedra a la entrada del Museo Nacional de Cataluña veíamos a la gran multitud que ocupaba la amplia avenida o subía por las escaleras mecánicas buscando en la proximidad de las fuentes un lugar de acomodo. Nosotros mirábamos de frente, por encima del reloj de la plaza España, como el premioso Sol de julio acababa de ocultarse. La vista desde allí era magnífica.
Un "¡0ooh!" de admiración, rompió el expectante silencio cuando el primer chorro ascendió incontenible por la fuente, seguidos de otros, ya en carrusel continuo formando cascadas de colores, el cambiante murmullo del agua anunciaba anticipadamente cada nuevo geiser de luz. El húmedo ambiente me recordaba el de una cueva oculta tras la cascada, en una excursión muy lejana en el tiempo a Sant Miquel del Fai. Hubiéramos querido que el espectáculo durara mucho tiempo pero con la retina aun rebosante de colores terminó como había empezado, sin previo aviso, cayendo el agua grávidamente a su modesto chorro.
Mientras bajábamos en dirección a plaza España, Virginia se apoyó en mi brazo, Albert y Nicole conversaban animadamente unos pasos por delante. La pronunciada pendiente, el irregular suelo, con algún adoquín agrietado, eran suficiente motivo para tomar precauciones, pero el paso de Virginia se había vuelto en aquel momento de una inquietante lentitud, sin decirle nada me acomodé a su marcha hasta que pasado un corto tiempo y sin apenas levantar la voz me confesó que durante unos segundos se había quedado a "oscuras", ahora volvía a ver pero como si lo hiciera a través de una neblina y el sonido le llegaba amortiguado, como si dentro de su cabeza se hubiera instalado una caja de resonancias, apretó con fuerza mi hombro, le pregunté si quería sentarse, pero insistió que ya estaba casi recuperada y me rogó que no alarmara a su hermana. Noté que una tristeza resignada se había instalado de repente en su rostro.
Las acompañamos al apartamento de la barceloneta, sentados como la noche anterior en la terraza mientras Albert y Nicole preparaban unas bebidas Virginia y yo conversábamos.
.- Viendo el espectáculo de las fuentes recuperé de pronto un recuerdo de mi estancia con Mary en Barcelona.- Y continuó.- Estábamos en el estadio la noche de la inauguración de los juegos, la expectación era máxima, el arquero tensó el arco y cuando la flecha cruzando el cielo encendió la llama en el pebetero, Mary emocionada me besó delante de la delegación, yo aparté los labios bruscamente, recuerdo que llorando me preguntó si me avergonzaba de nuestra relación, si le importaba tanto la opinión ajena. Y tenía razón, sólo durante los primeros años fui capaz de enfrentarme a la mirada reprobatoria de amigos y conocidos, luego volví a mi caparazón de conveniencias, aquella noche que tenía que ser tan feliz fue el principio de su desamor.
.- El superyó aporreando al pobre yo mientras el resto del mundo observa.- apunté yo recordando la frase leída en algún ensayo sobre Freud.-
.- Sí, el mundo es un teatro de marionetas, pero ¿Quién mueve los hilos?.- respondió Virginia y añadió.- Mi sentimiento de culpabilidad por mi inclinación sexual me ha marcado toda la vida, y no ha sido necesario tener una creencia religiosa o una educación represiva, yo me he criado en un ambiente intelectual y en cambio he sufrido como nadie. La enfermedad en parte me ha liberado me ha expuesto a todos los vientos, sin más refugio que el de algún amigo.-
Quedamos en silencio justo en el momento en que Nicole y Albert regresaban, hacían planes para el día siguiente.

lunes, 14 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVI)

ENTRADA XVI
En la sobremesa, después de una suculenta paella acompañada del buen vino de la tierra, se desataron las lenguas. Nicole como si estuviéramos en una sesión de alcohólicos anónimos se adentró por el peligroso terreno de las confesiones.
.-Tengo 46 años estoy divorciada y tengo una hija de 16, he mantenido relaciones sentimentales que no han resistido más de un año. No pierdo la esperanza de encontrar el amor de mi vida. -
.- Mirando a su hermana continuó.- Me siento muy unida a Virginia y espero que así sigamos muchos años.- Entonces mientras lloraba dejó de hablar en español y tomando con fuerza la mano de su hermana le susurró unas palabras que no hice el esfuerzo de entender.
.- Esta es la fuerza de la familia.- Señaló Virginia .- Y la de los amigos, añadió abarcándonos con sus brazos.- Pero yo en contra del deseo de mi hermana lucho por desenamorarme.
Entonces recordó la larga velada en Cayo Santamaría escuchando "radio Caibarien".- No negaré, que amar es una experiencia única pero el dolor que provoca el desamor te deja sin defensas, vulnerable al peor de todos los virus, el de la autocompasión.- Y continuó.- Sigo queriendo a Mary, aunque ya paso algún día sin recordarla.
Yo no podia saber lo que sentiría Mary, quizás sí, quizás en algún momento sentía algo parecido al remordimiento, o no, o puede que se sintiera aliviada de dejar de ser la enfermera de su ex-amante y agradeciera que Virginia, con su generosidad, la hubiera liberado de su relación.
.- Y en cuanto a mi salud.- Añadió Virginia , abordando por sorpresa lo hasta entonces tácitamente evitado.- Veo la enfermedad, ahora aquí sentado entre amigos en esta ciudad tan acogedora, como algo muy lejano. Este viaje es un paréntesis en mi tiempo y nada podrá estropearlo.-
Apuró de un trago la última copa de vino y con resolución se empeñó en pagar la cuenta.
Salimos del restaurante y seguimos c/ Ferran arriba hasta cruzar la plaza de Sant Jaume pasando frente al "Ayuntament y la Generalitat", bajamos hasta Via Layetana y luego de cruzarla nos adentramos por la c/Princesa. Era un paisaje urbano que yo apenas reconocía. La calzada, como el cauce de un viejo rio era el mismo, pero de sus aceras habían desaparecido los antiguos comercios y en su lugar proliferaban las tiendas, unas regentadas por familias chinas con su inconfundible "todo a un euro", junto a carnicerías musulmanas, peluquerías latinas y supermercado pakistaní, separados uno de otro por la escalera de vecinos, donde como en los restos de un naufragio emergía por el balcón del primer piso la desmayada cabecita de una anciana que nos miraba avanzar por la acera como a otros perdidos robinsones.
Por fin tras una larga caminata llegamos hasta Santa María del Mar. Íbamos muy acalorados por lo que nuestra primera intención fue sentarnos en un banco, al final del templo, y descansar unos minutos. Así permanecimos en silencio observando todos los movimientos que se sucedían en la nave. Desde el lejano altar un joven sacerdote rezaba el rosario que era seguido por los escasos pero devotos fieles, la mayoría de provecta edad aunque también la bien timbrada voz de un joven destacaba de entre la letanía de voces femeninas.
Sentados en el templo, protegidos por sus recios muros del bochorno exterior y mientras la intensa luz que llega de fuera reverbera en los altares nos entregamos cada uno a nuestros pensamiento. Cimborios contra minaretes pienso al recordar la polémica desatada por la construcción de una mezquita. La identidad perdida en las calles se refugia en la iglesia.
Ya recuperados Albert nos enseña con detalle cada una de las inscripciones que en la piedra señalan al autor de tal o cual donación , algunas ciertamente curiosas y que son como un libro abierto de la crónica ciudadana del pasado, entrañable y vivas, mientras "La Catedral del Mar" resista incendios y terremotos y haya hombres sensibles capaces de leer en las piedras..

sábado, 12 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XV)

ENTRADA XV
Desandamos el camino de la tarde y subimos por el paseo hasta llegar al apartamento de nuestras amigas. En su terraza aun tomamos una última copa, la inconfundible voz de Jaques Brel sonaba en el compact, desgranaba sus versos "mon douce, mon tendre, mon merveilleux amour". Nosotros contemplábamos las luces en el paisaje urbano que, en la oscura noche sin Luna, brillaban a lo lejos. En el muelle se alineaban los grandes cruceros con sus cubiertas iluminadas, barquitos de juguete en la distancia. Al otro lado en el Tibidabo la luz de sus atracciones mandaba un mensaje cifrado en destellos que eran la clave para acceder al lúdico inconsciente de los hombres niños, era como la casita de chocolate iluminada del cuento de Andersen. Nos hubiéramos quedado más tiempo hablando de tantas cosas pero queríamos aprovechar los días por lo que nos despedimos de nuestras amigas hasta la mañana siguiente.
Eran apenas las nueve de la mañana y en las Ramblas solo los quioscos congregaban a algunos transeuntes que, camino de sus ocupaciones, se detenían por un momento ante los diarios y revistas curioseando sus titulares. El paseo recién regado creaba un microclima tonificante después de la bochornosa noche. Nos dirigíamos a nuestra cita, delante del gran teatro del Liceo, allí ya nos esperaban Nicole y Virginia. Era uno de los lugares que en el ya lejano año 92 no pudo visitar Virginia, otro era Santa Maria del Mar, la gran iglesia gótica, Albert y yo con nuestra buena voluntad las acompañaríamos.
Nicole ojeaba una selección de fotografías de las memorables actuaciones de los grandes del "bel canto" , mientras esperábamos que dieran las diez y empezara la visita programada. En el coqueto bar del Liceo otros turistas aguardaban como nosotros. Ninguno de los cuatro nos considerábamos grandes entendidos pero nos complacía reconocer a tenores y sopranos . Una cultura común nos hermanaba, la vieja cultura de occidente de la que en aquel momento nos sentíamos orgullosos.
Luego ya dentro, sentados en uno de los palcos, siguiendo las explicaciones de nuestra guia dejábamos que nuestros ojos admirados recorrieran la sala y el escenario. Y me sorprendió, porque ya lo había olvidado, que el Liceo no tuviera palco real, es parte de su peculiar historia . El gran teatre a diferencia del de otras ciudades europeas en las que sus monarquias respectivas se hicieron cargo de los gastos, se sufragó mediante aportaciones de accionistas y particulares. En el "Saló del Miralls" nuestra guia nos contó los avatares de la institución a través de su historia, desde el atentado anarquista de 1893 causante de veinte muertos, pasando por sus dos incendios el más reciente en 1994y su posterior reconstrucción.
Del esqueleto de armazón que sobrevivió al fuego y como ave fénix resurgió un nuevo pero idéntico teatro, allí estábamos nosotros para corroborarlo , respirando el mismo ambiente que acogió a Josep Carreras o a Montserrat Caballé , a Pavaroti o la Callas. En la escalinata del gran teatre me vi reflejado por un momento en su bruñido mármol fue el sueño de una sombra, idéntica a las evanescentes que en el pasado subieron y luego bajaron, acto tras acto en una función que no tiene fin.
En la calle tardamos en situarnos , desde la acera contemplábamos la marea humana que discurría por el centro de las Ramblas. Optamos por cruzar entre los coches y por el centro del paseo atravesar al otro lado buscando en las calles interiores un poco de espacio. Por fin los cuatro caminábamos juntos aliviados en busca de un acogedor restaurante donde reponer fuerzas.

jueves, 3 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIV)

ENTRADA XIV
A las ocho bajábamos por el "passeig Juan de Borbón" con destino al restaurante Can Majó. El termómetro marcaba en el panel 28 grados y el calor bochornoso se hacia sentir con fuerza, sobre todo en la parte de la acera en la que aun daba el Sol. Nos cruzábamos con una turba variopinta que paseo arriba regresaban de su jornada playera. Torsos desnudos, toalla en ristre y una incipiente rojez en los hombros, atronando alguna radio, o aislados por los auricolares como una plaga de langostas dejando tras su paso el terreno repleto de inmundicias. Los restaurantes del paseo, a medida que la luz solar declinaba, iluminaban sus terrazas y diligente empleados te invitaban a consultar la "carta". Los clientes más madrugadores, casi todos estranjeros, ya aguardaban en las mesas, sentados frente a sus platos aun vacios, a que el chef cumpliera sus promesas.
Nuestras amigas parecian aturdidas, aquel baño de multitudes era como estar metidos en una sauna, tonificante si dura el tiempo justo, agobiante si se prolonga demasiado. Se hacia dificil mantener una conversación por lo que aligeramos el paso hasta llegar al final del paseo.
El restaurante Can Majó está ubicado en una resguardada esquina que mira al sudeste, incrustado en el viejo barrio marinero y frente a una amplia plaza que separa el cemento de la arena.Aun era pronto y decidimos andar por la playa.
¡ Que contraste entre el pelotón de gregarios bañistas paseo arriba, y la quietud acogedora de la playa casi vacia! La mar , diáfana, azul verdosa en su orilla, gris acero en la lejania, se asomaba sobre el horizonte y aguantaba la mirada del Sol poniente antes de que éste se ocultara tras la montaña. Respiré hondo y saludé a la Mar y como tantas otras veces senti su respuesta en la caricia de la brisa. LLegamos hasta la misma orilla y alli las olas repitieron el saludo, ondulaban como la cola de un perro amigo que te reconoce.
Dejamos pasar el tiempo. Virginia se sentó sobre una vieja barca, reliquia de la pesca artesanal , Albert y Nicole caminaron unos metros hacia el cercano club de la que él es socio desde hace muchos años. Yo mirando al horizonte, como si pudiera hablar con la Mar le pedí que curara a su hija, que desvelara su arcano y destilara de entre sus criaturas abisales la medicina salvadora. Recé mi oración pagana con la fuerza de un antiguo novicio. Desahogo emocional, quizas, por tanto dolor acumulado, propio y ajeno, por tantas preguntas que núnca tendran respuesta.
Ayudé a Virginia a levantarse y cuando cruzamos la mirada lei en el azul acuoso de sus ojos amor y gratitud.
Abandonamos la playa y nos dirigimos al restaurante. Nuestra amiga Meri, dueña y cocinera de Can Majó nos atendió encantadora como siempre, pero fue su hijo Enric quien acertó de lleno sugeriendonos un "suquet de peix" que nos dejó en el paladar el sabor indefinible de la excelencia. La velada se prolongó hasta altas horas de la noche y ambas reconocieron que en sus viajes por el mundo rara vez se habia armonizado con tal exquisitez la buena mesa y la buena compañia. Brindamos por los presentes y salimos a la oscura noche, la mar se hacia sentir en el murmullo de las olas, quizas soñaba en voz alta.

domingo, 29 de noviembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIII)

ENTRADA XIII
Desayunamos muy pronto y antes de las nueve ya estábamos en el pedraplén con el objetivo de llegar a La Habana, a primeras horas de la tarde, aun con luz. Estábamos a mediados de noviembre y oscurecía muy pronto. En la memoria las personas apenas conocidas y que ya dejábamos atrás, eso si, con la promesa de reencontrarnos un día no muy lejano. Allí quedaban las amigas canadienses en una encrucijada decisiva de sus vidas, Elvira con sus sueños de alcanzar un trabajo estable y la jovencita animadora de quien desconocía su nombre quizás sacrificada en el tálamo al único dios verdadero el dinero ¿Qué habría sucedido en su cita con Mary?
A pocos km de emprender el viaje nos cruzamos con una caravana de camiones que a buen seguro iban a abastecer los numerosos hoteles de los cayos, eran como esos interminables vagones de un tren de mercancías que ves pasar sin que parezcan tener fin, luego por fin durante muchos km la soledad más absoluta. El día era radiante y te permitía disfrutar del inusual privilegio de cruzar sobre el mar. La brisa rizaba el agua y en un caleidoscopio natural veías rodar los colores en ondas de luz hasta alcanzar el manglar, en los bajios aves del paraíso remontaban el vuelo y cruzaban el puente para perderse mar adentro. Tuve la alucinación de que eran mis ojos los que se posaban sobre el mar y no la luz, como la ciencia demuestra, la que llegaba hasta mi cerebro.
Volvimos, como la noche anterior en el hotel, a sintonizar radio Caibarien, a David y a Nuria como periodistas les gustaba analizar y comparar la locución isleña , les hubiera gustado acercarse a la emisora para ver en que condiciones trabajaban y la libertad de que disponían. De otra generación yo recordaba los "radio teatros" de mi infancia a principios de los años sesenta del siglo veinte, en especial la noche de "todos los santos" cuando invariablemente toda la familia, desde la cama, escuchábamos "Don Juan Tenorio". Recuerdo que mi imaginación ponía cara a la voz de los actores y bastaba el tañido de una campana para situarme en el mausoleo del "Comendador",veía a su estatua cobrar vida y al infierno abrirse esperando al pecador "Don Juan". Y todo este escenario estaba dentro de mi mente. Realidad creada por mi cerebro, infinitamente superior al virtual decorado de la tecnología más sofisticada.
Pero ahora mientras viajamos de regreso a La Habana, discutiendo sobre mil temas que la memoria perdió para siempre, doy un salto en el tiempo y paso a explicar nuestro reencuentro con Virgina, el verano siguiente julio 2005 en Barcelona.
Gracias al entonces novedoso internet seguimos en contacto con Virginia, así supimos que poco después de su regreso a Canadá, ella y Mary se separaron definitivamente. En realidad para ser exactos fue Virginia quien inisitió en que Mary saliera de su vida. Tanto Albert como yo mismo la animamos a que viniera, se había abierto "una ventana de buen tiempo" en su precaria salud y queríamos disfrutarlo.
LLegó acompañada de su hermana Nicole, venían de París de asistir a la entrega de un prestigioso premio literario ganado por un escritor de su editorial, pasarían tres noches en Barcelona y se alojarían en el apartamento que Albert tiene en la misma Barceloneta. Cuando la vi aparecer por la puerta de LLegadas internacionales" sentí abrumadoramente la evidencia de que su tiempo se acababa ¡Cómo se habría llegado a sentir! si ahora decía encontrarse bien.!
Había adelgazado mucho y pese al maquillaje el conjunto de su rostro delataba los estragos de la enfermedad, vestía, pese al calor de julio, una camisa negra de manga larga, pantalón de pana y unas zapatillas de cuero que le daban la imagen de una existencialista de la década de los cincuenta del pasado siglo, protegía sus ojos con unas gafas negras que se quitó al llegar hasta nosotros. Reconocí su cálida mirada de noviembre y su voz sonó acogedora como entonces.
.- ¡Qué alegría estar entre amigos! Le he hablado tanto a Nicole de vosotros que es como si ya os conociera!.-
Nicole correspondió asintiendo a sus palabras con una amplia sonrisa. Era el contrapunto de Virginia, su aspecto saludable con su abundante pelo color caoba cayendo por sus hombros, solo era cinco años menor y al verla imaginabas a Virginia diez años atrás, llena de salud, llena de proyectos, "deseante y deseada.
Camino de la ciudad mientras la conversación adquiría el saludable tono trivial que nos permite descansar de nosotros mismos no podía menos que reconocer la insana manía de los humanos de querer que el tiempo vuele, que después del frío invierno llegue sin transición el verano, que los hijos se hagan hombres de quemar etapas porque en "pasa tiempos" sin sentido transcurre la mayor parte de nuestras vidas, hasta que.. hasta que la sacude un acontecimiento casi siempre nefasto. A Virginia le había alcanzado por eso su tiempo era por escaso precioso.
Las dejamos solas en el apartamento y fuimos a reservar mesa para cenar aquella misma noche en un cercano restaurante del que Albert y yo somos asiduos clientes.

sábado, 21 de noviembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XII)

ENTRADA XII
Elvira, mi "profesora de baile" daba la clase de "aquagym" atronaba la música y ella marcaba con énfasis los movimientos que con mejor o peor estilo ejecutábamos los alumnos. Dentro del agua tibia pedaleábamos una imaginaria bicicleta, unas veces, acelerábamos otras enlentecíamos la marcha, siempre obedientes a sus sugerencias. Una ligera brisa hacia soportable el calor del mediodía. A mi lado Albert y un poco más arriba Nuria y David, todos serios y concentrados en los ejercicios.
Mis ojos, debo reconocerlo, estaban fijos en Elvira, vestía un ajustado pantaloncito negro, con un peto, que dejaba hombros y espalda al descubierto, una gorra con insignia de naviera, cordón y ancla, y en el suelo descuidadamente las sandalias , una junto a otra entrando y saliendo de sus pies tantas veces como ella se desplazaba por el borde de la piscina a arengarnos con sus movimientos. Me sentía feliz y relajado pero con la agridulce sensación que te el saber próxima la partida . Era nuestro tercer y último día en Cayo Santamaria y ahora que por fin dominaba los tiempos y repartía las horas , entre confidencias y deseos, debía marchar.
Despues de comer coincidimos con las canadienses en la elegante cafeteria del restaurante, sentados en sus mullidos butacones tomábamos café en esa hora propicia a la siesta o a las confidencias. Virginia sostenía en su regazo un viejo libro de la escritora Margarite Yourcenar "Opus nigrum", recordé haberlo leído poco después de Memorias de Adriano. Para mi fue un hallazgo y sigo releyendo lo mejor de su dilatada obra, naturalmente traducido al español, me apena reconocer que mi francés sigue siendo tan pobre como cuando dejé de estudiarlo en el bachillerato.
.- ¿Has leído su cuento sobre el pintor chino y el emperador? No recuerdo el titulo.- Le pregunté.
Es una recreación de un relato clásico pero ella lo mejora y está en su libro "Nouvelles Orientales".- contestó mientras entornando los ojos parecía recordar.
Yo también volví a ver en mi imaginación el palacio del emperador en la ciudad prohibida súbitamente anegado por el agua y a guerreros y cortesanos anclados a las columnas y los vaporosos vestidos de las damas extendidos por la corriente mientras el pintor sube a la barca conducida por su fiel discípulo y juntos se alejan sobre el milagroso cauce a salvo para siempre de las contingencias del tiempo y el capricho de los hombres. Podía ser que compartiéramos el mismo pensamiento o quizás soñaba ella ver aparecer aquella tarde por el horizonte de Cayo Santamaria el esquife que las devolvería de regreso en el tiempo a su primer año de salud y felicidad.
Aun no sabia yo que la vería aquella noche sentada en un banco de la colina que da a la playa, alejada del bullicio, absorta en la luz de los fanales que alumbran a los pescadores, oscuro mar de fondo negro como sus pensamientos en aquella hora de abandono.
Antes por la tarde me había encontrado con Elvira y me puso al corriente de que aquella noche se consumaría el íntimo encuentro entre Mary y la tierna animadora. Naturalmente pagaba Virginia: dólares y dolor a partes desiguales .
Y ponía la cama, por eso seguiría allí en la colina hasta que Mary la llamara. Insistí que subiera a nuestro apartamento y entre Albert y yo logramos que pasara las horas y adormeciera su ansiedad. Intercambiamos nuestros teléfonos y mails prometiendo ella que iría a Barcelona a recorrer de nuestra mano sus mejores lugares, aquellos que Albert conoce con detalle. Así estuvimos hasta el amanecer escuchando una selección de música "para soñar despierto" de radio Caibarien hasta que por fin la llamada esperada se produjo y Virginia se despidió de nosotros.

jueves, 12 de noviembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XI)

ENTRADA UNDÉCIMA
No eran más de las ocho y ya me asomaba a contemplar el festín de las gaviotas , a decenas flotaban sobre el agua, comensales fieles a su cita con el banco de peces que las corrientes acercaban a la orilla. Ahora descansaban de su primera incursión y sus estridentes graznidos rompían el silencio de la mañana.
a mi espalda que alguien subía por el jardín y al volverme reconocí la inconfundible figura de Virginia,la canadiense, en los segundos que tardó en llegar recordé como el día anterior le había contado mis sensaciones ante el escenario del Sol naciente sobre el mar y el vuelo incesante de las gaviotas.
_. Buenos días_.contesté a su saludo.-
.- Vale la pena madrugar.- Se quedó mirando el horizonte. Esta vez vestía un chándal y sobre su cabeza, en lugar del pañuelo, llevaba una gorra deportiva que solo dejaba la nuca al descubierto. Parecía más frágil y pequeña que el día anterior.
-.He venido a verte, necesito hablar, no se que hacer con Mary.- Vi que dos lágrimas bajaban por sus ojos.
Entonces me contó con más detalle la relación con su amiga. Se habían conocido trece años antes cuando Mary entró a trabajar en la editorial. Venia recomendada por una amiga común y necesitaba ayuda. En la editorial no solo recuperó su autoestima, tanto tiempo perdida, sino que encontró el amor.
Fue un amor que tardó tiempo en manifestarse pero que cuando lo hizo arrasó con todos los convencionalismos. Día a día y sin importarles las maliciosas habladurías se descubrían una a otra con sorpresa , era como un milagro para Virginia, tan celosa de su intimidad, verse correspondida en su amor por aquella vulnerable y frágil criatura. Sin buscar excusas para hacerlo la convirtió en su exclusiva secretaria, Mary era quien traía café a media mañana y entre risas y abrazos se paseaban por toda la sección sin que nadie osara levantar la vista de los teclados. Fueron años maravillosos que culminaron con el viaje a la olimpiada de Barcelona.
.- Cuando me dijisteis que erais de Barcelona sentí que se cerraba el circulo.-
Miraba al mar y yo callaba.
.- Si tuviera valor.- continuó.- Nadaria hacia el horizonte y descansaría de tantos sufrimientos.- y añadió.- Más sabiendo lo que irremediablemente me espera.-
Posé mi mano sobre su frágil hombro y me concentré como si mi voluntad pudiera aliviarla de tanto dolor. Me miró con sus intensos ojos azules y me dió las gracias.
La última semana, me contó, había sido horrorosa. Ya desde la primera noche en que Mary conoció a la jovencita animadora, su comportamiento se había vuelto frió, casi despiadado. No le importaba dejarla sola en plena crisis de dolor , para volver muy tarde y borracha despertarla echándole la culpa de todas sus desgracias.Y cuando ella quería apaciguarla porque su amor podía soportar su injusto trato, Mary se resolvía acusándola con agravios de un pasado que manipulaba como quería, hiriendo donde más duele, en los hermosos recuerdos que transmutaba en mezquinos reproches.
Entonces desaparecían, como si nunca hubieran existido, los otoñales fines de semana en el estuario del río San Lorenzo, en cap tourment. cuando bandadas de gansos blancos cubrían el cielo en su viaje de retorno y ellas se abrazaban felices de ser testigos de tanta belleza. O más reciente su crucero por los fiordos noruegos, cuando parecía que el insidioso mal había sido vencido definitivamente y juntas contemplaban desde el alto acantilado el Sol de medianoche. ¡Todo borrado! Como si de un álbum de fotos manipulado se tratara.
Yo le aconsejé que aguantara los días que quedaban hasta regresar a Montreal y que una vez allí en su ambiente sabría que hacer. Pero ella sufría por Mary a quien sentía más vulnerable que ella misma.
.- Si se ha enamorado locamente de esa niña ¿Como va a soportar el frío la oscuridad del invierno? Volverá a caer en una depresión peor que las anteriores. ¿Que puedo hacer? No ves que el circulo se cierra... estamos enfermas las dos-.
Virginia sollozaba y yo no podía hacer casi nada por ayudarla. La acompañé hasta su apartamento y quedamos en vernos más tarde en la piscina, a nadie le contaríamos nuestra conversación.

domingo, 8 de noviembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (X)

DÉCIMA ENTRADA
A las diez en punto ya estábamos frente a la discoteca, podías permanecer en el jardín, donde la música llegaba amortiguada y respirar el perfumado aire de la noche, o entrar y escaleras abajo sumirte en su atmósfera local de flashes de luz y ruido. Después de una fugaz excursión hasta la barra del bar en busca de unos mojitos decidimos volver al jardín, por lo menos mientras durara la estridente y martilleante ¿música?
Entraba y salia el público y así observando su ir y venir pasábamos el rato, hasta que vimos llegar a Mary en compañía del grupo de animadores, ellos eran seis, tres chicos y tres chicas. Reconocimos a la jovencita de la noche anterior, la que bailó el tango y provocó la escena de celos de la canadiense, Mary no se fijó en nosotros, o se hizo la despistada, el caso es que todos juntos entraron en la discoteca.
A los pocos minutos empezó a oírse otro tipo de música, más decididamente melódica, entonces bajamos para observar y ¿quien sabe? si ligar tan locamente como la canadiense. Los animadores habían formado un grupo con los clientes y daban una divertida clase de baile country. Abundaban los canadienses pero también habían italianos y españoles. Fue muy cómico y estimulante ver la habilidad de unos y la ineptitud de otros, el peligro llegó cuando una de las animadoras, creyendo hacernos un favor, intentó que nos sumáramos al baile. Albert, que por su aspecto siempre fue confundido por anglosajón, no supo resistirse, yo, señalando mi rodilla, logré que me dejaran sentado en la barra, así pasó más de una hora.
En uno de los descansos entre baile y baile hablé con la joven , volvió a insistir que me animara a participa, entonces yo le confesé mi total ineptitud para el baile. Me dijo que esperara, que ella me ensenaría algo menos complicado, al rozar mi cara con su pelo me llegó un intenso olor a jazmín.No dejé de observarla durante los siguientes bailes, hasta que por fin, habló ella con el dijey.
Ella venia hacia mi atravesando toda la pista, y una vieja canción empezó a sonar, era la inconfundible voz de Leonard Cohen y su "Dance me to the end of love". La tomé por la cintura mientras sus manos rodeaban mi cuello y seguí los pasos que ella marcaba y dócilmente la hubiera acompañado, como en la letra de la canción, "desde la belleza entre ardientes violines hasta el fin del amor".
Fue necesario hablar y que mejor que demostrar mi ingenio señalando a la canadiense que también bailaba. Soy un antiguo y ver a dos mujeres formar pareja de baile sigue sorprendiéndome, más aun cuando Mary, llevando una apasionada iniciativa, besaba una y otra vez el cuello de la jovencita, pero cuando quería alcanzar su boca la muchacha la rehuía con firmeza.
El tiempo voló como volaban nuestros pies y por fin sin miedo al ridículo acabé bailando con todos una "conga" de despedida. Ya en el jardín, mi compañera de baile que se llamaba Elvira, me contó la historia del "cortejo" que Mary imponía a la jovencita. Había empezado hacia una semana , las dos primeras noches a Mary la acompañaba su amiga mayor, pero desde hacia tres aparecía sola y su único objetivo era conquistarla. Entre los animadores se habían formado dos grupos, uno apoyaba a la canadienes y otro, en el que Elvira estaba, la rechazaba. Como en una subasta la "oferta" de Mary subía cada noche y la tentadora cantidad de dolares a repartir presionaba a su favor.
Elvira me contó que ella estudiaba turismo en Caibarien y como el resto de los animadores hacia sus practicas en Cayo Santamaria. Viéndolos allí inmersos en la opulencia y lujo del hotel podía pensarse que sus vidas eran también fáciles y felices, nada más lejos de la realidad, por no tener no tenían ni sueldo, podían aceptar propinas pero relacionarse intimamente con los turistas era motivo de expulsión fulminante. Naturalmente en ocasiones algunos se arriesgaban y por una buena cantidad de dolares, tan escasos y necesarios, se saltaban la norma.
Pero la isla de Cuba no es la isla de Lesbos y Mary la canadienes no tenia la capacidad persuasiva de Safo. A la jovencita educada en la machista sociedad cubana le debía repugnar la idea de tener relaciones intimas con otra mujer . Habría que ver como evolucionaban los acontecimientos en los siguientes días.
De esto y de muchas otras cosas seguí hablando con Elvira mientras me acompañaba hasta la puerta de mi apartamento, hubo un momento en que pensé insinuarle que subiera, pero en esta ocasión, cuando la noche era tan hermosa y el olor a jazmín de su pelo seguía embriagándome, no podía hablarle de dinero. Nos despedimos con un beso de amigo y como amiga guardo para siempre su recuerdo.

martes, 3 de noviembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (IX)

NOVENA ENTRADA
Recordar con detalle el momento en que iniciaste una amistad que con el tiempo se hizo entrañable es casi imposible. Han pasado cinco años y hoy cuando escribo sé que evoco a alguien que ya solo existe en mi memoria.Compartir su recuerdo es devolverla a la vida.
-¿Son ustedes españoles?.-
Su fuerte acento no estorbaba la fluidez con que se expresaba. Miraba a los ojos y su cálida sonrisa te daba la oportunidad de demostrarle que no se había equivocado contigo.
.-Si, ¿Y ustedes son canadienses?.-
.- Del Quebec.-
.- Nosotros catalanes de Barcelona.-
Sonrió y creí haber estado a la altura de su fina sutileza. Se llamaba Virginia y su rubia amiga Mary. El bullicioso lugar no era apropiado para entablar una larga conversación.
Abandonamos el comedor casi al mismo tiempo. Albert y yo decidimos tomar café en la terracita del exterior, a pesar del húmedo calor la brisa te daba una sensación de confort más natural y saludable que la del aire acondicionado.
Ellas llegaron después.Estaba claro que Virginia era quien decidía donde y con quien se sentaban. Al verlas hicimos educadamente el gesto de levantarnos y ofrecerles sitio en nuestra mesa. La conversación en principio muy convencional trató los temas recurrentes como ¿Cuántos días estaríamos en el hotel? La belleza del lugar, su gente... Virginia hablaba un español académico sin apenas errores gramaticales y cuando no entendía alguno de nuestros giros coloquiales su ¡perdón! Nos invitaba a una segunda explicación forzosamente más exacta y detallada. Mary se hacía entender pero no podía seguir la conversación, entonces Virgina en francés o nosotros en nuestro justito inglés le resumíamos lo hablado. Con la mayor naturalidad nos contaron que formaban pareja desde hacia más de diez años. Nosotros les dijimos que eramos amigos de toda la vida.
Virginia trabajaba en una gran editorial de la que su padre había sido uno de los socios fundadores y accionista mayoritario, ella era directora de una de las revistas del grupo pero su precaria salud la había obligado, en la actualidad, a delegar funciones. Mary primero fue su secretaria, luego su amante y en la actualidad su enfermera. Este era el tercer noviembre consecutivo que viajaban desde el frió Quebec a las cálida aguas de Cayo Santamaria. Mary lo prefería a los pasados"treckins" por todo el mundo siguiendo a su incansable amiga, pero eso fue antes que la maldita palabra irrumpiera en sus vidas.
Ahora tras la últimas sesiones de radioterapia el "tumorcito" que insidiosamente crecía en su cerebro parecía estar controlado, pero ya era la tercera recaída y la posibilidad de una cuarta se le hacia insoportable. Me quedé sin saber que decir pero tomó la palabra Albert. El también había luchado contra un cáncer y ahora con la seguridad que daban los años transcurridos desde que lo detectaron podía decir que lo había superado.
Estas confesiones estrecharon nuestra incipiente amistad con el hilo que tensa el dolor compartido y que jamas se rompe. Hubo un momento que Mary y yo nos sentimos un poco intrusos. Ellos no necesitaban muchas palabras, bastaban los gestos y las miradas para que cada uno evocara como propia la noche de insomnio y dolor del otro.
Habían pasado más de dos horas y por una parte parecía que el tiempo no hubiera transcurrido y por otra que eran muchos más los minutos que llevábamos hablando allí en la terracita protegidos de la tormenta que se anunciaba en el negro horizonte.
Cuando arreciaba la lluvia empecé a preocuparme por David y Nuria, afortunadamente su barca anclaba en aquel momento y corrieron todos a refugiarse en el restaurante. Cuando amainó regresamos a nuestros apartamentos. Había que prepararse para nuestra segunda noche en Cayo Santamaria.

sábado, 31 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VIII)

OCTAVA ENTRADA
Al amanecer soplaba una fuerte brisa que a ráfagas entraba por la ventana haciendo restallar con fuerza la cortina. Tardé unos segundos en levantarme. Albert dormía en su cama vuelto hacia la pared, su respiración delataba un profundo sueño, el mio había sido ligero y lleno de pesadillas. Cerré la ventana y siguiendo un inesperado impulso decidí salir a la calle
Consulté mi reloj, no era más de las siete, subí por el jardín hasta la pequeña colina desde la que se divisaba la playa, el fuerte olor a jazmín se mezclaba con el de la hierba recién cortada, desde lo alto me extasié contemplando como el Sol asomaba, encendiendo de purpura el horizonte. De repente cesó el viento y como atendiendo a un reclamo decenas de gaviotas cruzaron el cielo por encima de mi cabeza hasta precipitarse en las cercanas aguas, la lucha por el diario sustento de estas aves era para mi, en aquel momento, un motivo estético, ¿Lo seriamos los humanos para algún demiurgo extraterrestre?
Allí permanecí unos largos minutos dejando que por mis poros entraran todas las sensaciones :el calor de la mañana, la brisa húmeda del mar, el fuerte olor de los mangles. Mi yo en demolición tantas veces se reconstruía a cada inspiración dándome salud y energía, o eso esperaba.
A las nueve desayunamos en uno de los comedores, este sobre la misma arena, resguardados del Sol en la carpa que a modo de "haima" cubría el espacio. Comentamos el "espectáculo" de la pasada noche y sentimos curiosidad por saber algo más de la apasionada rubia y de su tierna presa. Teníamos tres días por delante recluidos voluntariamente en aquel pequeño "pueblo" cuyo censo se renovaba constantemente. Tres días que podían dar mucho de si, suficientes para involucrarnos, si nos dejaban, en las siempre sorprendentes vidas de los demás.
Desde las once en la piscina principal se sucedían los juegos de agua. Uno de los monitores arbitraba desde lo alto del punto de vigilancia.un divertido partido de voleivol, entraban y salían los jugadores entre risas y aplausos. Albert y yo tumbados a la sombra bebíamos unos mojitos,. Nuria y David se habían apuntado a una excursión al arrecife donde anidaban los flamencos y que incluía pesca y comida de langosta. Les dejamos ir solos, después de varios días de intensa convivencia tanto ellos como nosotros necesitábamos un respiro.
De repente descubrí sobre el césped al otro lado de la piscina a la rubia de la noche anterior, la acompañaba una señora que en la distancia me pareció mucho mayor que ella, permanecían en silencio una leía mientras la otra se aislaba con sus auriculares de todo el bullicio que nos envolvía. Una mujer, a nuestro lado, hizo un comentario con su vecina de tumbona que me puso al corriente.
- "Ahora tendría que ir y despertarla, tremenda noche que me ha dado esa come-mielda"-
Por el modo de hablar y su acento era claro que la mujer era una cubana,seguramente de Miami, con nacionalidad norteamericana y con permiso para visitar la isla. Después comentaron que la rubia y su amiga eran canadienses y que sabia por uno de los animadores que no era la primera vez que pasaban unos días en el hotel.
Comimos en el restaurante italiano unos espaguetis tan insípidos como los que sirven en el cátering de mi trabajo, y que solo el vino blanco ayudaba a deglutir. Como si el destino estuviera escrito aparecieron las canadienses y se acomodaron en la mesa contigua a donde estábamos. La rubia, de cerca, me pareció más joven y atractiva, pero la que me subyugó fue la "señora". Vestía un blusón negro que acentuaba su delgadez y cubría su cabeza con un pañuelo que le daba un aire de frágil convaleciente, pero contra esa fragilidad se rebelaban sus intensos ojos azules penetrantes y al mismo tiempo acogedores. Nos saludó educadamente para enseguida ir en busca de la comida. Mientras la rubia ya en la mesa comía con apetito un contundente plato de arroz con frijoles. Quedé algo desconcertado, en nada me recordaba a la celosa y desesperada criatura de la noche. Comimos todos en silencio durante unos minutos hasta que la señora, quizás correspondiendo a mis miradas de simpatía, inició la conversación.

miércoles, 28 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VII)

SÉPTIMA ENTRADA
Aunque estábamos muy cansados decidimos, antes de acostarnos,dar una vuelta por las instalaciones del hotel. Había un pequeño teatro al aire libre destinado a las actividades lúdicas. El espectáculo debía estar próximo a finalizar, ya era más de medianoche y como fin de fiestas los animadores reclamaban la presencia del público más decidido. Nosotros nos sentamos en la última fila, bebiendo unas cervezas nos relajamos después de tantas horas de tenso viaje. Yo observaba burlón los juegos, no siempre inocentes, en los que se implicaban a los clientes.
Me llamó la atención una rubia, al día siguiente supe que era canadiense, de unos cuarenta años que con gran familiaridad colaboraba con los animadores. Cuanto más la observaba más me sorprendía su indisimulado interés por la más jovencita de las actuantes. Era evidente que había bebido mucho y que su deshinibida conducta podía dar lugar a una situación desagradable. ¡ Era como si me adelantara a los acontecimientos! Al momento, motivado por el juego, subió a escena una pareja de recién casados en viaje de luna de miel, eso confesaron en la pedestre entrevista llena de chistes fáciles que les hizo el speaker. Lucían sin arrogancia su belleza y juventud, si ella era atractiva él era lo que todos dirían un "tío bueno, alto, guapo, moreno, con una encantadora sonrisa y que supo con elegancia responder a las preguntas peor intencionadas, superaron las primeras pruebas hasta llegar a la decisiva, se trataba de bailar, cada uno con uno de los animadores el ritmo que eligieran.
Empezó la novia con un compulsivo rock que nos despertó a todos y nos hizo seguir el ritmo admirados por la destreza de ambos. A continuación él eligió un tango y su pareja fue la jovencita animadora. Sonaron por los altavoces las notas siempre evocadoras de "mi Buenos Aires querido" y como si hubieran ensayado mil veces se deslizaron por el escenario con tal belleza plástica que hicieron enmudecer el murmullo de las conversaciones. Nadie quitaba sus ojos de la pareja, embrujados, seguíamos sus pasos y la noche pareció velarse con la nostalgia de sus acordes.
De repente la canadiense, que hasta entonces permanecía en el fondo, irrumpió en el escenario y de un manotazo los separó, se abrazó a la joven mientras lloraba desconsoladamente. Sus negras lágrimas arrastraban el maquillaje convirtiendo su cara en la mascara de un pobre payaso. La jovencita, ante la embarazosa situación, se apartó como pudo, el público reía como si la escena formara parte del espectáculo.
Se me hizo un nudo en la garganta, herida y vulnerable la canadiense revelaba el amor más incondicional, aquel que todos quisieramos dar y recibir y que rara vez nos alcanza. Por unos segundos lloré con ella pero no pude conservar por mucho tiempo la plenitud de este sentimiento, todo sucede tan rápido que ya un comentario de mis amigos me devolvió la coraza de mis sarcasmos.