SEXTA ENTRADA
El jet lag pasó factura y no serían las siete de la mañana cuando ya estábamos despiertos. Ya en la calle y después de un frugal desayuno, en el espacioso pero desabastecido comedor de Los Frailes, fijamos nuestro primer objetivo del día. Con la inestimable ayuda de un mapa y fiados al sentido de orientación de Albert, el mio es nulo, nos guiamos paseo del Prado adelante hasta su confluencia con la calle Neptuno desde allí y por "tierra ignota" nos adentramos en busca de su cruce con la calle San Miguel, nuestro destino era Parque Trillo lugar donde vivían Jimagua y Neisi. A medida que nos adentrábamos en Centro Habana el paisaje se hizo desolador, en el plano no parecía estar excesivamente lejos pero las "cuadras" se sucedían y aunque era Octubre y la hora temprana el pegajoso calor empezaba a hacer mella. A todo esto a cada pocos metros personajes variopintos surgían para ofrecerse como guías o intentar vendernos cajas de puros de la mejor calidad. Rechazábamos cortés pero enérgicamente toda tentativa hasta que, sin saber de donde, una potente voz surgida a nuestras espaldas pronunció la frase talisman a la que ningún catalán desprevenido puede resistirse "Barcelona es bona si la bolsa sona". La rodilla de nuestro reflejo condicionado saltó como un resorte ante semejante estimulo. "Tan si sona com si no sona Barcelona es bona", ya habíamos contestado y nuestra suerte estaba echada. Eran una pareja, él de mediana edad más cerca de los cuarenta que de los treinta, blanco de buen aspecto con una cuidada coleta que le daba un aspecto juvenil, ella no tendría más de veinticinco "prieta" o sea negra, alta de voz profunda y mirada errática. Ya caminando a nuestro lado se ofrecieron a acompañarnos hasta la plaza Trillo, ni que decir tiene que aceptamos, con la resignación de quien lo ha intentado pero ha sido vencido por la necesidad. Toda la atención de la muchacha se centró en Albert, y viceversa, ambos ya caminaban ligeramente retrasados mientras Ernesto que dijo ser músico me relataba sus giras por España, contaba anécdotas y daba detalles tan familiares que al poco tiempo me sentía seguro a su lado y le hubiera defendido contra quienes por un quitame aquí y pon allá, le retiraron el pasaporte. Casualmente y para que nuestros anfitriones Jimagua y Neisi los repartieran entre los más necesitados, llevabamos en una voluminosa bolsa unos cuantos rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, gel, servilletas, etc, que nuestros recién estrenados guías se ofrecieron a llevar aligerándonos definitivamente de su molesto peso. Albert, exultante con su recién estrenada conquista, contemplaba la sugerencia de ella de ir los cuatro a comer a un paladar, yo insistí primero en encontrarnos con Jimagua para concretar nuestra próxima estancia y atender los posibles planes dispuestos por ellos. Pero una vez, por fin, en Parque Trillo y delante de su vivienda nadie respondió a nuestras llamadas, preguntado un vecino sugirió que al ser domingo estarían en el campo. Total, que con el primer objetivo truncado y tras dejar una nota bajo la puerta, hicimos de la necesidad virtud y aceptamos aliviados la idea de ir a comer con nuestros oportunos amigos.
Como aun era pronto, no más de las doce, decidieron llevarnos a un lugar que sin duda nos impactaría. Ernesto, el músico trotamundos, respondiendo a una pregunta me había hablado de la importancia de la santería y como estaba su practica arraigada en una gran parte del pueblo. El régimen socialista, en un tiempo beligerante, ahora toleraba sus ritos e incluso había aceptado sus ofrendas y oraciones por la curación del comandante jefe. Albert y Yoli, así se llamaba la fibrada negrita, seguían conociéndose ajenos en parte a nuestra variada conversación. Anduvimos varias cuadras hasta llegar a nuestro destino.
Ya desde lejos se oían los cánticos y el redoblar de los tambores, en el callejón de Jamel apenas se podía dar un paso. Una multitud, la inmensa mayoría negros y mulatos, seguían la actuación de músicos y danzantes, podía sentirse el altísimo voltaje que corría del escenario al público y no era difícil, para los creyentes, caer en trance, sobre todo si el término es amplio y abarca desde la sugestión al etilísmo pasando por la promesa de la orgía y hasta puede que si la sangre del pollo sacrificado le alcanza, Ochu le posea y baile desnuda en su cabeza mientras un espeso sabor a miel anege su boca. Yo, ante aquel tumulto in crescendo, cruzaba los dedos ante mi cartera, esperando que Chango, orisha obsesionado por el dinero, no poseyera a Ernesto y este nos desplumara allí mismo como a los pobres pollos sacrificados. Pero no, era más paciente y comedido, agnóstico y amigo de refranes sabía que muchas veces la ambición rompe el saco y que a los "yumas", extranjeros, había que ordeñarles como a las vacas de los bohíos cada día pero después de cada comida.
Y así, llegada la hora y aun impresionados por el espectáculo presenciado, tomamos un taxi en dirección al "paladar" donde nuestros ocasionales guías nos tenían reservada la comida. Íbamos felices y ahora al recordarlo vuelvo a serlo porque el peaje que pagamos quedaba compensado por las emociones de la jornada aquella y de las siguientes.
lunes, 29 de junio de 2009
viernes, 26 de junio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (V)
QUINTA ENTRADA
Albert y yo subimos los cuatro peldaños que separaban el comedor del dormitorio, allí separadas una de otra por una cortina, dos camas de tamaño medio nos aguardaban. Kenia escogió la primera estancia dejando que Mileidy y Albert se refugiaran en la del fondo. Las risas por lo rocambolesco de la situación dieron paso enseguida a un silencio expectante. Pronto del otro lado de la cortina llegaron susurros , apagados gemidos y al instante jadeos sin freno que rompieron definitivamente el espeso silencio.
Kenia había arrojado el suéter sobre las sábanas dejando sus demoledores pechos ante mis ojos, con agilidad felina y en un mismo impulso se quitó braguitas y pantalones permaneciendo unos segundos con las piernas en alto. Yo con la misma velocidad con que me desnudaba olvidaba mis buenos propósitos anteriores., el paraíso me aguardaba antes que el infierno y su morada era aquel cuerpo maravilloso. Me abracé contra su piel, besé su cuello y aspiré el olor de su pelo después sus labios acogieron los mios sin reparo. Luego, como alumna aventajada que recita la vieja lección, descendió por mi pecho, abarcaba yo su cabeza dejándome llevar por el sinuoso camino hacia el éxtasis. Lo sentí y ella concentrada hasta el último espasmo siguió guiándome más allá de lo esperado. Yo la correspondí, para mi no era ciertamente un sacrificio descender por su cuerpo hasta acurrucarme entre sus muslos, podía pasar allá una eternidad porque aquella era la tierra prometida, mejor dicho la carne prometida. Dos horas después regresamos al tiempo.
Como último detalle nuestras amigas nos acompañaron hasta la plaza Vieja, donde nos despedimos prometiendo volver a vernos. Allí seguía la orquesta interpretando hermosas canciones y siempre el amor y el desamor como argumento. Camino del hotel comentábamos la intensa noche vivida, aun no hacia 24 horas que salíamos de Barcelona y ¡que lejos! quedaban el frío otoño y el descorazonador trabajo. El recepcionista del hotel Los Frailes nos entregó la llave y como dos novicios cansados pero no contrictos nos retiramos en paz.
Albert y yo subimos los cuatro peldaños que separaban el comedor del dormitorio, allí separadas una de otra por una cortina, dos camas de tamaño medio nos aguardaban. Kenia escogió la primera estancia dejando que Mileidy y Albert se refugiaran en la del fondo. Las risas por lo rocambolesco de la situación dieron paso enseguida a un silencio expectante. Pronto del otro lado de la cortina llegaron susurros , apagados gemidos y al instante jadeos sin freno que rompieron definitivamente el espeso silencio.
Kenia había arrojado el suéter sobre las sábanas dejando sus demoledores pechos ante mis ojos, con agilidad felina y en un mismo impulso se quitó braguitas y pantalones permaneciendo unos segundos con las piernas en alto. Yo con la misma velocidad con que me desnudaba olvidaba mis buenos propósitos anteriores., el paraíso me aguardaba antes que el infierno y su morada era aquel cuerpo maravilloso. Me abracé contra su piel, besé su cuello y aspiré el olor de su pelo después sus labios acogieron los mios sin reparo. Luego, como alumna aventajada que recita la vieja lección, descendió por mi pecho, abarcaba yo su cabeza dejándome llevar por el sinuoso camino hacia el éxtasis. Lo sentí y ella concentrada hasta el último espasmo siguió guiándome más allá de lo esperado. Yo la correspondí, para mi no era ciertamente un sacrificio descender por su cuerpo hasta acurrucarme entre sus muslos, podía pasar allá una eternidad porque aquella era la tierra prometida, mejor dicho la carne prometida. Dos horas después regresamos al tiempo.
Como último detalle nuestras amigas nos acompañaron hasta la plaza Vieja, donde nos despedimos prometiendo volver a vernos. Allí seguía la orquesta interpretando hermosas canciones y siempre el amor y el desamor como argumento. Camino del hotel comentábamos la intensa noche vivida, aun no hacia 24 horas que salíamos de Barcelona y ¡que lejos! quedaban el frío otoño y el descorazonador trabajo. El recepcionista del hotel Los Frailes nos entregó la llave y como dos novicios cansados pero no contrictos nos retiramos en paz.
martes, 23 de junio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (IV)
CUARTA ENTRADA
No sé si fue un elogio a su veloz carrera, lo que inició el idilio, pero el caso es que enseguida Albert y Mileidy, así se llamaba la bella mulata, se habían convertido en pareja de hecho. Naturalmente había que buscarme una amiga, a la que iríamos a buscar, calle abajo, hasta su cercana casa. Todo esto sucedía sin apenas diálogo porque la muchacha, que dijo ser de Oriente parecía realmente tímida. Yo, menos entusiasmado que mi amigo y a medida que nos adentrábamos en callejuelas más oscuras empezaba a arrepentirme de no estar durmiendo bajo siete llaves en el "convento de los frailes". Por fin llegamos a una amplia esplanada donde simétricamente se alineaban una hilera de casas de una sola planta, la pobre luz de una farola era suficiente para alumbrar a sus moradores, todos sentados al fresco de la noche, nos miraban indiferentes.
Esperamos en la esquina mientras Mileidy localizaba a su amiga. A los pocos minutos la vimos salir de una de las casas pero para nuestro inicial desconcierto eran tres las mujeres que venían resueltas hacia nosotros. La mayor, no más de cuarenta años, era la madre de mi "cita a ciegas" que venía a conocerme y de paso a que la obsequiara con un paquete de cigarrillos y una cerveza, que siguiendo sus precisas indicaciones compramos en un quiosco cercano al lugar.
Ya los cuatro, por fin, a solas, pude empezar a conocer a mi pareja. Se llamaba Kenia y no aparentaba más de dieciocho años, aunque aseguraba tener veinte, naturalmente tenía sangre negra pero las continuas mezclas a través de generaciones daban a su piel un color como el de la tierra pasada por un cedazo libre de toda impureza, su pelo recién lavado, que orgullosamente apartaba de la frente con un gesto resuelto, caía por sus hombros desnudos hasta casi la cintura. Yo la contemplaba admirando su belleza y lamentando ya que se marchitase prematuramente en aquel "triste trópico" con continuos embarazos y otras vejaciones que sin ella saberlo empezaba a sufrir. Era, contrariamente a su amiga, muy habladora y de risa contagiosa, miraba a los ojos directamente sin apartarlos con la curiosidad de quien desea saberlo todo del desconocido. Me preguntó por la vida que llevaba en Barcelona, si tenía mujer, hijos, de que trabajaba, todo esto mientras apretaba mi mano y se apoyaba en mi hombro.
Enseguida llegamos a la casa destinada a nuestra cita. Aquí hago un inciso para declarar que en mis dos viajes a través de Cuba no he encontrado un lugar donde la necesidad fuera tan extrema y la dignidad tan manifiesta como en el lugar donde fuimos a parar. Nos recibió su dueña, la casa consistía en una minúscula planta baja donde el comedor y la salita compartían un oscuro rincón, presidido por un viejo televisor, la cocina se adivinaba por los platos que asomaban por un ventanuco y el lavabo ¡el lavabo! era una antigua "comuna" con un negro agujero en el centro y en el que al abrir la luz asustó a su única moradora, una gran araña que descendió rauda a las interioridades de la tierra. Durante algunos minutos Albert y yo quedamos a solas con la dueña. Nuestra súbita llegada había puesto en marcha, nunca mejor dicho, a los habitantes de la casa. El padre de familia, que ya descansaba en el piso superior, tenía que abandonar el lecho e irse a tomar el fresco a la calle para que las chicas transformaran la habitación destinada al placer. Mientras pagamos a la señora los diez dolares por cabeza convenidos, con las chicas ya habíamos acordado darles treinta a cada una. Era surrealista estar hablando con aquella mujer aguardando el momento de subir con las jóvenes. Naturalmente la conversación derivó hacia la situación penosa en que vivían. No nos recriminaba que estuviéramos allí, la experiencia que dan los años de escasez le hacía aceptar nuestros dólares como un bien inestimable, no en balde servirían para adquirir algún producto en el mercado negro, algo así como leche para un niño mayor de siete años, cuya entrega ya no está incluida en la cartilla de racionamiento. De buena gana hubiera abandonado la casa renunciando al placer prometido, pero justo en aquel momento, desde lo alto de la escalera, Kenia me llamaba sonriente.
No sé si fue un elogio a su veloz carrera, lo que inició el idilio, pero el caso es que enseguida Albert y Mileidy, así se llamaba la bella mulata, se habían convertido en pareja de hecho. Naturalmente había que buscarme una amiga, a la que iríamos a buscar, calle abajo, hasta su cercana casa. Todo esto sucedía sin apenas diálogo porque la muchacha, que dijo ser de Oriente parecía realmente tímida. Yo, menos entusiasmado que mi amigo y a medida que nos adentrábamos en callejuelas más oscuras empezaba a arrepentirme de no estar durmiendo bajo siete llaves en el "convento de los frailes". Por fin llegamos a una amplia esplanada donde simétricamente se alineaban una hilera de casas de una sola planta, la pobre luz de una farola era suficiente para alumbrar a sus moradores, todos sentados al fresco de la noche, nos miraban indiferentes.
Esperamos en la esquina mientras Mileidy localizaba a su amiga. A los pocos minutos la vimos salir de una de las casas pero para nuestro inicial desconcierto eran tres las mujeres que venían resueltas hacia nosotros. La mayor, no más de cuarenta años, era la madre de mi "cita a ciegas" que venía a conocerme y de paso a que la obsequiara con un paquete de cigarrillos y una cerveza, que siguiendo sus precisas indicaciones compramos en un quiosco cercano al lugar.
Ya los cuatro, por fin, a solas, pude empezar a conocer a mi pareja. Se llamaba Kenia y no aparentaba más de dieciocho años, aunque aseguraba tener veinte, naturalmente tenía sangre negra pero las continuas mezclas a través de generaciones daban a su piel un color como el de la tierra pasada por un cedazo libre de toda impureza, su pelo recién lavado, que orgullosamente apartaba de la frente con un gesto resuelto, caía por sus hombros desnudos hasta casi la cintura. Yo la contemplaba admirando su belleza y lamentando ya que se marchitase prematuramente en aquel "triste trópico" con continuos embarazos y otras vejaciones que sin ella saberlo empezaba a sufrir. Era, contrariamente a su amiga, muy habladora y de risa contagiosa, miraba a los ojos directamente sin apartarlos con la curiosidad de quien desea saberlo todo del desconocido. Me preguntó por la vida que llevaba en Barcelona, si tenía mujer, hijos, de que trabajaba, todo esto mientras apretaba mi mano y se apoyaba en mi hombro.
Enseguida llegamos a la casa destinada a nuestra cita. Aquí hago un inciso para declarar que en mis dos viajes a través de Cuba no he encontrado un lugar donde la necesidad fuera tan extrema y la dignidad tan manifiesta como en el lugar donde fuimos a parar. Nos recibió su dueña, la casa consistía en una minúscula planta baja donde el comedor y la salita compartían un oscuro rincón, presidido por un viejo televisor, la cocina se adivinaba por los platos que asomaban por un ventanuco y el lavabo ¡el lavabo! era una antigua "comuna" con un negro agujero en el centro y en el que al abrir la luz asustó a su única moradora, una gran araña que descendió rauda a las interioridades de la tierra. Durante algunos minutos Albert y yo quedamos a solas con la dueña. Nuestra súbita llegada había puesto en marcha, nunca mejor dicho, a los habitantes de la casa. El padre de familia, que ya descansaba en el piso superior, tenía que abandonar el lecho e irse a tomar el fresco a la calle para que las chicas transformaran la habitación destinada al placer. Mientras pagamos a la señora los diez dolares por cabeza convenidos, con las chicas ya habíamos acordado darles treinta a cada una. Era surrealista estar hablando con aquella mujer aguardando el momento de subir con las jóvenes. Naturalmente la conversación derivó hacia la situación penosa en que vivían. No nos recriminaba que estuviéramos allí, la experiencia que dan los años de escasez le hacía aceptar nuestros dólares como un bien inestimable, no en balde servirían para adquirir algún producto en el mercado negro, algo así como leche para un niño mayor de siete años, cuya entrega ya no está incluida en la cartilla de racionamiento. De buena gana hubiera abandonado la casa renunciando al placer prometido, pero justo en aquel momento, desde lo alto de la escalera, Kenia me llamaba sonriente.
sábado, 20 de junio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (III)
TERCERA ENTRADA
Salir del aeropuerto, luego de los farragosos trámites aduaneros, fue como entrar en una dimensión desconocida. Bruscamente, como sucede en el trópico, se hizo de noche, ya desde el taxi que nos conducía a La Habana Vieja nos sorprendió las largas filas de hombres y mujeres que subían ordenadamente en unos tractores con remolque que hacían de transporte público, ya había oído hablar de los famosos "camellos", pero verlos en plena actividad me hizo sentir espectador privilegiado de un tiempo que afortunadamente debe tener los días contados. A medida que avanzábamos por la carretera que desde el aeropuerto lleva a la cuidad se sucedían los contrastes, unos eran visuales, otro muy sutil estaba relacionado con el olfato. La ventanilla abierta y la estimable velocidad con que nuestro conductor nos trasladaba provocaba la entrada de bocanadas de aire húmedo impregnados del olor a gasolina requemada, resultado de la defectuosa combustión de sus reciclados motores y a mi aquel olor me recordó alguno de mi infancia allá a mediados de los años 50 cuando acompañaba a mi abuelo en la cola del petróleo, también el olor a tierra mojada de los maltrechos desagües conseguía esta curiosa sensación de regreso a la patria de la infancia. Pasamos muy cerca del puerto donde un solitario barco de bandera rusa fondeaba abandonado,"como los muelles en el alba". El taxista nos contó, que a causa de una avería llevaba allí desde hacía meses.
Por fin llegamos a nuestro destino en Habana vieja. Haciendo rodar las maletas recorrimos más de cien metros, desde donde nos dejó el taxi, hasta el hotel Los Frailes, en lo más recóndito de una estrecha calle. Probablemente de todos los hoteles de La Habana fuimos a parar al más contrario al carácter abierto de los habaneros. Su personal, para ponerse en situación con el nombre del local, vestía habito de monje y era parco en palabras, como si guardara voto de silencio. La habitación asignada, correcta en todo lo demás, era semejante a un búnker sin una sola ventana y con ese rumor al principio imperceptible del aire acondicionado y que te lleva más tarde a pelearte con sus mandos. Cansados por el largo viaje nuestra primera intención era, después de una gratificante ducha, acostarnos y dejar para mañana el primer contacto peatonal con la ciudad, pero no eran más que las ocho, sábado noche y ventaja inestimable del hotel, estábamos en el mismo centro.
Apenas cinco minutos después dejábamos el claustrofóbico establecimiento y calle abajo nos dirigimos en busca de la Plaza Vieja, desde donde llegaba el son de la música. La belleza del lugar nos cautivó. La amplia plaza actualmente restaurada, había sido en tiempos lejanos mercado de esclavos, sobre el adoquín y estrategicamente colocadas, bolas de acero impedían el paso de vehículos, parecían recordar las negras argollas de otros tiempos y hasta la densa atmósfera contribuía a recrear el pasado, me abstraía escuchando una canción y pensaba en que apenas dos siglos atrás en este mismo lugar se habían subastado seres humanos arrancados de su tierra para amasar las fortunas de tantos hombres de bien. Pero en esa noche los cubanos, incluso los más "prietos" de entre ellos, nos sonreían con su traje inmaculado de camarero sirviéndonos complacidos heladas cervezas bucanero, aromáticos mojitos, incluso cuba libres con otro nombre pero idéntico sabor. En un lugar tan armonioso, la sangre y el dolor del pasado se habían evaporado y tan solo, pensaba yo, una imposible psicofonía nos devolvería el eco de sus lamentos. Admiraba las remozadas paredes de amarillo delicado cuando Albert me señaló discretamente una joven mulata que se había sentado en la mesa contigua, parecía distraida siguiendo el ritmo del bolero, solo casualmente cruzaba una mirada y entonces dejaba ver su sonrisa, así con este antiguo juego de seducción pasamos una media hora sin decidirnos a entablar conversación. Al cabo de un tiempo y ya con el fin de retirarnos a descansar emprendimos regreso al hotel. Salimos de la plaza y cuando nos adentramos por la estrecha calle, apenas cincuenta metros, oímos un grito, que al principio no entendíamos, alguien venía corriendo hacia nosotros, era la joven compañera de mesa y sus palabras a medida que se aproximaba se hacían más extrañamente comprensibles: "¡España, España!". Al llegar a nuestra altura se detuvo y sonriéndonos quedó en silencio.
Salir del aeropuerto, luego de los farragosos trámites aduaneros, fue como entrar en una dimensión desconocida. Bruscamente, como sucede en el trópico, se hizo de noche, ya desde el taxi que nos conducía a La Habana Vieja nos sorprendió las largas filas de hombres y mujeres que subían ordenadamente en unos tractores con remolque que hacían de transporte público, ya había oído hablar de los famosos "camellos", pero verlos en plena actividad me hizo sentir espectador privilegiado de un tiempo que afortunadamente debe tener los días contados. A medida que avanzábamos por la carretera que desde el aeropuerto lleva a la cuidad se sucedían los contrastes, unos eran visuales, otro muy sutil estaba relacionado con el olfato. La ventanilla abierta y la estimable velocidad con que nuestro conductor nos trasladaba provocaba la entrada de bocanadas de aire húmedo impregnados del olor a gasolina requemada, resultado de la defectuosa combustión de sus reciclados motores y a mi aquel olor me recordó alguno de mi infancia allá a mediados de los años 50 cuando acompañaba a mi abuelo en la cola del petróleo, también el olor a tierra mojada de los maltrechos desagües conseguía esta curiosa sensación de regreso a la patria de la infancia. Pasamos muy cerca del puerto donde un solitario barco de bandera rusa fondeaba abandonado,"como los muelles en el alba". El taxista nos contó, que a causa de una avería llevaba allí desde hacía meses.
Por fin llegamos a nuestro destino en Habana vieja. Haciendo rodar las maletas recorrimos más de cien metros, desde donde nos dejó el taxi, hasta el hotel Los Frailes, en lo más recóndito de una estrecha calle. Probablemente de todos los hoteles de La Habana fuimos a parar al más contrario al carácter abierto de los habaneros. Su personal, para ponerse en situación con el nombre del local, vestía habito de monje y era parco en palabras, como si guardara voto de silencio. La habitación asignada, correcta en todo lo demás, era semejante a un búnker sin una sola ventana y con ese rumor al principio imperceptible del aire acondicionado y que te lleva más tarde a pelearte con sus mandos. Cansados por el largo viaje nuestra primera intención era, después de una gratificante ducha, acostarnos y dejar para mañana el primer contacto peatonal con la ciudad, pero no eran más que las ocho, sábado noche y ventaja inestimable del hotel, estábamos en el mismo centro.
Apenas cinco minutos después dejábamos el claustrofóbico establecimiento y calle abajo nos dirigimos en busca de la Plaza Vieja, desde donde llegaba el son de la música. La belleza del lugar nos cautivó. La amplia plaza actualmente restaurada, había sido en tiempos lejanos mercado de esclavos, sobre el adoquín y estrategicamente colocadas, bolas de acero impedían el paso de vehículos, parecían recordar las negras argollas de otros tiempos y hasta la densa atmósfera contribuía a recrear el pasado, me abstraía escuchando una canción y pensaba en que apenas dos siglos atrás en este mismo lugar se habían subastado seres humanos arrancados de su tierra para amasar las fortunas de tantos hombres de bien. Pero en esa noche los cubanos, incluso los más "prietos" de entre ellos, nos sonreían con su traje inmaculado de camarero sirviéndonos complacidos heladas cervezas bucanero, aromáticos mojitos, incluso cuba libres con otro nombre pero idéntico sabor. En un lugar tan armonioso, la sangre y el dolor del pasado se habían evaporado y tan solo, pensaba yo, una imposible psicofonía nos devolvería el eco de sus lamentos. Admiraba las remozadas paredes de amarillo delicado cuando Albert me señaló discretamente una joven mulata que se había sentado en la mesa contigua, parecía distraida siguiendo el ritmo del bolero, solo casualmente cruzaba una mirada y entonces dejaba ver su sonrisa, así con este antiguo juego de seducción pasamos una media hora sin decidirnos a entablar conversación. Al cabo de un tiempo y ya con el fin de retirarnos a descansar emprendimos regreso al hotel. Salimos de la plaza y cuando nos adentramos por la estrecha calle, apenas cincuenta metros, oímos un grito, que al principio no entendíamos, alguien venía corriendo hacia nosotros, era la joven compañera de mesa y sus palabras a medida que se aproximaba se hacían más extrañamente comprensibles: "¡España, España!". Al llegar a nuestra altura se detuvo y sonriéndonos quedó en silencio.
viernes, 19 de junio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (II)
PREPARATIVOS, VIAJE Y LLEGADA A LA HABANA
Fue el mismo año ya en Octubre, cuando animados por los relatos viajeros de mi hijo David y dada la feliz coincidencia que mi amigo Albert deseaba visitar la isla, que me dispuse en su compañía a cruzar el atlántico. Antes de partir y siguiendo las recomendaciones de anteriores viajeros nos aprovisionamos de objetos de primera necesidad de los que según contaban tanto carecían en Cuba . Papel higiénico, hojas de afeitar, gel, compresas,. entonces nos parecía un incordio tener que ocupar parte de la maleta,luego sentimos no haber llevado mucho más de todo. Nuestra intención era corresponder a la invitación de Jimagua y Neisi y después de pasar la primera noche en el hotel contratado por la agencia, trasladarnos a su casa y desde allí visitar en un periplo de siete días la parte occidental de la isla. El Valle de Viñales y Cayo Levisa, como otros lugares de interés, luego retornar a La Habana. Total nueve días, que como se verá dieron mucho de si.
LLegó el día de nuestra partida. Ya estábamos volando a La Habana, después del inevitable enlace hasta Madrid. Después de interminables horas de vuelo, anunciaron que estábamos sobre la isla. El pasaje, despertando de repente, entablaba conversación relatando anécdotas y circunstancias personales, como si la cercanía del trópico actuara de euforizante. Tres chicas, ya muy entradas en la treintena, ajenas al bullicio se concentraban en maquillarse borrando sus ojeras y preparándose para un inminente reencuentro. Eran muchos quienes repetían viaje y de alguna manera nos avisaban a los novatos de lo que íbamos a vivir. Se reían cuando alguno, o alguna, afirmaban su intención de no sucumbir a la seducción caribeña. Por un momento me aislé del parloteo y miré a través de la minúscula ventanilla. Un verde paisaje se extendía allá abajo, luminoso en aquella primera hora de la tarde. Inédita perspectiva que ningún explorador del pasado pudo contemplar. Por fin tomamos tierra.
Fue el mismo año ya en Octubre, cuando animados por los relatos viajeros de mi hijo David y dada la feliz coincidencia que mi amigo Albert deseaba visitar la isla, que me dispuse en su compañía a cruzar el atlántico. Antes de partir y siguiendo las recomendaciones de anteriores viajeros nos aprovisionamos de objetos de primera necesidad de los que según contaban tanto carecían en Cuba . Papel higiénico, hojas de afeitar, gel, compresas,. entonces nos parecía un incordio tener que ocupar parte de la maleta,luego sentimos no haber llevado mucho más de todo. Nuestra intención era corresponder a la invitación de Jimagua y Neisi y después de pasar la primera noche en el hotel contratado por la agencia, trasladarnos a su casa y desde allí visitar en un periplo de siete días la parte occidental de la isla. El Valle de Viñales y Cayo Levisa, como otros lugares de interés, luego retornar a La Habana. Total nueve días, que como se verá dieron mucho de si.
LLegó el día de nuestra partida. Ya estábamos volando a La Habana, después del inevitable enlace hasta Madrid. Después de interminables horas de vuelo, anunciaron que estábamos sobre la isla. El pasaje, despertando de repente, entablaba conversación relatando anécdotas y circunstancias personales, como si la cercanía del trópico actuara de euforizante. Tres chicas, ya muy entradas en la treintena, ajenas al bullicio se concentraban en maquillarse borrando sus ojeras y preparándose para un inminente reencuentro. Eran muchos quienes repetían viaje y de alguna manera nos avisaban a los novatos de lo que íbamos a vivir. Se reían cuando alguno, o alguna, afirmaban su intención de no sucumbir a la seducción caribeña. Por un momento me aislé del parloteo y miré a través de la minúscula ventanilla. Un verde paisaje se extendía allá abajo, luminoso en aquella primera hora de la tarde. Inédita perspectiva que ningún explorador del pasado pudo contemplar. Por fin tomamos tierra.
miércoles, 17 de junio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (I)
INTRODUCCIÓN
No recuerdo exactamente el día pero si la hora, acababa de tomarme el café de las once y en esa pausa, antes de reincorporarme a mi servicio, guiñaba los ojos al sol en el muelle de mercancías, convertido en reducto de fumadores. Comentábamos los últimos chismes laborales cuando sonó el móvil. Era David, me extrañó su llamada y como es mi costumbre de eterno angustiado pensé que algo malo había sucedido. Así era pero distinto a todo lo imaginado. La "tremenda "notícia me descolocó por un momento, pero enseguida reaccioné y todo mi esfuerzo consisitió en tranquilizarles tanto a él como a Nuria. Enseguida decidieron trasladarse a Murcia, a casa de los familiares de nuestros amigos víctimas de la tragedia. Abandoné el muelle sin comentar nada con mis compañeros ¿Cómo explicar en pocas palabras lo que requiere un largo juicio donde yo, al narrarlo me convertiré en fiscal y abogado de mis pobres amigos?
La primera noticia que tuve de Neisi y Jimagua fue tres años antes, un día de Junio. Una llamada de David desde La Habana, donde llevaba tres días, me hizo saber que habían conocido a una pareja de cubanos, arquitecto él y ama de casa ella, que atendían a los turistas en su casa de Centro Habana, y que gracias a su protección se habían librado de un "jinetero" muy pesado. En definitiva David estaba eufórico y en aquellos momentos junto con su amigo Marçal se disponía a recorrer la isla para regresar después un último día a casa de sus protectores. A mi en aquel momento, en la distancia, me tranquilizó esta referencia. Aun yo no había viajado a Cuba, ni había recorrido el camino que Marçal y David hicieron desde Habana Vieja hasta parque Trillo, en el corazón del barrio de Cayo Hueso en Centro Habana. Ni mucho menos podía imaginar como nos involucraríamos en las vidas de nuestros amigos cubanos.
No recuerdo exactamente el día pero si la hora, acababa de tomarme el café de las once y en esa pausa, antes de reincorporarme a mi servicio, guiñaba los ojos al sol en el muelle de mercancías, convertido en reducto de fumadores. Comentábamos los últimos chismes laborales cuando sonó el móvil. Era David, me extrañó su llamada y como es mi costumbre de eterno angustiado pensé que algo malo había sucedido. Así era pero distinto a todo lo imaginado. La "tremenda "notícia me descolocó por un momento, pero enseguida reaccioné y todo mi esfuerzo consisitió en tranquilizarles tanto a él como a Nuria. Enseguida decidieron trasladarse a Murcia, a casa de los familiares de nuestros amigos víctimas de la tragedia. Abandoné el muelle sin comentar nada con mis compañeros ¿Cómo explicar en pocas palabras lo que requiere un largo juicio donde yo, al narrarlo me convertiré en fiscal y abogado de mis pobres amigos?
La primera noticia que tuve de Neisi y Jimagua fue tres años antes, un día de Junio. Una llamada de David desde La Habana, donde llevaba tres días, me hizo saber que habían conocido a una pareja de cubanos, arquitecto él y ama de casa ella, que atendían a los turistas en su casa de Centro Habana, y que gracias a su protección se habían librado de un "jinetero" muy pesado. En definitiva David estaba eufórico y en aquellos momentos junto con su amigo Marçal se disponía a recorrer la isla para regresar después un último día a casa de sus protectores. A mi en aquel momento, en la distancia, me tranquilizó esta referencia. Aun yo no había viajado a Cuba, ni había recorrido el camino que Marçal y David hicieron desde Habana Vieja hasta parque Trillo, en el corazón del barrio de Cayo Hueso en Centro Habana. Ni mucho menos podía imaginar como nos involucraríamos en las vidas de nuestros amigos cubanos.
sábado, 13 de junio de 2009
INTRODUCCION Y POEMA
Hace calor esta tarde de Junio, la ventana semi-abierta deja entrar una suave brisa que riza la cortina. Recostado en el sofá escucho el concierto de Aranjuéz. Las musas susurraron sus cadencias, al maestro Rodrigo, una tarde como esta. Como medicina homeópata su arte llega hasta mi diluido en un millar de notas, que me alivian de tantas renuncias ¿O es nostalgia por un pasado que nunca existió? Son tantas las vidas que perdemos al elegir una, que allí, en universos paralelos otros nosotros hibernan en el limbo de los indecisos. A mi también, mi humilde musa me ha susurrado un poema dedicado a ti, querida amiga.
A FELI DESDE LA ORILLA DEL TIEMPO
La naturaleza armonizó en ti sus elementos, en delicado equilibrio de ingenio y belleza.
Esos ojos que se dejan mirar expectantes hasta el negro telón de sus pupilas.
Esos labios, semi-abiertos en sonrisa amiga.
La clara inflexión de tu voz siempre cercana.
Pómulos, nariz, barbilla, armonía que la tenaz evolución dibujó en la playa del presente.
En el futuro todos te verán como yo ahora.
Mi poema detendrá el embate del tiempo.
Y no vendrá la siguiente ola a borrarte de la arena.
Romperé su reloj y abarcaré con mis manos la Luna y el Sol.
Hasta parar sus mareas.
Así seguiremos aquí, en la orilla del tiempo, sobremesa eterna.
Tú sonriéndome y yo contemplándote.
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A FELI DESDE LA ORILLA DEL TIEMPO
La naturaleza armonizó en ti sus elementos, en delicado equilibrio de ingenio y belleza.
Esos ojos que se dejan mirar expectantes hasta el negro telón de sus pupilas.
Esos labios, semi-abiertos en sonrisa amiga.
La clara inflexión de tu voz siempre cercana.
Pómulos, nariz, barbilla, armonía que la tenaz evolución dibujó en la playa del presente.
En el futuro todos te verán como yo ahora.
Mi poema detendrá el embate del tiempo.
Y no vendrá la siguiente ola a borrarte de la arena.
Romperé su reloj y abarcaré con mis manos la Luna y el Sol.
Hasta parar sus mareas.
Así seguiremos aquí, en la orilla del tiempo, sobremesa eterna.
Tú sonriéndome y yo contemplándote.
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sábado, 6 de junio de 2009
NOVELA
EL AUTOR:
¿Qué me sucede? ¿Por qué me es imposible seguir con la novela? Había vuelto a ella con ilusión después de muchos años sin escribir. Publicarla en este blog era la oportunidad idónea para demostrarme a mi mismo que aquella vocación juvenil abandonada como tantas, ahora a la madurez y con "las lluvias de abril y el sol de mayo" florecía de nuevo. Casi todo lo que antes publiqué en este blog, como "Los ojos del amor", "La última metamorfosis" o "Viaje del Papa a Barcelona", son anterior a la novela. Su buena acogida por quienes desconocían esta faceta mía de escritor fue el detonante que me animó a rehacerla y continuarla. Pero yo también, como mis personajes, he tenido acceso al mensaje póstumo de Luis Palacios, en el que arrepentido del resultado al que lleva su descubrimiento, da a conocer el antídoto que liberará a la humanidad del poder hipnótico de sus mensajes. Yo también fui hipnotizado mucho antes cuando a los veintitantos, iluso de mi, me atreví con un tema que me superaba. En los últimos capítulos, ya escritos ahora, opté por alternar introspección nutrida en vivencias propias, con una desbocada burla de la sociedad emergente de hoy, en la que muchos de sus componentes mereceían ser neutralizados con métodos por lo menos "subliminales".
El problema de nuestro mundo es que como decía un amigo pocos padres piden para sus hijos que tenga un "corazón de oro" le será más ventajoso que su corazón sea de piedra, aunque el primero en comprobarlo sea el propio padre. Falla la educación y lo más preocupante es que, algo que no se enseña, la sensibilidad, tampoco se cultiva. Nuestra especie, hommo saphiens, produce, por lo menos donde yo habito, Europa occidental, individuos cada vez más insolidarios y desalmados. Si en el remoto pasado los Neardentalis se extinguieron, sospechosamente, al convivir con el saphiens, no es aventurado anticipar que en un futuro una subespecie "exsaphiens" poseerán la tierra. O quizás los científicos de mañana consigan lo que yo no he podido, un condicionamiento tan positivo que ni el propio autor conozca el antídoto.
A partir de ahora escribiré sobre experiencias propias. Gracias por leerme.
¿Qué me sucede? ¿Por qué me es imposible seguir con la novela? Había vuelto a ella con ilusión después de muchos años sin escribir. Publicarla en este blog era la oportunidad idónea para demostrarme a mi mismo que aquella vocación juvenil abandonada como tantas, ahora a la madurez y con "las lluvias de abril y el sol de mayo" florecía de nuevo. Casi todo lo que antes publiqué en este blog, como "Los ojos del amor", "La última metamorfosis" o "Viaje del Papa a Barcelona", son anterior a la novela. Su buena acogida por quienes desconocían esta faceta mía de escritor fue el detonante que me animó a rehacerla y continuarla. Pero yo también, como mis personajes, he tenido acceso al mensaje póstumo de Luis Palacios, en el que arrepentido del resultado al que lleva su descubrimiento, da a conocer el antídoto que liberará a la humanidad del poder hipnótico de sus mensajes. Yo también fui hipnotizado mucho antes cuando a los veintitantos, iluso de mi, me atreví con un tema que me superaba. En los últimos capítulos, ya escritos ahora, opté por alternar introspección nutrida en vivencias propias, con una desbocada burla de la sociedad emergente de hoy, en la que muchos de sus componentes mereceían ser neutralizados con métodos por lo menos "subliminales".
El problema de nuestro mundo es que como decía un amigo pocos padres piden para sus hijos que tenga un "corazón de oro" le será más ventajoso que su corazón sea de piedra, aunque el primero en comprobarlo sea el propio padre. Falla la educación y lo más preocupante es que, algo que no se enseña, la sensibilidad, tampoco se cultiva. Nuestra especie, hommo saphiens, produce, por lo menos donde yo habito, Europa occidental, individuos cada vez más insolidarios y desalmados. Si en el remoto pasado los Neardentalis se extinguieron, sospechosamente, al convivir con el saphiens, no es aventurado anticipar que en un futuro una subespecie "exsaphiens" poseerán la tierra. O quizás los científicos de mañana consigan lo que yo no he podido, un condicionamiento tan positivo que ni el propio autor conozca el antídoto.
A partir de ahora escribiré sobre experiencias propias. Gracias por leerme.
miércoles, 3 de junio de 2009
NOVELA
DECIMOSEXTA ENTRADA
Aquí se congeló la imagen y el adagio de la décima sinfonía de Mahaler, su última e inacabada, empezó a sonar, mientras un texto, como si se tratara de un largo reparto, bajaba lentamente por la pantalla. Palabras póstumas de Luis Palacios escritas sabiéndose ya muerto en el instante de su lectura. Pasaban los minutos y las palabras seguían descendiendo y como el fin de una buena película que fija al espectador en la oscuridad a su butaca, Francisco y Magda,cada uno con sus recuerdos, guardaban silencio. Luego, casi al unisono, texto y música cesaron y la grabación llegó a su fin.
Ambos estaban emocionados.La confesión de Luis Palacios y las claves que daba para desmontar el entramado que hipnotizaba al mundo ponía en evidencia que, en algún momento de aquellos últimos años, algo, muy determinante, le había derribado del caballo. Sin embargo no había querido combatir a sus socios en vida y trasladaba la responsabilidad a su hermano, dejando al margen a Javier.
Mientras el hijo, ajeno a la cita familiar seguía leyendo el diario de su padre.
Y los objetivos fallaron estrepitosamente! Si, Javier recordaba con precisión lo que pasó en aquella verbena de Sant Joan. Todos achacaron al alcohol y a la imprudencia la tragedia que se vivió en la playa barcelonesa. Siempre en cada verbena la playa se llenaba de millares de fiesteros , hasta que a una hora prudencial, ya por la mañana eran invitados a abandonar la arena. Pero en esta ocasión con la primera advertencia sonó por los altavoces una Konga muy de moda, y acto seguido una multitud en fila india y siguiendo el ritmo se adentró en el mar. A la cabeza marchaba un fornido mulato contoneándose con gran brío, alguno cuando el agua ya le llegaba al cuello rompió la fila y regresó, pero muchos para desespero de sus amigos siguieron mar adentro hasta desaparecer.
Aquí se congeló la imagen y el adagio de la décima sinfonía de Mahaler, su última e inacabada, empezó a sonar, mientras un texto, como si se tratara de un largo reparto, bajaba lentamente por la pantalla. Palabras póstumas de Luis Palacios escritas sabiéndose ya muerto en el instante de su lectura. Pasaban los minutos y las palabras seguían descendiendo y como el fin de una buena película que fija al espectador en la oscuridad a su butaca, Francisco y Magda,cada uno con sus recuerdos, guardaban silencio. Luego, casi al unisono, texto y música cesaron y la grabación llegó a su fin.
Ambos estaban emocionados.La confesión de Luis Palacios y las claves que daba para desmontar el entramado que hipnotizaba al mundo ponía en evidencia que, en algún momento de aquellos últimos años, algo, muy determinante, le había derribado del caballo. Sin embargo no había querido combatir a sus socios en vida y trasladaba la responsabilidad a su hermano, dejando al margen a Javier.
Mientras el hijo, ajeno a la cita familiar seguía leyendo el diario de su padre.
Barcelona, 23 de Junio 2012:
Se impuso el consenso, después de semanas de grandes diferencias entre la central de New York y las delegaciones europeas hemos llegado al acuerdo de dar prioridad a los "pedidos" sociales que nos hacen los gobiernos amigos. Nuestra operación, tantas veces retrasada por fin se pone esta noche en marcha HUMEDA SOLUCION ha comenzado a las 22 hora zulu. Dentro de pocos minutos se reunirá, aquí en mi casa, el gabinete de crisis para seguir al minuto los acontecimientos ¿Lo conseguiremos? El avance espectacular de nuestros experimentos solo es comparable al de la informática a principios de este siglo. Disponemos ya de productos tan sofisticados que la sugestión que hoy proyectamos solo va dirigida a un determinado tipo de individuos y se han de dar tres condiciones para que le hagan vulnerable a la orden. Durante semanas hemos difundido por todas las cadenas de t.v. uno de los mensajes que esta noche de verbena y solo a ellos va destinado. Los tres condicionantes que activaran la orden son, que el individuo beba más de tres cervezas, que escuche música, Reaggeton, Hip-Hop o salsa y que tenga un tatuaje superior a 3 centímetros, ah, and the last but not the least, que no guarde en la retina ningún rastro de letra impresa, ni siquiera un cómic, en el último año. Solo en quienes reunan esta condiciones se activará la orden. Hemos calculado que el número de individuos puede ascender a varios miles. Si logramos el objetivo abriremos un camino a seguir en el condicionamiento positivo de la humanidad. Será como dar un electroshock incruento a miles de pacientes para curarles de sus conductas antisociales".
Y los objetivos fallaron estrepitosamente! Si, Javier recordaba con precisión lo que pasó en aquella verbena de Sant Joan. Todos achacaron al alcohol y a la imprudencia la tragedia que se vivió en la playa barcelonesa. Siempre en cada verbena la playa se llenaba de millares de fiesteros , hasta que a una hora prudencial, ya por la mañana eran invitados a abandonar la arena. Pero en esta ocasión con la primera advertencia sonó por los altavoces una Konga muy de moda, y acto seguido una multitud en fila india y siguiendo el ritmo se adentró en el mar. A la cabeza marchaba un fornido mulato contoneándose con gran brío, alguno cuando el agua ya le llegaba al cuello rompió la fila y regresó, pero muchos para desespero de sus amigos siguieron mar adentro hasta desaparecer.
lunes, 1 de junio de 2009
NOVELA
ENTRADA DECIMOQUINTA
Nada más recibir el apremiante email de Magda, Francisco la citó en su antiguo piso de Gracia. Debían complementar el posible mensaje de Luis que en uno de los diskettes recibido meses atrás parecía enviarles. Le sorprendió en su día la nota que acompañaba el envío, era como si su hermano en un momento de peligro, arrastrado por los acontecimientos confiara a él un secreto que aun no debía desvelarse. Tampoco Magda sabía de que se trataba, solo después del intercambio de mensajes de correo electrónico con Francisco, lo relacionó con la clave encontrada en la caja fuerte.
Asomado al balcón, el mismo de su infancia, era inevitable la nostalgia. Recordaba otra tarde, quizás también de Junio como esta, había esperado el regreso de su hermano, con impaciencia, ansioso por verle para jugar con él a contar "aventis" y muchas veces su esperanza quedaba frustrada porque los tres años de diferencia imponían su lógica y el "tete" prefería volver a la calle a jugar con sus amigos. El quedaba como un perrillo triste y buscaba consuelo en la abuela siempre dispuesta, desde su mecedora, a acompañar su juego. El paisaje que se divisaba desde el balcón apenas había cambiado, las tres cruces del Parc Güell y la montaña del Carmel seguían en el horizonte tan constantes como el Sol poniente en el cárdeno crepúsculo.
Magda bajó del taxi.Probablemente hacia más de treinta años que no visitaba aquella casa. Todo lo recordaba más viejo y pequeño, pero la plaza había sido remozada y la vetusta puerta de la escalera sustituida por una nueva con verja y portero automático. A su mente vino la manera de llamar de entonces "tres pics y dos repicons". De la escalera de aquellos tiempos, con sus rellanos oscuros y las ventanas invariablemente rotas, solo quedaban los viejos escalones demasiado altos para una persona mayor. Subió lentamente los pronunciados tramos hasta llegar a la puerta del piso.
Francisco desde el umbral la invitó a entrar. El piso construido probablemente en la tercera década del anterior siglo apenas disponía de 40 m² útiles, decorado de manera funcional aprovechaba todo el espacio sin que a simple vista le faltara ningún detalle, de los que hacen confortable una vivienda ¡Y pensar que entre aquellas paredes hubo un tiempo en el que convivieron tres generaciones! Abuelos, padres, dos hijos y hasta una tía hermana de la madre. El balcón, amplio en comparación con el interior, había sido el lugar de juego de los niños, el de las peleas en voz baja de los padres y el refugio de los primeros escarceos amorosos, cuando Luis y Magda estrenaban noviazgo.
-¡Cuánto tiempo, cuantos años que no subía esta escalera! - Magda no reconocía el interior de la vivienda. La pequeña habitación entrando a mano izquierda había desaparecido, ampliando el comedor-salón, la otra algo más grande se había convertido en el despacho donde Francisco disponía de su ordenador y cadena de música,tan obsoletos uno como otro. La tercera y más grande, "la alcoba" antaño de los abuelos era hogaño su dormitorio.
Sin más preámbulos que los indispensables Magda entregó la clave a su cuñado y este se dispuso a introducir el diskette en el ordenador. Era un vídeo, la imagen mostraba la entrada del Parque Güell y ascendía por su escalera de piedra, debía ser muy temprano porque el lugar, siempre concurrido, aparecía solitario. Al acercarse a la fuente, el murmullo del agua se hizo mas presente y al llegar a la altura del emblemático lagarto una mano se posó en sus pétreos dedos, mantuvo el contacto unos segundos para luego seguir subiendo hasta llegar a lo más alto y volviéndose enfocar todo el tramo. Luego de un largo minuto giró lentamente a su izquierda entrando en la sala de las columnas.
Francisco se sentía transportado a aquel mágico lugar, de niño había jugado muchas tardes mientras el abuelo acarreaba agua de una mina que brotaba de la pared.
Luego de demorarse entre las columnas, tan semejantes a las de un templo egipcio, subió a la plaza. Las palomas zureaban dominantes en aquella primera hora. La cámara buscó el horizonte urbano, el Sol rasgando la neblina ascendía sobre el mar, enfocó la Sagrada Familia que destacaba sobre el sucio algodón del eixample, hasta que un haz de luz dando en sus piedras se reflejó por un instante en la pantalla.
Nada más recibir el apremiante email de Magda, Francisco la citó en su antiguo piso de Gracia. Debían complementar el posible mensaje de Luis que en uno de los diskettes recibido meses atrás parecía enviarles. Le sorprendió en su día la nota que acompañaba el envío, era como si su hermano en un momento de peligro, arrastrado por los acontecimientos confiara a él un secreto que aun no debía desvelarse. Tampoco Magda sabía de que se trataba, solo después del intercambio de mensajes de correo electrónico con Francisco, lo relacionó con la clave encontrada en la caja fuerte.
Asomado al balcón, el mismo de su infancia, era inevitable la nostalgia. Recordaba otra tarde, quizás también de Junio como esta, había esperado el regreso de su hermano, con impaciencia, ansioso por verle para jugar con él a contar "aventis" y muchas veces su esperanza quedaba frustrada porque los tres años de diferencia imponían su lógica y el "tete" prefería volver a la calle a jugar con sus amigos. El quedaba como un perrillo triste y buscaba consuelo en la abuela siempre dispuesta, desde su mecedora, a acompañar su juego. El paisaje que se divisaba desde el balcón apenas había cambiado, las tres cruces del Parc Güell y la montaña del Carmel seguían en el horizonte tan constantes como el Sol poniente en el cárdeno crepúsculo.
Magda bajó del taxi.Probablemente hacia más de treinta años que no visitaba aquella casa. Todo lo recordaba más viejo y pequeño, pero la plaza había sido remozada y la vetusta puerta de la escalera sustituida por una nueva con verja y portero automático. A su mente vino la manera de llamar de entonces "tres pics y dos repicons". De la escalera de aquellos tiempos, con sus rellanos oscuros y las ventanas invariablemente rotas, solo quedaban los viejos escalones demasiado altos para una persona mayor. Subió lentamente los pronunciados tramos hasta llegar a la puerta del piso.
Francisco desde el umbral la invitó a entrar. El piso construido probablemente en la tercera década del anterior siglo apenas disponía de 40 m² útiles, decorado de manera funcional aprovechaba todo el espacio sin que a simple vista le faltara ningún detalle, de los que hacen confortable una vivienda ¡Y pensar que entre aquellas paredes hubo un tiempo en el que convivieron tres generaciones! Abuelos, padres, dos hijos y hasta una tía hermana de la madre. El balcón, amplio en comparación con el interior, había sido el lugar de juego de los niños, el de las peleas en voz baja de los padres y el refugio de los primeros escarceos amorosos, cuando Luis y Magda estrenaban noviazgo.
-¡Cuánto tiempo, cuantos años que no subía esta escalera! - Magda no reconocía el interior de la vivienda. La pequeña habitación entrando a mano izquierda había desaparecido, ampliando el comedor-salón, la otra algo más grande se había convertido en el despacho donde Francisco disponía de su ordenador y cadena de música,tan obsoletos uno como otro. La tercera y más grande, "la alcoba" antaño de los abuelos era hogaño su dormitorio.
Sin más preámbulos que los indispensables Magda entregó la clave a su cuñado y este se dispuso a introducir el diskette en el ordenador. Era un vídeo, la imagen mostraba la entrada del Parque Güell y ascendía por su escalera de piedra, debía ser muy temprano porque el lugar, siempre concurrido, aparecía solitario. Al acercarse a la fuente, el murmullo del agua se hizo mas presente y al llegar a la altura del emblemático lagarto una mano se posó en sus pétreos dedos, mantuvo el contacto unos segundos para luego seguir subiendo hasta llegar a lo más alto y volviéndose enfocar todo el tramo. Luego de un largo minuto giró lentamente a su izquierda entrando en la sala de las columnas.
Francisco se sentía transportado a aquel mágico lugar, de niño había jugado muchas tardes mientras el abuelo acarreaba agua de una mina que brotaba de la pared.
Luego de demorarse entre las columnas, tan semejantes a las de un templo egipcio, subió a la plaza. Las palomas zureaban dominantes en aquella primera hora. La cámara buscó el horizonte urbano, el Sol rasgando la neblina ascendía sobre el mar, enfocó la Sagrada Familia que destacaba sobre el sucio algodón del eixample, hasta que un haz de luz dando en sus piedras se reflejó por un instante en la pantalla.
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