DECIMOCTAVA ENTRADA
Ya estábamos entrando en el cayo, nos deslizábamos junto a los mangles lentamente rumbo al embarcadero, un Ibis sagrado se posó sobre la cabina del piloto, inmediatamente remontó el vuelo, era como si un alma querida te diera la bienvenida al paraíso. Sentí la misma emoción que muchos años atrás cuando visité la National Gallery de Londres, tan intensa como la que sentí en Taormina, por un momento a solas, en las ruinas de su teatro, asomado al mar con el Etna como testigo. En los viajes a lugares de contrastada belleza luchas insistentemente por entrar en el paisaje, pero es en vano, es el paisaje el que entra en ti y allí en un rincón oscuro de tu memoria permanece hasta el día que más lo necesitas, volverá para salvarte de tus demonios y tú serás como el sumiller que aprecia la fragancia y textura del vino, los recuerdos fermentados en la memoria ganarán una calidad que otros nunca apreciarán por muchas vueltas que den a la tierra.
Ya desembarcados nos dirigimos a la playa aventurándonos entre la maleza que casi invadía la arena, después el calor pegajoso impuso su ley y acabamos bajo un tupido parasol hecho de ramas de cocotero. Allí amodorrado pensaba... Esta es la paz que debe sentir un perro a la sombra, tumbado feliz sin ni siquiera saberlo. Allí me debía haber quedado entre baño y baño, ayudando a una cría de tortuga a alcanzar el mar antes de que algún piquero hambriento la descubra, o explorando el manglar en la primera hora de la mañana, o antes del anochecer cuando el cielo adquiere un color que no sabes expresar, pero no como casi todos regresé, pocos son los que se quedan en el paraíso, casi todos vuelven al barco y emprenden el viaje de vuelta aunque la travesía sea muy dura y el destino que nos aguarda incierto.
Comimos en el único restaurante del lugar y por primera vez discutimos. Albert expuso la idea de quedarnos una noche más en Viñales, era tentadora, ambos estábamos contentos con nuestras chicas y había lugares de interés que con un día más podríamos visitar. Yo le puse la pega de que había que avisar a Chacón y que además Jimagua nos esperaba la noche siguiente, también había que reservar una noche más en el hotel. Explotó, me dijo que estaba harto de que a todo pusiera pegas y que en todo quisiera tener razón y cuatro cosas más que de mi le molestaban. Debo de reconocer que tengo el defecto de decir siempre la última palabra y más si el público es femenino. Albert es sincero y en casi todas las ocasiones dice lo que piensa y si alguien no le cae bien no disimula, también, como todos, a veces cambia de opinión respecto a algo o a alguien y no da ninguna explicación. Yo soy, por decirlo suavemente más diplomático, o sea cobarde, a todos, cuando el tema no es vital para mi, sigo la corriente, no discuto con nadie, si me dicen que van de Barcelona a Madrid en tres horas por la autopista, les alabo la pericia, si otro que la culpa de que su hijo no tenga trabajo es de los extranjeros le doy la razón, solo hay una cosa en la que no cedo y es en mi convencimiento de que el tiempo acaba con todo, incluidas las mejores intenciones.
Hicimos el camino de vuelta encerrados cada uno con sus pensamientos, pero ya en el hotel, aun con tiempo para darnos un baño en la piscina olvidamos tácitamente la discusión y nos preparamos para nuestra segunda cita con Livia y Zoe.
viernes, 31 de julio de 2009
jueves, 30 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XVII)
DECIMOSÉPTIMA ENTRADA
A las 8 en punto ya habíamos desayunado, teníamos prisa porque a las 8,30 pasarían a recogernos. Camino de la recepción, bordeando la piscina, era imposible no detenerse un segundo a mirar el paisaje. Aun no calentaba el Sol y un penacho blanco posado sobre las verdes y redondeadas cimas parecía anunciar mal tiempo, luego comprobamos que la orografía del lugar condensaba de noche la humedad sobre los mogotes, más tarde, invariablemente se deshilachaban y en caprichosas volutas bajaban sobre el valle hasta sublimarse en la rojiza tierra.
Nosotros dos eramos los únicos turistas que aquella mañana hacíamos la excursión a Cayo Levisa, el chófer ya nos esperaba dentro de la camioneta-taxi, nos acomodamos en la primera fila y luego de los saludos de rigor partimos. Sucintamente nos explicó que iríamos hasta Palma Rubia, a unos 45 km al norte de Viñales, allí embarcaríamos y en menos de media hora atracaríamos en Cayo Levisa. Durante el trayecto íbamos de sorpresa en sorpresa, apenas unos dos km lejos del hotel recogimos, tras pedirnos educádamente permiso, a un caballero con el que entabló animada conversación. Preguntamos que eran aquellos sacos que a cada doscientos metros se apilaban en los margenes, nos dijo que eran yucas, destinadas a la venta en el agro. Al entrar en un pueblo cedimos el paso a una carreta tirada por un burro y nos sorprendió ver que el pasaje lo formaban niños uniformados camino de la escuela. El chiste fácil era que aquel burro forzosamente se le pegaría algo de los conocimientos adquiridos por los niños. A nuestro primer pasajero se sumó una señora que iba a trabajar a Palma Rubia, se interesó por nuestro origen y nos relató que un abuelo suyo era canario de la isla de Tenerife. El contacto con aquellas gentes de la Cuba profunda me recordó los versos de Antonio Machado, referentes a otros campesinos de otras tierras: "Gente que cabalgan a lomos de mula vieja, y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta, donde hay vino beben vino donde no hay vino agua fresca, buena gente que un día como todos descansan bajo la tierra".
Llegamos a Palma Rubia y bajó nuestra fugaz pasajera, comprendí porque se llama Palma Rubia la población. Esbeltas palmeras en las que destaca por su señorial e imponente altura, la palmera real, con sus copas mecidas por la suave brisa, daban sombra y cobijo a una multitud que iba y venía por la amplia plaza. En pocos minutos llegamos al embarcadero. Un grupito de no más de ocho o diez turistas aguardaban subir al barco con destino a Cayo Levisa.
La embarcación era relativamente pequeña, no tendría más de nueve metros de eslora, a una orden bajaron la cuerda que hacía de barrera y todos cruzamos en fila india la pasarela, un marinero nos recibía a bordo ayudando, a quien lo necesitara, a embarcar. Nos sentamos a proa, muy cerca de la cabina del timonel, ligeramente resguardados de la probable brisa. Las tareas de desatraque siempre concitan el interés del pasaje, acabaron de arrojar la maroma que nos unía a tierra izaron el ancla y el motor, primero achacoso, arrancó después con súbita fuerza separándonos del embarcadero. Los primeros minutos de navegación en las protegidas aguas nos permitían observar como iba quedando atrás el puerto con toda su jarcia de cabos y redes tendidos en el solitario muelle. Pero enseguida salimos a mar abierto con la sorpresa para quienes se habían colocado sobre la misma proa de recibir una inesperada ducha, el barco cabezeaba luchando con la mar de fondo, hasta que la pericia del piloto logró situar el rumbo y navegar, ya a partir de entonces, sin más sobresaltos. Apenas 20 minutos transcurridos y ya en el horizonte, aparecía una línea verde sobre el fondo azul de las aguas, nos acercábamos a Cayo Levisa.
A las 8 en punto ya habíamos desayunado, teníamos prisa porque a las 8,30 pasarían a recogernos. Camino de la recepción, bordeando la piscina, era imposible no detenerse un segundo a mirar el paisaje. Aun no calentaba el Sol y un penacho blanco posado sobre las verdes y redondeadas cimas parecía anunciar mal tiempo, luego comprobamos que la orografía del lugar condensaba de noche la humedad sobre los mogotes, más tarde, invariablemente se deshilachaban y en caprichosas volutas bajaban sobre el valle hasta sublimarse en la rojiza tierra.
Nosotros dos eramos los únicos turistas que aquella mañana hacíamos la excursión a Cayo Levisa, el chófer ya nos esperaba dentro de la camioneta-taxi, nos acomodamos en la primera fila y luego de los saludos de rigor partimos. Sucintamente nos explicó que iríamos hasta Palma Rubia, a unos 45 km al norte de Viñales, allí embarcaríamos y en menos de media hora atracaríamos en Cayo Levisa. Durante el trayecto íbamos de sorpresa en sorpresa, apenas unos dos km lejos del hotel recogimos, tras pedirnos educádamente permiso, a un caballero con el que entabló animada conversación. Preguntamos que eran aquellos sacos que a cada doscientos metros se apilaban en los margenes, nos dijo que eran yucas, destinadas a la venta en el agro. Al entrar en un pueblo cedimos el paso a una carreta tirada por un burro y nos sorprendió ver que el pasaje lo formaban niños uniformados camino de la escuela. El chiste fácil era que aquel burro forzosamente se le pegaría algo de los conocimientos adquiridos por los niños. A nuestro primer pasajero se sumó una señora que iba a trabajar a Palma Rubia, se interesó por nuestro origen y nos relató que un abuelo suyo era canario de la isla de Tenerife. El contacto con aquellas gentes de la Cuba profunda me recordó los versos de Antonio Machado, referentes a otros campesinos de otras tierras: "Gente que cabalgan a lomos de mula vieja, y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta, donde hay vino beben vino donde no hay vino agua fresca, buena gente que un día como todos descansan bajo la tierra".
Llegamos a Palma Rubia y bajó nuestra fugaz pasajera, comprendí porque se llama Palma Rubia la población. Esbeltas palmeras en las que destaca por su señorial e imponente altura, la palmera real, con sus copas mecidas por la suave brisa, daban sombra y cobijo a una multitud que iba y venía por la amplia plaza. En pocos minutos llegamos al embarcadero. Un grupito de no más de ocho o diez turistas aguardaban subir al barco con destino a Cayo Levisa.
La embarcación era relativamente pequeña, no tendría más de nueve metros de eslora, a una orden bajaron la cuerda que hacía de barrera y todos cruzamos en fila india la pasarela, un marinero nos recibía a bordo ayudando, a quien lo necesitara, a embarcar. Nos sentamos a proa, muy cerca de la cabina del timonel, ligeramente resguardados de la probable brisa. Las tareas de desatraque siempre concitan el interés del pasaje, acabaron de arrojar la maroma que nos unía a tierra izaron el ancla y el motor, primero achacoso, arrancó después con súbita fuerza separándonos del embarcadero. Los primeros minutos de navegación en las protegidas aguas nos permitían observar como iba quedando atrás el puerto con toda su jarcia de cabos y redes tendidos en el solitario muelle. Pero enseguida salimos a mar abierto con la sorpresa para quienes se habían colocado sobre la misma proa de recibir una inesperada ducha, el barco cabezeaba luchando con la mar de fondo, hasta que la pericia del piloto logró situar el rumbo y navegar, ya a partir de entonces, sin más sobresaltos. Apenas 20 minutos transcurridos y ya en el horizonte, aparecía una línea verde sobre el fondo azul de las aguas, nos acercábamos a Cayo Levisa.
domingo, 26 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XVI)
DECIMOSEXTA ENTRADA
Albert se acomodó detrás con las chicas mientras yo lo hacía al lado del conductor. Enseguida nos presentamos, se llamaban Livia y Zoe, una blanca y menuda, la otra negra y esbelta. Durante los primeros kilómetros del recorrido apenas participé de su conversación, tenía que girarme continuamente y por otra parte atendía al chófer que me contaba detalles interesantes sobre Viñales y su valle. Ya era noche cerrada y la carretera descendía en un rosario de curvas, hubo un momento en que todos callamos, entonces miré por la ventanilla a mi derecha, primero al negro arcén, luego sacando tímidamente la cabeza elevé la vista, entrabamos en una amplia curva y por un momento parecíamos suspendidos en el aire, la luz del firmamento me deslumbró, el cielo era una autopista en la que habíamos entrado y las estrellas luces de posición que íbamos dejando atrás rumbo al lechoso horizonte de las constelaciones, enseguida el chirriar de las ruedas en el asfalto me devolvió a la tierra pero en mi quedó para siempre en el recuerdo la dulce nostalgia de aquel fugaz viaje al fondo de la noche estrellada. A menudo una fantasía se adueña de tu mente y crees que es real, otras veces es la realidad que estas viviendo la que parece un sueño. Nosotros creímos soñar minutos después cuando, ya en Viñales, de la mano de ellas, caminábamos por el centro de una amplia calle jalonada a ambos lados de casas de madera de estilo colonial, con sus habitantes sentados a las puertas que indiferentes, desde sus mecedoras, nos veían pasar. A paso decidido íbamos al bar musical lugar de cita obligada en la noche festiva.
Ya sentados en su interior tomamos unos mojitos, mientras reíamos ante el espectáculo de unas turistas, por su aspecto canadienses, que competían con los nativos bailando un desenfrenado hip-hop cubano. Ante la insistencia de nuestras amigas, nos sumamos a la danza, dejando que otros se rieran de nosotros. Al poco tiempo, cuando ya nuestras fuerzas flaqueaban, vino el DiJey en nuestra ayuda y sustituyó el tribal ritmo por una tanda de boleros, cosa que agradecimos.
Empezaba a gustarme Livia, al conocernos me dijo que tenía 28 años, pero más tarde cuando nos hicimos amigos, me confesó que en realidad tenía 38, no los aparentaba, su cuerpo delgado y su ovalado rostro así como su pelo, cortado a lo garçon, le daban un aspecto juvenil, nada que ver con las típicas y abundantes culonas de todas las latitudes. Hacíamos buena pareja, salvando por supuesto la diferencia de edad, casi de mi estatura, un poco más bajita, al bailar se apretaba con fuerza mientras poco a poco doblaba su rodilla en un forzado equilibrio que nos clavaba en medio de la pista, entonces nos besábamos como dos apasionados amantes que se reencuentran tras una larga separación.
Luego en la mesa nuestra relación se consolidaba entre risas y besos ¡Es cómico! Le decía a su amiga cuando yo alababa el frenético ritmo de una mulata, que entre baile y baile, vendía ropa a las chicas. Le divertían mis comentarios, yo sentía su ronroneo de gata en el lóbulo de mi oreja profusamente acariciado por su lengua y entonces le cantaba bajito killing me softly y aunque no entendiera el desesperado sentido de mi ruego, juntaba su cara con la mía y sonreía.
Pasaba el tiempo sin que nos diéramos cuenta, hasta que ellas nos sugirieron volver al hotel. Hicimos el camino de regreso esta vez yo detrás, entre beso y beso nos adelantaron la estrategia que seguiríamos para que pudieran subir a la habitación: Nosotros al recoger la llave le daríamos al recepcionista 30 dólares, era el mismo que nos sugirió aprovechar el taxi, una vez en la habitación esperaríamos la llegada de las chicas, plan ensayado por ellos antes muchas veces para que esta noche saliera perfecto.
Un cuarto de hora más tarde, llegaron como traviesas adolescentes en viaje de fin de curso que asaltan la habitación de los chicos más guapos del grupo, nosotros las esperábamos con una botella abierta de guayabita del pinar. Todo era perfecto, enseguida tras tomar posesión de su fugaz tálamo pasamos a la acción. La amplia habitación permitía separar aun más las dos cama pero carecía de un biombo que diera sensación de intimidad, sólo la oscuridad nos aislaba, pero tras unos minutos de susurros se impuso la pasión y las incontrolables expresiones de placer restallaban como látigos espoleando a la cuádriga vecina a superarse. No he conocido a nadie tan concentrada como Livia en el placer, naturalmente yo no estaba a su altura, pero su constancia consiguió que yo diera de mi lo mejor.
Después, fumando un cigarrillo, me contó su vida. Vivía desde siempre en Pinar del Rio, tenía un niño al que cuidaba su madre, y un hermano pintor de cierto renombre que residía desde hacía años en Argentina, ella había sido bailarina de cabaret pero ya el tiempo jugaba en su contra y el futuro no se presentaba demasiado halagüeño. Se quedó dormida como tantas otras veces confiada a su suerte, solo que esta vez yo insomne la cuidaba y nada podía pasarle. Antes de que amaneciera el custodio regresó por las chicas, quedamos vernos aquella misma noche en el bar de Viñales. Ya solos, apenas dormimos un par de horas, la excursión tan deseada a Cayo Levisa nos esperaba.
Albert se acomodó detrás con las chicas mientras yo lo hacía al lado del conductor. Enseguida nos presentamos, se llamaban Livia y Zoe, una blanca y menuda, la otra negra y esbelta. Durante los primeros kilómetros del recorrido apenas participé de su conversación, tenía que girarme continuamente y por otra parte atendía al chófer que me contaba detalles interesantes sobre Viñales y su valle. Ya era noche cerrada y la carretera descendía en un rosario de curvas, hubo un momento en que todos callamos, entonces miré por la ventanilla a mi derecha, primero al negro arcén, luego sacando tímidamente la cabeza elevé la vista, entrabamos en una amplia curva y por un momento parecíamos suspendidos en el aire, la luz del firmamento me deslumbró, el cielo era una autopista en la que habíamos entrado y las estrellas luces de posición que íbamos dejando atrás rumbo al lechoso horizonte de las constelaciones, enseguida el chirriar de las ruedas en el asfalto me devolvió a la tierra pero en mi quedó para siempre en el recuerdo la dulce nostalgia de aquel fugaz viaje al fondo de la noche estrellada. A menudo una fantasía se adueña de tu mente y crees que es real, otras veces es la realidad que estas viviendo la que parece un sueño. Nosotros creímos soñar minutos después cuando, ya en Viñales, de la mano de ellas, caminábamos por el centro de una amplia calle jalonada a ambos lados de casas de madera de estilo colonial, con sus habitantes sentados a las puertas que indiferentes, desde sus mecedoras, nos veían pasar. A paso decidido íbamos al bar musical lugar de cita obligada en la noche festiva.
Ya sentados en su interior tomamos unos mojitos, mientras reíamos ante el espectáculo de unas turistas, por su aspecto canadienses, que competían con los nativos bailando un desenfrenado hip-hop cubano. Ante la insistencia de nuestras amigas, nos sumamos a la danza, dejando que otros se rieran de nosotros. Al poco tiempo, cuando ya nuestras fuerzas flaqueaban, vino el DiJey en nuestra ayuda y sustituyó el tribal ritmo por una tanda de boleros, cosa que agradecimos.
Empezaba a gustarme Livia, al conocernos me dijo que tenía 28 años, pero más tarde cuando nos hicimos amigos, me confesó que en realidad tenía 38, no los aparentaba, su cuerpo delgado y su ovalado rostro así como su pelo, cortado a lo garçon, le daban un aspecto juvenil, nada que ver con las típicas y abundantes culonas de todas las latitudes. Hacíamos buena pareja, salvando por supuesto la diferencia de edad, casi de mi estatura, un poco más bajita, al bailar se apretaba con fuerza mientras poco a poco doblaba su rodilla en un forzado equilibrio que nos clavaba en medio de la pista, entonces nos besábamos como dos apasionados amantes que se reencuentran tras una larga separación.
Luego en la mesa nuestra relación se consolidaba entre risas y besos ¡Es cómico! Le decía a su amiga cuando yo alababa el frenético ritmo de una mulata, que entre baile y baile, vendía ropa a las chicas. Le divertían mis comentarios, yo sentía su ronroneo de gata en el lóbulo de mi oreja profusamente acariciado por su lengua y entonces le cantaba bajito killing me softly y aunque no entendiera el desesperado sentido de mi ruego, juntaba su cara con la mía y sonreía.
Pasaba el tiempo sin que nos diéramos cuenta, hasta que ellas nos sugirieron volver al hotel. Hicimos el camino de regreso esta vez yo detrás, entre beso y beso nos adelantaron la estrategia que seguiríamos para que pudieran subir a la habitación: Nosotros al recoger la llave le daríamos al recepcionista 30 dólares, era el mismo que nos sugirió aprovechar el taxi, una vez en la habitación esperaríamos la llegada de las chicas, plan ensayado por ellos antes muchas veces para que esta noche saliera perfecto.
Un cuarto de hora más tarde, llegaron como traviesas adolescentes en viaje de fin de curso que asaltan la habitación de los chicos más guapos del grupo, nosotros las esperábamos con una botella abierta de guayabita del pinar. Todo era perfecto, enseguida tras tomar posesión de su fugaz tálamo pasamos a la acción. La amplia habitación permitía separar aun más las dos cama pero carecía de un biombo que diera sensación de intimidad, sólo la oscuridad nos aislaba, pero tras unos minutos de susurros se impuso la pasión y las incontrolables expresiones de placer restallaban como látigos espoleando a la cuádriga vecina a superarse. No he conocido a nadie tan concentrada como Livia en el placer, naturalmente yo no estaba a su altura, pero su constancia consiguió que yo diera de mi lo mejor.
Después, fumando un cigarrillo, me contó su vida. Vivía desde siempre en Pinar del Rio, tenía un niño al que cuidaba su madre, y un hermano pintor de cierto renombre que residía desde hacía años en Argentina, ella había sido bailarina de cabaret pero ya el tiempo jugaba en su contra y el futuro no se presentaba demasiado halagüeño. Se quedó dormida como tantas otras veces confiada a su suerte, solo que esta vez yo insomne la cuidaba y nada podía pasarle. Antes de que amaneciera el custodio regresó por las chicas, quedamos vernos aquella misma noche en el bar de Viñales. Ya solos, apenas dormimos un par de horas, la excursión tan deseada a Cayo Levisa nos esperaba.
jueves, 23 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XV)
DECIMOQUINTA ENTRADA
Ya estábamos a pocos km de Pinar Del Rio y el firme de la carretera empeoraba metro a metro, hábilmente Chacón eludía los baches, queríamos llegar a Viñales antes de que oscureciera, para evitar el riesgo de un accidente y acomodarnos con calma en el hotel ¿Cómo era posible que la única carretera que enlazaba Pinar del Rio con Viñales presentara aquel lamentable estado? Le preguntamos sinceramente sorprendidos. Nos quedamos sin respuesta porque al tomar una curva y surgida de la cuneta, una moto de la policía nos obligó a detenernos. Chacón no parecía extrañarse, el agente le pidió la documentación que éste, tras examinarla, no tardó en devolver. La actitud del guardia había cambiado en un segundo, relajó su semblante y nos deseó buena estancia en Viñales. Mientras nos alejábamos reconoció que no había respetado el limite de velocidad y que ya sabía de otros viajes que allí se apostaban para pillar "in fraganti" a los infractores, pero a él le bastaba con enseñar su documentación, donde figuraba una mención con sus méritos deportivos, para que hicieran la vista gorda, este era parte de los privilegios de que gozaba, los otros eran su licencia de taxi y el flamante coche del que estaba tan orgulloso.
Sin entrar en Viñales subimos carretera arriba los 25 km hasta el hotel Los Jazmines, la tarde con su dorada luz nos mostraba un paisaje diferente de todo lo visto hasta entonces, al llegar a la puerta del hotel, aun antes de ayudarnos a bajar las maletas, Chacón pidió que le pagáramos lo acordado, era un precio razonable incluyendo que el viernes por la mañana pasaría a recogernos. Cometimos el error de fiarnos de su palabra y le pagamos todo el importe, él argumentó que así repostaría en La Habana antes de regresar por nosotros. Había llorado de emoción casi en nuestro hombro, había prometido llevarnos a su casa, a conocer a su madre y enseñarnos sus trofeos, pero como en la fábula de la rana y el escorpión, pudo más su instinto y aunque no se ahogó como la alimaña si que nos perdió como amigos y seguros clientes en próximas excursiones. Pero cuando se despidió de nosotros desconocíamos el futuro y nos esperaba un inmediato presente maravilloso de dos días con sus respectivas noches que nunca olvidaríamos.
¿Que puedo decir del valle de Viñales? Si echo mano de un catálogo de viajes leería que está dominado por macizos cársticos y formaciones geológicas (mogotes) y que es donde se cultiva el mejor tabaco del mundo que en tres meses una semilla de un diámetro de medio milímetro se transforma en una planta de dos metros de altura. Pero yo escribo sobre las impresiones y emociones de aquellos días pasados y recuerdo el largo camino desde la recepción hasta nuestra habitación bordeando la piscina y como a su espalda dar por fin a una galería abierta al paisaje más increíble. Una baranda nos separaba de un frondoso barranco y justo enfrente a la distancia exacta, donde la pupila descansa sin forzarse, la acuarela de divina perspectiva que nunca vio el gran Leonardo, pero que su genio anticipó, los mogotes , colinas calcáreas de edades remotas, el velado esfumato que hay en la Virgen De Las Rocas o en la Gioconda, el valle de la toscana y el paisaje de la China del Sur mejorados en el oeste de Cuba.
Eran las siete y pronto oscurecería, sin apenas deshacer las maletas y tras una rápida ducha acudimos a la recepción para apalabrar la excursión del día siguiente a Cayo Levisa. Cenamos algo y cuando dudábamos entre ir a dormir o pedir un taxi y bajar a Viñales ¡Es caprichoso el azar! Llegó uno del que descendieron dos turistas, pero no quedó vacío el porque en su interior permanecían dos jóvenes que regresaban a Viñales. El recepcionista nos indicó que si estábamos dispuestos a bajar al pueblo aprovecháramos la ocasión, yo dudaba pero Albert más decidido ya estaba subiendo, por lo que sin más dilación me acomodé en su interior.
Ya estábamos a pocos km de Pinar Del Rio y el firme de la carretera empeoraba metro a metro, hábilmente Chacón eludía los baches, queríamos llegar a Viñales antes de que oscureciera, para evitar el riesgo de un accidente y acomodarnos con calma en el hotel ¿Cómo era posible que la única carretera que enlazaba Pinar del Rio con Viñales presentara aquel lamentable estado? Le preguntamos sinceramente sorprendidos. Nos quedamos sin respuesta porque al tomar una curva y surgida de la cuneta, una moto de la policía nos obligó a detenernos. Chacón no parecía extrañarse, el agente le pidió la documentación que éste, tras examinarla, no tardó en devolver. La actitud del guardia había cambiado en un segundo, relajó su semblante y nos deseó buena estancia en Viñales. Mientras nos alejábamos reconoció que no había respetado el limite de velocidad y que ya sabía de otros viajes que allí se apostaban para pillar "in fraganti" a los infractores, pero a él le bastaba con enseñar su documentación, donde figuraba una mención con sus méritos deportivos, para que hicieran la vista gorda, este era parte de los privilegios de que gozaba, los otros eran su licencia de taxi y el flamante coche del que estaba tan orgulloso.
Sin entrar en Viñales subimos carretera arriba los 25 km hasta el hotel Los Jazmines, la tarde con su dorada luz nos mostraba un paisaje diferente de todo lo visto hasta entonces, al llegar a la puerta del hotel, aun antes de ayudarnos a bajar las maletas, Chacón pidió que le pagáramos lo acordado, era un precio razonable incluyendo que el viernes por la mañana pasaría a recogernos. Cometimos el error de fiarnos de su palabra y le pagamos todo el importe, él argumentó que así repostaría en La Habana antes de regresar por nosotros. Había llorado de emoción casi en nuestro hombro, había prometido llevarnos a su casa, a conocer a su madre y enseñarnos sus trofeos, pero como en la fábula de la rana y el escorpión, pudo más su instinto y aunque no se ahogó como la alimaña si que nos perdió como amigos y seguros clientes en próximas excursiones. Pero cuando se despidió de nosotros desconocíamos el futuro y nos esperaba un inmediato presente maravilloso de dos días con sus respectivas noches que nunca olvidaríamos.
¿Que puedo decir del valle de Viñales? Si echo mano de un catálogo de viajes leería que está dominado por macizos cársticos y formaciones geológicas (mogotes) y que es donde se cultiva el mejor tabaco del mundo que en tres meses una semilla de un diámetro de medio milímetro se transforma en una planta de dos metros de altura. Pero yo escribo sobre las impresiones y emociones de aquellos días pasados y recuerdo el largo camino desde la recepción hasta nuestra habitación bordeando la piscina y como a su espalda dar por fin a una galería abierta al paisaje más increíble. Una baranda nos separaba de un frondoso barranco y justo enfrente a la distancia exacta, donde la pupila descansa sin forzarse, la acuarela de divina perspectiva que nunca vio el gran Leonardo, pero que su genio anticipó, los mogotes , colinas calcáreas de edades remotas, el velado esfumato que hay en la Virgen De Las Rocas o en la Gioconda, el valle de la toscana y el paisaje de la China del Sur mejorados en el oeste de Cuba.
Eran las siete y pronto oscurecería, sin apenas deshacer las maletas y tras una rápida ducha acudimos a la recepción para apalabrar la excursión del día siguiente a Cayo Levisa. Cenamos algo y cuando dudábamos entre ir a dormir o pedir un taxi y bajar a Viñales ¡Es caprichoso el azar! Llegó uno del que descendieron dos turistas, pero no quedó vacío el porque en su interior permanecían dos jóvenes que regresaban a Viñales. El recepcionista nos indicó que si estábamos dispuestos a bajar al pueblo aprovecháramos la ocasión, yo dudaba pero Albert más decidido ya estaba subiendo, por lo que sin más dilación me acomodé en su interior.
miércoles, 22 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XIV)
ENTRADA DECIMOCUARTA
Otra vez en el coche con destino al paladar, donde comeríamos a la sombra de una ceiba, que según Chacón traía buena suerte, y para ponernos en situación escuchábamos un c.d. del santero Lázaro Ros. Ya los taínos consideraban a este árbol sagrado. También los seguidores de la santería, entre ellos familiares de Chacón lo veneraban.
Al llegar a la posada nos encontramos que sólo quedaba una mesa libre, no protegida del Sol por el benéfico árbol sino por una vulgar sombrilla, y allí nos instalamos. Alguien nos miraba con insistencia, nos había escuchado hablar en español y decidió saludarnos. Era una mujer entrada en la cuarentena guapa aunque definitivamente gorda, sentado a su lado, en la barra, le acompañaba un joven y esbelto mulato al que de vez en cuando prodigaba una caricia. Nos dijo que era de Logroño y que por motivos laborales permanecía en la isla varios meses al año. El joven más atento a la música de su walkman que a la conversación, nos miraba con displicencia. Dejamos a la riojana que apurara su buena suerte y sin más preámbulos dimos cuenta de un apetitoso puerco asado al pincho, con su correspondiente arroz, su cerveza bucanero, preferida de Chacón, y un enorme coco helado de postre, un café bien cargado nos libró de la inminente modorra que ya se insinuaba en los párpados de Chacón. Se espabiló de golpe cuando al pagar nosotros discutió con el maitre por alguna vieja cuenta pendiente, veladamente le insinuó que no le llevaría más clientes. Cuando quería era muy reservado y contestó con evasivas a nuestro interés por conocer el motivo de la discusión.
Ya en el coche camino a Viñales, y quizás para compensarnos, nos contó la parte de su vida más interesante, resulta que Chacón en la ya lejana olimpiada Barcelona 92 había participado con el equipo cubano de judo y conseguido la medalla de oro. Nosotros amantes del deporte y barceloneses celebramos conocer a un protagonista de aquel gran acontecimiento y le abrumamos con nuestras preguntas. Nos miró complacido y por un momento abandonó su rictus de mala leche y pareció sonreír, con voz al principio firme pero que se quebraba por momentos, evocó el mes de julio del 92, su estancia en la villa olímpica, el desfile inaugural, el himno cubano, la bayanera, cantado con emoción mientras la bandera de la estrella blanca en fondo rojo subía a lo más alto del estadio, luego el clamoroso recibimiento del equipo en La Habana y en sus calles jaleado por todos hasta llegar a su casa para abrazarse con su orgullosa y querida madre... Las últimas palabras apenas habían sido un susurro, detuvo el coche, porque la emoción había llegado a superarle, se quitó sus ahumados lentes y apoyado al volante lloró como un niño. Nos mostraba su lado más humano y aquel detalle de amor filial venció nuestros pasados resquemores. Nos prometió que a la vuelta nos llevaría a su casa para enseñarnos la medalla olímpica y todos los múltiples trofeos conseguidos en su vida deportiva.
Otra vez en el coche con destino al paladar, donde comeríamos a la sombra de una ceiba, que según Chacón traía buena suerte, y para ponernos en situación escuchábamos un c.d. del santero Lázaro Ros. Ya los taínos consideraban a este árbol sagrado. También los seguidores de la santería, entre ellos familiares de Chacón lo veneraban.
Al llegar a la posada nos encontramos que sólo quedaba una mesa libre, no protegida del Sol por el benéfico árbol sino por una vulgar sombrilla, y allí nos instalamos. Alguien nos miraba con insistencia, nos había escuchado hablar en español y decidió saludarnos. Era una mujer entrada en la cuarentena guapa aunque definitivamente gorda, sentado a su lado, en la barra, le acompañaba un joven y esbelto mulato al que de vez en cuando prodigaba una caricia. Nos dijo que era de Logroño y que por motivos laborales permanecía en la isla varios meses al año. El joven más atento a la música de su walkman que a la conversación, nos miraba con displicencia. Dejamos a la riojana que apurara su buena suerte y sin más preámbulos dimos cuenta de un apetitoso puerco asado al pincho, con su correspondiente arroz, su cerveza bucanero, preferida de Chacón, y un enorme coco helado de postre, un café bien cargado nos libró de la inminente modorra que ya se insinuaba en los párpados de Chacón. Se espabiló de golpe cuando al pagar nosotros discutió con el maitre por alguna vieja cuenta pendiente, veladamente le insinuó que no le llevaría más clientes. Cuando quería era muy reservado y contestó con evasivas a nuestro interés por conocer el motivo de la discusión.
Ya en el coche camino a Viñales, y quizás para compensarnos, nos contó la parte de su vida más interesante, resulta que Chacón en la ya lejana olimpiada Barcelona 92 había participado con el equipo cubano de judo y conseguido la medalla de oro. Nosotros amantes del deporte y barceloneses celebramos conocer a un protagonista de aquel gran acontecimiento y le abrumamos con nuestras preguntas. Nos miró complacido y por un momento abandonó su rictus de mala leche y pareció sonreír, con voz al principio firme pero que se quebraba por momentos, evocó el mes de julio del 92, su estancia en la villa olímpica, el desfile inaugural, el himno cubano, la bayanera, cantado con emoción mientras la bandera de la estrella blanca en fondo rojo subía a lo más alto del estadio, luego el clamoroso recibimiento del equipo en La Habana y en sus calles jaleado por todos hasta llegar a su casa para abrazarse con su orgullosa y querida madre... Las últimas palabras apenas habían sido un susurro, detuvo el coche, porque la emoción había llegado a superarle, se quitó sus ahumados lentes y apoyado al volante lloró como un niño. Nos mostraba su lado más humano y aquel detalle de amor filial venció nuestros pasados resquemores. Nos prometió que a la vuelta nos llevaría a su casa para enseñarnos la medalla olímpica y todos los múltiples trofeos conseguidos en su vida deportiva.
sábado, 18 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XIII)
DECIMOTERCERA ENTRADA
Nos despedimos del hotel Los Frailes y arrastramos nuestras maletas el centenar de metros que nos separaban del auto de Chacón,una vez acomodados emprendimos el viaje hacia Viñales. Íbamos por la entusiasta recomendación que del lugar nos había hecho nuestra agencia de viajes, una de sus responsables era cubana y de Pinar del Rio y nos aseguró que no nos arrepentiríamos.
Chacón tomó el mando y conducidos por él, nos dirigimos al primer objetivo de la jornada, hacia Soroa. Nada más salir de la Habana y tomar la autopista conocimos en vivo y en directo el lado oscuro de Chacón, una vieja camioneta ocupaba el carril rápido de la autopista y tardaba en ceder el paso a nuestro veloz Ford, cuando pudo colocarse a su altura asomó su enorme cabeza y le insultó "maricona, maricona", aun me parece ver al viejecillo con sus lentes de miope recibir el doloroso epíteto mientras intentaba con una maniobra arriesgada dejarnos paso. Nosotros, yo más que Albert, porque en aquel momento era su copiloto jaleamos su intervención mientras me sentía afortunado en aquel momento de no ser una lenta y despreciable maricona. Olvidado el incidente, el viaje discurría placidamente. Después de repostar sugirió que dejáramos la autopista y tomáramos la carretera central mucho más distraida, le agradecimos la buena intención y así comprobamos el variado tráfico que por allí circulaba: guajiros con su caballo al paso, carretas tiradas por escuálidos borricos cargadas de yucas y bicicletas, tantas que avanzarlas suponía correr el riesgo de un accidente, Chacón iba comentando lo que creía más interesante así nos sorprendió con historias de plantaciones de café abandonadas como la finca Anjerona, con su palacete ahora en ruinas pero que en su mejor época a principios del siglo IXX ocupaba a más de quinientos esclavos. De este modo sin darnos casi cuenta llegamos a Soroa.
Dejamos el coche en un amplio parking destinado a los excursionistas para sin más dilación subir por el frondoso camino hasta la cascada del Salto, durante la ascensión me costaba creer que estaba en la selva tropical más genuina, pero sin que te acecharan sus peligros naturales. Allí estuvimos más de una hora viendo como otros más atrevidos se zambullian en el remanso que las aguas formaban, nosotros nos contentábamos con impregnarnos del húmedo ambiente, a la hora convenida bajamos hasta donde nos aguardaba Chacón.
Nuestra siguiente visita la hicimos al orquideario de Soroa. La obra de un botánico que consagró su vida en dotar a aquel jardín de los ejemplares más exóticos, la guía encargada de mostrarlo al público nos dió cumplido detalle de las muchas variedades de orquídeas, el lugar reconocido por los naturalistas del mundo entero es una prueba de que a veces los sueños se cumplen. Sobre todo cuando los poderes públicos se implican.
Después de la premiosa visita descansamos en la terraza del jardín bebiendo una cerveza bien fría, relajados y en silencio. El rumor del agua de la alberca, la fragancia de las plantas y el bolero que un trobador guitarra en mano nos cantaba servían de fondo perfecto para el escenario que en el horizonte contemplábamos, podías soñar con la última molienda cuando la tarde languidece y renacen las sombras que ahora cantaba el guitarrista o con toda una vida te estaría cuidando; pero Chacón nos sacó del ensueño y decidió que ya era hora de ir a comer Entonces comprobé una vez más que, como alguien dijo, la condición indispensable para admirar un paisaje es no pertenecer a él. A fe cierta que ni Albert ni yo pertenecíamos a aquel maravilloso paisaje y profundamente lo admirábamos.
Nos despedimos del hotel Los Frailes y arrastramos nuestras maletas el centenar de metros que nos separaban del auto de Chacón,una vez acomodados emprendimos el viaje hacia Viñales. Íbamos por la entusiasta recomendación que del lugar nos había hecho nuestra agencia de viajes, una de sus responsables era cubana y de Pinar del Rio y nos aseguró que no nos arrepentiríamos.
Chacón tomó el mando y conducidos por él, nos dirigimos al primer objetivo de la jornada, hacia Soroa. Nada más salir de la Habana y tomar la autopista conocimos en vivo y en directo el lado oscuro de Chacón, una vieja camioneta ocupaba el carril rápido de la autopista y tardaba en ceder el paso a nuestro veloz Ford, cuando pudo colocarse a su altura asomó su enorme cabeza y le insultó "maricona, maricona", aun me parece ver al viejecillo con sus lentes de miope recibir el doloroso epíteto mientras intentaba con una maniobra arriesgada dejarnos paso. Nosotros, yo más que Albert, porque en aquel momento era su copiloto jaleamos su intervención mientras me sentía afortunado en aquel momento de no ser una lenta y despreciable maricona. Olvidado el incidente, el viaje discurría placidamente. Después de repostar sugirió que dejáramos la autopista y tomáramos la carretera central mucho más distraida, le agradecimos la buena intención y así comprobamos el variado tráfico que por allí circulaba: guajiros con su caballo al paso, carretas tiradas por escuálidos borricos cargadas de yucas y bicicletas, tantas que avanzarlas suponía correr el riesgo de un accidente, Chacón iba comentando lo que creía más interesante así nos sorprendió con historias de plantaciones de café abandonadas como la finca Anjerona, con su palacete ahora en ruinas pero que en su mejor época a principios del siglo IXX ocupaba a más de quinientos esclavos. De este modo sin darnos casi cuenta llegamos a Soroa.
Dejamos el coche en un amplio parking destinado a los excursionistas para sin más dilación subir por el frondoso camino hasta la cascada del Salto, durante la ascensión me costaba creer que estaba en la selva tropical más genuina, pero sin que te acecharan sus peligros naturales. Allí estuvimos más de una hora viendo como otros más atrevidos se zambullian en el remanso que las aguas formaban, nosotros nos contentábamos con impregnarnos del húmedo ambiente, a la hora convenida bajamos hasta donde nos aguardaba Chacón.
Nuestra siguiente visita la hicimos al orquideario de Soroa. La obra de un botánico que consagró su vida en dotar a aquel jardín de los ejemplares más exóticos, la guía encargada de mostrarlo al público nos dió cumplido detalle de las muchas variedades de orquídeas, el lugar reconocido por los naturalistas del mundo entero es una prueba de que a veces los sueños se cumplen. Sobre todo cuando los poderes públicos se implican.
Después de la premiosa visita descansamos en la terraza del jardín bebiendo una cerveza bien fría, relajados y en silencio. El rumor del agua de la alberca, la fragancia de las plantas y el bolero que un trobador guitarra en mano nos cantaba servían de fondo perfecto para el escenario que en el horizonte contemplábamos, podías soñar con la última molienda cuando la tarde languidece y renacen las sombras que ahora cantaba el guitarrista o con toda una vida te estaría cuidando; pero Chacón nos sacó del ensueño y decidió que ya era hora de ir a comer Entonces comprobé una vez más que, como alguien dijo, la condición indispensable para admirar un paisaje es no pertenecer a él. A fe cierta que ni Albert ni yo pertenecíamos a aquel maravilloso paisaje y profundamente lo admirábamos.
jueves, 16 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XII)
DUODÉCIMA ENTRADA
Un largo silbido seguido de dos más cortos fue la llamada de Jimagua, al momento, gracias al viejo sistema de cuerda y polea, se abrió el portal de la vivienda, raudo y con la bicicleta al hombro nuestro anfitrión nos llevó, escaleras arriba hasta la entrada del piso, allí nos recibió Neisi, entramos Albert y yo mientras Jimagua aparcaba la bicicleta en el rellano de acceso al terrado.
No recuerdo que fue lo primero que nos dijimos, yo, con un sentido abrazo, intenté hacer llegar a Neisi mi agradecimiento por todas sus atenciones hacia David y tuve la certeza de ver reflejado en su mirada el afecto que me devolvía. Desde ese momento y para siempre nos unió una complicidad que no necesitaba de muchas palabras.
Enseguida sin muchos preámbulos compartimos con ellos todo lo que tan generosamente nos ofrecían, nos sentimos tan a gusto en su casa y en su compañía que ya antes de la sobremesa hablábamos de sus vidas y de las nuestras. Jimagua que ya alcanzaba la cincuentena tenía una hija ya mayor que trabajaba en el ayuntamiento en un puesto de responsabilidad. Neisi, unos quince años más joven, tenía una niña de unos diez años que vivía con la abuela en Guayamo, en oriente. La pareja se había conocido tres años antes, al poco que Neisi llegara a la Habana en busca de trabajo, coincidieron en la misma obra donde él era capataz y ella encargada de repartir la comida a los empleados. Desde entonces vivían en aquel cuidado piso propiedad de Jimagua.
Observando a la pareja, ya en un primer momento, te dabas cuenta de lo diferentes que eran uno del otro. Si ella era la contención, la palabra justa, la humildad, él era el desborde, la verborrea, el orgullo. Yo, cuando David me dijo que Jimagua era arquitecto decidí llevarle como preciado obsequio unas litografías de la obras de Gaudí, apenas les prestó atención, luego supe por Neisi que el día que conocieron a David y su amigo Marçal. Luego con el tiempo cuando Jimagua consideró a David como "hermano" pensaría en rectificar pero nunca lo hizo. Por otra gente supimos que en su entorno le llamaban "Pepito el fantástico" un personaje de cómic de la t.v.cubana famoso por sus exageraciones. También tenía grandes cualidades, era un excelente "plomero",capaz de arreglar cualquier cosa. Albert puede dar fé de que reparó su maleta con la única ayuda de un viejo destornillador y tambien era cierto que durante años estuvo al mando de una cuadrilla de obreros ocupados en la restauración de edificios en la Habana Vieja, pero cuando fabulaba no ponía limite a sus mentiras, Neisi hacía entonces el comentario oportuno podando sus delirios.
Acabada la cena salimos al balcón para disfrutar de la templanza de la noche y sentados en su terracita contemplando el parque Trillo evocamos para nuestros amigos otras noches en otra plaza y en otro tiempo. Albert y yo hijos del barrio de Gracia, vecinos de la plaza Raspall, también como los adolescentes del barrio de Cayo Hueso en parque Trillo, habíamos disputado interminables partidos hasta altas horas de la madrugada, nosotros jugábamos a fútbol como ellos "al juego de pelota", nos separaban cuarenta años y la mar oceana pero en esencia eramos los mismos. Ya era muy tarde y decidimos regresar al hotel, nos despedimos de Neisi, quedando para el viernes noche, a nuestro regreso de Viñales, ya entonces dormiríamos en su casa hasta el lunes día de nuestro viaje de regreso a Barcelona. Jimagua decidió, como guinda en el pastel de una velada inolvidable, enseñarnos el malecón. Tomamos un taxi que nos dejó en el mismo paseo del Prado, luego bajamos hasta el mar, sólo fue un fugaz contacto con el malecón nocturno en su hora más transgresora envuelto de inquietantes sombras, pero con la protectora presencia de nuestro amigo Jimagua ¡Qué feliz eras Jimagua en aquel momento! Tu autoestima debía estar por las nubes y si hasta allí en el lejano horizonte donde ahora se condensan tus elementos pudieran llegar mis reflexiones y por un azar acariciarte como lo hacía la brisa de tu mar te pediría en nombre de todos nosotros perdón. Si no nos hubieras conocido tu seguirías en Cayo Hueso en parque Trillo hilvanando tus fantasías en la rueca de los sueños imposibles y bajarías al malecón, con tu vieja caña de pescar y tensarías el carrete arrojando el anzuelo mar adentro en la oscura noche en otra jornada de escasa pesca pero completamente feliz porque tu querida Neisi te acompaña y compartís la vida entera en la tremenda frialdad de la madrugada. Pero ya es tarde y nada puede cambiarse, nosotros fuimos los tentadores, que sin saberlo, envenenaron tu espíritu y arruinaron tu vida y contigo la de ella . Tú, gran embustero, fuiste víctima de la mayor de las mentiras, creíste que más allá de la isla existían otras feraces tierras donde vivirías rodeado de lujos y placeres, donde comprarías como nosotros la juventud, donde gastarías cada diez días el salario de dos años, caíste en la trampa y dejaste de ser el inocente fabulador a quién todos apreciaban para convertirte en el paranoico instrumento de la tragedia. Perdónanos, perdonadnos los dos. Perdonad la digresión, pero entonces, ya de vuelta al hotel solo pensábamos en el día siguiente cuando Chacón, nuestro taxista, nos llevaría a Viñales, siguiente etapa de nuestro viaje.
Un largo silbido seguido de dos más cortos fue la llamada de Jimagua, al momento, gracias al viejo sistema de cuerda y polea, se abrió el portal de la vivienda, raudo y con la bicicleta al hombro nuestro anfitrión nos llevó, escaleras arriba hasta la entrada del piso, allí nos recibió Neisi, entramos Albert y yo mientras Jimagua aparcaba la bicicleta en el rellano de acceso al terrado.
No recuerdo que fue lo primero que nos dijimos, yo, con un sentido abrazo, intenté hacer llegar a Neisi mi agradecimiento por todas sus atenciones hacia David y tuve la certeza de ver reflejado en su mirada el afecto que me devolvía. Desde ese momento y para siempre nos unió una complicidad que no necesitaba de muchas palabras.
Enseguida sin muchos preámbulos compartimos con ellos todo lo que tan generosamente nos ofrecían, nos sentimos tan a gusto en su casa y en su compañía que ya antes de la sobremesa hablábamos de sus vidas y de las nuestras. Jimagua que ya alcanzaba la cincuentena tenía una hija ya mayor que trabajaba en el ayuntamiento en un puesto de responsabilidad. Neisi, unos quince años más joven, tenía una niña de unos diez años que vivía con la abuela en Guayamo, en oriente. La pareja se había conocido tres años antes, al poco que Neisi llegara a la Habana en busca de trabajo, coincidieron en la misma obra donde él era capataz y ella encargada de repartir la comida a los empleados. Desde entonces vivían en aquel cuidado piso propiedad de Jimagua.
Observando a la pareja, ya en un primer momento, te dabas cuenta de lo diferentes que eran uno del otro. Si ella era la contención, la palabra justa, la humildad, él era el desborde, la verborrea, el orgullo. Yo, cuando David me dijo que Jimagua era arquitecto decidí llevarle como preciado obsequio unas litografías de la obras de Gaudí, apenas les prestó atención, luego supe por Neisi que el día que conocieron a David y su amigo Marçal. Luego con el tiempo cuando Jimagua consideró a David como "hermano" pensaría en rectificar pero nunca lo hizo. Por otra gente supimos que en su entorno le llamaban "Pepito el fantástico" un personaje de cómic de la t.v.cubana famoso por sus exageraciones. También tenía grandes cualidades, era un excelente "plomero",capaz de arreglar cualquier cosa. Albert puede dar fé de que reparó su maleta con la única ayuda de un viejo destornillador y tambien era cierto que durante años estuvo al mando de una cuadrilla de obreros ocupados en la restauración de edificios en la Habana Vieja, pero cuando fabulaba no ponía limite a sus mentiras, Neisi hacía entonces el comentario oportuno podando sus delirios.
Acabada la cena salimos al balcón para disfrutar de la templanza de la noche y sentados en su terracita contemplando el parque Trillo evocamos para nuestros amigos otras noches en otra plaza y en otro tiempo. Albert y yo hijos del barrio de Gracia, vecinos de la plaza Raspall, también como los adolescentes del barrio de Cayo Hueso en parque Trillo, habíamos disputado interminables partidos hasta altas horas de la madrugada, nosotros jugábamos a fútbol como ellos "al juego de pelota", nos separaban cuarenta años y la mar oceana pero en esencia eramos los mismos. Ya era muy tarde y decidimos regresar al hotel, nos despedimos de Neisi, quedando para el viernes noche, a nuestro regreso de Viñales, ya entonces dormiríamos en su casa hasta el lunes día de nuestro viaje de regreso a Barcelona. Jimagua decidió, como guinda en el pastel de una velada inolvidable, enseñarnos el malecón. Tomamos un taxi que nos dejó en el mismo paseo del Prado, luego bajamos hasta el mar, sólo fue un fugaz contacto con el malecón nocturno en su hora más transgresora envuelto de inquietantes sombras, pero con la protectora presencia de nuestro amigo Jimagua ¡Qué feliz eras Jimagua en aquel momento! Tu autoestima debía estar por las nubes y si hasta allí en el lejano horizonte donde ahora se condensan tus elementos pudieran llegar mis reflexiones y por un azar acariciarte como lo hacía la brisa de tu mar te pediría en nombre de todos nosotros perdón. Si no nos hubieras conocido tu seguirías en Cayo Hueso en parque Trillo hilvanando tus fantasías en la rueca de los sueños imposibles y bajarías al malecón, con tu vieja caña de pescar y tensarías el carrete arrojando el anzuelo mar adentro en la oscura noche en otra jornada de escasa pesca pero completamente feliz porque tu querida Neisi te acompaña y compartís la vida entera en la tremenda frialdad de la madrugada. Pero ya es tarde y nada puede cambiarse, nosotros fuimos los tentadores, que sin saberlo, envenenaron tu espíritu y arruinaron tu vida y contigo la de ella . Tú, gran embustero, fuiste víctima de la mayor de las mentiras, creíste que más allá de la isla existían otras feraces tierras donde vivirías rodeado de lujos y placeres, donde comprarías como nosotros la juventud, donde gastarías cada diez días el salario de dos años, caíste en la trampa y dejaste de ser el inocente fabulador a quién todos apreciaban para convertirte en el paranoico instrumento de la tragedia. Perdónanos, perdonadnos los dos. Perdonad la digresión, pero entonces, ya de vuelta al hotel solo pensábamos en el día siguiente cuando Chacón, nuestro taxista, nos llevaría a Viñales, siguiente etapa de nuestro viaje.
sábado, 11 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (XI)
UNDÉCIMA ENTRADA
La otra hermana se llamaba Linda, juntas se las veía felices. Albert no estaba muy convencido con el cambio, recordaba a la negra Yoli con la triste sensación de quien no ha tenido tiempo, por una absurda circunstancia, de avanzar en la relación, añoraba su espontaneidad "¡A ustedes no se les puede ni tocar!" Había dicho explicando como el robo o agresión al turista era duramente castigado por las leyes cubanas y lo decía sin acritud pero rebelándose. En cambio a la gemela Linda, ya tan correcta y previsible en el primer encuentro, la delataba su mirada, si la de Lidia, mi gemela, podía reflejar caprichosa malicia, la suya, interesada cortesía. Acudimos guiados por ellas a cenar al barrio Chino. Comprobé que Lidia no era la misma de la noche anterior, observaba atenta como discurría el inicio de relación entre Albert y su hermana.
Después de la cena, ya todos más relajados, recobró su buen humor. Sentados en una terracita adornada con banderas de múltiples países veíamos el ir y venir de la gente que cruzaba el arco de acceso al barrio, este gozaba del dudoso récord de ser el único barrio chino del mundo sin un solo habitante de esa raza. Su reconocido espíritu mercantil se avenía mal con el socialismo, por lo que en el transcurso de los últimos treinta años habían abandonado la isla. Ahora la impronta de su presencia quedaba en la armónica configuración de sus calles y en el dragón de papel que erguido y brillante recibía a los curiosos.
Nos dieron la serenata un par de veteranos músicos que guitarra y acordeón en mano, complacieron diversas peticiones de las gemelas, hasta que Albert citó a Benny Moré, gloria de la música cubana,entonces nos aceptaron casi como uno de los suyos y allí escuchando mambos y boleros dejamos pasar el tiempo,hasta que Lidia advirtió que ya era tarde.
Aun con la música sonando en mis oídos me acosté junto a Lidia en la cama del hotel "Final Feliz", crujia el suelo de madera y se tensaban los muelles del somier con el endiablado ritmo que mi gemela imprimía a nuestro encuentro. Era la famosa batidora que habrá dejado viudas a tantas jóvenes esposas y que como una "mantis religiosa" devoraba a los talluditos machos. Tomé el mando y casi contra su voluntad acompasé su ritmo a mi trote constante pero seguro, se rebelaba por momentos queriéndose desbocar pero yo tiraba de su pelo frenando su empuje hasta conducirla por un rodeo que ella ignoraba a la "petite mort" final del viaje.
Al dia siguiente, antes de las once, ya estábamos dispuestos a ir a la playa. Disponíamos de mucho tiempo hasta la hora de nuestra cita con Jimagua y Neisi, por lo que decidimos ir con las gemelas a playas del Este. No parecía una mala idea pero pronto surgió la primera e inesperada dificultad. No tenían bañador, trusa, como allí le llaman ¿Qué hacer? Ni cortos ni perezosos los cuatro nos dirigimos al que seria,salvando muchas distancias, "El corte ingles" de La Habana. En sus escaparates lucían productos de marcas conocidas, el inconveniente era el precio y la moneda en la que había que pagar, pesos convertibles paridad dolar, prohibitivo para los asalariados pagados en pesos cubanos. Afortunadamente no era nuestro caso por lo que ejercimos de rumbosos "yumas" y compramos las trusas a nuestras compañeras.
Esta vez fuimos a otra playa más lejana que la del día anterior y que estaba abierta a todo el mundo, ellas se ocuparon de fijar con un taxi pirata el precio y la hora de vuelta. Ya en la playa no parecían cómodas ni en el agua ni en la arena, evidentemente nos habíamos equivocado pero había que salvar la situación de la mejor manera posible. Conseguí llevarme a Lidia a caminar por la orilla y volví a comprobar que sin su hermana se mostraba más espontánea y cariñosa. Comimos en un rancho al pie de la arena, como dos aburridos matrimonios que ya no tienen nada que decirse y esperamos impacientes la llegada de nuestro taxi. Ya de vuelta y libres de las hermanas regresamos a Los Frailes. Por fin llegaba la hora de conocer a Jimagua y Neisi.
A las siete, ya casi de noche, bajamos al hall y esperamos apenas diez minutos hasta que vimos entrar sonriente, un alto y enjuto caballero, que directamente vino hacia nosotros. Nos sentamos en el fresco patio y tras lamentar no haber estado el domingo anterior en casa y preguntarnos que nos estaba pareciendo Cuba,decidimos emprender el camino hacia su hogar. Había apalabrado para nosotros un bicitaxi, él iría en bicicleta. Así subimos por primera vez en aquel inestable artilugio. Jimagua agarrado al respaldo de nuestro asiento pedaleaba al unisono con nuestro conductor, fue una curiosa experiencia circular cuesta abajo por la avenida más transitada sorteando coches bicicletas y peatones tomar una cerrada curva confiando ciegamente que las teorías de Newton nos devolverá al centro de la calzada o iniciar la ascensión de una empedrada cuesta en la que Jimagua haciendo alarde de escalador nos abandona por unos momentos picando a nuestro piloto que toma cumplida venganza en la siguiente bajada, así hasta llegar a Parque Trillo final de etapa y esperado lugar de avituallamiento.
La otra hermana se llamaba Linda, juntas se las veía felices. Albert no estaba muy convencido con el cambio, recordaba a la negra Yoli con la triste sensación de quien no ha tenido tiempo, por una absurda circunstancia, de avanzar en la relación, añoraba su espontaneidad "¡A ustedes no se les puede ni tocar!" Había dicho explicando como el robo o agresión al turista era duramente castigado por las leyes cubanas y lo decía sin acritud pero rebelándose. En cambio a la gemela Linda, ya tan correcta y previsible en el primer encuentro, la delataba su mirada, si la de Lidia, mi gemela, podía reflejar caprichosa malicia, la suya, interesada cortesía. Acudimos guiados por ellas a cenar al barrio Chino. Comprobé que Lidia no era la misma de la noche anterior, observaba atenta como discurría el inicio de relación entre Albert y su hermana.
Después de la cena, ya todos más relajados, recobró su buen humor. Sentados en una terracita adornada con banderas de múltiples países veíamos el ir y venir de la gente que cruzaba el arco de acceso al barrio, este gozaba del dudoso récord de ser el único barrio chino del mundo sin un solo habitante de esa raza. Su reconocido espíritu mercantil se avenía mal con el socialismo, por lo que en el transcurso de los últimos treinta años habían abandonado la isla. Ahora la impronta de su presencia quedaba en la armónica configuración de sus calles y en el dragón de papel que erguido y brillante recibía a los curiosos.
Nos dieron la serenata un par de veteranos músicos que guitarra y acordeón en mano, complacieron diversas peticiones de las gemelas, hasta que Albert citó a Benny Moré, gloria de la música cubana,entonces nos aceptaron casi como uno de los suyos y allí escuchando mambos y boleros dejamos pasar el tiempo,hasta que Lidia advirtió que ya era tarde.
Aun con la música sonando en mis oídos me acosté junto a Lidia en la cama del hotel "Final Feliz", crujia el suelo de madera y se tensaban los muelles del somier con el endiablado ritmo que mi gemela imprimía a nuestro encuentro. Era la famosa batidora que habrá dejado viudas a tantas jóvenes esposas y que como una "mantis religiosa" devoraba a los talluditos machos. Tomé el mando y casi contra su voluntad acompasé su ritmo a mi trote constante pero seguro, se rebelaba por momentos queriéndose desbocar pero yo tiraba de su pelo frenando su empuje hasta conducirla por un rodeo que ella ignoraba a la "petite mort" final del viaje.
Al dia siguiente, antes de las once, ya estábamos dispuestos a ir a la playa. Disponíamos de mucho tiempo hasta la hora de nuestra cita con Jimagua y Neisi, por lo que decidimos ir con las gemelas a playas del Este. No parecía una mala idea pero pronto surgió la primera e inesperada dificultad. No tenían bañador, trusa, como allí le llaman ¿Qué hacer? Ni cortos ni perezosos los cuatro nos dirigimos al que seria,salvando muchas distancias, "El corte ingles" de La Habana. En sus escaparates lucían productos de marcas conocidas, el inconveniente era el precio y la moneda en la que había que pagar, pesos convertibles paridad dolar, prohibitivo para los asalariados pagados en pesos cubanos. Afortunadamente no era nuestro caso por lo que ejercimos de rumbosos "yumas" y compramos las trusas a nuestras compañeras.
Esta vez fuimos a otra playa más lejana que la del día anterior y que estaba abierta a todo el mundo, ellas se ocuparon de fijar con un taxi pirata el precio y la hora de vuelta. Ya en la playa no parecían cómodas ni en el agua ni en la arena, evidentemente nos habíamos equivocado pero había que salvar la situación de la mejor manera posible. Conseguí llevarme a Lidia a caminar por la orilla y volví a comprobar que sin su hermana se mostraba más espontánea y cariñosa. Comimos en un rancho al pie de la arena, como dos aburridos matrimonios que ya no tienen nada que decirse y esperamos impacientes la llegada de nuestro taxi. Ya de vuelta y libres de las hermanas regresamos a Los Frailes. Por fin llegaba la hora de conocer a Jimagua y Neisi.
A las siete, ya casi de noche, bajamos al hall y esperamos apenas diez minutos hasta que vimos entrar sonriente, un alto y enjuto caballero, que directamente vino hacia nosotros. Nos sentamos en el fresco patio y tras lamentar no haber estado el domingo anterior en casa y preguntarnos que nos estaba pareciendo Cuba,decidimos emprender el camino hacia su hogar. Había apalabrado para nosotros un bicitaxi, él iría en bicicleta. Así subimos por primera vez en aquel inestable artilugio. Jimagua agarrado al respaldo de nuestro asiento pedaleaba al unisono con nuestro conductor, fue una curiosa experiencia circular cuesta abajo por la avenida más transitada sorteando coches bicicletas y peatones tomar una cerrada curva confiando ciegamente que las teorías de Newton nos devolverá al centro de la calzada o iniciar la ascensión de una empedrada cuesta en la que Jimagua haciendo alarde de escalador nos abandona por unos momentos picando a nuestro piloto que toma cumplida venganza en la siguiente bajada, así hasta llegar a Parque Trillo final de etapa y esperado lugar de avituallamiento.
miércoles, 8 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (X)
DÉCIMA ENTRADA
Nuestro segundo desayuno en Los Frailes aun nos pareció más rácano que el primero. Pasabas rápidamente la bandeja por el largo mostrador del self-service sin detenerte, hasta que a la segunda vuelta relentizabas el paso y llenabas de pan y embutidos el plato. Desistías de las apátridas salchichas y licuadas tortillas desparramadas sobre la plancha y del jamón en dulce, escuálido y venoso que lloraba descongelándose nuestro desprecio. Una vez en la mesa comprobabas que el chorizo Revilla seguía, hoy como ayer, siendo el alimento básico, eso sí, acompañado del zumo de papaya que saciaba nuestra sed y nos daba vigor para empezar el día. El numeroso personal, la proporción en aquel momento cuatro camareros por cliente, no eran tan remilgados y desayunaban con nosotros. A mitad del ágape llegó de la cocina una jovencita uniformada, delgada y pequeña a las que sus compañeros indicaron que la esperaban fuera, rauda se quitó gorro y delantal para salir a la calle.
A nosotros también nos esperaba alguien, porque tal como salía la pinche entraba un fornido negro que parecía buscarnos con la mirada. Fue la primera vez que vimos a Chacón, nuestro taxista apalabrado por Ernesto y que nos acompañaría los siguientes días. Hechas las presentaciones salimos a la calle y allí una tierna estampa fijó nuestra atención. Un señor mayor, en cuclillas, enlazaba entre sus dedos las manos de la jovencita de antes, mientras la miraba embelesado. La escena, azogue tras el cristal de la realidad, era mi espejo en donde por sorpresa me reflejé por un momento. Enseguida vino en mi ayuda la otra realidad, la que forja el cerebro para justificar nuestros actos, yo no era aquel patético anciano, por lo menos era diez o doce años más joven, ni pretendía a niñas de quince años, la mía tenía veinte.
Acordamos con Chacón ir a playas del Este y que luego a las cinco de la tarde nos devolvería al hotel, así dispondríamos de tiempo para descansar antes de la cita con las gemelas. El día era espléndido, lucía el Sol y todo auguraba una jornada perfecta. Rumbo al este atravesamos el túnel de la bahía, "20 metros bajo el mar" nos recordó Chacón, como buen cicerone iba indicando los lugares por los que pasábamos. Salimos de la autopista y tras pasar un control nos dejó frente a la playa.
Nuestra sorpresa fue comprobar que en aquella playa no había cubanos, excepto el personal de mantenimiento, si en cambio había grupos de extranjeros que por su idioma y aspecto nos parecían rusos. Enseguida supimos por el empleado de las tumbonas que eran ucranianos, niños y jóvenes afectados por el accidente de Chernobil y al que Cuba, en un gesto solidario que la honraba, seguía dando tratamiento médico, a pesar de que la Unión Soviética ya no existía y que todo los gastos eran sufragados por el pueblo cubano. También había enfermos de vitiglio y soriasis que acudían a la reconocida medicina de la isla.
Enseguida tomamos nuestro primer contacto con las cálidas aguas del atlántico, acostumbrados a las más frías de nuestra latitud, resultaba curioso entrar en el mar sin ningún sobresalto, era como si los fluidos salinos internos y externos realizaran una ósmosis perfecta y cuerpo y océano fueran uno, el color cárdeno sobre el mar encendía el horizonte y allí nadando y retozando permanecimos más de una hora. Y allí hubiéramos seguido mucho más si no hubiera sido por el embate de una inesperada y furiosa ola que nos anunciaba un súbito cambio de tiempo. En pocos segundos, una tras otra, enormes olas alejaron de la orilla a los bañistas y obligaron a retirar las tumbonas de la primera línea de playa, escapando por poco de ser arrastrados por la mar. Todos los demás elementos seguían imperturbables, apenas una ligera brisa rizaba la copa de las palmeras y el cielo sin una nube descartaba la tormenta. Decidí andar por la orilla y caminé algo más de un kilómetro hasta encontrarme solo, allá a lo lejos se veía el siguiente núcleo habitado, con sus barcas varadas en la arena con sus banderitas en lo alto del mástil agitadas por la brisa, mientras las olas gradualmente perdían fuerza y el mar recuperaba su inicial bonanza. Desanduve el camino y regresé junto a mi amigo que se desesperezaba de una agradecida siesta.
No fue difícil elegir el sitio donde comimos, eran dos los lugares en los que servían comidas. Nuestro taxista, no sabría explicar por que, nos había dejado en la primera de las playas, algo lejos de la popular tropicoco, mucho más preparada para el turismo. Comimos con apetito un buen pescado con su saludable ración de arroz blanco, bebimos cerveza Cristal, humilde pero parecida a las nuestras y como postre, recomendado por la casa, el coquimol, el maitre sonreía satisfecho al vernos degustar el exquisito postre, no sabía que pronto su pundonor profesional iba a ponerse a prueba. Pedimos café y torció el gesto, al momento con cara de circunstancias nos anunció que si bien tenía café, carecía de azúcar pero que intentaría solucionarlo, así lo vimos con su impoluto traje de camarero cruzar la arena hasta el distante local donde encontraría el oro blanco cubano. Regresó de vacío. Paradojas del sistema Cubano, reconocido en el mundo por su producción de caña de azúcar, por un fallo de organización no abastecía ni a su empresa turística, no hay que olvidar que el negocio del turismo pertenece al estado. Tomamos nuestro café, sin azúcar, esperando a Chacón que se retrasaba. Cuando empezábamos a impacientarnos le vimos llegar en su Ford impecable, subimos y emprendimos el regreso a la Habana. En el compact sonaba la cadenciosa voz de la Portuondo y Chacón parecía absorto escuchándola. La música amansa a las fieras, pensé, porque con sus enormes hombros, su cuello musculoso y la cabeza afeitada, visto por detrás, tenía la inquietante estampa de un gorila plateado. Decidimos parar en Cojimar, allí nos guió en la visita al monumento a Hemingway y al restaurante las Terrazas, lleno de fotografías del escritor, nos tomamos unos mojitos y cuando abandonamos el local ya éramos casi amigos. Concretamos para el siguiente miércoles nuestro viaje a Viñales a donde nos llevaría para luego volver a buscarnos tres días después. Entre canción y canción, desafinando los tres, pasamos por el barrio de Alamar donde recogimos, tras pedirnos cortésmente permiso, a una señora amiga de él. Con la inesperada compañera llegamos hasta las cercanías de Los Frailes donde nos despedimos. En recepción nos entregaron una nota, era de Jimagua y Neisi anunciándonos que pasarían a buscarnos a la tarde siguiente. Se nos acumulaba "el trabajo" pero una cosa iba tras otra y lo más inmediato era nuestra cita vespertina con las gemelas.
Nuestro segundo desayuno en Los Frailes aun nos pareció más rácano que el primero. Pasabas rápidamente la bandeja por el largo mostrador del self-service sin detenerte, hasta que a la segunda vuelta relentizabas el paso y llenabas de pan y embutidos el plato. Desistías de las apátridas salchichas y licuadas tortillas desparramadas sobre la plancha y del jamón en dulce, escuálido y venoso que lloraba descongelándose nuestro desprecio. Una vez en la mesa comprobabas que el chorizo Revilla seguía, hoy como ayer, siendo el alimento básico, eso sí, acompañado del zumo de papaya que saciaba nuestra sed y nos daba vigor para empezar el día. El numeroso personal, la proporción en aquel momento cuatro camareros por cliente, no eran tan remilgados y desayunaban con nosotros. A mitad del ágape llegó de la cocina una jovencita uniformada, delgada y pequeña a las que sus compañeros indicaron que la esperaban fuera, rauda se quitó gorro y delantal para salir a la calle.
A nosotros también nos esperaba alguien, porque tal como salía la pinche entraba un fornido negro que parecía buscarnos con la mirada. Fue la primera vez que vimos a Chacón, nuestro taxista apalabrado por Ernesto y que nos acompañaría los siguientes días. Hechas las presentaciones salimos a la calle y allí una tierna estampa fijó nuestra atención. Un señor mayor, en cuclillas, enlazaba entre sus dedos las manos de la jovencita de antes, mientras la miraba embelesado. La escena, azogue tras el cristal de la realidad, era mi espejo en donde por sorpresa me reflejé por un momento. Enseguida vino en mi ayuda la otra realidad, la que forja el cerebro para justificar nuestros actos, yo no era aquel patético anciano, por lo menos era diez o doce años más joven, ni pretendía a niñas de quince años, la mía tenía veinte.
Acordamos con Chacón ir a playas del Este y que luego a las cinco de la tarde nos devolvería al hotel, así dispondríamos de tiempo para descansar antes de la cita con las gemelas. El día era espléndido, lucía el Sol y todo auguraba una jornada perfecta. Rumbo al este atravesamos el túnel de la bahía, "20 metros bajo el mar" nos recordó Chacón, como buen cicerone iba indicando los lugares por los que pasábamos. Salimos de la autopista y tras pasar un control nos dejó frente a la playa.
Nuestra sorpresa fue comprobar que en aquella playa no había cubanos, excepto el personal de mantenimiento, si en cambio había grupos de extranjeros que por su idioma y aspecto nos parecían rusos. Enseguida supimos por el empleado de las tumbonas que eran ucranianos, niños y jóvenes afectados por el accidente de Chernobil y al que Cuba, en un gesto solidario que la honraba, seguía dando tratamiento médico, a pesar de que la Unión Soviética ya no existía y que todo los gastos eran sufragados por el pueblo cubano. También había enfermos de vitiglio y soriasis que acudían a la reconocida medicina de la isla.
Enseguida tomamos nuestro primer contacto con las cálidas aguas del atlántico, acostumbrados a las más frías de nuestra latitud, resultaba curioso entrar en el mar sin ningún sobresalto, era como si los fluidos salinos internos y externos realizaran una ósmosis perfecta y cuerpo y océano fueran uno, el color cárdeno sobre el mar encendía el horizonte y allí nadando y retozando permanecimos más de una hora. Y allí hubiéramos seguido mucho más si no hubiera sido por el embate de una inesperada y furiosa ola que nos anunciaba un súbito cambio de tiempo. En pocos segundos, una tras otra, enormes olas alejaron de la orilla a los bañistas y obligaron a retirar las tumbonas de la primera línea de playa, escapando por poco de ser arrastrados por la mar. Todos los demás elementos seguían imperturbables, apenas una ligera brisa rizaba la copa de las palmeras y el cielo sin una nube descartaba la tormenta. Decidí andar por la orilla y caminé algo más de un kilómetro hasta encontrarme solo, allá a lo lejos se veía el siguiente núcleo habitado, con sus barcas varadas en la arena con sus banderitas en lo alto del mástil agitadas por la brisa, mientras las olas gradualmente perdían fuerza y el mar recuperaba su inicial bonanza. Desanduve el camino y regresé junto a mi amigo que se desesperezaba de una agradecida siesta.
No fue difícil elegir el sitio donde comimos, eran dos los lugares en los que servían comidas. Nuestro taxista, no sabría explicar por que, nos había dejado en la primera de las playas, algo lejos de la popular tropicoco, mucho más preparada para el turismo. Comimos con apetito un buen pescado con su saludable ración de arroz blanco, bebimos cerveza Cristal, humilde pero parecida a las nuestras y como postre, recomendado por la casa, el coquimol, el maitre sonreía satisfecho al vernos degustar el exquisito postre, no sabía que pronto su pundonor profesional iba a ponerse a prueba. Pedimos café y torció el gesto, al momento con cara de circunstancias nos anunció que si bien tenía café, carecía de azúcar pero que intentaría solucionarlo, así lo vimos con su impoluto traje de camarero cruzar la arena hasta el distante local donde encontraría el oro blanco cubano. Regresó de vacío. Paradojas del sistema Cubano, reconocido en el mundo por su producción de caña de azúcar, por un fallo de organización no abastecía ni a su empresa turística, no hay que olvidar que el negocio del turismo pertenece al estado. Tomamos nuestro café, sin azúcar, esperando a Chacón que se retrasaba. Cuando empezábamos a impacientarnos le vimos llegar en su Ford impecable, subimos y emprendimos el regreso a la Habana. En el compact sonaba la cadenciosa voz de la Portuondo y Chacón parecía absorto escuchándola. La música amansa a las fieras, pensé, porque con sus enormes hombros, su cuello musculoso y la cabeza afeitada, visto por detrás, tenía la inquietante estampa de un gorila plateado. Decidimos parar en Cojimar, allí nos guió en la visita al monumento a Hemingway y al restaurante las Terrazas, lleno de fotografías del escritor, nos tomamos unos mojitos y cuando abandonamos el local ya éramos casi amigos. Concretamos para el siguiente miércoles nuestro viaje a Viñales a donde nos llevaría para luego volver a buscarnos tres días después. Entre canción y canción, desafinando los tres, pasamos por el barrio de Alamar donde recogimos, tras pedirnos cortésmente permiso, a una señora amiga de él. Con la inesperada compañera llegamos hasta las cercanías de Los Frailes donde nos despedimos. En recepción nos entregaron una nota, era de Jimagua y Neisi anunciándonos que pasarían a buscarnos a la tarde siguiente. Se nos acumulaba "el trabajo" pero una cosa iba tras otra y lo más inmediato era nuestra cita vespertina con las gemelas.
lunes, 6 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (IX)
NOVENA ENTRADA
En la puerta del teatro se formaba una ancha cola que lenta pero constante iba accediendo a su interior. Los hombres podían entrar solos pero a las mujeres se les exigía ir acompañadas de un caballero, ni que decir el numeroso grupo de señoritas solicitando a cualquier hombre, preferentemente extranjero, que las pasara. Ernesto en su calidad de músico desapareció puertas adentro. Los cuatro quedamos guardando tanda hasta que, pasados unos interminables minutos, Lidia nos confesó que las aglomeraciones le producían ataques de ansiedad y que si nosotros no teníamos inconveniente podíamos ir a un lugar que conocía donde escucharíamos buena música y tomaríamos el mejor ron. Yoli expuso sus reservas, no conocía el sitio y por algún motivo no simpatizaba con Lidia. Impusimos Albert y yo nuestro voto de calidad y dejamos el concierto del teatro para mejor ocasión.
En pocos minutos un taxi nos trasladó al sitio en cuestión. Yo también tenía mis reservas sobre el lugar, en modo alguno quería pasar por la experiencia de la noche anterior, pero Lidia no mentía y el apartamento reunía todas las condiciones imaginadas. Un joven, con aspecto de agente inmobiliario nos invitó a que nos sintiéramos como en casa, con la salvedad de que la deberíamos abandonar como muy tarde a las tres de la madrugada. Abonamos la tarifa y quedamos los cuatro dueños y señores del lugar. Ciertamente el sitio era muy acogedor, la primera estancia era un amplio salón con un sofá de tres cuerpos recién estrenado, sobre la pared pintada de un suave color tostado un cuadro destacaba, era el retrato de una oronda guajira puro en boca entre frutas y hortalizas que parecía mirarnos con ironía. En una esquina una pequeña barra americana con su armario repleto de toda clase de licores y una cafetera lista para ser usada y repartidos con estudiado descuido varios cojines en los que poder sentarse informalmente a escuchar música de entre los variados compact-discs esparcidos junto a la mini-cadena. Dos habitaciones grandes con sus correspondientes camas daban ambas a un pasillo del que se accedía a la "joya de la corona" el esplendido cuarto de baño con su redonda bañera, jacuzzi incluido, suficientemente espacioso para poner en practica cualquier fantasía. Tuve un pensamiento ambivalente ligado a Eros y Thánatos, por un momento recordé la escena de la película El Paciente inglés: la pareja en la bañera aliviándose ella, con cubitos de hielo y la otra Séneca abriéndose las venas, también en la bañera, cuadro muy famoso de cuyo autor no logro recordar.
Lidia escogió por los dos la que le parecía la mejor habitación, habíamos hablado tanto por el camino que parecíamos viejos conocidos, si yo tengo una virtud es saber escuchar y ella captó mi empatía y puesta a soñar imaginó la posibilidad de que nuestra relación fuera más allá de unos esporádicos encuentros. No le debió parecer insalvable la gran diferencia de edad , al fin y al cabo, razonaría, un hombre solvente y comprensivo equilibra la balanza con la hermosa juventud necesitada. Yo también había soñado y ahora se hacía realidad el sueño, en el mundo se había instalado una tregua y en el preámbulo, antes de la entrega, cuando los cuerpos anticipan la sumisión recíproca los diques habían cedido y ninguna defensa nos enfrentaba, olvidados los recuerdos dolorosos era el momento de la ternura, el único momento de la vida en el que todos somos el mismo.
Nos separamos quedando en vernos la noche siguiente y si a Albert le parecía bién traería a su hermana gemela, fue una buena solución porque Yoli tenía un compromiso y no podía quedar. Una vez más Albert y yo nos dirigimos hacia Los Frailes, mañana nos esperaba la excursión a Playas del Este y teníamos que dormir algo.
En la puerta del teatro se formaba una ancha cola que lenta pero constante iba accediendo a su interior. Los hombres podían entrar solos pero a las mujeres se les exigía ir acompañadas de un caballero, ni que decir el numeroso grupo de señoritas solicitando a cualquier hombre, preferentemente extranjero, que las pasara. Ernesto en su calidad de músico desapareció puertas adentro. Los cuatro quedamos guardando tanda hasta que, pasados unos interminables minutos, Lidia nos confesó que las aglomeraciones le producían ataques de ansiedad y que si nosotros no teníamos inconveniente podíamos ir a un lugar que conocía donde escucharíamos buena música y tomaríamos el mejor ron. Yoli expuso sus reservas, no conocía el sitio y por algún motivo no simpatizaba con Lidia. Impusimos Albert y yo nuestro voto de calidad y dejamos el concierto del teatro para mejor ocasión.
En pocos minutos un taxi nos trasladó al sitio en cuestión. Yo también tenía mis reservas sobre el lugar, en modo alguno quería pasar por la experiencia de la noche anterior, pero Lidia no mentía y el apartamento reunía todas las condiciones imaginadas. Un joven, con aspecto de agente inmobiliario nos invitó a que nos sintiéramos como en casa, con la salvedad de que la deberíamos abandonar como muy tarde a las tres de la madrugada. Abonamos la tarifa y quedamos los cuatro dueños y señores del lugar. Ciertamente el sitio era muy acogedor, la primera estancia era un amplio salón con un sofá de tres cuerpos recién estrenado, sobre la pared pintada de un suave color tostado un cuadro destacaba, era el retrato de una oronda guajira puro en boca entre frutas y hortalizas que parecía mirarnos con ironía. En una esquina una pequeña barra americana con su armario repleto de toda clase de licores y una cafetera lista para ser usada y repartidos con estudiado descuido varios cojines en los que poder sentarse informalmente a escuchar música de entre los variados compact-discs esparcidos junto a la mini-cadena. Dos habitaciones grandes con sus correspondientes camas daban ambas a un pasillo del que se accedía a la "joya de la corona" el esplendido cuarto de baño con su redonda bañera, jacuzzi incluido, suficientemente espacioso para poner en practica cualquier fantasía. Tuve un pensamiento ambivalente ligado a Eros y Thánatos, por un momento recordé la escena de la película El Paciente inglés: la pareja en la bañera aliviándose ella, con cubitos de hielo y la otra Séneca abriéndose las venas, también en la bañera, cuadro muy famoso de cuyo autor no logro recordar.
Lidia escogió por los dos la que le parecía la mejor habitación, habíamos hablado tanto por el camino que parecíamos viejos conocidos, si yo tengo una virtud es saber escuchar y ella captó mi empatía y puesta a soñar imaginó la posibilidad de que nuestra relación fuera más allá de unos esporádicos encuentros. No le debió parecer insalvable la gran diferencia de edad , al fin y al cabo, razonaría, un hombre solvente y comprensivo equilibra la balanza con la hermosa juventud necesitada. Yo también había soñado y ahora se hacía realidad el sueño, en el mundo se había instalado una tregua y en el preámbulo, antes de la entrega, cuando los cuerpos anticipan la sumisión recíproca los diques habían cedido y ninguna defensa nos enfrentaba, olvidados los recuerdos dolorosos era el momento de la ternura, el único momento de la vida en el que todos somos el mismo.
Nos separamos quedando en vernos la noche siguiente y si a Albert le parecía bién traería a su hermana gemela, fue una buena solución porque Yoli tenía un compromiso y no podía quedar. Una vez más Albert y yo nos dirigimos hacia Los Frailes, mañana nos esperaba la excursión a Playas del Este y teníamos que dormir algo.
domingo, 5 de julio de 2009
MISTERIO EN LA HABANA (VIII)
OCTAVA ENTRADA
Ya era de noche y en la calle parejas de "custodios"(policías) controlaban cada esquina, cruzamos con paso decidido la plaza de la Catedral hasta dejar atrás la famosa Bodeguita de en medio, unos metros más allá estaba el lugar de la cita. Era un amplio bar que ya registraba, pese a no ser más de las nueve, una gran afluencia. Buscamos en la barra a nuestros amigos encontrando solo a Ernesto que tras saludarnos excusó la tardanza de las hermanas. Aprovechando la espera nos sugirió para la mañana siguiente una visita a playas del Este, él no podría a acompañarnos, pero si queríamos un taxista amigo de toda confianza nos llevaría y nos devolvería a la hora que quisiéramos al hotel. Aceptamos complacidos. Como pasaba el tiempo Ernesto decidió ir en busca de Yoli y su hermana. Media hora más tarde apareció con Yoli, a la hermana blanca le había surgido un imprevisto y lamentándolo mucho no podía acudir. Pero todo tenía solución y como buen intermediario, no dispuesto a perder su comisión, me ofreció un ventajoso cambio. Al momento iría a buscar a una jovencita llegada de oriente y que suplía su falta de oficio con un gran entusiasmo, como él mismo había comprobado. Dicho y hecho partió en su búsqueda.
Bebimos varias cervezas mientras Yoli nos contaba el sombrío panorama de su casa. Padres y hermanos subsistían intercambiando en el mercado negro los productos a los que tenían acceso con su cartilla de racionamiento y con el escaso sueldo del estado por empleados públicos. La hermana, madre de un niño de dos años, jineteaba para ayudar a la economía familiar,pero su adicción al alcohol le hacia despreciar oportunidades como la de aquella noche. Yoli, acostumbrada a luchar contra su minusvalía, no podía justificarla, ella aun tenia proyectos, soñaba retomar sus estudios de hostelería y con el dinero que consiguiera ahorrar obtener permiso para abrir un paladar donde trabajaría toda su familia blanca y en donde ella seria el alma del negocio. Se me hacia un nudo en la garganta oírla soñar en voz alta. ¡pero quien no sueña alguna vez con cambiar su vida!
Regresó Ernesto acompañado de una jovencita, pequeña de estatura,pero muy guapa que no aparentaba más allá de veinte años, enseguida nos presentamos se llamaba Lidia y después de que tomara un refresco, sin más perdida de tiempo, nos dirigimos paseo Prado adelante hasta el lugar donde se celebraba el evento musical. Por el camino íbamos conociéndonos, me dijo que vivía con su hermana gemela en una calle de la Habana vieja, cercana a nuestro hotel y que llevaban en la capital un par de meses. Era natural de Las Tunas, una población muy distante de La Habana y que tardaban más de un día con su noche en ir. Allí vivían su madre y su hija, una niña de poco más de tres años, fruto de una relación ya finalizada. Todo el dinero que conseguía, salvo sus gastos imprescindibles, iban para su casa. Simpatizamos al momento y cuando llegamos a las puertas del teatro ya eramos buenos amigos.
Ya era de noche y en la calle parejas de "custodios"(policías) controlaban cada esquina, cruzamos con paso decidido la plaza de la Catedral hasta dejar atrás la famosa Bodeguita de en medio, unos metros más allá estaba el lugar de la cita. Era un amplio bar que ya registraba, pese a no ser más de las nueve, una gran afluencia. Buscamos en la barra a nuestros amigos encontrando solo a Ernesto que tras saludarnos excusó la tardanza de las hermanas. Aprovechando la espera nos sugirió para la mañana siguiente una visita a playas del Este, él no podría a acompañarnos, pero si queríamos un taxista amigo de toda confianza nos llevaría y nos devolvería a la hora que quisiéramos al hotel. Aceptamos complacidos. Como pasaba el tiempo Ernesto decidió ir en busca de Yoli y su hermana. Media hora más tarde apareció con Yoli, a la hermana blanca le había surgido un imprevisto y lamentándolo mucho no podía acudir. Pero todo tenía solución y como buen intermediario, no dispuesto a perder su comisión, me ofreció un ventajoso cambio. Al momento iría a buscar a una jovencita llegada de oriente y que suplía su falta de oficio con un gran entusiasmo, como él mismo había comprobado. Dicho y hecho partió en su búsqueda.
Bebimos varias cervezas mientras Yoli nos contaba el sombrío panorama de su casa. Padres y hermanos subsistían intercambiando en el mercado negro los productos a los que tenían acceso con su cartilla de racionamiento y con el escaso sueldo del estado por empleados públicos. La hermana, madre de un niño de dos años, jineteaba para ayudar a la economía familiar,pero su adicción al alcohol le hacia despreciar oportunidades como la de aquella noche. Yoli, acostumbrada a luchar contra su minusvalía, no podía justificarla, ella aun tenia proyectos, soñaba retomar sus estudios de hostelería y con el dinero que consiguiera ahorrar obtener permiso para abrir un paladar donde trabajaría toda su familia blanca y en donde ella seria el alma del negocio. Se me hacia un nudo en la garganta oírla soñar en voz alta. ¡pero quien no sueña alguna vez con cambiar su vida!
Regresó Ernesto acompañado de una jovencita, pequeña de estatura,pero muy guapa que no aparentaba más allá de veinte años, enseguida nos presentamos se llamaba Lidia y después de que tomara un refresco, sin más perdida de tiempo, nos dirigimos paseo Prado adelante hasta el lugar donde se celebraba el evento musical. Por el camino íbamos conociéndonos, me dijo que vivía con su hermana gemela en una calle de la Habana vieja, cercana a nuestro hotel y que llevaban en la capital un par de meses. Era natural de Las Tunas, una población muy distante de La Habana y que tardaban más de un día con su noche en ir. Allí vivían su madre y su hija, una niña de poco más de tres años, fruto de una relación ya finalizada. Todo el dinero que conseguía, salvo sus gastos imprescindibles, iban para su casa. Simpatizamos al momento y cuando llegamos a las puertas del teatro ya eramos buenos amigos.
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