domingo, 27 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIX)

ENTRADA XIX
Hicimos un largo rodeo por el exterior del parque Güell para acceder por su entrada principal. Subimos por el lado derecho de la doble escalera dividida por el dragón y como todos nos detuvimos a sus pies. Era difícil, ante tanta gente, encontrar el espacio y el momento para la foto de rigor. Disimuladamente y con un gesto que repito desde muy niño, puse mi mano de carne y hueso sobre la suya de piedra y aunque ya no temo como entonces su contacto, esperé, alerta como entonces, un reflejo de sus dedos, una señal que me diera la prueba de que en la materia inerte puede refugiarse el recuerdo.
Los recuerdos estaban en mi, una primera escena de la mano de mi padre en un parque Güell solitario a mediados de los años 5o, o bajando por el paseo de Gracia un domingo por la mañana. ¡Cuantas veces pasé junto a la "Pedrera" o frente a la "casa Batlló" sin saberlo! Luego ya escolar participando en las cuestaciones "Pro templo de la Sagrada Familia", cuyo mayor incentivo, para nosotros niños de barrio, era subir gratis a los autobuses en una domingo diferente. O ya casi adolescente jugar a fútbol con los amigos en la plaza del mismo parque Güell, cuando la incuria de las autoridades de la época permitían nuestros pelotazos ignorantes al banco ondulado recubierto de "trencadís" hoy reconocida joya del parque. Gaudí llenaba con su obra los espacios por los que yo empezaba a transitar pero yo no sabia nada de él.
Seguimos escaleras arriba hasta llegar a la enorme sala de columnas que sostiene la plaza. Allí seguían como en mi infancia pero ahora una sutil iluminación destacaban los plafones coloreados de su techo, había desaparecido la fuente que brotaba en la pared y su murmullo de entonces era sustituido por la algarabía de las decenas de turistas. Nos abrazamos a las columnas dóricas y jugamos a abarcarlas, pensé que a Gaudí le sobraríamos todos esta tarde y que echaría de menos el rumor de la fuente.
Salimos a la plaza y en una de las terrazas del paseo superior, resguardados del Sol, respusimos fuerzas. Yo aun quería subir a las "tres creus" para mostrarles el paisaje de la ciudad desde aquella inédita perspectiva.

sábado, 26 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVIII)

ENTRADA XVIII
El tercer y último día de la estancia de Virginia y Nicole en Barcelona pensábamos dedicarlo a "picotear", como si se tratara de platos exquisitos, por los lugares que en esta primera década de siglo han colocado a la ciudad a la cabeza de los destinos del turismo internacional.
Nuestra primera parada fue en el paseo de Gracia, en la casa Milá, conocida popularmente como "la Pedrera, obra discutida en el pasado e indiscutible hoy del genio de Gaudí. Antes de las doce ya estábamos Virginia y yo en su terraza, a la sombra protectora de los guerreros, mientras Albert mostraba con detalle a Nicole la única planta abierta al público. Asomados al paseo descansábamos apoyados en la piedra.
-. Esta ciudad tiene para mi efectos saludables. Será por vuestra compañía pero aquí no sufro la inquietud de otros viajes por perderme algo interesante. ¡Todo está tan cercano! El mar, la montaña, el arte, el placer de la mesa, .- Virginia miraba al cielo azul a través de sus gafas de sol, sentada a mi lado.
Yo la observaba con un sentimiento de ternura que me había pillado por sorpresa. Como la letra de una canción "si no era amor lo parecía". No habíamos vuelto a hablar sobre su indisposición del día anterior. Como si me adivinara el pensamiento continuó..
.- Resistiré estos dias, ponerse objetivos cercanos ayuda a conseguirlo.-
Tenían el vuelo a Paris para el día siguiente, por la mañana temprano, luego allí enlazarían al mediodía con el vuelo a Mont-real. Con los ojos cerrados, que yo no podía ver, y como hablando consigo misma continuó..
A mi vuelta debo pasar una revisión completa.Otra vez la inquietud esperando los resultados. Ojalá me digan "no hay cambios significativos". Vuelva dentro de tres meses. O quizás me dicen. Hay que dar otro ciclo de quimio y radio terapia. Entonces pasada la primera sensación de terror me autoconvenceré de que si soporto con buen ánimo las sesiones frenaré el mal. Pero... hay otra posibilidad.- Su voz se quebraba por momentos.- Y es que me digan, No tiene sentido someterla a más tratamiento, el mal se ha extendido, la enviaremos a "paliativos".- Se quitó las gafas y sus inmensos ojos azules me miraron con apremio. - ¿Como saldré de la consulta? ¿En quien me apoyaré?.-
Le hubiera querido responder que siempre me tendría a su lado, pero no era cierto, y ella reclamaba otra presencia, la única que le daría la paz y la felicidad última.
Continuamos allí sentados en silencio observando en la calle la riada de gente que hacia cola para acceder al edificio. Al poco tiempo llegaron Albert y Nicole, reían y la mano de él se apoyaba en el hombro de ella.
De nuevo en la calle, como cuatro adolescentes, corrimos a subirnos al autobús 24 que nos llevaría hasta el parque Güell, otra de las obras destacadas de Gaudí. Ahora llevábamos un libro titulado algo así como la Barcelona de Gaudí y no eramos los únicos. En el atestado vehículo compartimos el trayecto con un grupo de jovenes turistas franceses que enseguida, con sus risas y bromas continuas,aligeraron todas nuestras preocupaciones. La levedad del ser no era en este caso insoportable. Descubrimos a Nicole en su salsa, replicando a una broma con otra, y a Virginia riendo hasta saltársele las lágrimas. Descubrí que así como un libro pierde al ser traducido, también una persona expresándose en su idioma materno gana. En las inflexiones de voz de Nicole se revelaba una ironía demoledora y Virginia, cómplice como otra adolescente más, arrancaba las carcajadas del grupo con un juego de palabras para mi indescifrable.
Al bajar del autobús conservábamos aquel estado de ánimo que nos habían contagiado los jóvenes y así seguimos durante toda la tarde hasta bien entrada la noche.

viernes, 18 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVII)

ENTRADA XVII
A las ocho en punto estábamos en la plaza de "les olles" frente al restaurante Cal Pep, esperando que su dueño, como tenía por costumbre, subiera la puerta metálica y permitiera la entrada al ya numeroso grupo que aguardábamos expectantes en la plaza. Estábamos seguros, Albert y yo, que a nuestras amigas les gustaría cenar sentadas en taburetes y con la barra como mesa, viendo cocinar delante nuestro al mismo Pep. Conté mentalmente a quienes nos precedían en la cola y comprobé con alivio que formábamos parte del grupo de privilegiados que nos sentaríamos en el primer turno.
Tomamos posesión de nuestro espacio esperando que Pep, como siempre, nos sorprendiera. Ya se calentaban las sartenes y apurábamos la primera copa de vino de aguja servida por los diligentes camareros. La inconfundible ronca voz del mismo dueño sugería el orden y las raciones con una entonación llena de encomiásticos adjetivos que eran en si mismo una revelación al gourmet desconocido que habita en cada uno: "chipirones con garbanzos, para empezar, pescaditos fritos, navajas a la plancha, almejas salteadas con jamón, dátiles de mar, calamarcitos, sepia..." y todo y más desfilando en justa cantidad, mientras las copas nunca llegan a vaciarse porque el solicito camarero, cuando no el propio Pep, las iguala sin pausa. Y como postre el hojaldre mil hojas, exquisitez elaborada por la pastelería vecina y que Pep nos sugiere como digno colofón a nuestra cena. Todo en poco más de una hora, porque eso si, tácitamente solidarios con quienes esperan de pie a nuestro lado, nos levantamos tan pronto apuramos el café. Nos despedimos de Pep hasta la próxima no sin comentar el último triunfo del Barça y salimos a la plaza con la intención de dirigirnos hasta la plaza España a presenciar el espectáculo de sus fuentes luminosas, reclamo de turistas en las noches veraniegas y que Virginia recordaba de su estancia en el 92.
Tomamos un taxi y en poco tiempo ya estábamos andando Paseo de la Exposición arriba a buscar el mejor lugar para contemplar el espectáculo. Por fin sentados en la baranda de piedra a la entrada del Museo Nacional de Cataluña veíamos a la gran multitud que ocupaba la amplia avenida o subía por las escaleras mecánicas buscando en la proximidad de las fuentes un lugar de acomodo. Nosotros mirábamos de frente, por encima del reloj de la plaza España, como el premioso Sol de julio acababa de ocultarse. La vista desde allí era magnífica.
Un "¡0ooh!" de admiración, rompió el expectante silencio cuando el primer chorro ascendió incontenible por la fuente, seguidos de otros, ya en carrusel continuo formando cascadas de colores, el cambiante murmullo del agua anunciaba anticipadamente cada nuevo geiser de luz. El húmedo ambiente me recordaba el de una cueva oculta tras la cascada, en una excursión muy lejana en el tiempo a Sant Miquel del Fai. Hubiéramos querido que el espectáculo durara mucho tiempo pero con la retina aun rebosante de colores terminó como había empezado, sin previo aviso, cayendo el agua grávidamente a su modesto chorro.
Mientras bajábamos en dirección a plaza España, Virginia se apoyó en mi brazo, Albert y Nicole conversaban animadamente unos pasos por delante. La pronunciada pendiente, el irregular suelo, con algún adoquín agrietado, eran suficiente motivo para tomar precauciones, pero el paso de Virginia se había vuelto en aquel momento de una inquietante lentitud, sin decirle nada me acomodé a su marcha hasta que pasado un corto tiempo y sin apenas levantar la voz me confesó que durante unos segundos se había quedado a "oscuras", ahora volvía a ver pero como si lo hiciera a través de una neblina y el sonido le llegaba amortiguado, como si dentro de su cabeza se hubiera instalado una caja de resonancias, apretó con fuerza mi hombro, le pregunté si quería sentarse, pero insistió que ya estaba casi recuperada y me rogó que no alarmara a su hermana. Noté que una tristeza resignada se había instalado de repente en su rostro.
Las acompañamos al apartamento de la barceloneta, sentados como la noche anterior en la terraza mientras Albert y Nicole preparaban unas bebidas Virginia y yo conversábamos.
.- Viendo el espectáculo de las fuentes recuperé de pronto un recuerdo de mi estancia con Mary en Barcelona.- Y continuó.- Estábamos en el estadio la noche de la inauguración de los juegos, la expectación era máxima, el arquero tensó el arco y cuando la flecha cruzando el cielo encendió la llama en el pebetero, Mary emocionada me besó delante de la delegación, yo aparté los labios bruscamente, recuerdo que llorando me preguntó si me avergonzaba de nuestra relación, si le importaba tanto la opinión ajena. Y tenía razón, sólo durante los primeros años fui capaz de enfrentarme a la mirada reprobatoria de amigos y conocidos, luego volví a mi caparazón de conveniencias, aquella noche que tenía que ser tan feliz fue el principio de su desamor.
.- El superyó aporreando al pobre yo mientras el resto del mundo observa.- apunté yo recordando la frase leída en algún ensayo sobre Freud.-
.- Sí, el mundo es un teatro de marionetas, pero ¿Quién mueve los hilos?.- respondió Virginia y añadió.- Mi sentimiento de culpabilidad por mi inclinación sexual me ha marcado toda la vida, y no ha sido necesario tener una creencia religiosa o una educación represiva, yo me he criado en un ambiente intelectual y en cambio he sufrido como nadie. La enfermedad en parte me ha liberado me ha expuesto a todos los vientos, sin más refugio que el de algún amigo.-
Quedamos en silencio justo en el momento en que Nicole y Albert regresaban, hacían planes para el día siguiente.

lunes, 14 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVI)

ENTRADA XVI
En la sobremesa, después de una suculenta paella acompañada del buen vino de la tierra, se desataron las lenguas. Nicole como si estuviéramos en una sesión de alcohólicos anónimos se adentró por el peligroso terreno de las confesiones.
.-Tengo 46 años estoy divorciada y tengo una hija de 16, he mantenido relaciones sentimentales que no han resistido más de un año. No pierdo la esperanza de encontrar el amor de mi vida. -
.- Mirando a su hermana continuó.- Me siento muy unida a Virginia y espero que así sigamos muchos años.- Entonces mientras lloraba dejó de hablar en español y tomando con fuerza la mano de su hermana le susurró unas palabras que no hice el esfuerzo de entender.
.- Esta es la fuerza de la familia.- Señaló Virginia .- Y la de los amigos, añadió abarcándonos con sus brazos.- Pero yo en contra del deseo de mi hermana lucho por desenamorarme.
Entonces recordó la larga velada en Cayo Santamaría escuchando "radio Caibarien".- No negaré, que amar es una experiencia única pero el dolor que provoca el desamor te deja sin defensas, vulnerable al peor de todos los virus, el de la autocompasión.- Y continuó.- Sigo queriendo a Mary, aunque ya paso algún día sin recordarla.
Yo no podia saber lo que sentiría Mary, quizás sí, quizás en algún momento sentía algo parecido al remordimiento, o no, o puede que se sintiera aliviada de dejar de ser la enfermera de su ex-amante y agradeciera que Virginia, con su generosidad, la hubiera liberado de su relación.
.- Y en cuanto a mi salud.- Añadió Virginia , abordando por sorpresa lo hasta entonces tácitamente evitado.- Veo la enfermedad, ahora aquí sentado entre amigos en esta ciudad tan acogedora, como algo muy lejano. Este viaje es un paréntesis en mi tiempo y nada podrá estropearlo.-
Apuró de un trago la última copa de vino y con resolución se empeñó en pagar la cuenta.
Salimos del restaurante y seguimos c/ Ferran arriba hasta cruzar la plaza de Sant Jaume pasando frente al "Ayuntament y la Generalitat", bajamos hasta Via Layetana y luego de cruzarla nos adentramos por la c/Princesa. Era un paisaje urbano que yo apenas reconocía. La calzada, como el cauce de un viejo rio era el mismo, pero de sus aceras habían desaparecido los antiguos comercios y en su lugar proliferaban las tiendas, unas regentadas por familias chinas con su inconfundible "todo a un euro", junto a carnicerías musulmanas, peluquerías latinas y supermercado pakistaní, separados uno de otro por la escalera de vecinos, donde como en los restos de un naufragio emergía por el balcón del primer piso la desmayada cabecita de una anciana que nos miraba avanzar por la acera como a otros perdidos robinsones.
Por fin tras una larga caminata llegamos hasta Santa María del Mar. Íbamos muy acalorados por lo que nuestra primera intención fue sentarnos en un banco, al final del templo, y descansar unos minutos. Así permanecimos en silencio observando todos los movimientos que se sucedían en la nave. Desde el lejano altar un joven sacerdote rezaba el rosario que era seguido por los escasos pero devotos fieles, la mayoría de provecta edad aunque también la bien timbrada voz de un joven destacaba de entre la letanía de voces femeninas.
Sentados en el templo, protegidos por sus recios muros del bochorno exterior y mientras la intensa luz que llega de fuera reverbera en los altares nos entregamos cada uno a nuestros pensamiento. Cimborios contra minaretes pienso al recordar la polémica desatada por la construcción de una mezquita. La identidad perdida en las calles se refugia en la iglesia.
Ya recuperados Albert nos enseña con detalle cada una de las inscripciones que en la piedra señalan al autor de tal o cual donación , algunas ciertamente curiosas y que son como un libro abierto de la crónica ciudadana del pasado, entrañable y vivas, mientras "La Catedral del Mar" resista incendios y terremotos y haya hombres sensibles capaces de leer en las piedras..

sábado, 12 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XV)

ENTRADA XV
Desandamos el camino de la tarde y subimos por el paseo hasta llegar al apartamento de nuestras amigas. En su terraza aun tomamos una última copa, la inconfundible voz de Jaques Brel sonaba en el compact, desgranaba sus versos "mon douce, mon tendre, mon merveilleux amour". Nosotros contemplábamos las luces en el paisaje urbano que, en la oscura noche sin Luna, brillaban a lo lejos. En el muelle se alineaban los grandes cruceros con sus cubiertas iluminadas, barquitos de juguete en la distancia. Al otro lado en el Tibidabo la luz de sus atracciones mandaba un mensaje cifrado en destellos que eran la clave para acceder al lúdico inconsciente de los hombres niños, era como la casita de chocolate iluminada del cuento de Andersen. Nos hubiéramos quedado más tiempo hablando de tantas cosas pero queríamos aprovechar los días por lo que nos despedimos de nuestras amigas hasta la mañana siguiente.
Eran apenas las nueve de la mañana y en las Ramblas solo los quioscos congregaban a algunos transeuntes que, camino de sus ocupaciones, se detenían por un momento ante los diarios y revistas curioseando sus titulares. El paseo recién regado creaba un microclima tonificante después de la bochornosa noche. Nos dirigíamos a nuestra cita, delante del gran teatro del Liceo, allí ya nos esperaban Nicole y Virginia. Era uno de los lugares que en el ya lejano año 92 no pudo visitar Virginia, otro era Santa Maria del Mar, la gran iglesia gótica, Albert y yo con nuestra buena voluntad las acompañaríamos.
Nicole ojeaba una selección de fotografías de las memorables actuaciones de los grandes del "bel canto" , mientras esperábamos que dieran las diez y empezara la visita programada. En el coqueto bar del Liceo otros turistas aguardaban como nosotros. Ninguno de los cuatro nos considerábamos grandes entendidos pero nos complacía reconocer a tenores y sopranos . Una cultura común nos hermanaba, la vieja cultura de occidente de la que en aquel momento nos sentíamos orgullosos.
Luego ya dentro, sentados en uno de los palcos, siguiendo las explicaciones de nuestra guia dejábamos que nuestros ojos admirados recorrieran la sala y el escenario. Y me sorprendió, porque ya lo había olvidado, que el Liceo no tuviera palco real, es parte de su peculiar historia . El gran teatre a diferencia del de otras ciudades europeas en las que sus monarquias respectivas se hicieron cargo de los gastos, se sufragó mediante aportaciones de accionistas y particulares. En el "Saló del Miralls" nuestra guia nos contó los avatares de la institución a través de su historia, desde el atentado anarquista de 1893 causante de veinte muertos, pasando por sus dos incendios el más reciente en 1994y su posterior reconstrucción.
Del esqueleto de armazón que sobrevivió al fuego y como ave fénix resurgió un nuevo pero idéntico teatro, allí estábamos nosotros para corroborarlo , respirando el mismo ambiente que acogió a Josep Carreras o a Montserrat Caballé , a Pavaroti o la Callas. En la escalinata del gran teatre me vi reflejado por un momento en su bruñido mármol fue el sueño de una sombra, idéntica a las evanescentes que en el pasado subieron y luego bajaron, acto tras acto en una función que no tiene fin.
En la calle tardamos en situarnos , desde la acera contemplábamos la marea humana que discurría por el centro de las Ramblas. Optamos por cruzar entre los coches y por el centro del paseo atravesar al otro lado buscando en las calles interiores un poco de espacio. Por fin los cuatro caminábamos juntos aliviados en busca de un acogedor restaurante donde reponer fuerzas.

jueves, 3 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIV)

ENTRADA XIV
A las ocho bajábamos por el "passeig Juan de Borbón" con destino al restaurante Can Majó. El termómetro marcaba en el panel 28 grados y el calor bochornoso se hacia sentir con fuerza, sobre todo en la parte de la acera en la que aun daba el Sol. Nos cruzábamos con una turba variopinta que paseo arriba regresaban de su jornada playera. Torsos desnudos, toalla en ristre y una incipiente rojez en los hombros, atronando alguna radio, o aislados por los auricolares como una plaga de langostas dejando tras su paso el terreno repleto de inmundicias. Los restaurantes del paseo, a medida que la luz solar declinaba, iluminaban sus terrazas y diligente empleados te invitaban a consultar la "carta". Los clientes más madrugadores, casi todos estranjeros, ya aguardaban en las mesas, sentados frente a sus platos aun vacios, a que el chef cumpliera sus promesas.
Nuestras amigas parecian aturdidas, aquel baño de multitudes era como estar metidos en una sauna, tonificante si dura el tiempo justo, agobiante si se prolonga demasiado. Se hacia dificil mantener una conversación por lo que aligeramos el paso hasta llegar al final del paseo.
El restaurante Can Majó está ubicado en una resguardada esquina que mira al sudeste, incrustado en el viejo barrio marinero y frente a una amplia plaza que separa el cemento de la arena.Aun era pronto y decidimos andar por la playa.
¡ Que contraste entre el pelotón de gregarios bañistas paseo arriba, y la quietud acogedora de la playa casi vacia! La mar , diáfana, azul verdosa en su orilla, gris acero en la lejania, se asomaba sobre el horizonte y aguantaba la mirada del Sol poniente antes de que éste se ocultara tras la montaña. Respiré hondo y saludé a la Mar y como tantas otras veces senti su respuesta en la caricia de la brisa. LLegamos hasta la misma orilla y alli las olas repitieron el saludo, ondulaban como la cola de un perro amigo que te reconoce.
Dejamos pasar el tiempo. Virginia se sentó sobre una vieja barca, reliquia de la pesca artesanal , Albert y Nicole caminaron unos metros hacia el cercano club de la que él es socio desde hace muchos años. Yo mirando al horizonte, como si pudiera hablar con la Mar le pedí que curara a su hija, que desvelara su arcano y destilara de entre sus criaturas abisales la medicina salvadora. Recé mi oración pagana con la fuerza de un antiguo novicio. Desahogo emocional, quizas, por tanto dolor acumulado, propio y ajeno, por tantas preguntas que núnca tendran respuesta.
Ayudé a Virginia a levantarse y cuando cruzamos la mirada lei en el azul acuoso de sus ojos amor y gratitud.
Abandonamos la playa y nos dirigimos al restaurante. Nuestra amiga Meri, dueña y cocinera de Can Majó nos atendió encantadora como siempre, pero fue su hijo Enric quien acertó de lleno sugeriendonos un "suquet de peix" que nos dejó en el paladar el sabor indefinible de la excelencia. La velada se prolongó hasta altas horas de la noche y ambas reconocieron que en sus viajes por el mundo rara vez se habia armonizado con tal exquisitez la buena mesa y la buena compañia. Brindamos por los presentes y salimos a la oscura noche, la mar se hacia sentir en el murmullo de las olas, quizas soñaba en voz alta.