sábado, 29 de mayo de 2010

TRAYECTOS DE IDA Y VUELTA

Cuando el tren asoma por la curva llegan ellos: Una joven mujer y dos niños. Ella cubre su cabeza con un pañuelo. Le ayudo a subir el carro de la compra y me lo agradece con una sonrisa. Me siento, en un compartimento vacío paralelo a ellos y abro un libro.
Enseguida el niño, de unos cuatro años, se pone a jugar, rueda el cochecito por el respaldo del asiento entregado a su conducción sin atender las quejas de la hermana. La madre pone paz. De pronto el cochecito cruza como un bólido el pasillo y se incrusta en el asiento de mi lado. Yo sonrío, la madre le reprende cariñosamente, la hermana mayor la secunda. Como es natural yo justifico al niño. Y así entablamos una agradable conversación que se prolonga el tiempo que tarda el tren en llegar a la siguiente estación.
La madre me cuenta que van a visitar al abuelo y que su marido está trabajando. La niña, de unos seis años, lee en voz alta el luminoso anuncio que indica la próxima parada, la temperatura y la hora. Disfruta con su estrenada habilidad lectora y habla de su colegio, de sus amigos y de su maestra con creciente entusiasmo. El niño también quiere atención y hace rodar su coche por mi asiento. En la mirada de la madre, en sus profundos ojos negros, brilla el orgullo que siente por sus hijos. LLegan a su destino y nos despedimos.
El resto del viaje lo paso con la agradable sensación de que todo no está perdido. Amor, familia, educación, me aferro a estas palabras, como el naufrago a un salvavidas.
Al día siguiente, aunque es domingo, trabajo. Entro a las siete por lo que a las seis y media ya estoy en la parada de metro. Apenas tres personas esperamos el tren. La resaca de la noche del sábado ha dejado sus secuelas y un trasnochador duerme semi-tumbado en un banco en el anden central. De repente aparecen dos jóvenes que se sientan su lado. Desgraciadamente sé lo que buscan. Una señora que espera a mi lado comenta en voz alta: ¡Cada domingo lo mismo!
Llega mi metro y subo con la mala conciencia de dejar a la segura víctima a merced de los presuntos ladrones. En la parada siguiente sube una multitud que regresan de las discotecas. Algunos, equivocadamente, se despiden de su amigos con un "hasta mañana". Están confundidos. Su mañana ya es hoy y a lo peor hoy es demasiado tarde.
Hago el transbordo. Afortunadamente, hoy la vigilancia impone el orden. Lejos quedan las batallas con botellas rotas como armas y saltos a la vía, mientras el pasaje se refugiaba al final del anden. Un grupo de guardias de seguridad permanecen en las entradas disuadiendo las conductas incívicas.
Llevo un libro pero esta vez no leo. En mi pensamiento están los dos trayectos. El viaje de ayer y el de ahora mismo. Infancias muy diferentes y entonces por una vez la compasión vence al miedo. Pienso en los ladronzuelos de hace un rato. Seguramente dejaron muy lejos o nunca tuvieron una familia que les amara, una madre que les llevara en el trayecto de ida y vuelta a casa del abuelo, que pudiera mostrarlos orgullosa al circunstancial viajero. Perdieron su infancia, la verdadera patria del hombre y hoy la buscan sin detenerse nunca. A veces me los encuentro en un vagón o en un anden pero ya es tarde para jugar con ellos. Son reflexiones que hago mientras llego a mi destino.

1 comentario: