domingo, 2 de mayo de 2010

ALMA COMPARTIDA (Dedicado a Carmen Agrest)

Tenía una docena de años, una edad considerable en un perro, más teniendo en cuenta que su raza no suele superar la decena. En este último largo y frío invierno su salud había ido empeorando, ahora al llegar por fin la primavera contra toda esperanza se había sumido en un letargo del que solo despertaba jadeante, indiferente a su ración de "bolas" y al agua de la taza. Tumbado en su canasto, con la cabeza gacha, solo la voz de su ama parecía volver por un segundo a sus ojos el brillo de su inteligencia canina ¿Qué vamos hacer? Parecía preguntar.
Una vez más lo llevó a la clínica veterinaria. Otra vez la aguja lacerando su pata, otra vez ella tranquilizándole, pero esta vez no era como en el pasado un juego del que todos participan y del que salia correteando entre caricias. Esta vez su ama escuchaba al veterinario sin poder contener las lágrimas. El perro también escuchaba: había levantado la cabeza del regazo de su dueña y aunque no entendiera las palabras leía en los húmedos ojos de ella la traducción simultanea: El veterinario aconsejaba no prolongar el sufrimiento y aplicarle una inyección letal.
Ella se resistía, pedía más tiempo para asumirlo, no se decidía. Entonces el can en un arrebato amoroso, aprovechando sus últimas fuerzas, saltó como en sus mejores días sobre el rostro de su ama besándola, lamiendo sus manos, moviendo la cola con frenesí y cuando tras el esfuerzo el ahogo volvió a atenazarlo, en lugar de toser y luchar por respirar, se desplomó sobre su pecho con los ojos fijos en ella, última acto de amor incondicional, sacrificio que evitaba la dulce muerte canina y le daba una amarga muerte humana.
Llegan días de dolor intenso, tarde en las que regresa al parque y se sienta en el mismo banco, esperando que anochezca. Una amiga la acompaña. Juntas en silencio fuman. La sombra de su perro corre en su pensamiento, cierra los ojos y se amodorra, entonces cree sentir en sus pies el calor del amigo ausente. Vuelve sola a casa, después de varias noches de insomnio consigue dormir y tiene un sueño tan extraordinario que al despertar, para no olvidar ningún detalle, lo escribe en un cuaderno:

"Estamos mi amiga y yo en una amplia e iluminada gruta, andamos por un cuidado camino que bordea un río subterráneo hasta llegar a un embarcadero. Permanecemos contemplando admiradas las estalactitas, la humedad de la cueva se deja sentir y forma una tenue neblina sobre las negras aguas. Sé que he ido hasta aquí con un propósito pero no consigo recordarlo. Entonces sin saber por que grito el nombre de mi perro y el eco de mi voz vuelve en susurros repetidos que poco a poco se pierden entre los recovecos de la gruta.
Por fin, una luz disipa la neblina del río, una barca se aproxima y cuando está más cerca el fanal de proa ilumina el rostro del remero: es el de un anciano extremadamente pálido que muy erguido rema con fuerza hacia nosotros.¡Pero alguien viaja con él! Está de espaldas sentado y su forma, a medida que se aproxima, se nos hace rotundamente familiar. Cuando por fin llegan al embarcadero, mi perro, salta sobre mi llenándome de besos.
El barquero sin descender ni pronunciar palabra reclama algo con un gesto ¡Entonces, de repente, recuerdo a lo que he venido! Y sin demora coloco una moneda en la boca de mi perro. El mueve la cola feliz y por última vez aprieta su lomo contra mis piernas. Después de un salto vuelve a la embarcación.
Lentamente se separan del embarcadero, pero esta vez es mi perro quien rema y parece conocer su destino. La luz del fanal ilumina por un momento su cara, ya no pende caninamente la lengua de su boca, sellada por la moneda adquiere una contención lo más parecido a una sonrisa humana.
La barca desaparece entre la niebla, entonces despierto y en ese mágico segundo en que regreso del sueño siento la certeza de que he donado a mi perro parte de mi alma. Y antes de despertar del todo a la realidad sueño en que volveremos a reunirnos".

2 comentarios:

  1. Hola Julian, preciosísima narración,aunque para mi ha resultado ser la crónica de una experi- encia vivida. Gracias, por haberlo transcrito tan bellamente.
    Un abrazo.
    Cali

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  2. Fantástica la descripción de la pena que se siente al perder a alguién tan especial, aunque sólo unos pocos sean capaces de poder
    entenderlo. Sigue escribiendo...
    Emi

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