sábado, 20 de marzo de 2010

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE

ENTRADA XXV
A las once de la mañana la cola de "nacionales" frente a la heladería Coppelia se extendía a lo largo de la acera. Ignoramos la destinada a los turistas y acompañados de Neisi y Marcia nos agregamos a la fila. Una empleada controlaba el ordenado acceso a las mesas. Tardamos más de media hora en sentarnos a la sombra y algo menos en que nos sirvieran el ansiado helado.
Era relajante estar allí, en un goloso silencio, solo roto por la risa de los niños,y olvidar comiendo los problemas diarios. Contrastaba la paz idílica del lugar, con su cuidado entorno, con el duro asfalto del que veníamos.
Decidimos ir a pasar el resto del día a las instalaciones del hotel Habana Libre. A los cubanos, si no van acompañados de un turista, no se les permite la entrada, por lo que para nuestras amigas era una ocasión única. Comimos en uno de los restaurantes y después de darnos un baño en la piscina, subimos a una de las terrazas desde la que se divisa una espectacular panorámica de la ciudad.
Con el crepúsculo llegó la hora de las confidencias. En la penumbra el rostro de Neisi , sentada de espaldas al mar, apenas se distinguía, pero su voz llegaba fuerte y clara. Entonces nos contó el infierno de sus últimos meses de convivencia con Jimagua. Las continuas infidelidades, las mentiras respecto al dinero, las peleas, tanto o más violentas que la de la tarde anterior. Nos pidió, por primera vez, que la ayudaramos a salir del país, " aquí nunca me dejará en paz".
El coro de nuestras voces prometiéndole ayuda no borró su fatalismo. "Quizás ya es tarde". Fue lo último que dijo antes de levantarse para buscar con la mirada la luna llena que asomaba desde el mar.
Regresamos a casa de Marcia y nos encontramos con una desagradable sorpresa: Jimagua había arrojado desde el altillo todas nuestras pertenencias y allí estaban amontonadas en desorden sobre el desván que comunica ambas viviendas. La situación empeoraba por momentos.

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