domingo, 21 de marzo de 2010

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE

ENTRADA XXVI
Un amigo de Marcia disponía de un piso libre, pero la vivienda no tenia comparación con la de Jimagua, estaba en el cuarto piso de un oscuro y viejo edificio en la calle San Miguel naturalmente sin ascensor y al que llegabas después de atravesar un mugriento y destartalado rellano. Su interior, limpio y bien provisto de todo lo imprescindible, carecía sin embargo del magnifico balcón de parque Trillo y daba, su ventana, al patio interior de la comunidad. Una vez instalados salimos a escape de la casa y fuimos paseo del Prado "alante" hasta el parque Macedo en busca de espacios abiertos.
Sentados en la terraza de nuestros anteriores "devaneos" conversamos con un vecino del barrio y que nos conocía de vernos en compañía de Jimagua. No tenia buena opinión de él. Nos advirtió que era un liante y que desconfiaramos de lo que nos dijera. Pero la noche aun nos aguardaba una sorpresa. Antes de que nos diéramos cuenta se sentaron dos conocidas del vecino. Tía y sobrina, la mayor de unos cuarenta años y la jovencita no pasaría de los veinte. La conversación derivó por otros derroteros.. La tía protestaba vehemente de la lascivia con que algunos hombres acechaban a su sobrina y de que como ella se había convertido en la guardiana de su honra. El vecino abandonó la mesa y allí quedamos los cuatro, hasta que súbitamente la sobrina, tanto tiempo callada, dejó oír su aniñada voz para proponernos ir a comprar unas pizzas. Naturalmente nos las comimos en nuestro estrenado piso.
A la mañana siguiente después de desayunar en el piso de Marcia y cuando estábamos sentados en uno de los bancos del parque vimos a Jimagua asomado a su balcón. David decidió subir a hablar con él. Los demás quedamos esperando.
Una hora más tarde Albert y yo subimos. La puerta estaba entornada y desde el comedor llegaba la inconfundible voz de Jimagua. Al vernos ocultó la cabeza entre sus manos y empezó a llorar. Nos pedía perdón por su acción y se mostraba muy arrepentido. Intentamos hacerle comprender que no debía seguir molestando a Neisi, que ella había tomado libremente la decisión de dejarle y aunque fuera muy doloroso para él tenia que aceptarlo. Pero él seguía afirmando que Neisi le hacia señas inequívocas y sus palabras textuales fueron : "Ella me busca y me dice que yo soy su verdadero hombre".
Por fin llegó el momento de nuestra partida, realmente, dada la situación, fue un alivio dejar Cuba. Ojalá hubiéramos podido traer a Neisi con nosotros, todo hubiera sido diferente.
Durante los siguientes meses David y Nuria hicieron todo lo humanamente posible para agilizar los trámites. Contrataron los servicios de una abogado cubana experta en emigración laboral y todo prometía un final feliz. Para el mes de junio confiaban traerla a Barcelona, pero antes tenia que llegar el mes de mayo.

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