NOVENA ENTRADA
Recordar con detalle el momento en que iniciaste una amistad que con el tiempo se hizo entrañable es casi imposible. Han pasado cinco años y hoy cuando escribo sé que evoco a alguien que ya solo existe en mi memoria.Compartir su recuerdo es devolverla a la vida.
-¿Son ustedes españoles?.-
Su fuerte acento no estorbaba la fluidez con que se expresaba. Miraba a los ojos y su cálida sonrisa te daba la oportunidad de demostrarle que no se había equivocado contigo.
.-Si, ¿Y ustedes son canadienses?.-
.- Del Quebec.-
.- Nosotros catalanes de Barcelona.-
Sonrió y creí haber estado a la altura de su fina sutileza. Se llamaba Virginia y su rubia amiga Mary. El bullicioso lugar no era apropiado para entablar una larga conversación.
Abandonamos el comedor casi al mismo tiempo. Albert y yo decidimos tomar café en la terracita del exterior, a pesar del húmedo calor la brisa te daba una sensación de confort más natural y saludable que la del aire acondicionado.
Ellas llegaron después.Estaba claro que Virginia era quien decidía donde y con quien se sentaban. Al verlas hicimos educadamente el gesto de levantarnos y ofrecerles sitio en nuestra mesa. La conversación en principio muy convencional trató los temas recurrentes como ¿Cuántos días estaríamos en el hotel? La belleza del lugar, su gente... Virginia hablaba un español académico sin apenas errores gramaticales y cuando no entendía alguno de nuestros giros coloquiales su ¡perdón! Nos invitaba a una segunda explicación forzosamente más exacta y detallada. Mary se hacía entender pero no podía seguir la conversación, entonces Virgina en francés o nosotros en nuestro justito inglés le resumíamos lo hablado. Con la mayor naturalidad nos contaron que formaban pareja desde hacia más de diez años. Nosotros les dijimos que eramos amigos de toda la vida.
Virginia trabajaba en una gran editorial de la que su padre había sido uno de los socios fundadores y accionista mayoritario, ella era directora de una de las revistas del grupo pero su precaria salud la había obligado, en la actualidad, a delegar funciones. Mary primero fue su secretaria, luego su amante y en la actualidad su enfermera. Este era el tercer noviembre consecutivo que viajaban desde el frió Quebec a las cálida aguas de Cayo Santamaria. Mary lo prefería a los pasados"treckins" por todo el mundo siguiendo a su incansable amiga, pero eso fue antes que la maldita palabra irrumpiera en sus vidas.
Ahora tras la últimas sesiones de radioterapia el "tumorcito" que insidiosamente crecía en su cerebro parecía estar controlado, pero ya era la tercera recaída y la posibilidad de una cuarta se le hacia insoportable. Me quedé sin saber que decir pero tomó la palabra Albert. El también había luchado contra un cáncer y ahora con la seguridad que daban los años transcurridos desde que lo detectaron podía decir que lo había superado.
Estas confesiones estrecharon nuestra incipiente amistad con el hilo que tensa el dolor compartido y que jamas se rompe. Hubo un momento que Mary y yo nos sentimos un poco intrusos. Ellos no necesitaban muchas palabras, bastaban los gestos y las miradas para que cada uno evocara como propia la noche de insomnio y dolor del otro.
Habían pasado más de dos horas y por una parte parecía que el tiempo no hubiera transcurrido y por otra que eran muchos más los minutos que llevábamos hablando allí en la terracita protegidos de la tormenta que se anunciaba en el negro horizonte.
Cuando arreciaba la lluvia empecé a preocuparme por David y Nuria, afortunadamente su barca anclaba en aquel momento y corrieron todos a refugiarse en el restaurante. Cuando amainó regresamos a nuestros apartamentos. Había que prepararse para nuestra segunda noche en Cayo Santamaria.
martes, 3 de noviembre de 2009
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