ENTRADA XIII
Desayunamos muy pronto y antes de las nueve ya estábamos en el pedraplén con el objetivo de llegar a La Habana, a primeras horas de la tarde, aun con luz. Estábamos a mediados de noviembre y oscurecía muy pronto. En la memoria las personas apenas conocidas y que ya dejábamos atrás, eso si, con la promesa de reencontrarnos un día no muy lejano. Allí quedaban las amigas canadienses en una encrucijada decisiva de sus vidas, Elvira con sus sueños de alcanzar un trabajo estable y la jovencita animadora de quien desconocía su nombre quizás sacrificada en el tálamo al único dios verdadero el dinero ¿Qué habría sucedido en su cita con Mary?
A pocos km de emprender el viaje nos cruzamos con una caravana de camiones que a buen seguro iban a abastecer los numerosos hoteles de los cayos, eran como esos interminables vagones de un tren de mercancías que ves pasar sin que parezcan tener fin, luego por fin durante muchos km la soledad más absoluta. El día era radiante y te permitía disfrutar del inusual privilegio de cruzar sobre el mar. La brisa rizaba el agua y en un caleidoscopio natural veías rodar los colores en ondas de luz hasta alcanzar el manglar, en los bajios aves del paraíso remontaban el vuelo y cruzaban el puente para perderse mar adentro. Tuve la alucinación de que eran mis ojos los que se posaban sobre el mar y no la luz, como la ciencia demuestra, la que llegaba hasta mi cerebro.
Volvimos, como la noche anterior en el hotel, a sintonizar radio Caibarien, a David y a Nuria como periodistas les gustaba analizar y comparar la locución isleña , les hubiera gustado acercarse a la emisora para ver en que condiciones trabajaban y la libertad de que disponían. De otra generación yo recordaba los "radio teatros" de mi infancia a principios de los años sesenta del siglo veinte, en especial la noche de "todos los santos" cuando invariablemente toda la familia, desde la cama, escuchábamos "Don Juan Tenorio". Recuerdo que mi imaginación ponía cara a la voz de los actores y bastaba el tañido de una campana para situarme en el mausoleo del "Comendador",veía a su estatua cobrar vida y al infierno abrirse esperando al pecador "Don Juan". Y todo este escenario estaba dentro de mi mente. Realidad creada por mi cerebro, infinitamente superior al virtual decorado de la tecnología más sofisticada.
Pero ahora mientras viajamos de regreso a La Habana, discutiendo sobre mil temas que la memoria perdió para siempre, doy un salto en el tiempo y paso a explicar nuestro reencuentro con Virgina, el verano siguiente julio 2005 en Barcelona.
Gracias al entonces novedoso internet seguimos en contacto con Virginia, así supimos que poco después de su regreso a Canadá, ella y Mary se separaron definitivamente. En realidad para ser exactos fue Virginia quien inisitió en que Mary saliera de su vida. Tanto Albert como yo mismo la animamos a que viniera, se había abierto "una ventana de buen tiempo" en su precaria salud y queríamos disfrutarlo.
LLegó acompañada de su hermana Nicole, venían de París de asistir a la entrega de un prestigioso premio literario ganado por un escritor de su editorial, pasarían tres noches en Barcelona y se alojarían en el apartamento que Albert tiene en la misma Barceloneta. Cuando la vi aparecer por la puerta de LLegadas internacionales" sentí abrumadoramente la evidencia de que su tiempo se acababa ¡Cómo se habría llegado a sentir! si ahora decía encontrarse bien.!
Había adelgazado mucho y pese al maquillaje el conjunto de su rostro delataba los estragos de la enfermedad, vestía, pese al calor de julio, una camisa negra de manga larga, pantalón de pana y unas zapatillas de cuero que le daban la imagen de una existencialista de la década de los cincuenta del pasado siglo, protegía sus ojos con unas gafas negras que se quitó al llegar hasta nosotros. Reconocí su cálida mirada de noviembre y su voz sonó acogedora como entonces.
.- ¡Qué alegría estar entre amigos! Le he hablado tanto a Nicole de vosotros que es como si ya os conociera!.-
Nicole correspondió asintiendo a sus palabras con una amplia sonrisa. Era el contrapunto de Virginia, su aspecto saludable con su abundante pelo color caoba cayendo por sus hombros, solo era cinco años menor y al verla imaginabas a Virginia diez años atrás, llena de salud, llena de proyectos, "deseante y deseada.
Camino de la ciudad mientras la conversación adquiría el saludable tono trivial que nos permite descansar de nosotros mismos no podía menos que reconocer la insana manía de los humanos de querer que el tiempo vuele, que después del frío invierno llegue sin transición el verano, que los hijos se hagan hombres de quemar etapas porque en "pasa tiempos" sin sentido transcurre la mayor parte de nuestras vidas, hasta que.. hasta que la sacude un acontecimiento casi siempre nefasto. A Virginia le había alcanzado por eso su tiempo era por escaso precioso.
Las dejamos solas en el apartamento y fuimos a reservar mesa para cenar aquella misma noche en un cercano restaurante del que Albert y yo somos asiduos clientes.
domingo, 29 de noviembre de 2009
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