DÉCIMA ENTRADA
A las diez en punto ya estábamos frente a la discoteca, podías permanecer en el jardín, donde la música llegaba amortiguada y respirar el perfumado aire de la noche, o entrar y escaleras abajo sumirte en su atmósfera local de flashes de luz y ruido. Después de una fugaz excursión hasta la barra del bar en busca de unos mojitos decidimos volver al jardín, por lo menos mientras durara la estridente y martilleante ¿música?
Entraba y salia el público y así observando su ir y venir pasábamos el rato, hasta que vimos llegar a Mary en compañía del grupo de animadores, ellos eran seis, tres chicos y tres chicas. Reconocimos a la jovencita de la noche anterior, la que bailó el tango y provocó la escena de celos de la canadiense, Mary no se fijó en nosotros, o se hizo la despistada, el caso es que todos juntos entraron en la discoteca.
A los pocos minutos empezó a oírse otro tipo de música, más decididamente melódica, entonces bajamos para observar y ¿quien sabe? si ligar tan locamente como la canadiense. Los animadores habían formado un grupo con los clientes y daban una divertida clase de baile country. Abundaban los canadienses pero también habían italianos y españoles. Fue muy cómico y estimulante ver la habilidad de unos y la ineptitud de otros, el peligro llegó cuando una de las animadoras, creyendo hacernos un favor, intentó que nos sumáramos al baile. Albert, que por su aspecto siempre fue confundido por anglosajón, no supo resistirse, yo, señalando mi rodilla, logré que me dejaran sentado en la barra, así pasó más de una hora.
En uno de los descansos entre baile y baile hablé con la joven , volvió a insistir que me animara a participa, entonces yo le confesé mi total ineptitud para el baile. Me dijo que esperara, que ella me ensenaría algo menos complicado, al rozar mi cara con su pelo me llegó un intenso olor a jazmín.No dejé de observarla durante los siguientes bailes, hasta que por fin, habló ella con el dijey.
Ella venia hacia mi atravesando toda la pista, y una vieja canción empezó a sonar, era la inconfundible voz de Leonard Cohen y su "Dance me to the end of love". La tomé por la cintura mientras sus manos rodeaban mi cuello y seguí los pasos que ella marcaba y dócilmente la hubiera acompañado, como en la letra de la canción, "desde la belleza entre ardientes violines hasta el fin del amor".
Fue necesario hablar y que mejor que demostrar mi ingenio señalando a la canadiense que también bailaba. Soy un antiguo y ver a dos mujeres formar pareja de baile sigue sorprendiéndome, más aun cuando Mary, llevando una apasionada iniciativa, besaba una y otra vez el cuello de la jovencita, pero cuando quería alcanzar su boca la muchacha la rehuía con firmeza.
El tiempo voló como volaban nuestros pies y por fin sin miedo al ridículo acabé bailando con todos una "conga" de despedida. Ya en el jardín, mi compañera de baile que se llamaba Elvira, me contó la historia del "cortejo" que Mary imponía a la jovencita. Había empezado hacia una semana , las dos primeras noches a Mary la acompañaba su amiga mayor, pero desde hacia tres aparecía sola y su único objetivo era conquistarla. Entre los animadores se habían formado dos grupos, uno apoyaba a la canadienes y otro, en el que Elvira estaba, la rechazaba. Como en una subasta la "oferta" de Mary subía cada noche y la tentadora cantidad de dolares a repartir presionaba a su favor.
Elvira me contó que ella estudiaba turismo en Caibarien y como el resto de los animadores hacia sus practicas en Cayo Santamaria. Viéndolos allí inmersos en la opulencia y lujo del hotel podía pensarse que sus vidas eran también fáciles y felices, nada más lejos de la realidad, por no tener no tenían ni sueldo, podían aceptar propinas pero relacionarse intimamente con los turistas era motivo de expulsión fulminante. Naturalmente en ocasiones algunos se arriesgaban y por una buena cantidad de dolares, tan escasos y necesarios, se saltaban la norma.
Pero la isla de Cuba no es la isla de Lesbos y Mary la canadienes no tenia la capacidad persuasiva de Safo. A la jovencita educada en la machista sociedad cubana le debía repugnar la idea de tener relaciones intimas con otra mujer . Habría que ver como evolucionaban los acontecimientos en los siguientes días.
De esto y de muchas otras cosas seguí hablando con Elvira mientras me acompañaba hasta la puerta de mi apartamento, hubo un momento en que pensé insinuarle que subiera, pero en esta ocasión, cuando la noche era tan hermosa y el olor a jazmín de su pelo seguía embriagándome, no podía hablarle de dinero. Nos despedimos con un beso de amigo y como amiga guardo para siempre su recuerdo.
domingo, 8 de noviembre de 2009
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