ENTRADA XII
Elvira, mi "profesora de baile" daba la clase de "aquagym" atronaba la música y ella marcaba con énfasis los movimientos que con mejor o peor estilo ejecutábamos los alumnos. Dentro del agua tibia pedaleábamos una imaginaria bicicleta, unas veces, acelerábamos otras enlentecíamos la marcha, siempre obedientes a sus sugerencias. Una ligera brisa hacia soportable el calor del mediodía. A mi lado Albert y un poco más arriba Nuria y David, todos serios y concentrados en los ejercicios.
Mis ojos, debo reconocerlo, estaban fijos en Elvira, vestía un ajustado pantaloncito negro, con un peto, que dejaba hombros y espalda al descubierto, una gorra con insignia de naviera, cordón y ancla, y en el suelo descuidadamente las sandalias , una junto a otra entrando y saliendo de sus pies tantas veces como ella se desplazaba por el borde de la piscina a arengarnos con sus movimientos. Me sentía feliz y relajado pero con la agridulce sensación que te dá el saber próxima la partida . Era nuestro tercer y último día en Cayo Santamaria y ahora que por fin dominaba los tiempos y repartía las horas , entre confidencias y deseos, debía marchar.
Despues de comer coincidimos con las canadienses en la elegante cafeteria del restaurante, sentados en sus mullidos butacones tomábamos café en esa hora propicia a la siesta o a las confidencias. Virginia sostenía en su regazo un viejo libro de la escritora Margarite Yourcenar "Opus nigrum", recordé haberlo leído poco después de Memorias de Adriano. Para mi fue un hallazgo y sigo releyendo lo mejor de su dilatada obra, naturalmente traducido al español, me apena reconocer que mi francés sigue siendo tan pobre como cuando dejé de estudiarlo en el bachillerato.
.- ¿Has leído su cuento sobre el pintor chino y el emperador? No recuerdo el titulo.- Le pregunté.
Es una recreación de un relato clásico pero ella lo mejora y está en su libro "Nouvelles Orientales".- contestó mientras entornando los ojos parecía recordar.
Yo también volví a ver en mi imaginación el palacio del emperador en la ciudad prohibida súbitamente anegado por el agua y a guerreros y cortesanos anclados a las columnas y los vaporosos vestidos de las damas extendidos por la corriente mientras el pintor sube a la barca conducida por su fiel discípulo y juntos se alejan sobre el milagroso cauce a salvo para siempre de las contingencias del tiempo y el capricho de los hombres. Podía ser que compartiéramos el mismo pensamiento o quizás soñaba ella ver aparecer aquella tarde por el horizonte de Cayo Santamaria el esquife que las devolvería de regreso en el tiempo a su primer año de salud y felicidad.
Aun no sabia yo que la vería aquella noche sentada en un banco de la colina que da a la playa, alejada del bullicio, absorta en la luz de los fanales que alumbran a los pescadores, oscuro mar de fondo negro como sus pensamientos en aquella hora de abandono.
Antes por la tarde me había encontrado con Elvira y me puso al corriente de que aquella noche se consumaría el íntimo encuentro entre Mary y la tierna animadora. Naturalmente pagaba Virginia: dólares y dolor a partes desiguales .
Y ponía la cama, por eso seguiría allí en la colina hasta que Mary la llamara. Insistí que subiera a nuestro apartamento y entre Albert y yo logramos que pasara las horas y adormeciera su ansiedad. Intercambiamos nuestros teléfonos y mails prometiendo ella que iría a Barcelona a recorrer de nuestra mano sus mejores lugares, aquellos que Albert conoce con detalle. Así estuvimos hasta el amanecer escuchando una selección de música "para soñar despierto" de radio Caibarien hasta que por fin la llamada esperada se produjo y Virginia se despidió de nosotros.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario