ENTRADA VIGÉSIMA
Eran las 12 del mediodía, una hora más tarde de la concertada con Chacón para recogernos, desde las 10'30 permanecíamos en el hall del hotel, le habíamos llamado a su teléfono móvil pero lo tenía apagado. Nuestro estado de ánimo oscilaba entre el beneficio de la duda, podía haberse retrasado en la salida y no tener cobertura donde estuviera en ese momento, a la certeza que minuto a minuto se confirmaba de que Chacón nunca había pensado en volver por nosotros. ¡Pobres ingenuos! Si ya le habíamos dado, yo personalmente, todo el dinero acordado ¿Cómo iba a hacer el largo trayecto La Habana Viñales ida y vuelta sin más premio adicional que la comida y algún refresco? Ni aunque hubiéramos estado en el lugar más inhóspito de Sierra Maestra, o en un islote perdido en medio del Caribe,hubiera regresado. El depredador escoge siempre la presa más fácil es la ley de la selva, y en la sabana cubana nosotros no eramos más que un par de viejos antílopes abusando de su suerte.
Ya eran más de las doce y media cuando inesperadamente se nos presentó la ocasión de bajar a Viñales con el micro-bus del hotel, destinado a recoger clientes que llegaban en el autobús de linea. Sin pensarlo dos veces subimos aun con la remota esperanza de cruzarnos con su coche , ¡Vana ilusión! LLegamos al pueblo con el tiempo justo para comprar billete en el mismo autocar de la linea azul que inmediatamente salia para La Habana . Era un servicio que se pagaba en pesos convertibles por lo tanto únicamente destinado para turistas. El coche, nuevo y confortable, no tenía nada que envidiar a los mejores de nuestras latitudes. El viaje a la Habana, cómodamente recostados en nuestros mullidos asientos y con el aire acondicionado aislándote del húmedo bochorno exterior fue un tiempo de agradecido relax. En Pinar del Rio recogimos al grueso del pasaje, un grupo de turistas que recorrían la isla haciendo treckin. Tras el cristal ahumado de mi ventanilla veía, en el destartalado anden de la estación, como se formaban dos colas paralelas , una de resignados cubanos esperando la gua-gua nacional que los repartiría por los pueblos del entorno, y la otra la de los extranjeros dispuestos a subir en el nuestro. Luego durante el trayecto, amodorrado escuchando la música ambiente, veía, a pesar de tener los ojos entornados, imágenes inconexas de los recientes acontecimientos vividos, navegaba por el inconsciente como en una red virtual capaz de abolir tanto el tiempo como el espacio, la ansiedad y el miedo habían desaparecido. De alguna manera yo me había enviado de viaje y por fin descansaba de mi mismo.
Entramos en la estación central de gua-guas de la Habana ya oscureciendo, recogimos nuestras maletas y sin más dilación tomamos un taxi con dirección a Parque Trillo, Neisi y Jimagua nos esperaban. Nuestra llegada ante la puerta de su casa creó una cierta expectación. Jimagua nos recibió efusivamente y nos ayudó a subir las maletas hasta el piso, la mesa estaba a punto para la cena y de la cocina venía un apetitoso olor a "camarones" que hacía la boca agua, más teniendo en cuenta el forzoso ayuno del mediodía. Dejamos sin abrir nuestras maletas, cada una en su habitación y sin entretenernos más nos sentamos a cenar.
sábado, 8 de agosto de 2009
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