lunes, 31 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXV)

ENTRADA VEINTICINCO
Al ser domingo eran muchos los habaneros que como nosotros se dirigían a playas del Este y lo hacían en toda clase de vehículos, abundaban las bicicletas, lo que decía mucho de la buena preparación física de sus conductores, no hay que olvidar que la distancia era de unos 25 km. El espectáculo estaba en la carretera, delante nuestro circulaba una destartalada camioneta que en su parte posterior llevaba no menos de diez personas, algunas sentadas con los pies colgando, otros de pie sostenidos literalmente por sus compañeros, luego estaban los que hacían "botella". (autostop). Nosotros en nuestro taxi ya íbamos suficientemente cargados, Neisi había preparado un pic-nic y había estrenado para la ocasión una nevera portátil, Jimagua,por su parte, sostenía una enorme sombrilla que ocupaba horizontalmente los asientos traseros, con el peligro de que en cualquier frenazo nos ensartara con su pico. Nosotros habíamos insistido en comer en un paladar y alquilar en la playa una tumbona y sombrilla, pero eramos sus invitados y querían que competiéramos con ellos una jornada playera al estilo popular habanero.
Esta vez no salimos por Sta Maria sino que continuamos unos km más hasta Boca Ciega, nada que ver con la playa de Tara- a donde nos llevó Chacón, aquí no había ucranianos ni rusos y si había algún italiano, que tanto abundan,despistado, pasaba desapercibido entre las familias cubanas que como nosotros tomaban posiciones en la arena extendiendo sus enseres. Vino a mi memoria una escena de mi infancia, también en una playa, fue en El Prat, no tendría más de cinco o seis años y con mis padres, tíos y primos nos protegíamos del Sol bajo una amplia sábana sujetada por cuatro puntos al suelo y recuerdo vagamente que los pequeños dormíamos la siesta a su cobijo. Nuestro enemigo eran los mosquitos que al atardecer, en oleadas, acudían de la cercana desembocadura del LLobregat , y nos acribillaban sin piedad, luego estaban las ligeras insolaciones combatidas con paños de vinagre que impregnaban con su fuerte olor toda la casa. Años cincuenta del siglo veinte en la España franquista.
LLegamos hasta un lugar conocido por Jimagua, algo lejos de la orilla, donde el suelo formaba en su relieve unos asientos naturales y donde se podía anclar perfectamente la enorme sombrilla. Todos ayudamos y una vez colocadas bajo la acogedora sombra todas las vituallas, nos dirigimos por turnos a tomar el primer baño del día. Entré en las cálidas aguas con la convicción de que esta seria la última vez que me bañaba en el mar de Cuba.
Soy un asiduo a las playas de Barcelona y he visto como en los últimos veinte años se convertía en una referencia de entorno agradable con su arena limpia y aguas transparentes, cuando disfrutamos del baño no es extraño oír a tu lado como alguien comenta que no hace falta ir a otro lugar en busca de lo que aquí tienes, pero cuando estas nadando en el azul turquesa del cálido atlántico y buceas en sus arrecifes reconoces que el trópico es diferente.
Comimos con gran apetito lo que Neisi había cocinado y Jimagua nos sorprendió con una botella de ron añejo, viendo la feliz relación de nuestros amigos nada hacia sospechar el terrible futuro que les aguardaba. Bebimos satisfechos y nos amodorramos bajo la protectora sombrilla, cuando despertamos el mar ya no estaba en calma, las olas rompían con fuerza, era un espectáculo ver la cantidad de bañistas que se mecían, algunos abrazado a ruedas de neumáticos y subían en la cresta espumosa de una ola gigante para ser arrojados contra la orilla, luego la fuerte resaca les arrastraba mar adentro hasta una zona de falsa calma en espera del siguiente embate. Si mirabas hacia atrás, en el limite de las dunas, un numeroso grupo hacia volar cometas, restallaban contra el aire y algunas se precipitaban al suelo sin apenas remontar el vuelo, pero otras tomaban altura y guiadas por manos expertas permanecían cabalgando en el viento, un destello del sol poniente encendía por un segundo su liviano armazón, hasta que su conductor, en un alarde de pericia, la hacia aterrizar a sus mismos pies.
Llegó la hora del regreso y tal como habíamos quedado ya el taxi nos aguardaba en el mismo lugar que nos dejó. Una vez en parque Trillo nuestros amigos nos dejaron solos, la última noche en La Habana nos pertenecía.

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