ENTRADA VEINTICUATRO
Faltaban dos horas para la ceremonia del cañonazo y ya subíamos la amplia y empinada cuesta que lleva al baluarte de San Carlos de la Cabaña.No eramos los únicos, en pequeños grupos el público tomaba posiciones sentados entre las almenas que dan al foso. El ambiente festivo y la fresca brisa del mar hacia muy agradable el lugar. Crecía la expectación y cuando,como sucede en los trópicos, sin apenas transición,cayó la noche, se encendieron las luces estratégicamente colocadas entre el cuidado césped y los recios muros. Era el momento de observar a tu alrededor , el olor a colonia y perfume te llegaba en suaves oleadas impelido por la brisa, el saludable bronceado del público, mayoritariamente turista, contrastaba con el blanco inmaculado de las faldas. Cada vez acudía más público. En la espera Jimagua me contó lo que yo no sabia. En el año 1762la armada inglesa, después de tres meses de sitio, conquistó La Habana, Sir Georges Keppel fue su gobernante durante un año, el tiempo que transcurrió hasta que a cambio de La Florida, fue devuelta a España. Ah, como no sentirse un poco, pese a sus pecados imperiales, admirador de la rubia Albion, bastó un año para dejar su impronta en la ciudad. Libertad de comercio y de culto y el inicio de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, de allí nacía la ceremonia que íbamos a contemplar.
Ya eran casi las nueve, las luces se apagaron sumiendo en total oscuridad el recinto, fue solo un momento, enseguida la llama de una antorcha fijaron miles de ojos en sus portadores, ¡eran los casacas rojas!, los actores representaban con gran marcialidad su papel, intercambiaron la contraseña y tras la autorización del émulo de Sir Keppel, un soldado encendió la mecha del cañón, y su fogonazo y estruendo nos deslumbraron y ensordecieron a los más cercanos.Esta ceremonia recuerda cuando La Habana cerraba cada noche sus puertas y echaba la red en su bahía para que nadie aprovechando las horas nocturnas pudiera entrar furtivamente. Triste suerte, por otra parte, de quien no llegara a tiempo y quedara extramuros a merced de los bandidos.
Una vez concluida la ceremonia, los cuatro, Neisi Jimagua Albert y yo nos dirigimos a unos jardines cercanos donde sentados en una terraza bebimos unos refrescos mientras la música de una orquesta amenizaba la noche. Al rato, Jimagua y Neisi decidieron irse no sin insistir que nosotros nos quedáramos a disfrutar de las sorpresas de la noche, delicados anfitriones que levantan el vuelo para no asustar a las tórtolas.Insistimos nosotros en volver con ellos pero antes de levantarnos recapacitamos porque el paraíso nocturno se iluminaba por minutos con la llegada de hermosas y sonrientes jovencitas.Quedamos solos y yo hubiera querido disfrutar , aunque fuera por escasos minutos, del espectáculo de sus bellos cuerpos bailando y cruzar miradas con sus ojos sugerentes hasta que en el momento oportuno se produjera el encuentro. Pero sin apenas transición ya teníamos a dos señoritas pidiendo permiso para sentarse a nuestra mesa, su desparpajo era tanto como su juventud y belleza.Las invitamos a unos mojitos y casi por inercia, después de una banal charla nos dirigimos a estrenar nuestro piso , algo habíamos adelantado, ya no teníamos necesidad de sobornar a custodios avariciosos.
Pero lo que ganábamos por un lado lo perdíamos por otro, estar en casa de Jimagua no hacia responsables de todos sus enseres y eso significaba permanecer con los ojos bien abiertos, ellas, aunque muy jóvenes, ya tenían experiencia con turistas y a veces una mirada codiciosa traicionaba toda su zalamería."cap problema" Jimagua como buen casero vigilaba de cerca su propiedad y con una banal excusa subió a marcar el terreno. Fue una visita breve pero suficiente para que ellas alejaran de su mente cualquier mal pensamiento.. Después de compartir unas cervezas y escuchar, entre besos y abrazos, la música del radio-cassette nos retiramos cada pareja a su habitación. Hay algo en las mujeres cubanas con las que he estado que me hacen sentir libre de culpa, quizás yo soy para ellas todo lo que por azar ellas no son, blanco ¿rico? y se aprietan a mi pelvis buscando en su placer el sendero, el atajo que las haga participes de la opulencia, disfrutan realmente, o ¿estoy equivocado y todo es fruto de mi mala conciencia?No lo sé, pero si supieran el poder que tienen sobre los hombres casi abatidos por los años, si supieran que más allá del placer sus cuerpos son el calmante que alivia el dolor de los fatigados huesos, si supieran que descansando en su seno y oculto en un pliegue de su piel nos ocultamos para que quizás la muerte se confunda y pase de largo, si todo esto supieran no habría dinero para comprarlas. Solo un cesar o un sultán gozarían de sus cuerpos.
Se fueron cuando empezaba a clarear, ya era domingo y apenas unas horas más tarde iríamos con Neisi y Jimagua a pasar el día a playas del Este.
miércoles, 26 de agosto de 2009
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