ENTRADA DECIMONOVENA
Livia y Zoe nos esperaban a las puertas del bar musical, pero esta vez no entramos, habían tenido, minutos antes de nuestra llegada, una fuerte disputa con el encargado, en realidad el problema ya venía de días atrás cuando por motivos en apariencia raciales, Zoe se peleó con un cliente y fue expulsada. Nuestra presencia la noche anterior había facilitado su entrada pero en esta ocasión, al llegar solas, le recordaron la prohibición. No quisimos discutir y atendiendo a su sugerencia fuimos paseando hasta la cercana casa de Zoe, allí estaba toda su familia, como la mayoría de la población estaban a esas primeras horas de la noche sentados bajo los porches, con un ojo puesto en la calle y el otro en el televisor donde veían un espectáculo de variedades grabado de una cadena de Miami. Nos recibieron cordialmente y nos acomodamos como dos lugareños más a enhebrar la charla... La tía de Zoe, una poderosa mulata, dijo trabajar en el agro vendiendo los productos que la cartilla de racionamiento no contemplaba. En toda la conversación flotaba una velada crítica hacia los responsables políticos incapaces de resolver los problemas de abastecimiento que sufrían. Nosotros les recordamos la penuria de los países vecinos y que por lo menos ellos tenían cubiertos los temas de enseñanza y sanidad, no en vano Zoe, era enfermera y una prima suya médico ejerciendo en aquellos días en la república bolivariana de Venezuela. Intervino el tío y con orgullo recordó haber saludado en una ocasión al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos, verdaderos revolucionarios, y que otro gallo cantaría si estuvieran vivos. Acabado el minuto idealista llegó la hora del pragmatismo y sin apenas transición nos ofreció una caja de puros de la mejor calidad a un precio increíble, ante nuestra frontal negativa, varió de registro y poniéndose en plan confidencial y en atención a nuestra edad nos quiso vender un producto exclusivo de la investigación cubana, una caja de pastillas PPG, ideales para controlar la hipertensión y el colesterol y lo más increíble, para mantener la erección. Yo miraba a Zoe que sonreía ante los intentos de su tío por embaucarnos. A buenos les intentaba vender, si no me atrevía con la contrastada viagra menos probaría con un producto desconocido fuera de la isla. Únicamente consiguió de nosotros, tras mucho porfiar, dos monedas, de uno y de dos euros para su colección. Por fín ya satisfecho se concentró en el programa de variedades de la t.v. que tanto le divertía.
Una hora después decidimos volver al hotel, ya en el taxi camino de Los Jazmines, miraba a Livia que se recostaba en mi hombro y aunque sabía que en menos de una hora estaríamos "templando", algo me entristecía, quizás la certeza de que la aventura vivida en Viñales nunca podría darse en Barcelona.
Una vez en la habitación del hotel decidieron ducharse, habían estado todo el día en Pinar del Rio , en casa de Livia y por un corte en el suministro no se habían podido bañar como era su invariable costumbre. A mi amigo Albert le entusiasmó la idea y se metió en la ducha con Zoe. Livia y yo nos tumbamos en la cama, estaba cansada, le dolían los hombros, su frágil aspecto se acentuaba bajo la luz de la lampara, suavemente masajee su nuca hasta distender los pliegues que elevaban sus hombros, respiraba suavemente y volviendo su cabeza hacia mi, con los ojos semi-entornados me dio las gracias. Luego casi en un susurro me dijo lo que nadie me había dicho antes, fue un deseo, una queja en forma de piropo que recordaré siempre "me gustaría cambiar mis ojos por los tuyos"
Yemayá, me dijo, le había inspirado este anhelo, yo la abracé con fuerza y sentí que no se refería al color verde que con el Sol toman mis ojos, sino a esa visión que puedo tener de realidades que yo mismo no acepto. Quería la diosa ver mi inconsciente y someterme a sus ritos, yo era su médium y Yemayá entraba en mi por el sexo de Livia otorgándonos a ambos el placer carnal más intenso que pueda sentir un efímero humano. Mientras Livia gritaba ¡rico, rico, rico! yo entraba en una regresión en la que imágenes de mis vidas anteriores se sucedían hasta llegar de vuelta a la isla querida de los ingenios azucareros, a bordo de un barco negrero como representante del poder secular.
Todo fue una pesadilla que sufrí al quedarme dormido esperando que Albert y Zoe salieran de la ducha, Lidia también dormía a mi lado, luego ya bien despiertos le pregunté, entre cigarrillo y cigarrillo si cuando le daba masajes ella me había dicho la halagadora frase respecto a mis ojos, posó su mano abierta en mis rostro y asintió.
LLegó la mañana y nos despedimos de ellas, quizás para siempre, intercambiamos direcciones y las vimos salir de la habitación acompañadas por el custodio. Sin perdida de tiempo hicimos las maletas para nuestro viaje de regreso a casa de Jimagua en La Habana.
martes, 4 de agosto de 2009
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