jueves, 13 de agosto de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XXII)

ENTRADA VEINTIDÓS
No podía conciliar el sueño, la cama era ancha y el colchón confortable, pero los ruidos de la calle llegaban a través del balcón, forzosamente abierto por el calor, y eran los sonidos que nunca escuchas en un buen hotel, aislado por los recios tabiques y las cerradas ventanas y con la temperatura de confort que te proporciona el aire acondicionado. Un hotel de categoría es el mismo repetido a través del mundo, diseñado en París y clonado en La Habana o El Cairo, con una "lingua franca" para comunicarse y un personal solicito a tu disposición. Pero en la casa de Jimagua los ruidos de la noche entraban por la ventana, atravesaban las frágiles paredes y te advertían de la feroz batalla que se libraba en el exterior. Maullaban los gatos pero aquí no era el complaciente minino que sale de aventura y vuelve ronroneando en busca de su taza de leche, ladraban los perros pero no era la pesada mascota del vecino tan zalamero en el día. Aquí el gato aun es el feroz felino reciente cazador de ratas de barco y ahora enzarzado en una pelea por la hembra en celo, su terrible maullido restalla en el silencio y te devuelve de golpe al olvidado homínido que fuiste y el ladrido del perro es un rugido hambriento que exige con la fuerza de sus colmillos la nutritiva carroña que un día le disputaste. Tú callas y te tapas con la sábana para no ser reconocido y descubres con asombro que aquella era realmente la primera noche que pasabas en La Habana. Así transcurría insomne las horas imaginando Parque Trillo siglos atrás como una manigua pantanosa donde esclavos enfebrecidos drenaban el terreno y levantaban las primeras casas, realmente todo estaba demasiado cercano en el tiempo.
Finalmente me dormí y no me desperté hasta la llegada al piso de nuestro anfitrión que, como prometió, nos subió a las nueve en punto el desayuno. Hablaban Albert y Jimagua en el comedor y el eco de su conversación me llegaba junto al inconfundible olor a café. El día con su luz desvanecía las aprensiones de la noche y el apetitoso almuerzo nos daba energía en aquella nueva jornada.
Era sábado y a las diez ya apretaba el calor. Después de nuestro inolvidable viaje al bucólico Viñales estar pateando las calles de Centro Habana era como pasar de la noche al día. Recordé al desaparecido y hoy olvidado Herbert Marcuse cuando describía en Eros y Civilización que las grandes ciudades con su enjambre humano eliminan todo preámbulo en las relaciones amorosas y buscan en la genitalidad su único fin; en cambio en el campo es la naturaleza entera quien se erotiza, recordaba a Livia y nuestra primera noche con los mogotes en el horizonte como testigos de nuestro amor y las estrellas reflejadas en la ventanilla del coche adornando su pelo como mágica diadema. No me la imaginaba en medio del asfalto con su frágil figura entre los humeantes y ruidosos tubos de escape de los coches.
Un taxi nos llevó, detrás del Capitolio, a la popular fábrica de tabaco Partagas, primer destino del día. Entrar en su recepción era como hacerlo en un oasis, disponía de una pequeña cafetería y una tienda donde se podía comprar con total garantía las cajas de puros más renombradas. Luego, una vez concertada la visita, accedías a la fábrica y allí la temperatura ambiente estaba en consonancia con el clima real, o sea un húmedo e insoportable calor. Esperamos con otros visitantes a que nuestra guía asignada iniciara la visita. Era una joven mulata que más que guía turística parecía una modelo y tenía un sentido del humor tan peculiar que hizo de la visita, pese a las inevitables fechas y cifras, una agradable experiencia. El edificio fue construido en 1845 y 500 obreros trabajan constantemente, nos contó. Después de visitar donde se seleccionan las mejores hojas y su proceso de secado, nos llevó a la enorme sala donde decenas de empleados, sentados frente a frente lían minuciosamente los cigarros puros. Nos contó como cada día a la misma hora la radio da un capítulo de la actual novela, que todos siguen con interés. En aquel momento era la banda sonora de una conocida película la que sonaba por el altavoz.
Me imagino aquel lugar a principios del siglo XX, aun no había radio y era un narrador desde una elevada tarima quien leía a un público, probablemente analfabeto, la irreconciliable disputa entre Montescos y Capuletos y su trágica consecuencia en la vida de los jóvenes enamorados Romeo y Julieta. Probablemente los dueños comprobaron que si la historia tenía gancho, las obreras más sensibles aumentaban su rendimiento, su imaginación las liberaba de la rutina, sus almas soñadoras volaban sobre el mar hasta Verona pero sus dedos quedaban allí liando las hojas más selectas, luego en la vitola un nombre unía el arte perenne de la palabra al sutil placer evanescente del humo. Acabada la explicación abandonamos, guía incluida, la sauna para trasladarnos por unos largos minutos al concurrido bar del vestíbulo.

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