ENTRADA VEINTITRES
Siento sobre mi tu sutil desprecio" cantaba una desconocida interprete mientras nosotros, una vez terminada la visita a la fábrica de tabaco, bebíamos una cerveza bien fría en el pequeño bar de Partagás repleto de exhaustos visitantes. Habíamos llegado a ese momento de todo viaje en que sientes tu objetivo cumplido, aquella habia sido la última dura prueba de nuestra resisitencia física. Los tres últimos días los pasaríamos con nuestros amigos y lo más inmediato era acudir a comer con ellos al restaurante que nos habían recomendado.Ya como avezados viajeros subimos a un taxi-huevo y negociamos con su conductor nuestro traslado desde Habana Vieja a La Rampa en Vedado. Entablamos conversación y nos confesó las peripecias que tenia que hacer para ocultar parte de la recaudación a las autoridades, ya que estaba obligado a entregar cada día el importe del taxímetro y ellos le pagaban con pesos cubanos . Dijo ser licenciado en historia y geografía, estuvimos de acuerdo con él que algo fallaba en una sociedad donde los universitarios se han de ganar la vida haciendo de taxistas pero salvando las distancias, también en Barcelona hay muchos licenciados opositando por una plaza de subalterno o camillero, injusta situación tanto para ellos como para los menos dotados condenados al paro.Me sentí mareado, hacia muchas horas que no había comido y la cerveza junto con el bochornoso calor pasaron factura.
Desconecté. La ventanilla abierta del coche me traía en aquella hora del medio día el aire húmedo del atlántico. Bordeamos el Malecón pisando las olas que invadían la calzada. Volaba el tiempo, y me salpicó como la espuma del mar. Me sentí a gusto recibiendo las diminutas gotas con que la brisa me mojaba el rostro. Abría la boca y podía sentir el sabor a sal, "sapore di sale", decía una canción italiana de los años sesenta que entonces no se por qué vino a mi memoria junto con el rostro de una niña de mi calle.
A las puertas del restaurante nos esperaban Jimagua y Neisi. El local estaba semi-vacio. Apenas cuatro o cinco mesas ocupadas por los invariables compañeros de viaje. Turistas, y como nosotros, con algún amigo cubano. La luz excesivamente tenue y el aire acondicionado, excesivamente fuerte, hacia una vez más evidente la lucha diaria contra los elementos. Dijimos que todo nos parecia perfecto. No era cuestión de desairar a nuestros anfitriones. Y como siempre sucede, los subestimamos. Cuando se acercó el maitre libreta en mano dispuesto a anotar, Neisi le pidió que bajara el aire acondicionado y que encendiera el aplique de la pared. Encajó bien el maitre la petición, y aunque farfulló una excusa, ordenó a un mozo que cumpliera nuestros deseos. Apagamos la absurda vela que nos mantenía en penumbra, y ya viéndonos las caras, nos dispusimos a comer. Cesó el chorro de aire helado que me daba en el cogote, al mismo tiempo que contemplabamos divertidos como el resto de las mesas, una a una, apagaban sus velas, y encendían sus apliques. Una lección de asertividad que nos dió alguien que probablemente nunca había asistido a uno de esos absurdos cursos. Salvados estos escollos, disfrutamos de la comida. Una vez más nuestros amigos dieron muestra de su cariño hacia nosotros.
Al salir del restaurante vimos gente apiñada en la acera. El tráfico estaba cortado, y numerosos policías formaban una barrera entre los curiosos y la calzada. Se nos dijo que Fidel, el Comandante en Jefe, pasaría con su séquito por la avenida. Cuando? Eso ya era más dificil saberlo. Jimagua nos contó que era bastante corriente cruzarse con Fidel o con el hermanísimo Raúl en su constante ir y venir al aeropuerto a recibir o a despedir a algún gobernante amigo. ¡Era la guinda del pastel en nuestro viaje a Cuba! Cruzar nuestra mirada, aunque fuera por un segundo, con un personaje tan significativo en la historia de la segunda mitad de siglo XX. Decidimos esperar, y allí estuvimos más de una hora escuchando los comentarios de la gente. Hasta que por fin, una patrulla de motoristas cruzó veloz ante nosotros haciendo sonar sus sirenas. Inmediatamente un séquito de no menos de seis coches siguió a las motos hasta perderse por la avenida. Nada. Apenas un segundo para fotografiar la comitiva, y ya se alejaban en su ida o vuelta al aeropuerto. Me quedó la sensación de estar viendo representada alguna escena de una escena de Vargas Llosa o de Garcia Márquez. Pero el tiempo apremiaba, y ya sin más demora, los cuatro nos trasladamos al Castillo del Morro, donde a las nueve de la noche, como cada jornada, se celebraba la ceremonia del Cañonazo. Aún era temprano pero convenía situarse para asistir en primera fila el ceremonial.
sábado, 22 de agosto de 2009
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