OCTAVA ENTRADA
Al amanecer soplaba una fuerte brisa que a ráfagas entraba por la ventana haciendo restallar con fuerza la cortina. Tardé unos segundos en levantarme. Albert dormía en su cama vuelto hacia la pared, su respiración delataba un profundo sueño, el mio había sido ligero y lleno de pesadillas. Cerré la ventana y siguiendo un inesperado impulso decidí salir a la calle
Consulté mi reloj, no era más de las siete, subí por el jardín hasta la pequeña colina desde la que se divisaba la playa, el fuerte olor a jazmín se mezclaba con el de la hierba recién cortada, desde lo alto me extasié contemplando como el Sol asomaba, encendiendo de purpura el horizonte. De repente cesó el viento y como atendiendo a un reclamo decenas de gaviotas cruzaron el cielo por encima de mi cabeza hasta precipitarse en las cercanas aguas, la lucha por el diario sustento de estas aves era para mi, en aquel momento, un motivo estético, ¿Lo seriamos los humanos para algún demiurgo extraterrestre?
Allí permanecí unos largos minutos dejando que por mis poros entraran todas las sensaciones :el calor de la mañana, la brisa húmeda del mar, el fuerte olor de los mangles. Mi yo en demolición tantas veces se reconstruía a cada inspiración dándome salud y energía, o eso esperaba.
A las nueve desayunamos en uno de los comedores, este sobre la misma arena, resguardados del Sol en la carpa que a modo de "haima" cubría el espacio. Comentamos el "espectáculo" de la pasada noche y sentimos curiosidad por saber algo más de la apasionada rubia y de su tierna presa. Teníamos tres días por delante recluidos voluntariamente en aquel pequeño "pueblo" cuyo censo se renovaba constantemente. Tres días que podían dar mucho de si, suficientes para involucrarnos, si nos dejaban, en las siempre sorprendentes vidas de los demás.
Desde las once en la piscina principal se sucedían los juegos de agua. Uno de los monitores arbitraba desde lo alto del punto de vigilancia.un divertido partido de voleivol, entraban y salían los jugadores entre risas y aplausos. Albert y yo tumbados a la sombra bebíamos unos mojitos,. Nuria y David se habían apuntado a una excursión al arrecife donde anidaban los flamencos y que incluía pesca y comida de langosta. Les dejamos ir solos, después de varios días de intensa convivencia tanto ellos como nosotros necesitábamos un respiro.
De repente descubrí sobre el césped al otro lado de la piscina a la rubia de la noche anterior, la acompañaba una señora que en la distancia me pareció mucho mayor que ella, permanecían en silencio una leía mientras la otra se aislaba con sus auriculares de todo el bullicio que nos envolvía. Una mujer, a nuestro lado, hizo un comentario con su vecina de tumbona que me puso al corriente.
- "Ahora tendría que ir y despertarla, tremenda noche que me ha dado esa come-mielda"-
Por el modo de hablar y su acento era claro que la mujer era una cubana,seguramente de Miami, con nacionalidad norteamericana y con permiso para visitar la isla. Después comentaron que la rubia y su amiga eran canadienses y que sabia por uno de los animadores que no era la primera vez que pasaban unos días en el hotel.
Comimos en el restaurante italiano unos espaguetis tan insípidos como los que sirven en el cátering de mi trabajo, y que solo el vino blanco ayudaba a deglutir. Como si el destino estuviera escrito aparecieron las canadienses y se acomodaron en la mesa contigua a donde estábamos. La rubia, de cerca, me pareció más joven y atractiva, pero la que me subyugó fue la "señora". Vestía un blusón negro que acentuaba su delgadez y cubría su cabeza con un pañuelo que le daba un aire de frágil convaleciente, pero contra esa fragilidad se rebelaban sus intensos ojos azules penetrantes y al mismo tiempo acogedores. Nos saludó educadamente para enseguida ir en busca de la comida. Mientras la rubia ya en la mesa comía con apetito un contundente plato de arroz con frijoles. Quedé algo desconcertado, en nada me recordaba a la celosa y desesperada criatura de la noche. Comimos todos en silencio durante unos minutos hasta que la señora, quizás correspondiendo a mis miradas de simpatía, inició la conversación.
sábado, 31 de octubre de 2009
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