jueves, 3 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XIV)

ENTRADA XIV
A las ocho bajábamos por el "passeig Juan de Borbón" con destino al restaurante Can Majó. El termómetro marcaba en el panel 28 grados y el calor bochornoso se hacia sentir con fuerza, sobre todo en la parte de la acera en la que aun daba el Sol. Nos cruzábamos con una turba variopinta que paseo arriba regresaban de su jornada playera. Torsos desnudos, toalla en ristre y una incipiente rojez en los hombros, atronando alguna radio, o aislados por los auricolares como una plaga de langostas dejando tras su paso el terreno repleto de inmundicias. Los restaurantes del paseo, a medida que la luz solar declinaba, iluminaban sus terrazas y diligente empleados te invitaban a consultar la "carta". Los clientes más madrugadores, casi todos estranjeros, ya aguardaban en las mesas, sentados frente a sus platos aun vacios, a que el chef cumpliera sus promesas.
Nuestras amigas parecian aturdidas, aquel baño de multitudes era como estar metidos en una sauna, tonificante si dura el tiempo justo, agobiante si se prolonga demasiado. Se hacia dificil mantener una conversación por lo que aligeramos el paso hasta llegar al final del paseo.
El restaurante Can Majó está ubicado en una resguardada esquina que mira al sudeste, incrustado en el viejo barrio marinero y frente a una amplia plaza que separa el cemento de la arena.Aun era pronto y decidimos andar por la playa.
¡ Que contraste entre el pelotón de gregarios bañistas paseo arriba, y la quietud acogedora de la playa casi vacia! La mar , diáfana, azul verdosa en su orilla, gris acero en la lejania, se asomaba sobre el horizonte y aguantaba la mirada del Sol poniente antes de que éste se ocultara tras la montaña. Respiré hondo y saludé a la Mar y como tantas otras veces senti su respuesta en la caricia de la brisa. LLegamos hasta la misma orilla y alli las olas repitieron el saludo, ondulaban como la cola de un perro amigo que te reconoce.
Dejamos pasar el tiempo. Virginia se sentó sobre una vieja barca, reliquia de la pesca artesanal , Albert y Nicole caminaron unos metros hacia el cercano club de la que él es socio desde hace muchos años. Yo mirando al horizonte, como si pudiera hablar con la Mar le pedí que curara a su hija, que desvelara su arcano y destilara de entre sus criaturas abisales la medicina salvadora. Recé mi oración pagana con la fuerza de un antiguo novicio. Desahogo emocional, quizas, por tanto dolor acumulado, propio y ajeno, por tantas preguntas que núnca tendran respuesta.
Ayudé a Virginia a levantarse y cuando cruzamos la mirada lei en el azul acuoso de sus ojos amor y gratitud.
Abandonamos la playa y nos dirigimos al restaurante. Nuestra amiga Meri, dueña y cocinera de Can Majó nos atendió encantadora como siempre, pero fue su hijo Enric quien acertó de lleno sugeriendonos un "suquet de peix" que nos dejó en el paladar el sabor indefinible de la excelencia. La velada se prolongó hasta altas horas de la noche y ambas reconocieron que en sus viajes por el mundo rara vez se habia armonizado con tal exquisitez la buena mesa y la buena compañia. Brindamos por los presentes y salimos a la oscura noche, la mar se hacia sentir en el murmullo de las olas, quizas soñaba en voz alta.

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