lunes, 14 de diciembre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (XVI)

ENTRADA XVI
En la sobremesa, después de una suculenta paella acompañada del buen vino de la tierra, se desataron las lenguas. Nicole como si estuviéramos en una sesión de alcohólicos anónimos se adentró por el peligroso terreno de las confesiones.
.-Tengo 46 años estoy divorciada y tengo una hija de 16, he mantenido relaciones sentimentales que no han resistido más de un año. No pierdo la esperanza de encontrar el amor de mi vida. -
.- Mirando a su hermana continuó.- Me siento muy unida a Virginia y espero que así sigamos muchos años.- Entonces mientras lloraba dejó de hablar en español y tomando con fuerza la mano de su hermana le susurró unas palabras que no hice el esfuerzo de entender.
.- Esta es la fuerza de la familia.- Señaló Virginia .- Y la de los amigos, añadió abarcándonos con sus brazos.- Pero yo en contra del deseo de mi hermana lucho por desenamorarme.
Entonces recordó la larga velada en Cayo Santamaría escuchando "radio Caibarien".- No negaré, que amar es una experiencia única pero el dolor que provoca el desamor te deja sin defensas, vulnerable al peor de todos los virus, el de la autocompasión.- Y continuó.- Sigo queriendo a Mary, aunque ya paso algún día sin recordarla.
Yo no podia saber lo que sentiría Mary, quizás sí, quizás en algún momento sentía algo parecido al remordimiento, o no, o puede que se sintiera aliviada de dejar de ser la enfermera de su ex-amante y agradeciera que Virginia, con su generosidad, la hubiera liberado de su relación.
.- Y en cuanto a mi salud.- Añadió Virginia , abordando por sorpresa lo hasta entonces tácitamente evitado.- Veo la enfermedad, ahora aquí sentado entre amigos en esta ciudad tan acogedora, como algo muy lejano. Este viaje es un paréntesis en mi tiempo y nada podrá estropearlo.-
Apuró de un trago la última copa de vino y con resolución se empeñó en pagar la cuenta.
Salimos del restaurante y seguimos c/ Ferran arriba hasta cruzar la plaza de Sant Jaume pasando frente al "Ayuntament y la Generalitat", bajamos hasta Via Layetana y luego de cruzarla nos adentramos por la c/Princesa. Era un paisaje urbano que yo apenas reconocía. La calzada, como el cauce de un viejo rio era el mismo, pero de sus aceras habían desaparecido los antiguos comercios y en su lugar proliferaban las tiendas, unas regentadas por familias chinas con su inconfundible "todo a un euro", junto a carnicerías musulmanas, peluquerías latinas y supermercado pakistaní, separados uno de otro por la escalera de vecinos, donde como en los restos de un naufragio emergía por el balcón del primer piso la desmayada cabecita de una anciana que nos miraba avanzar por la acera como a otros perdidos robinsones.
Por fin tras una larga caminata llegamos hasta Santa María del Mar. Íbamos muy acalorados por lo que nuestra primera intención fue sentarnos en un banco, al final del templo, y descansar unos minutos. Así permanecimos en silencio observando todos los movimientos que se sucedían en la nave. Desde el lejano altar un joven sacerdote rezaba el rosario que era seguido por los escasos pero devotos fieles, la mayoría de provecta edad aunque también la bien timbrada voz de un joven destacaba de entre la letanía de voces femeninas.
Sentados en el templo, protegidos por sus recios muros del bochorno exterior y mientras la intensa luz que llega de fuera reverbera en los altares nos entregamos cada uno a nuestros pensamiento. Cimborios contra minaretes pienso al recordar la polémica desatada por la construcción de una mezquita. La identidad perdida en las calles se refugia en la iglesia.
Ya recuperados Albert nos enseña con detalle cada una de las inscripciones que en la piedra señalan al autor de tal o cual donación , algunas ciertamente curiosas y que son como un libro abierto de la crónica ciudadana del pasado, entrañable y vivas, mientras "La Catedral del Mar" resista incendios y terremotos y haya hombres sensibles capaces de leer en las piedras..

No hay comentarios:

Publicar un comentario