ENTRADA XVII
A las ocho en punto estábamos en la plaza de "les olles" frente al restaurante Cal Pep, esperando que su dueño, como tenía por costumbre, subiera la puerta metálica y permitiera la entrada al ya numeroso grupo que aguardábamos expectantes en la plaza. Estábamos seguros, Albert y yo, que a nuestras amigas les gustaría cenar sentadas en taburetes y con la barra como mesa, viendo cocinar delante nuestro al mismo Pep. Conté mentalmente a quienes nos precedían en la cola y comprobé con alivio que formábamos parte del grupo de privilegiados que nos sentaríamos en el primer turno.
Tomamos posesión de nuestro espacio esperando que Pep, como siempre, nos sorprendiera. Ya se calentaban las sartenes y apurábamos la primera copa de vino de aguja servida por los diligentes camareros. La inconfundible ronca voz del mismo dueño sugería el orden y las raciones con una entonación llena de encomiásticos adjetivos que eran en si mismo una revelación al gourmet desconocido que habita en cada uno: "chipirones con garbanzos, para empezar, pescaditos fritos, navajas a la plancha, almejas salteadas con jamón, dátiles de mar, calamarcitos, sepia..." y todo y más desfilando en justa cantidad, mientras las copas nunca llegan a vaciarse porque el solicito camarero, cuando no el propio Pep, las iguala sin pausa. Y como postre el hojaldre mil hojas, exquisitez elaborada por la pastelería vecina y que Pep nos sugiere como digno colofón a nuestra cena. Todo en poco más de una hora, porque eso si, tácitamente solidarios con quienes esperan de pie a nuestro lado, nos levantamos tan pronto apuramos el café. Nos despedimos de Pep hasta la próxima no sin comentar el último triunfo del Barça y salimos a la plaza con la intención de dirigirnos hasta la plaza España a presenciar el espectáculo de sus fuentes luminosas, reclamo de turistas en las noches veraniegas y que Virginia recordaba de su estancia en el 92.
Tomamos un taxi y en poco tiempo ya estábamos andando Paseo de la Exposición arriba a buscar el mejor lugar para contemplar el espectáculo. Por fin sentados en la baranda de piedra a la entrada del Museo Nacional de Cataluña veíamos a la gran multitud que ocupaba la amplia avenida o subía por las escaleras mecánicas buscando en la proximidad de las fuentes un lugar de acomodo. Nosotros mirábamos de frente, por encima del reloj de la plaza España, como el premioso Sol de julio acababa de ocultarse. La vista desde allí era magnífica.
Un "¡0ooh!" de admiración, rompió el expectante silencio cuando el primer chorro ascendió incontenible por la fuente, seguidos de otros, ya en carrusel continuo formando cascadas de colores, el cambiante murmullo del agua anunciaba anticipadamente cada nuevo geiser de luz. El húmedo ambiente me recordaba el de una cueva oculta tras la cascada, en una excursión muy lejana en el tiempo a Sant Miquel del Fai. Hubiéramos querido que el espectáculo durara mucho tiempo pero con la retina aun rebosante de colores terminó como había empezado, sin previo aviso, cayendo el agua grávidamente a su modesto chorro.
Mientras bajábamos en dirección a plaza España, Virginia se apoyó en mi brazo, Albert y Nicole conversaban animadamente unos pasos por delante. La pronunciada pendiente, el irregular suelo, con algún adoquín agrietado, eran suficiente motivo para tomar precauciones, pero el paso de Virginia se había vuelto en aquel momento de una inquietante lentitud, sin decirle nada me acomodé a su marcha hasta que pasado un corto tiempo y sin apenas levantar la voz me confesó que durante unos segundos se había quedado a "oscuras", ahora volvía a ver pero como si lo hiciera a través de una neblina y el sonido le llegaba amortiguado, como si dentro de su cabeza se hubiera instalado una caja de resonancias, apretó con fuerza mi hombro, le pregunté si quería sentarse, pero insistió que ya estaba casi recuperada y me rogó que no alarmara a su hermana. Noté que una tristeza resignada se había instalado de repente en su rostro.
Las acompañamos al apartamento de la barceloneta, sentados como la noche anterior en la terraza mientras Albert y Nicole preparaban unas bebidas Virginia y yo conversábamos.
.- Viendo el espectáculo de las fuentes recuperé de pronto un recuerdo de mi estancia con Mary en Barcelona.- Y continuó.- Estábamos en el estadio la noche de la inauguración de los juegos, la expectación era máxima, el arquero tensó el arco y cuando la flecha cruzando el cielo encendió la llama en el pebetero, Mary emocionada me besó delante de la delegación, yo aparté los labios bruscamente, recuerdo que llorando me preguntó si me avergonzaba de nuestra relación, si le importaba tanto la opinión ajena. Y tenía razón, sólo durante los primeros años fui capaz de enfrentarme a la mirada reprobatoria de amigos y conocidos, luego volví a mi caparazón de conveniencias, aquella noche que tenía que ser tan feliz fue el principio de su desamor.
.- El superyó aporreando al pobre yo mientras el resto del mundo observa.- apunté yo recordando la frase leída en algún ensayo sobre Freud.-
.- Sí, el mundo es un teatro de marionetas, pero ¿Quién mueve los hilos?.- respondió Virginia y añadió.- Mi sentimiento de culpabilidad por mi inclinación sexual me ha marcado toda la vida, y no ha sido necesario tener una creencia religiosa o una educación represiva, yo me he criado en un ambiente intelectual y en cambio he sufrido como nadie. La enfermedad en parte me ha liberado me ha expuesto a todos los vientos, sin más refugio que el de algún amigo.-
Quedamos en silencio justo en el momento en que Nicole y Albert regresaban, hacían planes para el día siguiente.
viernes, 18 de diciembre de 2009
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Habra q ir a Cal Pep!
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