ENTRADA XV
Desandamos el camino de la tarde y subimos por el paseo hasta llegar al apartamento de nuestras amigas. En su terraza aun tomamos una última copa, la inconfundible voz de Jaques Brel sonaba en el compact, desgranaba sus versos "mon douce, mon tendre, mon merveilleux amour". Nosotros contemplábamos las luces en el paisaje urbano que, en la oscura noche sin Luna, brillaban a lo lejos. En el muelle se alineaban los grandes cruceros con sus cubiertas iluminadas, barquitos de juguete en la distancia. Al otro lado en el Tibidabo la luz de sus atracciones mandaba un mensaje cifrado en destellos que eran la clave para acceder al lúdico inconsciente de los hombres niños, era como la casita de chocolate iluminada del cuento de Andersen. Nos hubiéramos quedado más tiempo hablando de tantas cosas pero queríamos aprovechar los días por lo que nos despedimos de nuestras amigas hasta la mañana siguiente.
Eran apenas las nueve de la mañana y en las Ramblas solo los quioscos congregaban a algunos transeuntes que, camino de sus ocupaciones, se detenían por un momento ante los diarios y revistas curioseando sus titulares. El paseo recién regado creaba un microclima tonificante después de la bochornosa noche. Nos dirigíamos a nuestra cita, delante del gran teatro del Liceo, allí ya nos esperaban Nicole y Virginia. Era uno de los lugares que en el ya lejano año 92 no pudo visitar Virginia, otro era Santa Maria del Mar, la gran iglesia gótica, Albert y yo con nuestra buena voluntad las acompañaríamos.
Nicole ojeaba una selección de fotografías de las memorables actuaciones de los grandes del "bel canto" , mientras esperábamos que dieran las diez y empezara la visita programada. En el coqueto bar del Liceo otros turistas aguardaban como nosotros. Ninguno de los cuatro nos considerábamos grandes entendidos pero nos complacía reconocer a tenores y sopranos . Una cultura común nos hermanaba, la vieja cultura de occidente de la que en aquel momento nos sentíamos orgullosos.
Luego ya dentro, sentados en uno de los palcos, siguiendo las explicaciones de nuestra guia dejábamos que nuestros ojos admirados recorrieran la sala y el escenario. Y me sorprendió, porque ya lo había olvidado, que el Liceo no tuviera palco real, es parte de su peculiar historia . El gran teatre a diferencia del de otras ciudades europeas en las que sus monarquias respectivas se hicieron cargo de los gastos, se sufragó mediante aportaciones de accionistas y particulares. En el "Saló del Miralls" nuestra guia nos contó los avatares de la institución a través de su historia, desde el atentado anarquista de 1893 causante de veinte muertos, pasando por sus dos incendios el más reciente en 1994y su posterior reconstrucción.
Del esqueleto de armazón que sobrevivió al fuego y como ave fénix resurgió un nuevo pero idéntico teatro, allí estábamos nosotros para corroborarlo , respirando el mismo ambiente que acogió a Josep Carreras o a Montserrat Caballé , a Pavaroti o la Callas. En la escalinata del gran teatre me vi reflejado por un momento en su bruñido mármol fue el sueño de una sombra, idéntica a las evanescentes que en el pasado subieron y luego bajaron, acto tras acto en una función que no tiene fin.
En la calle tardamos en situarnos , desde la acera contemplábamos la marea humana que discurría por el centro de las Ramblas. Optamos por cruzar entre los coches y por el centro del paseo atravesar al otro lado buscando en las calles interiores un poco de espacio. Por fin los cuatro caminábamos juntos aliviados en busca de un acogedor restaurante donde reponer fuerzas.
sábado, 12 de diciembre de 2009
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