sábado, 20 de junio de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (III)

TERCERA ENTRADA

Salir del aeropuerto, luego de los farragosos trámites aduaneros, fue como entrar en una dimensión desconocida. Bruscamente, como sucede en el trópico, se hizo de noche, ya desde el taxi que nos conducía a La Habana Vieja nos sorprendió las largas filas de hombres y mujeres que subían ordenadamente en unos tractores con remolque que hacían de transporte público, ya había oído hablar de los famosos "camellos", pero verlos en plena actividad me hizo sentir espectador privilegiado de un tiempo que afortunadamente debe tener los días contados. A medida que avanzábamos por la carretera que desde el aeropuerto lleva a la cuidad se sucedían los contrastes, unos eran visuales, otro muy sutil estaba relacionado con el olfato. La ventanilla abierta y la estimable velocidad con que nuestro conductor nos trasladaba provocaba la entrada de bocanadas de aire húmedo impregnados del olor a gasolina requemada, resultado de la defectuosa combustión de sus reciclados motores y a mi aquel olor me recordó alguno de mi infancia allá a mediados de los años 50 cuando acompañaba a mi abuelo en la cola del petróleo, también el olor a tierra mojada de los maltrechos desagües conseguía esta curiosa sensación de regreso a la patria de la infancia. Pasamos muy cerca del puerto donde un solitario barco de bandera rusa fondeaba abandonado,"como los muelles en el alba". El taxista nos contó, que a causa de una avería llevaba allí desde hacía meses.

Por fin llegamos a nuestro destino en Habana vieja. Haciendo rodar las maletas recorrimos más de cien metros, desde donde nos dejó el taxi, hasta el hotel Los Frailes, en lo más recóndito de una estrecha calle. Probablemente de todos los hoteles de La Habana fuimos a parar al más contrario al carácter abierto de los habaneros. Su personal, para ponerse en situación con el nombre del local, vestía habito de monje y era parco en palabras, como si guardara voto de silencio. La habitación asignada, correcta en todo lo demás, era semejante a un búnker sin una sola ventana y con ese rumor al principio imperceptible del aire acondicionado y que te lleva más tarde a pelearte con sus mandos. Cansados por el largo viaje nuestra primera intención era, después de una gratificante ducha, acostarnos y dejar para mañana el primer contacto peatonal con la ciudad, pero no eran más que las ocho, sábado noche y ventaja inestimable del hotel, estábamos en el mismo centro.
Apenas cinco minutos después dejábamos el claustrofóbico establecimiento y calle abajo nos dirigimos en busca de la Plaza Vieja, desde donde llegaba el son de la música. La belleza del lugar nos cautivó. La amplia plaza actualmente restaurada, había sido en tiempos lejanos mercado de esclavos, sobre el adoquín y estrategicamente colocadas, bolas de acero impedían el paso de vehículos, parecían recordar las negras argollas de otros tiempos y hasta la densa atmósfera contribuía a recrear el pasado, me abstraía escuchando una canción y pensaba en que apenas dos siglos atrás en este mismo lugar se habían subastado seres humanos arrancados de su tierra para amasar las fortunas de tantos hombres de bien. Pero en esa noche los cubanos, incluso los más "prietos" de entre ellos, nos sonreían con su traje inmaculado de camarero sirviéndonos complacidos heladas cervezas bucanero, aromáticos mojitos, incluso cuba libres con otro nombre pero idéntico sabor. En un lugar tan armonioso, la sangre y el dolor del pasado se habían evaporado y tan solo, pensaba yo, una imposible psicofonía nos devolvería el eco de sus lamentos. Admiraba las remozadas paredes de amarillo delicado cuando Albert me señaló discretamente una joven mulata que se había sentado en la mesa contigua, parecía distraida siguiendo el ritmo del bolero, solo casualmente cruzaba una mirada y entonces dejaba ver su sonrisa, así con este antiguo juego de seducción pasamos una media hora sin decidirnos a entablar conversación. Al cabo de un tiempo y ya con el fin de retirarnos a descansar emprendimos regreso al hotel. Salimos de la plaza y cuando nos adentramos por la estrecha calle, apenas cincuenta metros, oímos un grito, que al principio no entendíamos, alguien venía corriendo hacia nosotros, era la joven compañera de mesa y sus palabras a medida que se aproximaba se hacían más extrañamente comprensibles: "¡España, España!". Al llegar a nuestra altura se detuvo y sonriéndonos quedó en silencio.

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