martes, 23 de junio de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (IV)

CUARTA ENTRADA

No sé si fue un elogio a su veloz carrera, lo que inició el idilio, pero el caso es que enseguida Albert y Mileidy, así se llamaba la bella mulata, se habían convertido en pareja de hecho. Naturalmente había que buscarme una amiga, a la que iríamos a buscar, calle abajo, hasta su cercana casa. Todo esto sucedía sin apenas diálogo porque la muchacha, que dijo ser de Oriente parecía realmente tímida. Yo, menos entusiasmado que mi amigo y a medida que nos adentrábamos en callejuelas más oscuras empezaba a arrepentirme de no estar durmiendo bajo siete llaves en el "convento de los frailes". Por fin llegamos a una amplia esplanada donde simétricamente se alineaban una hilera de casas de una sola planta, la pobre luz de una farola era suficiente para alumbrar a sus moradores, todos sentados al fresco de la noche, nos miraban indiferentes.
Esperamos en la esquina mientras Mileidy localizaba a su amiga. A los pocos minutos la vimos salir de una de las casas pero para nuestro inicial desconcierto eran tres las mujeres que venían resueltas hacia nosotros. La mayor, no más de cuarenta años, era la madre de mi "cita a ciegas" que venía a conocerme y de paso a que la obsequiara con un paquete de cigarrillos y una cerveza, que siguiendo sus precisas indicaciones compramos en un quiosco cercano al lugar.
Ya los cuatro, por fin, a solas, pude empezar a conocer a mi pareja. Se llamaba Kenia y no aparentaba más de dieciocho años, aunque aseguraba tener veinte, naturalmente tenía sangre negra pero las continuas mezclas a través de generaciones daban a su piel un color como el de la tierra pasada por un cedazo libre de toda impureza, su pelo recién lavado, que orgullosamente apartaba de la frente con un gesto resuelto, caía por sus hombros desnudos hasta casi la cintura. Yo la contemplaba admirando su belleza y lamentando ya que se marchitase prematuramente en aquel "triste trópico" con continuos embarazos y otras vejaciones que sin ella saberlo empezaba a sufrir. Era, contrariamente a su amiga, muy habladora y de risa contagiosa, miraba a los ojos directamente sin apartarlos con la curiosidad de quien desea saberlo todo del desconocido. Me preguntó por la vida que llevaba en Barcelona, si tenía mujer, hijos, de que trabajaba, todo esto mientras apretaba mi mano y se apoyaba en mi hombro.
Enseguida llegamos a la casa destinada a nuestra cita. Aquí hago un inciso para declarar que en mis dos viajes a través de Cuba no he encontrado un lugar donde la necesidad fuera tan extrema y la dignidad tan manifiesta como en el lugar donde fuimos a parar. Nos recibió su dueña, la casa consistía en una minúscula planta baja donde el comedor y la salita compartían un oscuro rincón, presidido por un viejo televisor, la cocina se adivinaba por los platos que asomaban por un ventanuco y el lavabo ¡el lavabo! era una antigua "comuna" con un negro agujero en el centro y en el que al abrir la luz asustó a su única moradora, una gran araña que descendió rauda a las interioridades de la tierra. Durante algunos minutos Albert y yo quedamos a solas con la dueña. Nuestra súbita llegada había puesto en marcha, nunca mejor dicho, a los habitantes de la casa. El padre de familia, que ya descansaba en el piso superior, tenía que abandonar el lecho e irse a tomar el fresco a la calle para que las chicas transformaran la habitación destinada al placer. Mientras pagamos a la señora los diez dolares por cabeza convenidos, con las chicas ya habíamos acordado darles treinta a cada una. Era surrealista estar hablando con aquella mujer aguardando el momento de subir con las jóvenes. Naturalmente la conversación derivó hacia la situación penosa en que vivían. No nos recriminaba que estuviéramos allí, la experiencia que dan los años de escasez le hacía aceptar nuestros dólares como un bien inestimable, no en balde servirían para adquirir algún producto en el mercado negro, algo así como leche para un niño mayor de siete años, cuya entrega ya no está incluida en la cartilla de racionamiento. De buena gana hubiera abandonado la casa renunciando al placer prometido, pero justo en aquel momento, desde lo alto de la escalera, Kenia me llamaba sonriente.

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