SEXTA ENTRADA
El jet lag pasó factura y no serían las siete de la mañana cuando ya estábamos despiertos. Ya en la calle y después de un frugal desayuno, en el espacioso pero desabastecido comedor de Los Frailes, fijamos nuestro primer objetivo del día. Con la inestimable ayuda de un mapa y fiados al sentido de orientación de Albert, el mio es nulo, nos guiamos paseo del Prado adelante hasta su confluencia con la calle Neptuno desde allí y por "tierra ignota" nos adentramos en busca de su cruce con la calle San Miguel, nuestro destino era Parque Trillo lugar donde vivían Jimagua y Neisi. A medida que nos adentrábamos en Centro Habana el paisaje se hizo desolador, en el plano no parecía estar excesivamente lejos pero las "cuadras" se sucedían y aunque era Octubre y la hora temprana el pegajoso calor empezaba a hacer mella. A todo esto a cada pocos metros personajes variopintos surgían para ofrecerse como guías o intentar vendernos cajas de puros de la mejor calidad. Rechazábamos cortés pero enérgicamente toda tentativa hasta que, sin saber de donde, una potente voz surgida a nuestras espaldas pronunció la frase talisman a la que ningún catalán desprevenido puede resistirse "Barcelona es bona si la bolsa sona". La rodilla de nuestro reflejo condicionado saltó como un resorte ante semejante estimulo. "Tan si sona com si no sona Barcelona es bona", ya habíamos contestado y nuestra suerte estaba echada. Eran una pareja, él de mediana edad más cerca de los cuarenta que de los treinta, blanco de buen aspecto con una cuidada coleta que le daba un aspecto juvenil, ella no tendría más de veinticinco "prieta" o sea negra, alta de voz profunda y mirada errática. Ya caminando a nuestro lado se ofrecieron a acompañarnos hasta la plaza Trillo, ni que decir tiene que aceptamos, con la resignación de quien lo ha intentado pero ha sido vencido por la necesidad. Toda la atención de la muchacha se centró en Albert, y viceversa, ambos ya caminaban ligeramente retrasados mientras Ernesto que dijo ser músico me relataba sus giras por España, contaba anécdotas y daba detalles tan familiares que al poco tiempo me sentía seguro a su lado y le hubiera defendido contra quienes por un quitame aquí y pon allá, le retiraron el pasaporte. Casualmente y para que nuestros anfitriones Jimagua y Neisi los repartieran entre los más necesitados, llevabamos en una voluminosa bolsa unos cuantos rollos de papel higiénico, maquinillas de afeitar, gel, servilletas, etc, que nuestros recién estrenados guías se ofrecieron a llevar aligerándonos definitivamente de su molesto peso. Albert, exultante con su recién estrenada conquista, contemplaba la sugerencia de ella de ir los cuatro a comer a un paladar, yo insistí primero en encontrarnos con Jimagua para concretar nuestra próxima estancia y atender los posibles planes dispuestos por ellos. Pero una vez, por fin, en Parque Trillo y delante de su vivienda nadie respondió a nuestras llamadas, preguntado un vecino sugirió que al ser domingo estarían en el campo. Total, que con el primer objetivo truncado y tras dejar una nota bajo la puerta, hicimos de la necesidad virtud y aceptamos aliviados la idea de ir a comer con nuestros oportunos amigos.
Como aun era pronto, no más de las doce, decidieron llevarnos a un lugar que sin duda nos impactaría. Ernesto, el músico trotamundos, respondiendo a una pregunta me había hablado de la importancia de la santería y como estaba su practica arraigada en una gran parte del pueblo. El régimen socialista, en un tiempo beligerante, ahora toleraba sus ritos e incluso había aceptado sus ofrendas y oraciones por la curación del comandante jefe. Albert y Yoli, así se llamaba la fibrada negrita, seguían conociéndose ajenos en parte a nuestra variada conversación. Anduvimos varias cuadras hasta llegar a nuestro destino.
Ya desde lejos se oían los cánticos y el redoblar de los tambores, en el callejón de Jamel apenas se podía dar un paso. Una multitud, la inmensa mayoría negros y mulatos, seguían la actuación de músicos y danzantes, podía sentirse el altísimo voltaje que corría del escenario al público y no era difícil, para los creyentes, caer en trance, sobre todo si el término es amplio y abarca desde la sugestión al etilísmo pasando por la promesa de la orgía y hasta puede que si la sangre del pollo sacrificado le alcanza, Ochu le posea y baile desnuda en su cabeza mientras un espeso sabor a miel anege su boca. Yo, ante aquel tumulto in crescendo, cruzaba los dedos ante mi cartera, esperando que Chango, orisha obsesionado por el dinero, no poseyera a Ernesto y este nos desplumara allí mismo como a los pobres pollos sacrificados. Pero no, era más paciente y comedido, agnóstico y amigo de refranes sabía que muchas veces la ambición rompe el saco y que a los "yumas", extranjeros, había que ordeñarles como a las vacas de los bohíos cada día pero después de cada comida.
Y así, llegada la hora y aun impresionados por el espectáculo presenciado, tomamos un taxi en dirección al "paladar" donde nuestros ocasionales guías nos tenían reservada la comida. Íbamos felices y ahora al recordarlo vuelvo a serlo porque el peaje que pagamos quedaba compensado por las emociones de la jornada aquella y de las siguientes.
lunes, 29 de junio de 2009
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