SÉPTIMA ENTRADA
En poco menos de cinco minutos y compitiendo con toda clase de increíbles vehículos, bici-taxis, camello-guagua, huevo-taxis y otros, llegamos a nuestro destino. No recuerdo el nombre del "paladar" si de que estaba en el primer piso de un remozado edificio en una amplia calle de la Habana Vieja. Había que subir por una estrecha escalera que daba a una espaciosa sala donde, en su centro, estaba ubicada la recepción. Enseguida nos acompañaron a la mesa. Ernesto, después de saludar efusivamente al maitre, nos aconsejó el plato estrella de la carta: ¡Langosta! y como complemento unos moros y cristianos; pese a nuestra insistencia, ellos se conformaron con el humilde cerdo, eso sí, acompañado de arroz, frijoles y plátano frito. En la espera, reconfortados por una fría cerveza y un ligero picoteo, consolidamos nuestra incipiente amistad. Yoli, abierta a las confidencias, nos contó su drama personal, la naturaleza por un capricho de las leyes de la herencia la había hecho nacer negra en una familia donde todos los hermanos eran blancos. ¡Tanto como ustedes! parecía reprocharnos. Además padecía un déficit de visión congénito que la obligaba a ir con sumo cuidado por los inhóspitos cruces de la ciudad.
Comimos con apetito, no en vano llevábamos desde las siete con el ligero desayuno de los frailes, luego del dulce postre, tomamos un aromático café y Ernesto, obsequio de la casa, se fumó un puro al que nosotros, no fumadores, renunciamos. Ya bien comidos era cuestión de programar nuestros próximos pasos. Asomado al amplio balcón que daba a la calle Ernesto y yo hablamos de lo humano y de lo divino, mientras Albert y Yoli seguían en la mesa profundizando en su amistad. Observaba yo el escaso tráfico que en la sobremesa del domingo transitaba por la calle y me sentía un espectador privilegiado de un tiempo y un lugar próximo a transformarse.
Cuando regresé a la mesa Albert ya había pagado la cuenta, comparando, era como si hubiéramos comido en un buen restaurante de Barcelona, nada inasumible más aun de vacaciones. El plan para la noche sería que Yoli, acompañada por su blanca hermana, nos llevaría a una sala de fiestas cercana donde actuaban los más señalados grupos del momento. Ernesto por su parte y en calidad de músico nos acomodaría en el mejor lugar. Así quedamos en vernos en un bar cercano al hotel.
Una hora después reponíamos fuerzas, luego de una gratificante ducha comentábamos las anécdotas del intenso día. Aun no salíamos de nuestra sorpresa, todo lo que nos habían contado sobre Cuba palidecía ante la mágica experiencia. Era como si toda la isla se confabulara y en un inimitable "Show de Truman" nos hicieran creer que éramos jóvenes y seductores, o como si en un parque temático, un "Never Old" para maduros, nos hicieran entrar en un tiempo y lugar donde todas nuestras fantasías se hicieran realidad. Una vez descansados y con renovadas fuerzas nos dispusimos a acudir a nuestra cita.
jueves, 2 de julio de 2009
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