DECIMOSÉPTIMA ENTRADA
A las 8 en punto ya habíamos desayunado, teníamos prisa porque a las 8,30 pasarían a recogernos. Camino de la recepción, bordeando la piscina, era imposible no detenerse un segundo a mirar el paisaje. Aun no calentaba el Sol y un penacho blanco posado sobre las verdes y redondeadas cimas parecía anunciar mal tiempo, luego comprobamos que la orografía del lugar condensaba de noche la humedad sobre los mogotes, más tarde, invariablemente se deshilachaban y en caprichosas volutas bajaban sobre el valle hasta sublimarse en la rojiza tierra.
Nosotros dos eramos los únicos turistas que aquella mañana hacíamos la excursión a Cayo Levisa, el chófer ya nos esperaba dentro de la camioneta-taxi, nos acomodamos en la primera fila y luego de los saludos de rigor partimos. Sucintamente nos explicó que iríamos hasta Palma Rubia, a unos 45 km al norte de Viñales, allí embarcaríamos y en menos de media hora atracaríamos en Cayo Levisa. Durante el trayecto íbamos de sorpresa en sorpresa, apenas unos dos km lejos del hotel recogimos, tras pedirnos educádamente permiso, a un caballero con el que entabló animada conversación. Preguntamos que eran aquellos sacos que a cada doscientos metros se apilaban en los margenes, nos dijo que eran yucas, destinadas a la venta en el agro. Al entrar en un pueblo cedimos el paso a una carreta tirada por un burro y nos sorprendió ver que el pasaje lo formaban niños uniformados camino de la escuela. El chiste fácil era que aquel burro forzosamente se le pegaría algo de los conocimientos adquiridos por los niños. A nuestro primer pasajero se sumó una señora que iba a trabajar a Palma Rubia, se interesó por nuestro origen y nos relató que un abuelo suyo era canario de la isla de Tenerife. El contacto con aquellas gentes de la Cuba profunda me recordó los versos de Antonio Machado, referentes a otros campesinos de otras tierras: "Gente que cabalgan a lomos de mula vieja, y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta, donde hay vino beben vino donde no hay vino agua fresca, buena gente que un día como todos descansan bajo la tierra".
Llegamos a Palma Rubia y bajó nuestra fugaz pasajera, comprendí porque se llama Palma Rubia la población. Esbeltas palmeras en las que destaca por su señorial e imponente altura, la palmera real, con sus copas mecidas por la suave brisa, daban sombra y cobijo a una multitud que iba y venía por la amplia plaza. En pocos minutos llegamos al embarcadero. Un grupito de no más de ocho o diez turistas aguardaban subir al barco con destino a Cayo Levisa.
La embarcación era relativamente pequeña, no tendría más de nueve metros de eslora, a una orden bajaron la cuerda que hacía de barrera y todos cruzamos en fila india la pasarela, un marinero nos recibía a bordo ayudando, a quien lo necesitara, a embarcar. Nos sentamos a proa, muy cerca de la cabina del timonel, ligeramente resguardados de la probable brisa. Las tareas de desatraque siempre concitan el interés del pasaje, acabaron de arrojar la maroma que nos unía a tierra izaron el ancla y el motor, primero achacoso, arrancó después con súbita fuerza separándonos del embarcadero. Los primeros minutos de navegación en las protegidas aguas nos permitían observar como iba quedando atrás el puerto con toda su jarcia de cabos y redes tendidos en el solitario muelle. Pero enseguida salimos a mar abierto con la sorpresa para quienes se habían colocado sobre la misma proa de recibir una inesperada ducha, el barco cabezeaba luchando con la mar de fondo, hasta que la pericia del piloto logró situar el rumbo y navegar, ya a partir de entonces, sin más sobresaltos. Apenas 20 minutos transcurridos y ya en el horizonte, aparecía una línea verde sobre el fondo azul de las aguas, nos acercábamos a Cayo Levisa.
jueves, 30 de julio de 2009
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