OCTAVA ENTRADA
Ya era de noche y en la calle parejas de "custodios"(policías) controlaban cada esquina, cruzamos con paso decidido la plaza de la Catedral hasta dejar atrás la famosa Bodeguita de en medio, unos metros más allá estaba el lugar de la cita. Era un amplio bar que ya registraba, pese a no ser más de las nueve, una gran afluencia. Buscamos en la barra a nuestros amigos encontrando solo a Ernesto que tras saludarnos excusó la tardanza de las hermanas. Aprovechando la espera nos sugirió para la mañana siguiente una visita a playas del Este, él no podría a acompañarnos, pero si queríamos un taxista amigo de toda confianza nos llevaría y nos devolvería a la hora que quisiéramos al hotel. Aceptamos complacidos. Como pasaba el tiempo Ernesto decidió ir en busca de Yoli y su hermana. Media hora más tarde apareció con Yoli, a la hermana blanca le había surgido un imprevisto y lamentándolo mucho no podía acudir. Pero todo tenía solución y como buen intermediario, no dispuesto a perder su comisión, me ofreció un ventajoso cambio. Al momento iría a buscar a una jovencita llegada de oriente y que suplía su falta de oficio con un gran entusiasmo, como él mismo había comprobado. Dicho y hecho partió en su búsqueda.
Bebimos varias cervezas mientras Yoli nos contaba el sombrío panorama de su casa. Padres y hermanos subsistían intercambiando en el mercado negro los productos a los que tenían acceso con su cartilla de racionamiento y con el escaso sueldo del estado por empleados públicos. La hermana, madre de un niño de dos años, jineteaba para ayudar a la economía familiar,pero su adicción al alcohol le hacia despreciar oportunidades como la de aquella noche. Yoli, acostumbrada a luchar contra su minusvalía, no podía justificarla, ella aun tenia proyectos, soñaba retomar sus estudios de hostelería y con el dinero que consiguiera ahorrar obtener permiso para abrir un paladar donde trabajaría toda su familia blanca y en donde ella seria el alma del negocio. Se me hacia un nudo en la garganta oírla soñar en voz alta. ¡pero quien no sueña alguna vez con cambiar su vida!
Regresó Ernesto acompañado de una jovencita, pequeña de estatura,pero muy guapa que no aparentaba más allá de veinte años, enseguida nos presentamos se llamaba Lidia y después de que tomara un refresco, sin más perdida de tiempo, nos dirigimos paseo Prado adelante hasta el lugar donde se celebraba el evento musical. Por el camino íbamos conociéndonos, me dijo que vivía con su hermana gemela en una calle de la Habana vieja, cercana a nuestro hotel y que llevaban en la capital un par de meses. Era natural de Las Tunas, una población muy distante de La Habana y que tardaban más de un día con su noche en ir. Allí vivían su madre y su hija, una niña de poco más de tres años, fruto de una relación ya finalizada. Todo el dinero que conseguía, salvo sus gastos imprescindibles, iban para su casa. Simpatizamos al momento y cuando llegamos a las puertas del teatro ya eramos buenos amigos.
domingo, 5 de julio de 2009
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