domingo, 26 de julio de 2009

MISTERIO EN LA HABANA (XVI)

DECIMOSEXTA ENTRADA
Albert se acomodó detrás con las chicas mientras yo lo hacía al lado del conductor. Enseguida nos presentamos, se llamaban Livia y Zoe, una blanca y menuda, la otra negra y esbelta. Durante los primeros kilómetros del recorrido apenas participé de su conversación, tenía que girarme continuamente y por otra parte atendía al chófer que me contaba detalles interesantes sobre Viñales y su valle. Ya era noche cerrada y la carretera descendía en un rosario de curvas, hubo un momento en que todos callamos, entonces miré por la ventanilla a mi derecha, primero al negro arcén, luego sacando tímidamente la cabeza elevé la vista, entrabamos en una amplia curva y por un momento parecíamos suspendidos en el aire, la luz del firmamento me deslumbró, el cielo era una autopista en la que habíamos entrado y las estrellas luces de posición que íbamos dejando atrás rumbo al lechoso horizonte de las constelaciones, enseguida el chirriar de las ruedas en el asfalto me devolvió a la tierra pero en mi quedó para siempre en el recuerdo la dulce nostalgia de aquel fugaz viaje al fondo de la noche estrellada. A menudo una fantasía se adueña de tu mente y crees que es real, otras veces es la realidad que estas viviendo la que parece un sueño. Nosotros creímos soñar minutos después cuando, ya en Viñales, de la mano de ellas, caminábamos por el centro de una amplia calle jalonada a ambos lados de casas de madera de estilo colonial, con sus habitantes sentados a las puertas que indiferentes, desde sus mecedoras, nos veían pasar. A paso decidido íbamos al bar musical lugar de cita obligada en la noche festiva.
Ya sentados en su interior tomamos unos mojitos, mientras reíamos ante el espectáculo de unas turistas, por su aspecto canadienses, que competían con los nativos bailando un desenfrenado hip-hop cubano. Ante la insistencia de nuestras amigas, nos sumamos a la danza, dejando que otros se rieran de nosotros. Al poco tiempo, cuando ya nuestras fuerzas flaqueaban, vino el DiJey en nuestra ayuda y sustituyó el tribal ritmo por una tanda de boleros, cosa que agradecimos.
Empezaba a gustarme Livia, al conocernos me dijo que tenía 28 años, pero más tarde cuando nos hicimos amigos, me confesó que en realidad tenía 38, no los aparentaba, su cuerpo delgado y su ovalado rostro así como su pelo, cortado a lo garçon, le daban un aspecto juvenil, nada que ver con las típicas y abundantes culonas de todas las latitudes. Hacíamos buena pareja, salvando por supuesto la diferencia de edad, casi de mi estatura, un poco más bajita, al bailar se apretaba con fuerza mientras poco a poco doblaba su rodilla en un forzado equilibrio que nos clavaba en medio de la pista, entonces nos besábamos como dos apasionados amantes que se reencuentran tras una larga separación.
Luego en la mesa nuestra relación se consolidaba entre risas y besos ¡Es cómico! Le decía a su amiga cuando yo alababa el frenético ritmo de una mulata, que entre baile y baile, vendía ropa a las chicas. Le divertían mis comentarios, yo sentía su ronroneo de gata en el lóbulo de mi oreja profusamente acariciado por su lengua y entonces le cantaba bajito killing me softly y aunque no entendiera el desesperado sentido de mi ruego, juntaba su cara con la mía y sonreía.
Pasaba el tiempo sin que nos diéramos cuenta, hasta que ellas nos sugirieron volver al hotel. Hicimos el camino de regreso esta vez yo detrás, entre beso y beso nos adelantaron la estrategia que seguiríamos para que pudieran subir a la habitación: Nosotros al recoger la llave le daríamos al recepcionista 30 dólares, era el mismo que nos sugirió aprovechar el taxi, una vez en la habitación esperaríamos la llegada de las chicas, plan ensayado por ellos antes muchas veces para que esta noche saliera perfecto.
Un cuarto de hora más tarde, llegaron como traviesas adolescentes en viaje de fin de curso que asaltan la habitación de los chicos más guapos del grupo, nosotros las esperábamos con una botella abierta de guayabita del pinar. Todo era perfecto, enseguida tras tomar posesión de su fugaz tálamo pasamos a la acción. La amplia habitación permitía separar aun más las dos cama pero carecía de un biombo que diera sensación de intimidad, sólo la oscuridad nos aislaba, pero tras unos minutos de susurros se impuso la pasión y las incontrolables expresiones de placer restallaban como látigos espoleando a la cuádriga vecina a superarse. No he conocido a nadie tan concentrada como Livia en el placer, naturalmente yo no estaba a su altura, pero su constancia consiguió que yo diera de mi lo mejor.
Después, fumando un cigarrillo, me contó su vida. Vivía desde siempre en Pinar del Rio, tenía un niño al que cuidaba su madre, y un hermano pintor de cierto renombre que residía desde hacía años en Argentina, ella había sido bailarina de cabaret pero ya el tiempo jugaba en su contra y el futuro no se presentaba demasiado halagüeño. Se quedó dormida como tantas otras veces confiada a su suerte, solo que esta vez yo insomne la cuidaba y nada podía pasarle. Antes de que amaneciera el custodio regresó por las chicas, quedamos vernos aquella misma noche en el bar de Viñales. Ya solos, apenas dormimos un par de horas, la excursión tan deseada a Cayo Levisa nos esperaba.

1 comentario:

  1. Buen ritmo. Ya pagaría por verte bailar hip hop!!
    Acertadísima la descripción de la muchacha, detallada, adornada con cariño.
    Sigo sorprendida de tu capacidad para recordar todas las sensaciones vividas y para relatarlas con tanta intensidad.
    Por cierto, soy egocentricamente YO.

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