ENTRADA DECIMOCUARTA
Otra vez en el coche con destino al paladar, donde comeríamos a la sombra de una ceiba, que según Chacón traía buena suerte, y para ponernos en situación escuchábamos un c.d. del santero Lázaro Ros. Ya los taínos consideraban a este árbol sagrado. También los seguidores de la santería, entre ellos familiares de Chacón lo veneraban.
Al llegar a la posada nos encontramos que sólo quedaba una mesa libre, no protegida del Sol por el benéfico árbol sino por una vulgar sombrilla, y allí nos instalamos. Alguien nos miraba con insistencia, nos había escuchado hablar en español y decidió saludarnos. Era una mujer entrada en la cuarentena guapa aunque definitivamente gorda, sentado a su lado, en la barra, le acompañaba un joven y esbelto mulato al que de vez en cuando prodigaba una caricia. Nos dijo que era de Logroño y que por motivos laborales permanecía en la isla varios meses al año. El joven más atento a la música de su walkman que a la conversación, nos miraba con displicencia. Dejamos a la riojana que apurara su buena suerte y sin más preámbulos dimos cuenta de un apetitoso puerco asado al pincho, con su correspondiente arroz, su cerveza bucanero, preferida de Chacón, y un enorme coco helado de postre, un café bien cargado nos libró de la inminente modorra que ya se insinuaba en los párpados de Chacón. Se espabiló de golpe cuando al pagar nosotros discutió con el maitre por alguna vieja cuenta pendiente, veladamente le insinuó que no le llevaría más clientes. Cuando quería era muy reservado y contestó con evasivas a nuestro interés por conocer el motivo de la discusión.
Ya en el coche camino a Viñales, y quizás para compensarnos, nos contó la parte de su vida más interesante, resulta que Chacón en la ya lejana olimpiada Barcelona 92 había participado con el equipo cubano de judo y conseguido la medalla de oro. Nosotros amantes del deporte y barceloneses celebramos conocer a un protagonista de aquel gran acontecimiento y le abrumamos con nuestras preguntas. Nos miró complacido y por un momento abandonó su rictus de mala leche y pareció sonreír, con voz al principio firme pero que se quebraba por momentos, evocó el mes de julio del 92, su estancia en la villa olímpica, el desfile inaugural, el himno cubano, la bayanera, cantado con emoción mientras la bandera de la estrella blanca en fondo rojo subía a lo más alto del estadio, luego el clamoroso recibimiento del equipo en La Habana y en sus calles jaleado por todos hasta llegar a su casa para abrazarse con su orgullosa y querida madre... Las últimas palabras apenas habían sido un susurro, detuvo el coche, porque la emoción había llegado a superarle, se quitó sus ahumados lentes y apoyado al volante lloró como un niño. Nos mostraba su lado más humano y aquel detalle de amor filial venció nuestros pasados resquemores. Nos prometió que a la vuelta nos llevaría a su casa para enseñarnos la medalla olímpica y todos los múltiples trofeos conseguidos en su vida deportiva.
miércoles, 22 de julio de 2009
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