DECIMOTERCERA ENTRADA
Nos despedimos del hotel Los Frailes y arrastramos nuestras maletas el centenar de metros que nos separaban del auto de Chacón,una vez acomodados emprendimos el viaje hacia Viñales. Íbamos por la entusiasta recomendación que del lugar nos había hecho nuestra agencia de viajes, una de sus responsables era cubana y de Pinar del Rio y nos aseguró que no nos arrepentiríamos.
Chacón tomó el mando y conducidos por él, nos dirigimos al primer objetivo de la jornada, hacia Soroa. Nada más salir de la Habana y tomar la autopista conocimos en vivo y en directo el lado oscuro de Chacón, una vieja camioneta ocupaba el carril rápido de la autopista y tardaba en ceder el paso a nuestro veloz Ford, cuando pudo colocarse a su altura asomó su enorme cabeza y le insultó "maricona, maricona", aun me parece ver al viejecillo con sus lentes de miope recibir el doloroso epíteto mientras intentaba con una maniobra arriesgada dejarnos paso. Nosotros, yo más que Albert, porque en aquel momento era su copiloto jaleamos su intervención mientras me sentía afortunado en aquel momento de no ser una lenta y despreciable maricona. Olvidado el incidente, el viaje discurría placidamente. Después de repostar sugirió que dejáramos la autopista y tomáramos la carretera central mucho más distraida, le agradecimos la buena intención y así comprobamos el variado tráfico que por allí circulaba: guajiros con su caballo al paso, carretas tiradas por escuálidos borricos cargadas de yucas y bicicletas, tantas que avanzarlas suponía correr el riesgo de un accidente, Chacón iba comentando lo que creía más interesante así nos sorprendió con historias de plantaciones de café abandonadas como la finca Anjerona, con su palacete ahora en ruinas pero que en su mejor época a principios del siglo IXX ocupaba a más de quinientos esclavos. De este modo sin darnos casi cuenta llegamos a Soroa.
Dejamos el coche en un amplio parking destinado a los excursionistas para sin más dilación subir por el frondoso camino hasta la cascada del Salto, durante la ascensión me costaba creer que estaba en la selva tropical más genuina, pero sin que te acecharan sus peligros naturales. Allí estuvimos más de una hora viendo como otros más atrevidos se zambullian en el remanso que las aguas formaban, nosotros nos contentábamos con impregnarnos del húmedo ambiente, a la hora convenida bajamos hasta donde nos aguardaba Chacón.
Nuestra siguiente visita la hicimos al orquideario de Soroa. La obra de un botánico que consagró su vida en dotar a aquel jardín de los ejemplares más exóticos, la guía encargada de mostrarlo al público nos dió cumplido detalle de las muchas variedades de orquídeas, el lugar reconocido por los naturalistas del mundo entero es una prueba de que a veces los sueños se cumplen. Sobre todo cuando los poderes públicos se implican.
Después de la premiosa visita descansamos en la terraza del jardín bebiendo una cerveza bien fría, relajados y en silencio. El rumor del agua de la alberca, la fragancia de las plantas y el bolero que un trobador guitarra en mano nos cantaba servían de fondo perfecto para el escenario que en el horizonte contemplábamos, podías soñar con la última molienda cuando la tarde languidece y renacen las sombras que ahora cantaba el guitarrista o con toda una vida te estaría cuidando; pero Chacón nos sacó del ensueño y decidió que ya era hora de ir a comer Entonces comprobé una vez más que, como alguien dijo, la condición indispensable para admirar un paisaje es no pertenecer a él. A fe cierta que ni Albert ni yo pertenecíamos a aquel maravilloso paisaje y profundamente lo admirábamos.
sábado, 18 de julio de 2009
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