miércoles, 28 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (VII)

SÉPTIMA ENTRADA
Aunque estábamos muy cansados decidimos, antes de acostarnos,dar una vuelta por las instalaciones del hotel. Había un pequeño teatro al aire libre destinado a las actividades lúdicas. El espectáculo debía estar próximo a finalizar, ya era más de medianoche y como fin de fiestas los animadores reclamaban la presencia del público más decidido. Nosotros nos sentamos en la última fila, bebiendo unas cervezas nos relajamos después de tantas horas de tenso viaje. Yo observaba burlón los juegos, no siempre inocentes, en los que se implicaban a los clientes.
Me llamó la atención una rubia, al día siguiente supe que era canadiense, de unos cuarenta años que con gran familiaridad colaboraba con los animadores. Cuanto más la observaba más me sorprendía su indisimulado interés por la más jovencita de las actuantes. Era evidente que había bebido mucho y que su deshinibida conducta podía dar lugar a una situación desagradable. ¡ Era como si me adelantara a los acontecimientos! Al momento, motivado por el juego, subió a escena una pareja de recién casados en viaje de luna de miel, eso confesaron en la pedestre entrevista llena de chistes fáciles que les hizo el speaker. Lucían sin arrogancia su belleza y juventud, si ella era atractiva él era lo que todos dirían un "tío bueno, alto, guapo, moreno, con una encantadora sonrisa y que supo con elegancia responder a las preguntas peor intencionadas, superaron las primeras pruebas hasta llegar a la decisiva, se trataba de bailar, cada uno con uno de los animadores el ritmo que eligieran.
Empezó la novia con un compulsivo rock que nos despertó a todos y nos hizo seguir el ritmo admirados por la destreza de ambos. A continuación él eligió un tango y su pareja fue la jovencita animadora. Sonaron por los altavoces las notas siempre evocadoras de "mi Buenos Aires querido" y como si hubieran ensayado mil veces se deslizaron por el escenario con tal belleza plástica que hicieron enmudecer el murmullo de las conversaciones. Nadie quitaba sus ojos de la pareja, embrujados, seguíamos sus pasos y la noche pareció velarse con la nostalgia de sus acordes.
De repente la canadiense, que hasta entonces permanecía en el fondo, irrumpió en el escenario y de un manotazo los separó, se abrazó a la joven mientras lloraba desconsoladamente. Sus negras lágrimas arrastraban el maquillaje convirtiendo su cara en la mascara de un pobre payaso. La jovencita, ante la embarazosa situación, se apartó como pudo, el público reía como si la escena formara parte del espectáculo.
Se me hizo un nudo en la garganta, herida y vulnerable la canadiense revelaba el amor más incondicional, aquel que todos quisieramos dar y recibir y que rara vez nos alcanza. Por unos segundos lloré con ella pero no pude conservar por mucho tiempo la plenitud de este sentimiento, todo sucede tan rápido que ya un comentario de mis amigos me devolvió la coraza de mis sarcasmos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario