miércoles, 14 de octubre de 2009

MISTERIO EN LA HABANA SEGUNDA PARTE (IV)

CUARTA ENTRADA
Amaneció otro espléndido día, muy pronto ya estábamos en las calles de la ciudad siguiendo paso a paso los consejos de la completa guía que nos acompañaba durante todo el viaje, así llegamos hasta la plaza de la Jigüe, leímos que allí se celebró la primera misa en el año 1514 y que se recuerda al padre Bartolomé De Las Casas, defensor de los indios. Luego visitamos el museo nacional de historia, subimos por la sinuosa escalera hasta lo alto de la torre a divisar la ciudad, aun casi dormida, en la primera hora de la mañana.
En el silencio solo roto por el revoloteo de las palomas recordé una lectura de Ryszard Kapuscinski en la que pone en boca de un guardián de las ruinas de Persépolis una sentida ofrenda al Sol: "mojé mi rostro con agua de la cantimplora y le di de beber al astro rey para que luego, cuando brillara con toda su fuerza en su cenit me concediera una sombra donde refugiarme". No sé por que tuve esta asociación de ideas, aquí no contemplo un paisaje devastado por el tiempo, Trinidad permanece intacta para nuestra fortuna desde 1850 cuando la crisis del azúcar obligó a la ciudad a encerrarse en si misma y allá abajo en delicada armonía contemplo sus casas de piedra tallada, sus tejados de rojas tejas que se iluminan a medida que el Sol asciende. Hoy la vemos tan hermosa como entonces embellecida más si cabe con la presencia de tantos artistas que viven en la ciudad.
Bajamos por sus empedradas calles hasta el parking con la intención de dirigirnos a playa Ancón, el día no había hecho más que empezar. Después de 12 km de hermoso paisaje llegamos hasta el mar. Ciertamente el Caribe no es el atlántico, por lo menos para mi y no es lo mismo verlo en un documental por mejor definición que tenga, que llegar hasta su orilla. Nunca había estado en playa tan hermosa, nuestras exclamaciones de admiración rompieron el silencio pero no la quietud de sus aguas. ¡Era el paraíso! No había nadie en muchos metros solo palmeras y arena dorada. Arrojamos la ropa y sin dilación nos dimos el primer baño. Retozamos en el verde azul turquesa durante un tiempo que ahora no sabría medir, quizás fue una hora o media tan solo pero mecido en las cálidas aguas me entregué a la verdadera vocación del animal humano y la más difícil de cumplir, ¡no hacer nada! Flotaba ingrávido en la salina placenta de mi querida madre.
Pero la calma no puede ser eterna y enseguida alguien más inquieto propuso contratar un catamarán que nos llevara hasta el cercano arrecife de coral y allí practicar "snorkin", divisamos a lo lejos varado en la arena una embarcación y al acercarnos vimos a su único tripulante entregado a la tarea de su puesta a punto, convenimos el precio y él mismo nos avitualló de todo lo necesario para la travesía, en pocos minutos navegábamos mar adentro.

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