QUINTA ENTRADA
Sin transición lo que era agua en calma se convirtió en un fuerte mar de fondo en el que el catamarán empezó a subir y a bajar como si estuviera montado en un inesperado carrusel, solo que en lugar de en caballos de cartón cabalgábamos literalmente sobre la blanca espuma. Nuestro patrón no parecía preocupado, ciertamente no tenia motivos, conocía aquella zona marítima y las fuertes corrientes que con frecuencia arrastran las barcas mar adentro.
Llegamos al lugar previsto para la inmersión y provistos de nuestros chalecos salvavidas, aletas y lentes de buceo nos dispusimos a tomar contacto con el hostil elemento. Nuestro monitor nos aseguró que aunque la corriente nos alejara de la embarcación él maniobraría hasta recogernos. Bajé el primero por la escalerilla y allí quedé aferrado al último escalón, estiraba el cuerpo en un imposible escorzo sin soltarme, los demás aguardaban con cara de circunstancias a que yo dejara paso libre pero, sabiendo que mi carrera como snocker iba a ser breve, metí la cabeza bajo el agua para admirar aunque fuese por una sola vez aquel submundo acuático de prados de poseidonias y peces de colores, poco pude ver pero la imaginación aclaró el turbio paisaje y atisbé un pez y unos filamentos que me compensaron sobradamente por todos mis esfuerzos. Subí raudo las escaleras dejando paso a quien quisiera. Cuando me libré de los engorrosos pies de pato observé preocupado como Nuria, más decidida, se alejaba sumergiéndose por unos instantes que me parecieron eternos, Albert y David se agarraban, como antes yo, a la escalerilla sin soltarse, nuestro patrón, con gran pericia, acercó la nave hasta Nuria animándola y poniéndola como ejemplo, pero ella ya tenía bastante y también en cuanto pudo, no sin esfuerzo, subió hasta la embarcación. Enseguida todos convenimos en dar por finalizada la aventura y regresar a la playa.
Navegando hacia la orilla nuestro patrón nos contó pasajes destacados de su vida, confesaba tener cincuenta años pero parecía más joven, como muchos cubanos de su generación había participado en la"zafra", con el objetivo de lograr la cosecha récord que demandaba el comandante, también sirvió en el ejercito en la lejana Angola luchando en su guerra civil contra la insurgencia contra revolucionaria, practicaba varios deportes y llevaba una vida siempre en contacto con la naturaleza, aquí trabajaba como responsable y guia de las excursiones marítimas con destino a los arrecifes, no ahora, pero si en temporada alta hacia varias salidas diarias con grupos más numerosos que el nuestro.
En la playa colaboramos en el arrastre de la embarcación hasta vararla en su lugar de partida, dejamos los equipos en la amplia caseta y con una manguera destinada al riego nos quitamos la sal. Sentados a la sombra refrescados por la brisa nos hubiéramos quedado más tiempo escuchando las anécdotas del patrón pero se hacia tarde y había que buscar un lugar para comer.
Regresamos a Trinidad para dirigirnos a un paladar donde David, en su anterior viaje, había comido y del que guardaba buen recuerdo. Su nombre "el cocodrilo" ya te sugería manjares duros y exóticos, máxime cuando te recibía disecado y colgado de la pared. Comimos con gran apetito recordando la reciente aventura acuática, afortunadamente no era un tiburón el que nos miraba desde lo alto. Ya con renovados bríos decidimos dirigirnos al Valle de los Ingenios. Nos quedaban pocas horas de luz solar y había que aprovecharlas.
Sigo la lectura de la guia y mientras viajamos leo en voz alta: "El Valle de los Ingenios tiene una superficie de 276 km2 y aquí se construyó en el siglo XVIII la primera azucarera y que en la cumbre de su producción funcionaban 56 complejos azucareros en el que trabajaban unos 12.000 esclavos , de esta "radiante" época solo queda la finca Iznaga."
Ascendemos hasta el mirador de la loma del puerto, para ponernos en situación Albert y yo pedimos una copa tibia de guarapo, dulce jugo extraído de la caña de azúcar, David y Nuria se entretienen haciendo fotos. Seguimos y a unos diez kilómetros llegamos a la hacienda Menaca Iznaga. Estamos solo a 16 km de Trinidad. Era la distancia que separaba el cielo del infierno, reflexiono.
La famosa torre inclinada de Izna, construida hacia 1850 domina desde la altura de sus 44m. el pequeño centro rural y las plantaciones de la caña de azúcar. Alejo Iznaga tiene el dudoso honor de haber levantado la torre vigía del primer campo de concentración . Leo en la guia: "La campana marcaba el final de la jornada de trabajo de los esclavos en las plantaciones..."
Desde lo más alto de la torre contemplo el dulce paisaje, ni rastro del sudor y lágrimas que aquí regaron la tierra, las estribaciones de la sierra del Escambray, más vieja que los hombres, se recorta en el horizonte, y en el campo la policromía de ocres y marrones cura los sentidos, seda la conciencia de este naciente sentimiento de culpa que sin embargo no duele.
"Antes de que anochezca" emprendemos el viaje de vuelta a Trinidad, en el camino, deslizándonos por el valle filosofamos sobre el sentido de la vida, el misterio del dolor, la codicia y crueldad de tantos, la indiferencia de muchos, reconocemos que todos estos males siguen presentes y que "el corazón de las tinieblas" hoy está en todas partes.
Ya en Trinidad coincidimos con el recibimiento entusiasta que la población dá a las brigadas de cooperantes que regresan de la república bolivariana de Venezuela, allí jóvenes médicos y maestros han pasado los últimos meses asistiendo al pueblo hermano ¿propaganda, verdad? Si han salvado a un solo hombre han salvado a la humanidad, recuerda alguien y todos asentimos.
miércoles, 21 de octubre de 2009
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