Le habían amortajado con el hábito de la orden y en el suelo dejaron su cuerpo, a los pies de aquel camastro donde durmió los últimos años de su vida. La luz de un único candil guiñaba desmayando su brillo. Una lóbrega humedad de mohos y bacterias empapaba la estancia. Mucho tiempo había transcurrido desde que la orden alcanzara su máximo esplendor, ya solo dos hermanos sobrevivian en una austeridad casi indigente. Ahora, a la muerte del abad,ambos recordaban su llegada. Fué el mismo día en que la tormenta solar les incomunicó para siempre.
Le recibieron con los brazos abiertos brindándoles su hospitalidad, y él les habló del mundo de donde venia. Les habló de los últimos estertores de una sociedad que agonizaba. De la corrupta ortodoxia político religiosa que detentaba privilegios seculares y del último horror al que su hacinamiento les condenaba. Un nuevo virus, siempre anunciado, llegaba en forma de pandemia diezmando a la población, y el desespero humano, en su locura suicida auguraba una guerra nuclear.
Pasaron varias décadas sin saber nada del exterior. Vivían en su refugio confiados que el torbellino nunca les alcanzara. Con el paso de los años el pequeño cementerio fue llenándose de acogedoras tumbas donde los hermanos se descarnaban definitivamente. Quizás, los dos supervivientes no vivirían lo suficiente para ver como la tierra purificaba el cuerpo del mejor hermano. No podrían escanciar, en su amorosa calavera, el vino viejo del lagar, ni alinearla con sus predecesores. Desde las cuencas vacías ,donde antes brillaban las pupilas,la oscuridad más absoluta les acompañaba. No faltaba ningún hermano,sus diez calaveras presidian desde la repisa de la chimenea las exequias del abad
Los dos supervivientes,después de muchos años,volvían a rezar. De repente habían sentido miedo. Se sentían como dos niños abandonados en la noche.Rezaban una oración casi olvidada conjurando la angustia de su estrenada soledad.
Por fin amaneció. El día era frió pero luminoso. Lágrimas de hielo pendían de los amplios ventanales , congelando el dolor de aquella noche. Abrieron la puerta y la cegadora claridad invadió la estancia. Para los dos hermanos era realmente un día nuevo. El Sol llegaba hasta el último rincón nimbando con su luz el cadáver del maestro. Ellos comprendían que él ya no estaba allí, sus despojos se habían fundido en aquel paisaje interior de abalorios inertes, ya no era más que abono para la tierra,delicado trueque de materias fundiéndose imperceptiblemente. Le enterraron a los pies del manzano,mirando al norte.
A partir de entonces la ansiedad se apoderó de ambos. Llegó la primavera y con ella la decisión irrevocable de abandonar el refugio.
Caminaron durante días sin apenas hablarse,reservando sus energías para aquella marcha interminable.Las noches les sorprendían en alguna oquedad del páramo. Allí, en silencio, al calor de la fogata,contemplaban la vía láctea, parecían nadar entre las estrellas. Otros días sentían la eternidad exultante de la naturaleza al recibir en sus rostros la fina llovizna, pasaba la lengua por los resecos labios sisando el agua destinada a la tierra. A veces reflexionaban sobre lo temerario de su aventura. El abad había vaticinado constantemente el fin de la sociedad humana, y probablemente el lugar hacia el que se dirigían ya no existía. Quizás a ellos les vencía el espejismo de la naturaleza imperdurable. Esa misma tierra por la que caminaban parecía la referencia segura de que nada había cambiado, que por lo tanto, hombres como ellos vivían a pesar de no tener noticias suyas en aquellos últimos años.
Erraron por un tiempo indefinido empujados por el afán de supervivencia, hasta que en un momento impreciso, nadie sabría cuando, se convirtieron en inconscientes bóvidos. La conciencia humana les había abandonado y la bruta condición animal emergía desbordante.
El mar había subido delta arriba anegando las tierras y sepultando todo vestigio de civilización. Cruzaron el istmo que unía la vieja península con el novísimo continente emergido del mar. Pocos miles de años habían sedimentado las salobres marismas primitivas hasta convertirlas en fértiles prados donde pacían innumerables rebaños. Una verde alfombra les acogía y el perfume de las flores embriagó sus sentidos arrancándoles saltos de felicidad. En aquel paraíso la vida renacía. Siguieron marchando hasta que el valle se convirtió en un angosto desfiladero tras el cual un bosque de coníferas cerraba los espacios abiertos.
Dudaron entre regresar o adentrarse en la espesura. Allí seguramente vivían nuevas especies, surgidas en el último ciclo vital del planeta. La plácida luminosidad del valle, con sus mansos animales pastando en la impoluta llanura, significaban la paz suprema, el paraíso de la inocencia. El bosque sería sin duda la lucha brutal por la supervivencia. Ojos escrutadores en la noche poblada de murmullos, cópulas violenta, esperando el ataque de los depredadores. Pero ellos no elegían, su suerte estaba echada desde el momento en que aun hombres conscientes, dejaron el refugio intemporal para en un proceso irreversible integrarse en el mundo irracional.
Y todo empieza allí de nuevo, en aquel bosque salvaje, la evolución llama a otra especie a tener conciencia de su vida, ojalá esta vez evite su autodestrucción, si lo consigue nos salvará a todos, incluso a quienes en el pasado fracasamos.
domingo, 3 de mayo de 2009
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