QUINTA ENTRADA
Las pistas del pequeño aeropuerto brillaban bajo el fuerte sol de primeros de junio. Javier escrutaba el horizonte. La avioneta se retrasaba.Buscaba entre otras la peculiar imagen del pequeño aparato donde destacaban sobre el fuselaje los colores naranja y verde,enseña de la compañía. Le sorprendía los continuos despegues y aterrizajes. ¡Que distinto de sus años de infancia! Cuando su padre le llevaba con él a pasar la jornada volando sobre Cataluña. Solían despegar del viejo aeródromo de Sabadell, en un vuelo de tres horas se acercaban hasta los Pirineos para luego de sobrevolar sus nevadas cumbres y por un corredor ya establecido, llegar al mar y planear sobre las islas Medes, luego bajaban por el litoral hasta entrar tierra adentro y al final avistar la pista de aterrizaje, donde sin un sobresalto aterrizaban. Si, allí estaba con su gorro calado hasta las orejas, al lado de su padre,en el avión, deslizándose sobre el cemento hasta el hangar donde acababa la aventura.
Una llamada telefónica le arrancó de sus ensueños. La inconfundible voz del Sr.Torras se disculpaba. La avioneta había sufrido una avería que le impedía pasar a recogerlo.La otra opción,para llegar a tiempo a la reunión,era alquilar un aero-taxi
En el taxi-hangar varios aparatos aguardaban a los clientes. El lunes era un día ajetreado y hubo de esperar hasta abordar su taxi.
.-¿A donde vamos?.- Le sorprendió comprobar que el piloto era una mujer muy joven.
Lentamente la avioneta enfiló la pista .Durante unos minutos esperó permiso de vuelo.Javier miraba algo desconfiado el cubículo donde se encontraba, a pesar de una reciente capa de pintura y las fundas nuevas de los asientos, el run-run del motor delataba sus muchas horas de vuelo. Pero muy pronto sus ojos se fijaron en la piloto. Sentada ante los mandos,enfundada en un ajustado mono, cubierta su cabeza con un casco granate, su frágil aspecto contradecía la firmeza con que sus manos abarcaban los mandos.
Ya en el aire entablaron conversación. .- Me llamo Eva -. dijo la joven tendiendo la enguantada mano a Javier.- Es norma de la compañía que nos identifiquemos ante nuestro cliente.- Yo soy Javier.- Vamos al aeródromo 776,zona A.- afirmó él.-
Ya estaban sobre el mar. Lentamente la avioneta fue girando hasta completar una vuelta completa. Desde el cielo, y merced a una distorsión visual, la estatua de Colón se proyectaba como un oscuro puño incrustado en medio de las ramblas. Monjuich a la izquierda mostraba su fea ladera. En menos de cinco minutos, más allá del Tibidabo iniciaron el descenso, cruzaron la verde masa de Collcerola y casi en picado bajaron hasta la pista.
.-Ha sido un viaje muy tranquilo.-afirmó Javier.- acompañando sus palabras con una cálida mirada
.- Espero que coincidamos en otro vuelo.- exclamó la joven .- Anduvieron juntos hasta la pequeña terminal donde se despidieron.
viernes, 15 de mayo de 2009
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