NOVENA ENTRADA
Antes del mediodía ya estaba en el Fórum de las Culturas. Cuando Javier entró en la sala ocupaba la tribuna de oradores su buen amigo Ali Ben Ashur, desde la cabina de traducción la silueta de Laila se perfilaba en la penumbra. Rehusó los auriculares, aunque sus conocimientos de nubio eran naturalmente nulos, sabia de memoria el discurso de su amigo. Así podía admirar su cadencia. Palabras muy antiguas fluían de sus labios, como manantial brotando de las áridas arenas. Estaría hablando de su pueblo, del lugar que ocupó en la historia del Egipto milenario, de su dinastía de faraones, y de su posterior éxodo obligado, cuando en aras del progreso sus aldeas fueron sepultadas en el Nilo.El lago Nasser ocultaba en sus profundidades mucho más que viejas casas de adobe. Y su lengua no escrita, no olvidada, era la prueba de que la memoria de un pueblo permanecía mientras una madre arrullara a su hijo y su abuelo le contara un cuento.
Embargado por un desconocido sentimiento Javier abandonó la sala, el orfebre que había tallado esa joya única le hacia participe de su belleza, quizás, era presuntuoso creerlo, solo a él le había llegado la esencia del mensaje. Fuera el día se mostraba radiante. En la playa buscó el chiringuito donde solían reunirse sus amigos. No se dió cuenta que Marga le observaba. Estaba sobre una tumbona rendida al Sol. Ella le había visto acercarse y con las manos en los bolsillos bajar a la arena, lo que no podía ver eran los ojos del amigo húmedos aun por la emoción. Temió por un momento que la ignorase, desde hacía días apenas sabían de él, pero no, realmente no la había visto. Ella sí vió, más allá, las inconfundibles figuras de Alí y Laila emerger sobre la colina bajando hacia la playa. Una vez todos juntos los comentarios al discurso de Alí se mezclaban con imperiosos reproches a la ausencia de Javier. Marga apuraba un cigarrillo, era feliz estando con él y nada le echaría en cara.
.-Venid a casa.- Alí abrazaba afectuosamente a Javier invitando a la pareja a acompañarles. -Se despidieron del resto del grupo. Laila y Alí habían alquilado una vieja casa situada cerca de Moncada, al borde de la carretera que lleva desde Badalona a Reixach. Una vez allí, condujeron su viejo coche por una pista y aparcaron en un recodo. Anduvieron por un atajo hasta la entrada de una angosta cueva oculta por la maleza. Era un acceso a la masía. Toda precaución era poca, estaban seguros que, dada su condición de nacionalistas nubios, eran vigilados discretamente por la policía. Alí encendió una linterna guiando a sus amigos. Aquel camino por las entrañas de la montaña tenia siglos de antigüedad. En su tiempo había sido una de las rutas de contrabando que enlazaban las comarcas del interior con la playa. Destruido en su gran parte aun consevaba transitable algunos de sus tramos, aquel era sin duda uno de los múltiples desvíos que conducían a los alijos. En la centenaria casa hubo un tiempo en el que se almacenaron los más exóticos objetos para luego ser vendidos en el interior de la región. Una feliz casualidad había permitido que Alí lo descubriera y ciertamente les era de utilidad. Se arrastraron con dificultad hasta vadear un pequeño curso de agua, ya de pie siguieron unos cien metros hasta una pared de la que imperceptiblemente surgía una gastada escalera, con esfuerzo subieron sus deshechos peldaños hasta alcanzar el brocal del pozo. Salieron a la superficie por la parte posterior de la casa, en lo que antes debieron ser unas caballerizas. Todo permanecía tranquilo, si alguien vigilaba afuera no podía darse cuenta de la llegada de los jóvenes.
jueves, 21 de mayo de 2009
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