martes, 12 de mayo de 2009

NOVELA

SEGUNDA ENTRADA
-¡Cuanto tiempo! Los dos hombres se fundieron en un sentido abrazo, mientras Magda,algo alejada, les contemplaba.
- Traeré algo de beber. - La mujer abandonó discretamente la estancia. No ignoraba que preferirían hablar a solas.
- Creo que estabas en Londres la última vez que nos comunicamos. -dijo Javier. - Estuve a punto de ir pero, ya sabes... Hubiera tenido problemas en casa.-
- Lo de tu padre ha sido un mazazo. Yo le hacía en New York, no sé donde leí que estaba participando en una conferencia- .
-Acababa de regresar. - Javier añadió. - Tú le conocías tan bien o mejor que yo. - El joven bajó la cabeza. Un prolongado silencio envolvió a los dos hombres. El acompasado tic-tac del viejo reloj y el crepitar del fuego tomaron protagonismo.
- Siempre tuvo esos arranques imprevistos, tan sufridos por sus amigos. -Si no hubiera ido solo, si alguien le hubiera acompañado. - Francisco reflexionó en voz alta acercándose al amplio ventanal que daba al jardín. Las luces del exterior condensaban a su alrededor una tenue neblina, ocultando la vacía piscina, que en otro tiempo, ahora lejano, había servido de punto de reunión a las alegres veladas veraniegas, cuando su hermano era aun asequible. Recordaba también a su buena madre tan orgullosa de aquel hijo triunfador, solicitado por todos. - Tu abuela aquí era feliz. Me alegro de que no haya vivido esta gran tragedia. Tuvo la fortuna de morir a tiempo-.
- Según los médicos mi padre debió morir en poco tiempo, ya que las fracturas eran mortales, pero ¿Quién puede asegurarlo?
Francisco tomó por los hombros a su sobrino. - Conoces lo distanciado que estaba de tu padre, consideraba mis críticas a sus investigaciones como idealismo ignorante. Me decía que su trabajo condicionaría positivamente la evolución del ser humano, y que yo era como aquellos pacifistas que envalentonaron a Hitler. Llegó aquí en este mismo lugar a despreciarme, me llamó pobre hombre, pero era mi hermano mayor y yo le quería. No, Javier, es mejor pensar que no sufrió y que se durmió en paz- .
Magda entró en la estancia. La conversación tomó diversos rumbos. Francisco hizo un detallado relato de sus viajes. Tenía reputación de buen radiotelegrafista y su condición de hombre sin responsabilidades familiares le permuta aceptar trabajos en lejanos lugares. Desde una inhóspita estación en la Patagonia, a una singladura de meses en ruta entre Roterdam y el Golfo Pérsico. Tenía algo de poeta y sabia evocar como pocos las puestas de Sol en el mar, las noches en calma cuando en su solitaria guardia abría las frecuencias de su radio transmisor para escuchar los mensajes cruzados de los petroleros, a veces insustanciales otras entrañables, nacimientos, resultados de deportes, defunciones, y luego el amanecer, " los dedos rosados de la aurora" y hasta en una ocasión el insólito rayo verde sobre el horizonte. Todo en sus labios cobraba vida y a Javier, desde siempre, los relatos de su tío le transportaban muy lejos de su programada existencia.
Magda no envidiaba a su cuñado. Su puesto siempre había sido el hogar, aun a despecho de los últimos años de matrimonio, cuando la indiferencia marcaba la relación con su marido. Todo era mejor que vagabundear sin rumbo. La tierra firme, un lugar de referencia, era tan necesario para ella como el aire que respiraba. Encontrar cada cosa en su sitio, incluso acaparar nuevos objetos la hacían vivir.
La velada se prolongó hasta que Francisco decidió retirarse. El cansancio de aquellos días se hacia evidente en las ojeras de Magda y él también quería descansar.

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