PRIMER CAPITULO
Le habían buscado durante todo el día, rastreando una y otra vez las heladas laderas de la montaña. Anochecía y con las primeras sombras todos los hombres confluyeron en el refugio. La jornada había sido muy dura y el desánimo cundía entre aquellos avezados montañeros. Comentaban las incidencias de la búsqueda con el triste convencimiento de que todo era ya inútil. Así lo hacían saber a la multitud de cadenas de televisión, emisoras de radio que desde hacía unas horas no cesaban de llegar. La probable muerte del eminente investigador Luis Palacios colapsaba los teletipos y su reseña biográfica copaba los informativos. Aunque la inmensa mayoría del público lo ignorase, sus descubrimientos y aplicaciones habrían de repercutir en el futuro inmediato en la suerte de la humanidad
¿Pero quién era, o mejor dicho, quién había sido Luis Palacios? Desde fuera, aquella casa iluminada al fondo del valle, hacia honor a su nombre de refugio. Antes de dormirse para siempre sobre la nieve helada Luis Palacios recordaba sus últimos veinte años de desbordante actividad. Hubiera querido tener a mano en aquellos momentos uno de sus métodos subliminales para guiar en su búsqueda a los equipos de rescate, pero sabía que con la noche todo terminaba y resignado a lo inevitable no se arrepintió ni de aquel impulso, producto de uno de su ataques de ansiedad, que le habían llevado a escalar en solitario el nevado pico. El símbolo vivo del poder más insidioso, el sumo sacerdote del control total quien gracias a sus experimentos había bosquejado el dominio de las masas agonizaba con la columna rota, en una vaguada a escasos metros del camino. Cuando a la mañana siguiente su cadáver fue encontrado, Javier, su hijo único y Magda, su mujer, recibieron el sentido pésame del mundo científico y cultural, para quienes, criterios morales aparte, Luis, representaba un hito en la ciencia aplicada a la búsqueda de la manipulación de la conciencia humana.
Francisco Palacios aguardaba en el espacioso salón, sentado, cómodamente recostado, fumaba mirando hacia arriba, absorto, la aparatosa lámpara que iluminaba la estancia. No era de su agrado la casa, siempre le había parecido recargada. Sólo en primavera, cuando el rocío humedecía el bien cuidado césped, había experimentado una vaga sensación placentera; pero el contraste con el interior era brutal. El inmaculado comedor estilo inglés con su enorme reloj de pared, sus estatuillas de marfil, los anaqueles repletos de los más valiosos objetos, las impolutas alfombras, luego la amplia escalera de caracol y arriba, en una de las habitaciones, el despacho del "genio"; todo era para él un templo de lo absurdo. - Javier bajará enseguida- La voz de su cuñada arrancó a Francisco de sus reflexiones, sonrió a Magda con aquella mueca resignada, tan peculiar en él. Nunca en aquella casa le habían considerado digno de tener en cuenta. El único que desde siempre le dispensaba un trato cariñoso era su sobrino. Quizás era mérito suyo porque le quería como al hijo que nunca tuvo. -Puedes ver el desorden que tenemos- dijo Magda- Tu hermano guardaba muchos documentos que ahora nos reclaman. Tenemos un lío con las patentes que de no ser por sus colaboradores... - ¡Pobre Luis! - Una lágrima apenas insinuada rodó por sus mejillas. Francisco la observaba. Aun retenía parte de la belleza de su juventud, pese al cuello algo menos terso por el que unas delatoras arrugas se anunciaban, se había recogido el pelo, siempre suelto, mientras que sus estilizadas manos acariciaban el aire y en sus ojos intensamente verdes podían leerse amargura y resolución. -Te agradecemos que hayas venido tan pronto. Temía que no perdonaras estos años de alejamiento. Pero era tu hermano, y ahora tu sobrino y yo misma te necesitamos. -Me conoces y sabes que siempre quise a mi hermano, aunque nunca aprobé la aplicación de sus trabajos. - Francisco encendió un cigarrillo, Magda se levantó a avivar el fuego del hogar.- Javier está tardando- dijo a modo de disculpa- Nuevos leños avivaban los rescoldos y su renovado crepitar fijó la atención de ambos. Francisco recordaba dos años antes, cuando en una noche invernal como aquella había visto por última vez a su hermano. Parecía estar contemplándole de pie al lado del fuego. Una voz querida y familiar le apartó de sus pensamientos. Javier sonreía tendiéndole los brazos.
lunes, 11 de mayo de 2009
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Mare de Deu...cuantísimo has publicado. Dame una semana.
ResponderEliminarEspero ansiosamente la publicación sobre tus aveturas cubanas caballero!!!